Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.436. TROYA /STEPHEN FRY


CAYÓ DEL CIELO

Troya. El reino más maravilloso del mundo. La joya del Egeo. La rutilante Ilión, la ciudad que se elevó y cayó no una, sino dos veces. Guardiana de las entradas y salidas del bárbaro Oriente. Reino de oro y de caballos. Cuna extrema de profetas, príncipes, héroes, guerreros y poetas. Bajo la protección de ARES, ARTEMISA, APOLO y AFRODITA, se mantuvo durante años como modelo de cuanto se puede lograr en las artes de la guerra y de la paz, del comercio y los tratados, del amor y el arte, en la destreza de gobernar, en la devoción y la armonía civil. Cuando cayó se abrió un agujero en el mundo humano que tal vez nunca llegue a colmarse si no es por medio de la memoria. Los poetas han de cantar su historia una y otra vez, transmitiéndola de generación en generación, si no queremos perder una parte de nosotros mismos con la pérdida de Troya.

Para comprender el final de Troya, tenemos que entender su comienzo. El contexto de nuestra historia tiene muchos giros y vueltas. Entran y salen multitud de nombres de sitios, personalidades y familias. No es necesario recordar cada nombre, Ni todas las relaciones de sangre y matrimonio, ni todos los reinos y provincias. La historia emerge, y os prometo que los nombres importantes se os quedarán.


EL JUICIO DE PARIS


Troya, Stephen Fry, p. 68

París miró hacia la segunda diosa, que ahora se le acercó con una sonrisa grave en los labios. En la superficie del escudo que portaba (por medio de un artificio que no comprendía) distinguió la expresión furiosa y aterrorizada de Medusa. Solo con la égida ya supo que la diosa que tenía delante era Palas Atenea, y sus palabras confirmaron su convencimiento:

-Regálame la manzana, París, y yo te daré algo más que poderes y principados. Te ofrezco sabiduría. Con la sabiduría viene todo lo demás: riquezas y poder, si quieres; paz y felicidad, si quieres. Penetrarás en el corazón de los hombres y las mujeres, en los rincones más oscuros del cosmos y hasta en los comportamientos de los inmortales. La sabiduría te garantizará un nombre que jamás desaparecerá de la tierra. Cuando todas las ciudadelas y los palacios de los poderosos hayan quedado reducidos a polvo, tu conocimiento y tu dominio de las artes de la guerra, la paz y el pensamiento mismo elevarán el nombre de París más allá de las estrellas. El poder de la mente parte la lanza más poderosa.

«Bueno, menos mal que no le di directamente la manzana a Hera, porque aquí tenemos a la ganadora entre las ganadoras. Tiene razón. Por supuesto que la tiene. La sabiduría primero, y el poder y las riquezas vendrían a continuación, sin duda -pensó París-. Además, ¿de qué sirve el poder sin intuición ni inteligencia? La manzana debía quedársela Atenea.»


LOS HEROES


Héroes, Stephen Fry, p. 423

Los héroes limpiaron nuestro mundo de terrores crónicos: monstruos nacidos de la tierra que ponían en peligro a la humanidad y amenazaban con asfixiar el crecimiento de la civilización. Durante el tiempo en que dragones, gigantes, centauros y bestias mutantes infestaron el aire, la tierra y los mares no pudimos expandirnos con confianza y transformar al mundo salvaje en un lugar de seguridad para el género humano.

Con el tiempo, incluso las deidades menores benevolentes se verían arrinconadas por una floreciente raza humana provista de una confianza recién descubierta. Las ninfas, dríades, faunos, sátiros y duendecillos de las montañas, los arroyos, los prados y los océanos no fueron capaces de competir con nuestra necesidad y avidez de tierras en las que excavar, cultivar y construir. La progresión de un espíritu de investigación racional y una comprensión científica alejaron a los inmortales todavía más. El mundo se estaba reconformando corno hogar adecuado solo para seres mortales. Hoy, evidentemente, algunas de las criaturas mortales más raras y vulnerables de las que han compartido el mundo con nosotros experimentan las mismas amenazas de sus territorios naturales que provocaron el fin de las ninfas y los espíritus del bosque. La destrucción de hábitats y la extinción de las especies han sucedido más veces.

