Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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1.156. LOS CUERPOS PARTIDOS / ALEX CHICO


La única persona que podría acabar de explicarme lo que sucedió no tiene memoria. Se encuentra ahora en una residencia del barrio de la Bordeta, en las últimas calles del sur de Barcelona. Un poco más abajo, la ciudad cambia de nombre y todos los edificios a uno y otro lado se sitúan en puntos limítrofes, como si fueran los encargados de marcar una frontera y no supieran exactamente a qué lugar pertenecen. En cierta forma, están en tierra de nadie.

Los ancianos que se alojan en la residencia también se encuentran en un territorio intermedio, justo en la línea que separa la vida y la muerte. Prolongan su existencia a duras penas, por inercia. Aunque haya algunos que se mantengan en pie y puedan caminar por cuenta propia, la mayoría pasa el dia entero sentado en las butacas de la sala o durmiendo en la habitación. Casi siempre tienen la televisión encendida, pero dudo mucho que sepan exactamente lo que sucede en la pantalla. Les alivia escuchar una voz de fondo, como un eco lejano que les hiciera pensar que aún no están solos. Dirigen sus ojos hacia el televisor, absortos, ladeando la cabeza hacia abajo, con los párpados tan pesados que siempre parecen a punto de precipitarse en un nuevo sueño.

Miran sin ver nada. A veces hablan, pero sus frases son inconexas, vagas, como si hubieran aprendido un idioma distinto al heredado. Más que un idioma, lo que les queda es el desecho de un lenguaje, los coletazos de una lengua casi extinguida.


ARGELES-SUR-MER

Un final para Walter Benjamin, Alex Chico, p. 76
Qué diremos de los campos de concentración construidos para encerrar a los refugiados españoles que huían de la guerra. Dónde conseguiremos situar el punto exacto que nos indíque el lugar de la barbarie. Un ejemplo es Argeles-sur-Mer, una de las poblaciones costeras del sur de Francia. Si no fuera por una pequeña placa informativa a la entrada de la playa, nada nos haría pensar que allí se construyó uno de los campos de concentración al que destinaron a un buen número de refugiados españoles, donde malvivieron entre alambres de espino, custodiados por tropas coloniales, senegaleses y marroquíes, y algunos gendarmes. Sin barracas, ni letrinas, ni enfermería, ni cocina, ni electricidad, los presos tuvieron que hacer frente a la dísentería, el tifus o la sarna. Muchos murieron ante la proliferación de enfermedades y epidemias, víctimas del frío, la humedad y el hambre. Así lo describe Robert Capa, cuando lo visitó en marzo de 1939: Un infierno sobre la arena: los hombres allí sobreviven bajo tiendas de fortuna y chozas de paja que ofrecen una miserable protección contra la arena y el viento. Para coronar todo ello, no hay agua potable, sino el agua salobre extraída de agujeros cavados en la arena. Más allá de la escasez de alimentos, de los piojos y pulgas, muchos de aquellos expatriados recuerdan principalmente tres cosas: la arena fina que se colaba por todas partes, los alambres de espino y, sobre todo, el menosprecio que infligian las tropas encargadas de sitiarles en las playas de Argeles. Al sufrimiento físico habría que añadirle el sufrimiento moral. El comportamiento  que adoptaron los soldados franceses fue humillante, privando a todos los refugiados de cualquier derecho reconocido por la comunidad internacional. Como escribió Agustí Bartra en su poema "La ciudad de la derrota", haber sido vencidos no era suficiente.

