Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.142. ME LLAMO VILA-MATAS, COMO TODO EL MUNDO / AG PORTA


Je m'appelle Erik Satie, comme tout le monde.

-Obviamente es sobre Vila-Matas.

-¿El qué?

-Lo que te cuento.

-¿La historia de la agente?

-Si. Me llamo Vila-Matas, le he dicho, como todo el mundo.

-¿Y qué?

-Nada.

-¿No ha dicho nada?

-No.

-No te habrá creído.

-Vila-Matas no está. ¿Por qué no puedo ser yo Vila-Matas?

-Es que no puedes.

-Claro que puedo.

-Vale. ¿Y dónde está?

-En un lugar secreto.

-Entonces no puedes decir que no está.

-Es que no está y a la vez está.


INCIPIT 910. BRAUDEL POR BRAUDEL / A.G.PORTA

El día que Ricardo Duarte desembarcó en el puerto de Mahón, lo hizo bajo el nombre de Gustavo Braudel y su excusa fue que necesitaba un refugio para pensar y trabajar durante las vacaciones de Navidad, aunque todavía no sabía muy bien a qué iba a enfrentarse y tan sólo adivinaba vagamente el trabajo que le esperaba. Braudel era una de las muchas identidades que Ricardo Duarte había utilizado a lo largo de su vida y una de las pocas que todavía podía usar sin peligro. En contraste con otros nombres y apellidos se sentía cómodo con éste porque no le traía malos recuerdos y le alejaba de antiguas causas pendientes con la justicia. Además, Braudel le gustaba porque le confería un aire de extranjero y cuando se veía obligado a explicar algún detalle de su vida le daba pie a improvisar un pasado repleto de sugerentes inventivas que sólo existían en su imaginación.  Recordaba perfectamente el día que llegó a Mahón porque faltaban tres semanas para la Navidad y le pareció que la ciudad tenía un aire especial, un ritmo muy distinto al que acababa de dejar en Barcelona. 

LA CRISIS

Las dimensiones finitas, AG Porta, p. 172
La pirámide de Maslow-no confundir con Madoff, el estafador-muestra las necesidades del ser humano en una secuencia que le lleva de la pura supervivencia hasta el crecimiento personal, y la expone en cinco pisos de un triángulo en cuya base se encuentran las necesidades fisiológicas y en la cúspide las de autorrealización, avanzando de la primera hasta la última a través de la seguridad, las necesidades sociales y la estima. Reconozcco que no necesito demasiado para vivir. En aquella época tampoco. La seguridad en el empleo debió de ser mi objetivo principal y luego, en lugar de ir escalando, probablemente tanto me diera una cosa como otra. O tal vez sea que de pronto me encontré en la cima sin haber pasado por los pisos intermedios-o los pasé todos a la vez-como quien sube en ascensor y se ahorra las escaleras. Si he de ser sin cero, juraría que mi objetivo siempre ha sido llenar las horas con algo. Creo que no se me subió la fama a la cabeza al menos no mucho, ocurrió que simplemente no tuve tiempo de digerir nada. No cambié de domicilio ni de barrio, ni siquiera compré aquel televisor que no echaba en falta,: seguí trabajando sobre el piso de madera, amontonando los periódicos y algún que otro libro junto a los que había llevado en la bolsa que me preparó Jeanine (quedaban bien amontonados junto a las cubiertas de Primal Scream). Algunos días seguía tomando el autobús para acudir a la oficina. Como les creo al corriente de lo que ha venido sucediendo hasta el día de hoy-diciembre de 2013-con la crisis o las sucesivas crisis que se han ido engarzando una tras otra, me ahorraré relacionarles cuántas veces han caído las bolsas; cuántas veces se anunció una fecha final; en cuántas ocasiones  se ha acudido al rescate de bancos.

SALINGER Y EL CINE

La dimensiones finitas, AG Porta, p. 167
Con ella vi una colección de películas que trataban de Salinger o que de algún modo colateral se relacionaban con su obra. Vi Conspiración, donde el protagonista, en cuanto se siente acosado, compra un ejemplar de El guardián entre el centeno. La película la protagonizaban Mel Gibson y Julia Roberts, actores a quienes incluso yo me sentía capaz de identificar. Albertine dijo que también poseían la novela los asesinos de J. F. Kennedy, el de John Lennon y el que atentó contra Ronald Reagan cuando era presidente de Estados Unidos, y luego añadió que, de todos modos, se habían vendido tantos millones de ejemplares que no era extraño que cualquiera que hubiera participado en cualquier cosa, buena o mala, guardara uno en su casa. Vimos Mi loco corazón, la vieja película de los años cincuenta o así, que Era la adaptación de uno de los nueve relatos que había leído-- el de «El tío Wiggily en Connecticut»---, tal vez el único texto que el autor había autorizado llevar al cine. Se trataba de un cuento en el que no había otra cosa que una larga conversación entre dos amigas, una de ellas supuestamente alcohólica por haberse casado con un tipo al que no ama. Vimos Chasing Holden, sobre un fanático de El guardián ... que se siente cercano al personaje de la novela y que desea conocer al autor. Probablemente no vi todas las películas que tratan de aquel tipo ni de sus obras.