 


PASIFAE


Héroes, Stephen Fry, p. 383

-Mándame un toro del mar, mi señor Poseidón -clamó-, para que mis hermanos sepan que Creta es mía. Yo sacrificaré al toro en tu nombre y siempre te veneraré. Dicho y hecho, el toro blanco más hermoso que se hubiera visto emergió de entre las olas. Tan hermoso, de hecho, que produjo dos resultados desastrosos. El primero, que Minos decidió que era un animal demasiado bello para matarlo, así que sacrificó un animal más común de su propio ganado, cosa que enfureció muchísimo a Poseidón. Y, en segundo lugar, la asombrosa belleza del toro atrajo a Pasífae. No podía dejar de mirarlo. Lo deseaba. Lo deseaba encima, a su alrededor, dentro de ella ... Lo siento, Teseo, pero es que es así. Cuento la historia como la sabemos. Hay quienes dicen que fue Poseidón, furioso, quien le insufló esta lujuria, parte del castigo de Minos por no sacrificar el toro, pero en cualquier caso, Pasífae se vio poseída por un deseo  frenético por el animal.

El toro era, pues eso: un toro, así que no tenía manera de saber cómo responder a las insinuaciones de una mujer. En pleno marasmo de aquella pasión erótica suya, la enamorada Pasífae acudió a su amigo (y tal vez examante) Dédalo y le pidió si podría ayudarla a beneficiarse al toro. Sin pensárselo dos veces, Dédalo, excitado quizá por el desafío intelectual, se puso a fabricar una vaquilla artificial. La hizo de madera y hojalata, pero la forró con una piel de vaca auténtica. Pasífae se metió dentro y colocó la parte que le interesaba en la obertura practicada a tal efecto. Empujaron el artefacto sobre ruedas hasta el prado donde el toro pastaba. Lo sé, muchacho, qué asco, pero te cuento la historia como la conoce el mundo.

Aquel plan depravado funcionó, para gran asombro de todos. Pasífae chilló en medio de un delirio jubiloso mientras el toro la penetraba. En su vida había experimentado un éxtasis carnal semejante. Sí, ríete, búrlate y resopla con sorna lo que te apetezca, pero eso es lo que sucedió, Teseo.


PERDIX


Héroes, Stephen Fry, p. 380

Durante muchos años, Minos ha tenido la suerte de contar en su corte con el dotadísimo inventor, el artesano más habilidoso aparte de las forjas olímpicas de Hefesto. Se llama Dédalo y es capaz de crear objetos semovientes a partir de metal, bronce, madera, marfil y piedras preciosas. Ha dominado el arte de ovillar láminas de acero hasta convertirlas en potentes muelles, con los que controla ruedas y cadenas para formar complejos y maravillosos mecanismos que marcan el paso de las horas con tremenda precisión o controlar los niveles del cauce de los ríos. No hay nada que no pueda elaborar en su taller este hombre astuto. Allí guarda estatuas semovientes, hombres y mujeres animados por su pericia, cajas que hacen sonar música y artefactos que lo despiertan por las mañanas. Solo con que la mitad de lo que se cuenta de Dédalo fuese verdad ya podrías decir que es el inventor, arquitecto y artesano más dotado e inteligente que ha caminado sobre la faz de la tierra.

Dicen que es descendiente de Cécrope, el primer rey de Ática y antepasado de todos los atenienses, Cécrope, que falló a favor de Atenea cuando Poseidón y ella pugnaban por el control de la nueva ciudad que estaba construyendo. Por eso se llama Atenas y disfruta de la sabiduría y la cordialidad de la protección de la gran diosa. Solo lo apunto por que aunque trabaje para Minos, nuestro enemigo, creo que Dédalo es de los nuestros, como ateniense. Después de todo, me fastidiaría enterarme de que un cretense sea tan listo. De hecho, Dédalo fue expulsado de Atenas. Tenía de aprendiz un sobrino llamado Pérdix, que era, dicen, incluso más ingenioso y dotado que su brillante tío. Antes incluso de cumplir los veinte años, Pérdix había inventado la sierra (inspirada, dicen, en el borde dentado de la aleta dorsal de los peces), brújulas pata planos arquitectónicos y geometría, y también el torno de alfarero. ¿Quién sabe qué habría llegado a inventar de no ser porque su celoso tío lo mató despeñándolo por la Acrópolis? La diosa Atenea lo convirtió en una perdiz. Si alguna vez te has preguntado por qué las perdices vuelan bajo y nunca surcan los aires e incluso construyen sus nidos. en el suelo, es porque recuerdan la aterradora caída desde las alturas de Atenas.