EL MONUMENTO A BENJAMIN

Un final para Walter Benjamin, Alex Chico, p. 51
Aunque toda la atención se centre en el túnel y en las escaleras que bajan al remolino de agua, la construcción de Karavan está compuesta por otros dos elementos: un viejo olivo y una plataforma de meditación abierta al horizonte. Los tres se agrupan bajo el nombre de Pasajes, una denominación que guarda una doble referencia: por un lado, el aciago paso de Walter Benjamin por Portbou; por otro, el nombre nos recuerda a su Libro de los Pasajes, una obra que Benjamin no llegó a finalizar y en la que reunía, desde 1927, diversos textos e imágenes que ilustraban los pasajes y los tránsitos de la vida urbana. En algún lugar leí que ese era uno de los manuscritos que llevaba en la famosa maleta perdida. Puede que por ese motivo la guardara con tanto celo, como explican los que estuvieron a su lado durante sus últimas horas. O tal vez no, y en la maleta no conservara ninguna de las páginas de ese libro. Puede incluso que no existiera tal maleta, aunque prefiramos pensar que sí, que aún hay una parte de Benjamin, otra más, que permanece inconclusa, no resuelta del todo, como el libro que supuestamente llevaba consigo.

Los pasajes son una cosa intermedia entre la calle y el interior, escribió Benjamin. Me parece que no existe una forma mejor de definir el trabajo de Karavan, porque cuando me encontraba en el interior del pasillo, con toda la pendiente que se desplegaba ante mí, con la vista puesta en el mar, en ese trozo de mar y de acantilados que podía observar mientras bajaba, lo que percibía era un estado intermedio entre lo que está fuera y lo que sucede dentro, como si se estableciera un intenso diálogo que convocara a partes iguales al territorio y a la mirada. N o existe una comunicación tan viva como esa, una conversación tan llena de matices. No solo observamos lo que tenemos delante, sino nuestra propia memoria. Durante un tiempo muy breve, el lugar es el único que consigue activar esas zonas ocultas que hemos desplazado a un rincón, esos pliegos velados que necesitan de ciertos paisajes para resurgir nuevamente.

CULTURA Y BARBARIE

Un final para Benjamin Walter, Alex Chico, p. 46
Tal vez lo verdaderamente importante esté en el lugar que se erige ahora, el pequeño dolmen que sobresale de la tierra, las piedras que se acumulan y que dejan constancia de otras visitas, o la placa de mármol en la que aparece un fragmento de su libro Tesis de filosofía de la  historia: “No hay ningún documento de la cultura que no lo sea también de la barbarie”.
Pienso en esa frase y me digo que sí, que es cierto, que no existe ningún documento, ningún archivo o registro, incluso ningún cementerio que no nos hable del despotismo y la barbarie. Por eso importa poco que bajo esas mismas piedras aún perduren los restos de Walter Benjamín. En el fondo, lo relevante es que exista un lugar que active nuestra memoria y nos haga recordar por qué alguien como él acabó allí su vida. Algo que me recuerda también a la tumba de Antonio Machado en Collioure. Ignoro si el estado alemán ha pedido la repatriación de los restos de Benjamín, siguiendo los pasos de algunos políticos españoles que aún se empeñan en recuperar los restos de Machado, como si esa recuperación solo consistiera en trasladar unos huesos de un sitio a otro y olvidatan por el camino los motivos que les condujeron a morir en un lugar que no era el suyo.
Encontrarme frente a la tumba de Benjamín era encontrarme también frente a otras tumbas. La de Machado en Collioure o la de Bertolt Brecht en el cementerio de Dorotheenstidlicher Friedhof de Berlín, en donde me entretuve  hace unos años buscando las tumbas de Hegel y Heinrich Mann. Pienso en Lourmarin y en su pequeño cementerio situado a las afueras del pueblo, al que se accede siguiendo un camino de tierra que pasa casi inadvertido desde la carretera. Alú sigue Albert Camus, aunque no sé por cuánto tiempo, porque en repetidas ocasiones han intentado trasladarlo al Panthéon, junto a otros escritores insignes de la república francesa. Posiblemente un pequeño pueblo de la comarca del Luberon, en la Provenza, hable más de él o lo explique mejor que una especie de circuito turístico que parece sepultar por segunda vez a un ser humano.

Por eso importa poco que la tumba de Walter Benjamín siga guardando sus restos. Lo que realmente debe llamar nuestra atención es esto: que ahí no solo reposa lo que queda de un hombre, sino la suma de restos y de personas que alguna vez huyeron de la barbarie.