EL GUARDIAN ENTRE EL CENTENO

Las dimensiones finitas, AG Porta, p. 134
 Ahora que la releía con detenimiento, El guardián entre el centeno era una novela de esas que los entendidos llaman iniciáticas, en la que su protagonista, un muchacho llamado Holden Cauldfield al que van a expulsar del ínternado- en realidad no van a dejar que se reincorpore a la vuelta de las vacaciones navideñas-, decide fugarse un sábado por la noche y pasar unos días de completa libertad en Nueva York. A partir de ese momento su vida se convierte en una improvisación constante y en un ir y venir de un lado a otro de la ciudad, corriendo unas  aventuras más bien medio intelectuales entre hoteles de citas y clubes de jazz, cines o museos, todo esto mientras nos cuenta de sus amigos y de su familia, hace planes de futuro y nos vamos haciendo a la idea de su peculiar pensamiento. A mí me gustaba su manera de expresarse, pero sobre todo me gustaban las escenas en las que aparecía su hermana Phoebe y cuando se quejaba de su hermano mayor, D. B., un escritor que se estaba prostituyendo en Hollywood; quizá esto último sólo me interesara porque años antes pensé lo mismo de mi hermano el día en que entró a trabajar en el banco. 

MACHADO EN COLLIURE

Las dimensiones finitas, AGPorta. p. 84
Al poeta lo habían enterrado cerca de la puerta del cementerio. Albertine hizo que la fotografiara junto a la tumba, flanqueada por dos banderas republicanas y por los numerosos recuerdos que habían dejado allí alumnos de secundaria de media España. Se veía  que Machado era un reclamo de primer orden para el turismo español, aunque en Collíure no parecía gozar del mismo fervor con que acogían a las glorias galas. Albertine dijo que sería porque llegó allí para morir como quien muere en cualquier cuneta, fruto más de la casualidad que de cualquier otra cosa. Tal vez fuera un trato de la misma especie-si se exceptúa el monumento-que el dispensado a aquel Walter Benjamín a nuestro lado de la frontera. Tal vez los galos preferirían olvidar el asunto de los refugiados españoles aunque sólo fuera por vergüenza, dijo ella. Del cementerio descendimos hacia el puerto por calles estrechas y retorcidas, repletas de visitantes, de talleres de pintores y de toda clase de comercios. 

CRISIS ECONOMICA

Las dimensiones infinitas, AG Porta, p. 47-48
Ahora, cuando hasta los barrenderos de la calle lo sabían de sobra, el ministro de Economía reconocía que aquélla era la mayor crisis que se había desatado desde que tenía uso de razón. Seguramente un ministro no puede decir lo que piensa, ni puede salir en televisión cuando los ciudadanos todavía duermen el sueño de los justos para explicarles que la fiesta ha terminado y que va a ser mejor que ahorren para los tiempos que se avecinan, porque entonces todo el mundo, incluyéndome a mí, se le echaría encima. Pero yo, un  rookie de nada, ya sabía hacía tiempo que esto terminaría así......-es decir, mal-y me reventaba que el ministro y el presidente de gobierno hubiesen estado haciéndose el tonto de aquella manera. En la página contigua, otro presidente, el de la patronal de las pequeñas y medianas empresas, escribía que sus asociados se ahogaban por falta de crédito. Pensé que sería bueno que les arreglaran los problemas porque en el fondo, aunque yo no entendiera de macroeconomía, sí tenía claro que de otro modo pronto no tendría de qué comer. En mi cartera no había más que un par de grandes empresas, las demás eran medianas. Es lo que tiene ser el último de la fila de la delegación española de una multinacional con sede en Fráncfort. Pasé las páginas y me fui a ver qué ocurría en Estados Unidos. Allí los congresistas ponían condiciones para prestar dinero a los bancos, exigiendo cosas tales como que se limitaran las indemnizaciones de sus ejecutivos. De todos modos, en todas partes cuecen habas y a una corresponsal en Nueva York recuerdo haberle leido algo así como que la Reserva Federal había rescatado Bear Stearns por treinta mil millones de dólares y lo había regalado a JPM Chase; que Lehman Brothers se había declarado en bancarrota y que Goldman Sachs y Margan Stanley cambiaban de categoría para convertirse en bancos de barrio. Eso sí, recibiendo todos los beneficios de los capitales de emergencia, es decir, el dinero de los contribuyentes. 