EDIPO


Héroes, Stephen Fry, p. 343

Sigmund Freud vio en el mito de Edipo, especialmente, una puesta en práctica de su teoría de que los hijos pequeños anhelan una relación Íntima y exclusiva con sus madres, incluida una relación sexual (inconsciente), y que odian a sus padres por interponerse en esta unión perfecta madre-hijo. La ironía sempiterna es que si hay un hombre menos sospechoso de tener complejo de Edipo ese es Edipo. Se marchó de Corinto porque la idea de tener relaciones sexuales con su madre Mérope ( o él creía que lo era) le resultaba repugnante. Su atracción hacia Yocasta no solo era adulta (y era absolutamente ignorante del elemento incestuoso), sino que tuvo lugar tras el asesinato de su padre Layo, que fue accidental, de hecho, y sin ninguna relación con celos sexuales infantiles de ningún tipo. Nada de esto le hizo a Freud bajarse del burro.

Aparte del encuentro con la esfinge, poco tiene que ver Edipo con el desempeño habitual de las figuras heroicas griegas. Hoy nos impacta como héroe trágico moderno y animal político; cuesta imaginárselo estrechando la mano a Heracles o uniéndose a la tripulación del Argo. Muchos académicos y pensadores, de entre ellos destaca Friedrich Nietzsche en su libro El nacimiento de la tragedia, han visto en Edipo un personaje que representa en escena la tensión de los atenienses (y de todos nosotros) entre el ciudadano sensato, matemáticamente culto, y el criminal sanguinario y transgresor; entre el ser pensante y el innato; entre el superego y el ello; entre los impulsos apolíneos y dionisíacos que luchan en nuestro interior. Edipo es un detective que aprovecha todos los campos de investigación de los que los atenienses tanto se enorgullecían -la lógica, los números, la retórica, el orden y el descubrimiento- con el único objetivo de revelar una verdad desordenada, vergonzante, transgresiva y brutal.


INCIPIT 1219. HEROES / STEPHEN FRY


Zeus sentado en su trono. Gobierna el cielo y el mundo. Su hermana-esposa HERA lo gobierna con él. Los deberes y los dominios de la esfera mortal se reparten entre los miembros de su familia, los otros diez dioses olímpicos. En los primeros tiempos de los dioses y los hombres, las divinidades se paseaban por la tierra con los mortales, hacían buenas migas, los cautivaban, se acostaban con ellos, los castigaban, los atormentaban, los transformaban en flores, en árboles, en pájaros, en insectos e interactuaban, se cruzaban, se entrelazaban, se mezclaban, se interpenetraban e interferían de todas las maneras imaginables con ellos. Pero, poco a poco, con el paso del tiempo, a medida que una época sucedía a otra y la humanidad crecía y prosperaba, la intensidad de estas interrelaciones ha ido disminuyendo.

En la época en la que entramos ahora, los dioses siguen a nuestro alrededor, aprobando, desaprobando, dirigiendo y per­ turbando, pero el regalo de PROMETEO, el fuego, ha otorgado  a la humanidad la capacidad de controlar sus asuntos y construir sus características ciudades-estado, reinos y dinastías. El fuego es real y caliente, y le ha proporcionado a la humanidad el poder de fundir, forjar, fabricar y crear, pero también se trata de un fuego interior


LA MUERTE DE ORFEO


Héroes, Stephen Fry, p.195

La vida posterior de Orfeo fue triste. Tras un segundo y largo periodo de duelo, volvió a coger la lira y continuó componiendo, tocando y cantando el resto de su vida, pero nunca encontró una mujer que superase a su Eurídice. De hecho, varias fuentes relatan que se alejó de las mujeres por completo y prodigó el afecto que le quedaba a los jóvenes muchachos de Tracia.

Las mujeres tracias, las ciconas, las seguidoras de Dioniso, estaban tan furiosas por su desinterés que le tiraban palos y piedras a Orfeo. Sin embargo, los palos y las piedras estaban tan encantados por su música que se quedaban flotando en el aire y se negaban a lastimarlo.

Finalmente, las mujeres ciconas no pudieron soportar por más tiempo la degradaci6n y la ofensa de ser ignoradas y en medio de un ataque de histeria báquica despedazaron a Orfeo tirando de sus extremidades y retorciéndole la cabeza hasta arrancársela de los hombros. Las doradas armonías de Apolo siempre fueron una afrenta para las oscuras danzas y ditirambos dionisíacos.

La cabeza de Orfeo, que no dejaba de cantar, la lanzaron al río Ebro, donde se fue flotando hasta el Egeo. Finalmente acabó en la playa de Lesbos; la recogieron los habitantes de la isla y la pusieron en una cueva. Durante muchos años, la gente acudía a la cueva de todas partes para plantearle preguntas a la cabeza de Orfeo, y esta cantaba siempre unas profecías tremendamente mel6dicas en respuesta.

En un momento dado, Apolo, el padre de Orfeo, celoso tal vez de que el santuario amenazase la supremacía de su oráculo en Delfos, lo silenci6. Calíope, su madre, encontró su lira dorada y se la llev6 a los cielos, y allí la colocaron entre las estrellas como la constelaci6n de la Lira, que incluye Vega, la quinta estrella más brillante del firmamento. Sus tías, las otras ocho musas, reunieron los pedazos de su cuerpo y los enterraron en Libetra, bajo el monte Olimpo, donde los ruiseñores siguen cantando sobre su tumba.

En paz al fin, el espíritu de Orfeo descendi6 una vez más al inframundo donde se reunió definitivamente con su amada Eurídice. Gracias a Offenbach, cada día siguen bailando un jubiloso cancán juntos en el reino de los muertos.


EL ALADO


Héroes, Stephen Fry, p. 155
El héroe Belerofonte era o bien hijo de GLAUCO, rey de Corinto, o bien de Poseidón, dios del mar. Lo que es seguro es que la madre fue EURÍNOME, por la que sentía predilección Atenea, que la instruyó en sabiduría, buen juicio y todas las artes que la diosa dominaba. 
La historia de Belerofonte sugiere que por más atlético, valiente, cabal y atractivo que fuese, quizá estaba un poco más mimado de la cuenta por su complaciente madre y por Glauco, que -independientemente de que Poseidón fuese o no su auténtico padre- crió al muchacho como a un hijo propio y verdadero príncipe de Corinto.
Belerofonte creció consciente del cotilleo generalizado que explicaba cómo Poseidón se había colado en la cama de su madre y lo había engendrado a él, pero no le daba mucha importancia. Nunca le había atraído el mar y, por experiencia propia, parecía tremendamente falto de poderes divinos. Por otro lado, tenía un hermano, DELÍADES, ambos tan distintos en carácter y aspecto físico como era posible, cosa que ciertamente podía insinuar una paternidad diferente. Y por el otro otro lado, a Belerofonte siempre se le habían dado bien los caballos. Los caballos eran un poco el patio del recreo del dios del mar. A Belerofonte le enseñaron en el colegio que en los primeros tiempos de los dioses Poseidón creó al primer caballo como regalo para su hermana Deméter. El dios había formado toda clase de animales que había ido desechando hasta que dio con la creación perfecta. Los animales descartados -los fallos- habían sido el hipopótamo, la jirafa, el camello, el burro y la cebra, según se iba acercando a las proporciones, la belleza y el equilibrio del caballo. Pero aquello era un cuento de hadas para niños, intuía Belerofonte a medida que llegaba a la adolescencia. Lo mismo que todas las historias de dioses, semidioses, ninfas, faunos y bestias mágicas con las que le habían llenado la cabeza desde que echó a andar y a hablar. Lo único que sabía era que Corinto era una ciudad grande y ajetreada y un reino lleno de hombres muy reales y muy mortales; y si bien había una gran cantidad de sacerdotes y sacerdotisas por allí, él nunca había visto ni rastro de cosa inmortal o divina. Ningún dios se le había manifestado, a ninguno de sus amigos lo habían convertido en flor ni había sido fulminado por un rayo.

ASTERION


Héroes, Stephen Fry, p. 400

-Asterión, escúchame. Sé cómo salir de este laberinto. ¿Por qué no vienes conmigo? Nos iremos en barco a Atenas. Yo me ocuparé de que tengas un campo para ti solo.

Una especie de aullido, y las enormes papadas del animal se agitaron.

-¿No? ¿Entonces qué?

El minotauro se irguió y chilló.

-Calma. Déjame a ver si entiendo -dijo Teseo, sin in­ mutarse demasiado-. Cualquier cosa es mejor que una pelea, digo yo. Con eso solo hay un resultado. Saldrás muerto. No me gustaría. Ahora que te he conocido veo que me caes bien. Ahí el minotauro se desgañitó para hacer un nuevo so­ nido. Hizo acopio de todo el aliento que pudo y lo concentró en un gemido que a Teseo le sonó como «¡Máhame! ¡Máhame!».