LOS GLASS Y SIMENON

Las dimensiones finitas, AGPorta, p. 54
Decía que de haberla conocido, Seymour Glass no se habría suicidado nunca, lo que, sin embargo, no dejaría de ser un mal asunto para la causa de la literatura. Regresé a casa eufórico. Aquel día-pero también durante toda la semana y algún tiempo después, incluso ahora muchas veces-lo primero que hicieron mis ojos al subir al autobús fue buscar a   Albertíne. De todos modos, en aquellos instantes pensé que se me acumulaba el trabajo, así que investigué en internet qué podía encontrar sobre Simenon. Éste era un prolífico autor a quien ya había oído nombrar y cuyo nombre nunca en la vida se me hubiera ocurrido citar ante Albertine, ya que era, o debía de ser según mis intuiciones, uno de esos autores de novelas policíacas no demasiado bien considerados por los intelectuales. No todo encaja a la perfección en el manual para moverse entre los expertos con pedigrí y sus prejuicios. Allí descubrí por primera vez que muchos tenían sus manías, pero que a los verdaderos entendidos no les importaba saltarse de vez en cuando alguna norma no escrita. A aquello lo llamaban epatar. Yo todavía no estaba maduro para epatar en nada, así que quise mostrarme prudente. Tenía pendiente acabar la lista de personajes de la familia Glass que inundaban las obras de aquel preciado autor de culto-otra palabra que aprendí pronto-llamado Salinger. Antes de Simenon quería acabar con aquello. Pensé que ésa era una de las posibles maneras de saldar la deuda que había contraído con el escritor que me había  permitido conocer a Albertine.
(En la imagen Seymour Glass por David Richardson)

SOBRE LOS GLASS

La dimensiones infinitas AGPorta, p.41-42
Además del tal Seymour Glass y de su hermana Boo Boo y del sobrino Lionel, anoté a Franny, cuyo nombre le daba título a uno de los dos relatos del libro, y a Zooey, el menor de todos, quien también contaba con su propio relato. Anoté a Buddy, el mayor de los hermanos vivos y a los dos gemelos Walt y Waker, el primero de los cuales había muerto en Japón en 19 4 5. Ahí descubrí que el aviador que muere en el relato titulado «El tío Wiggily en Connecticut» es ese gemelo llamado Walter Glass. En total anoté siete hermanos que a lo largo de los años habían ido apareciendo en un concurso radiofónico llamado «Este niño es un sabio». Además me ocupé de Bessie-la madre-y de Les-el padre-, y también de personajes que podrían haber pertenecido a la familia Glass o que les andabana la zaga, como, por ejemplo, el Teddy superdotado que igualmente participaba en concursos de niños sabios, que hablaba de las dimensiones finitas y que, tal como había sucedido con algunos hermanos Glass, había tenido que enfrentarse en sendas épocas de su vida a un grupo examinador de Boston. Lo más revelador que encontré, sin embargo, fue que aquella Franny era una mujer de la especie de Albertine. Es imposible que yo sepa describir por qué se daba aquella similitud, si al fin y al cabo el escritor no hacía más que enlazar una conversación tras otra sin que ocurriera nada especial. La tal Franny era contraria a todo lo que gustaba a los muchachos y muchachas de su edad, gente bien, todo hay que decirlo, que iban a la universidad y que a ella le parecían excesivamente estúpidos. De Zooey saqué una imagen parecida, sólo que la clase de  conversación que mantenía, primero con su madre y después con Franny, era de un género distinto a la de la historia anterior. Me aprendí bien de qué iba aquello. Aparentemente, los dos relatos giraban alrededor de Franny. En el primero le descubríamos un cierto desorden emocional y en el segundo lo preocupados que estaban los demás por ella, ya que no dejaba de llorar a causa de un repentino embrollo con su espiritualidad. Lo curioso es que, de pronto, el lector se daba cuenta de que todo aquello no guardaba relación con  Franny sino con Seymour, el hermano mayor suicidado en el cuento del pez plátano. No había manera de quitar de en medio a aquel tipo. Siempre estaba presente. Cuanto hicieran los hermanos tenía que ser comparado o guardaba relación con Seymour. Era como si antes de morir hubiera esparcido tanta mierda entre su familia que años más tarde todavía no hubieran podido quitársela de encima. 

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