Entonces lo entendió.

-¿Mátame? ¿Me estás pidiendo que te mate?

El minotauro dejó caer la cabezota en un gesto de asentimiento.

-¿Qué te mate? No me pidas eso. El minotauro se irguió.

-¡Máhame! ¡Máhame!

Teseo también se puso en pie.

-Entonces que sea un duelo, por lo menos. Mátame...

¡Mátame! -Y, diciendo esto, le dio un golpe a una pila de ex­ crementos. Unos restos densos salpicaron al minotauro en la cara-. ¡Vamos, entonces!

La criatura soltó un rugido colérico ante la salpicadura de sus propias heces en los ojos. Pateó el suelo con las pezuñas, sacudió la testa y embistió a Teseo.

Teseo dio un paso a la izquierda y luego otro a la derecha invitando al minotauro a acercarse. Este sacudió la cabe­ za a uno y otro lado, confuso.

 

-¡Ep! ¡Ep! Ven aquí -le gritaba Teseo retrocediendo hacia una pared.

El minotauro se decidió, bajó los cuernos y embistió. Teseo brincó a un lado en el último instante y el animal se estampó de cabeza contra la pared de piedra. El cuerno izquierdo se le partió con un terrible crujido y se le quedó colgando. Teseo dio una voltereta hacia delante, retorció el asta y la arrancó, y antes de que a la alucinada criatura le diese tiempo a saber lo que pasaba, le clavó bien hondo el cuerno puntiagudo en los pliegues de la garganta y de un tirón vio­ lento le cortó la tráquea.

El chorro de sangre cubrió a Teseo de la cabeza a los pies. La criatura pateó en una danza espasmódica mientras le manaba más y más sangre del cuello como una fuente. Las pezuñas le resbalaron en las losas húmedas y cayó temblando en el suelo.

Teseo se arrodilló a su lado y le habló en voz baja al oído.

-Te mando a tu descanso eterno con rapidez y respeto, Asterión. El mundo sabrá que tuviste un final valeroso y noble.


Tiresias

Mythos, Stephen Fry, p. 332

La historia más conocida en la que aparece la transformación de un joven en flor comienza con una madre preocupada que lleva a su hijo a ver a un profeta. Así como había augures y sibilas que hablaban en nombre de los divinos oráculos, existían ciertos seres mortales escogidos a los que los dioses habían obsequiado con el don de la profecía. Organizar una consulta con uno de ellos no se diferenciaba de concertar una visita con el médico.
Los dos adivinos más celebrados del mito griego fueron CASANDRA y TIRESIAS. Casandra era una profetisa troyana sobre la cual pendía la maldición de ser siempre absolutamente precisa en sus pronósticos y, sin embargo, no ser creída absolutamente en ninguna ocasión. También el tebano Tiresias soportó una existencia estresante. Nacido varón, fue transformado en mujer por Hera como castigo por golpear a dos serpientes que se estaban apareando, por razones que él sabría. Tras siete años sirviendo a Hera como sacerdotisa, a Tiresias le fue devuelta su forma original de hombre, y enseguida Atenea lo dejó ciego por mirarla desnuda mientras se bañaba en el río. Esta es una de las historias que explica la ceguera, pero yo prefiero la variante en la que se cuenta cómo lo llevaron al Olimpo para que hiciese las veces de árbitro en una apuesta entre Zeus y Hera. Estos dos habían estado discutiendo sobre quién disfrutaba más del sexo, si el hombre o la mujer. Dado que Tiresias, por haber sido tanto hombre como mujer, se encontraba en una posición única para responder a esta cuestión, acordaron que su juicio sería concluyente.
Tiresias declaró que, según su experiencia, el sexo era nueve veces más placentero para las mujeres que para los hombres. Esto enfureció a Hera, que había apostado con Zeus a que los hombres obtenían más placer en el acto. Tal vez basaba su opinión en la inagotable libido de su marido y en su más moderada pulsión sexual. Para su mal, Hera recompensó a Tiresias dejándolo ciego. Un dios no puede deshacer los efectos que provoca otro, así que lo mejor que pudo hacer Zeus fue otorgarle en compensación la facultad de la clarividencia, el don de la profecía.

Jacinto


Mythos, Stephen Fry, p. 327
Jacinto, un hermoso príncipe espartano, tuvo la mala fortuna de ser amado por dos divinidades: Céfiro, el Viento del Oeste, y el dorado Apolo. Jacinto prefería con mucho al bello Apolo, de modo que rechazó repetidamente las intimaciones juguetonas pero cada vez más feroces del viento.
Una tarde, Apolo y Jacinto competían en unas pruebas atléticas cuando Céfiro, en un ataque de rabia celosa, desvió el disco de Apolo de un soplido, enviándolo directo y a toda velocidad contra Jacinto. Lo golpeó con fuerza en la frente y lo mató en el acto.
Abrumado por el dolor, Apolo impidió a Herrnes que transportase el alma del joven al Hades, y en lugar de eso mezcló la sangre mortal que manaba de la frente de su adorado con sus divinas y fragantes lágrimas. Este jugo embriagador empapó la tierra y de allí brotaron las exquisitas y perfumadas flores que llevan el nombre de jacinto hasta nuestros días.

ARTEMISA


Mythos, Stephen Fry, p. 106
-No quiero tener jamás de los jamases novio ni marido, ni que un hombre me toque, ya sabes ... , de esa manera ...
-Sí, sí..., ejem ... , lo comprendo perfectamente.
Aquella debió de ser la primera vez que Zeus se ruborizaba.
-También quiero un montón de nombres distintos, igual que mi hermano. «Apelativos», se llaman. También un arco, de los que él tiene una colección entera, me he fijado, y yo no por ser chica, cosa que es totalmente injusta. Al fin y al cabo soy la mayor. Hefesto me puede hacer uno realmente especial como regalo de cumpleaños igual que hizo con Apolo, un arco de  plata con flechas de plata, por favor. Y quiero una toga hasta las rodillas para salir de caza, porque los vestidos largos son estúpidos y poco prácticos. No quiero el dominio sobre pueblos y ciudades, sino sobre laderas y florestas. Y sobre los ciervos. Los ciervos me gustan. Y sobre los perros, pero perros de caza, no esos perrillos falderos inútiles. Y, si fueses tan tan amable, me gustaría tener un coro de chicas que me cantasen alabanzas en templos y un grupo de ninfas que me paseasen a los perros y me cuidasen y me protegiesen de los hombres.
-¿Y ya está?
Zeus estaba medio mareado tras la retahíla.
-Creo que sí. Ah, y querría el poder de facilitar el parto a las mujeres. He visto lo doloroso que es. De hecho, sinceramente, es bastante asqueroso y quiero ayudarlas a que sea mejor.
-No veas. Solo te falta la luna, ¿eh?
-¡Ay, qué buena idea! La luna. Sí, ponme la luna, por favor.
Con eso estará rodo. No te volveré a pedir nada nunca más.
Zeus le concedió todos y cada uno de los deseos. ¿Cómo negarse?
Artemisa fue debidamente investida diosa de la caza y de los castos, de los indoctos y de los indómitos, de los perros y de los ciervos, de las parteras y de la luna. La reina de los arqueros y de las cazadoras creció hasta valorar su independencia y su celibato por encima de todas las cosas. La bondad con la que expresaba su compasión por las parturientas contrastaba con la ferocidad con la que perseguía a la presa y castigaba a cualquier hombre que considerase que se le había acercado demasiado. Temida, admirada y adorada de un extremo al otro del antiguo mundo, se la conoció algunas veces, en honor a su montaña natal, como CInTIA. Los romanos la llamaban DIANA. Su árbol era el ciprés. Si Atenea era diosa de las cosas cultivadas, fabricadas, elaboradas e inventadas, Artemisa -por su dominio sobre lo natural, lo instintivo y lo salvaje- figuró como su opuesta. Compartían, sin embargo -junto con Hestia-, una pasión por la castidad propia.

ATENEA


Mythos, Stephen Fry, p. 96
Lo que estaba sucediendo dentro de la cabeza de Zeus era bastante interesante. No era de extrañar que sufriese un dolor tan atroz, dado que la habilidosa Metis se afanaba dentro de su cráneo, fundiendo, cociendo y forjando una armadura y armas. En la variada, sana y equilibrada dieta del dios había suficientes metales, minerales, piedras raras y trazas de elementos como para encontrar en su sangre y sus huesos todos los ingredientes, todas las piedras y componentes que necesitaba.
Hefesto, que habría aprobado aquella metalistería rudimentaria pero efectiva, volvió a la atestada playa cargando con una enorme hacha, de dos hojas y de estilo minoico. Prometeo convenció entonces a Zeus de que la única manera de aliviar su sufrimiento era quitarse las manos de las sienes, arrodillarse y tener fe. Zeus masculló algo sobre que lo malo de ser el Rey de los Dioses es que uno no tiene nadie por encima a quien rezar, pero cayó obedientemente de rodillas y esperó su destino. Hefesto se escupió alegre y confiadamente en las manos, agarró el sólido mango de madera y -mientras la multitud susurrante lo observaba- dejó caer el hacha limpiamente con un veloz giro de muñeca contra el centro exacto del cráneo de Zeus, que casi se partió en dos.
Se hizo un silencio espantoso mientras todos miraban aquello con perplejo horror. La perplejidad horrorizada se volvió tremenda incredulidad y la incredulidad tremendo asombro desatado cuando vieron emerger del interior de la cabeza abierta de Zeus la punta de una lanza. Le siguieron las puntas de las plumas de una cresta bermeja. Los mirones contuvieron el aliento mientras con lentitud se alzaba ante sus miradas la silueta de una mujer enfundada en una armadura. Zeus bajó la cabeza -nadie podía estar seguro si de dolor, alivio, sumisión o de puro pasmo- y, como si su cabeza gacha fuese una rampa o una pasarela desplegada para ella, el glorioso ser descendió despacioso hasta la arena y se volvió hacia él
Equipada con una armadura plateada, escudo, lanza y casco empenachado, observó a su padre con ojos de un gris hermoso e incomparable. Un gris que parecía irradiar una cualidad por encima de todas las demás: sabiduría infinita.
De uno de los pinos que jalonaban la línea de costa salió volando un búho que se posó en el reluciente hombro de la guerrera. De las dunas una serpiente esmeralda y amatista llegó reptando y se enroscó en su pie.

POSEIDON


Mythos, Stephen Fry
Poseidón nunca dejó de vigilar con mirada avariciosa e impaciente al más joven de sus hermanos, el que ahora se hacía llamar «el mayor” y «rey”. Como a Zeus se le ocurriese cometer demasiados errores, ahí estaría Poseidón para derribarlo del trono.
Los cíclopes, del mismo modo que habían forjado rayos para Zeus, crearon ahora una tremenda arma para Poseidón: un tridente. Este enorme arpón de tres puntas servía para provocar maremotos y torbellinos; incluso para hacer temblar la tierra con remolinos, que dieron a Poseidón el apodo de «Sacudidor de la Tierra”. El deseo por su hermana Deméter le hizo inventar el caballo para impresionarla y complacerla. Perdió esta pasión por Deméter, pero el caballo continuó siendo sagrado para él.
Bajo lo que hoy llamaríamos el mar Egeo, Poseidón construyó un vasto palacio de coral y perlas en el que se instaló junto a su consorte elegida, ANFÍTRlTE, una hija de Nereo y Doris, o (dicen algunos) de Océano y Tetis. Como regalo de bodas, Poseidón le entregó a Anfítrite el primerísimo delfín. Ella le dio un hijo, TRJTÓN, una especie de sirena, al que generalmente representan sentado sobre su cola y soplando con los carrillos hinchados una enorme caracola. Anfítrite, a decir verdad, parece haber sido más bien sosa y no aparece sino en contadas anécdotas de poco interés. Poseidón se pasaba todo el tiempo persiguiendo una cantidad abrumadora de chicas y chicos guapos y engendrando con las primeras cantidades todavía  mayores de monstruos, semi dioses y héroes humanos: Percy Jackson y Teseo, por nombrar a dos.
El equivalente romano de Poseidón era NEPTUNO, cuyo gigantesco planeta está rodeado de satélites como Talasa, Tritón, Náyade y Proteo.

LA CREACION DEL HOMBRE


Mythos, Stephen Fry, p. 398
Los dioses (así se lo cuenta Sócrates a Protágoras) decidieron poblar la naturaleza con nuevas cepas de vida mortal, dado que por entonces solo había seres inmortales en el mundo. Con tierra y agua, y con fuego divino y aliento divino crearon a los animales y al hombre. Encargaron a Prometen y a Epimeteo la tarea de asignar a aquellas criaturas todos los atributos y características que los capacitarían para vivir vidas plenas y prósperas. Epimeteo dijo que él se encargaría de repartir y que Prometen podía ir comprobando su trabajo. En eso quedaron los hermanos.
Epimeteo se puso a ello a conciencia. A unos animales les dio armadura -al rinoceronte, al pangolín y al armadillo, por ejemplo-. A otros, casi al azar se diría, les otorgó densos pelajes impermeables, camuflaje, veneno, plumas, colmillos, garras, escamas, zarpas, branquias, alas, bigotes y dios sabe qué más. Asignó velocidad y ferocidad, proporcionó flotabilidad y  capacidad de vuelo -a cada animal se le dotó de una especialidad práctica propia sagazmente asignada, desde la habilidad para la navegación hasta la maestría a la hora de excavar, construir nidos, nadar, saltar y cantar-. Estaba felicitándose por haber provisto a los murciélagos y a los delfines de ecolocación cuando se dio cuenta de que aquellos eran los últimos dones disponibles. Había, con su característica falta de previsión, pasado por alto por completo qué le otorgaría al hombre (al pobre hombre desnudo, vulnerable, de piel lisa, bípedo).
Epimeteo fue a ver a su hermano sintiéndose culpable y le preguntó qué debían hacer ahora que no quedaba nada en la cesta de los dones. El hombre no tenía defensas con las que protegerse de la crueldad, la astucia y la avidez de aquellos animales ahora soberbiamente equipados. Los mismos poderes que había prodigado a aquellos acabarían, seguro, con la humanidad inerme.
La solución de Prometen fue robar las artes de Atenea y la llama de Hefesto. Con esto, el hombre podría emplear la sabiduría, la astucia y la pericia para defenderse de los animales. Quizás no nadaba tan bien como un pez, pero podría averiguar cómo construir embarcaciones; quizás no corría tan velozmente como un caballo, pero podría aprender a domados, herrados y cabalgados. Un día llegaría a construir, incluso, alas que rivalizarían con las de los pájaros. Así, por lo tanto, por accidente o por error, de entre todas las criaturas mortales únicamente el hombre recibió cualidades del Olimpo: no para desafiar a los dioses, sino sencillamente para poder apañárselas con animales mejor capacitados.

ELPYS


Mythos, Stephen Fry, p. 400
Lo que significaba para los griegos el hecho de que Elpis quedase dentro del ánfora de Pandora, y lo que podría significar para nosotros en la actualidad, ha sido objeto de un curioso debate entre eruditos y pensadores desde la invenci6n de la escritura y tal vez incluso antes.
Para algunos, esto refuerza la terrible naturaleza de la maldición de Zeus sobre el hombre. Todas las enfermedades del mundo nos fueron enviadas para asolamos, argumentan, y se nos  niega incluso el consuelo de la esperanza. La pérdida de la esperanza, después de todo, se usa a menudo como una fórmula que preludia el desentendimiento y el final de toda lucha. Las puertas del infierno de Dante ordenaban a todo el que entrase que abandonara por completo la esperanza. Qué terrible entonces es creer que la esperanza pueda abandonarnos a nosotros.
Otros han sostenido que Elpis significa algo más que «esperanza”, sugiere expectativa y no solo eso, sino expectativa ante lo peor. Presagio, en otras palabras, temor y sensaci6n de inminencia de la fatalidad. Esta interpretaci6n del mito de Pandora nos informa de que el último espíritu encerrado en el ánfora era, de hecho, el más malvado de todos ellos, y que sin él al hombre se le niega, por lo menos, un presentimiento de lo espantoso de su propio destino y de la absurda crueldad de su existencia. Con Elpis encerrada, en otras palabras, somos, al igual que Epimeteo, capaces de vivir el día a día, despreocupadamente ignorantes de, o por lo menos ignorando, la sombra del dolor, la muerte y el fracaso último que se cierne sobre todos nosotros. Tal interpretaci6n del mito es, de un modo siniestro, optimista.
Nietzsche lo contemplaba de una manera, no obstante, ligeramente distinta. Para él la esperanza era la más perniciosa de todas las criaturas encerradas en el ánfora porque la esperanza prolonga el sufrimiento de la existencia del hombre. Zeus la incluyó en el ánfora porque quería que se escapase y atormentase a la humanidad a diario con su falsa promesa de lo bueno por venir. Que Pandora la mantuviese prisionera fue un acto triunfal que nos salvó de la mayor crueldad de Zeus. Con esperanza, argumenta Nietzsche, somos lo suficientemente estúpidos como para creer que la existencia tiene un sentido, un fin y que hay una promesa. Sin ella, podemos por lo menos tratar de seguir y vivir libres de aspiraciones ilusorias.
Por suerte, o por desgracia, podemos decidir por nosotros mismos.

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