BENJAMIN MUERTO

Un final para Benjamin Walter, Alex Chico, p. 147
Lo supe al estar delante de una imagen, expuesta entre otras reproducciones que colgaban de las paredes del Centro Cívico. Se trata de una fotografía que había visto muchas veces antes. Walter Benjamín está de perfil, lleva sus gafas y mira al frente. Tiene el rostro serio. Viste un traje negro, aunque se le escapa el cuello de su camisa blanca. Siempre había creído que era una ficha policial, una especie de fotografía que empleaba en su pasaporte. Me equivocaba. Era la imagen de un difunto. La barra que ascendía desde su espalda y se posaba en la sien estaba sosteniendo la cabeza de un muerto. No me había fijado hasta entonces. Había tenido esa imagen entre mis manos en muchas ocasiones, pero se me había escapado por completo. Necesité una pequeña sala de exposiciones para darme cuenta.
Aquella tarde, después de salir del Centro Cívico, decidí no volver a la pensión inmediatamente. Paseé un rato por el pueblo. Las calles estaban vacías y comenzaba a hacer  frío. Me senté en uno de los bancos del paseo marítimo, abrigándome como pude mientras el viento de Tramontana iba soplando cada vez con más fuerza. Todo estaba en calma. Vi algunas casas iluminadas, pero el trajín dentro de ellas era tan silencioso que parecían deshabitadas.

LA MUERTE DE WALTER BENJAMIN

Un final para Benjamin Walter, Alex Chico, p. 126
Hasta mediados de octubre, Adorno no tuvo conocimiento de lo sucedido. Scholem lo supo en noviembre, a través de Hannah Arendt. Nadie reclamó los restos de Benjamin, tampoco sus pertenencias, que supuestamente estaban a disposición de sus herederos. Ni rastro tampoco de la cartera con los manuscritos.
La muerte de Walter Benjamin dio inicio a un universo inagotable, el de las especulaciones, en el que cuesta trazar una separación entre el mito y la historia. Todo el mundo tenía su propia teoría, algo que se ha venido repitiendo hasta hoy. Recuerdo una conversación que mantuve con el dueño de un colmado, a pocos pasos del lugar que ocupaba el Hotel Francia. Había entrado varias veces a esa tienda, pero no me animé a hablar con él hasta mi quinta o sexta visita. Un hombre amable y servicial que estaba encantado de que alguien le preguntara por Benjamin o por cualquier otra cosa relacionada con Portbou. Él lo tenía claro: a Walter Benjamin lo mataron. Eso lo sabe todo el pueblo, añadió. Desconfiaba de la versión oficial, que siempre había apuntado al suicidio como causa de su muerte. Al parecer, me dijo, conocía a alguien que había vivido aquellos dias de septiembre de 1940. Se trataba de una fuente a la que otorgaba toda su credibilidad, porque había presenciado una conversación en el Hotel Terminus, uno de los alojamientos que existían por entonces en Portbou. Ese testigo anónimo había escuchado que Benjamin era un viajero incómodo al que había que sacarse de encima lo antes posible. N o hay razón para contradecir esa idea. Hay teorías que apuntan en esa dirección, preguntas que sobrevuelan el caso y cuestionan la versión que hemos aceptado durante todo este tiempo: ¿cómo podía Walter Benjamin conservar tanta lucidez después de haber ingerido tal cantidad de morfina? ¿No hubiera entrado antes en un estado de somnolencia? ¿Por qué, según algunas versiones, consumió sólo la mitad de las Eukodal, el derivado de morfina que llevaba consigo? ¿Cuál era la razón por la que el juez se apresuró a cerrar el caso tan rápido? ¿Qué ocurrió entre los médicos que debían ocuparse de la autopsia? ¿Por qué se le entierra en el cementerio católico y no en el cementerio laico, al lado de otros suicidas, proscritos, maquis o apóstatas?

En Portbou llegué a escuchar que Walter Benjamin se había ahorcado. Incluso aún guardo un artículo de Stuart Jeffries, publicado en The Observer el ocho de julio de 2003, en donde se recoge la controvertida tesis de Stephen Schwartz según la cual Walter Benjamin fue asesinado por agentes secretos estalinistas. El título de Jeffries es claro y contundente: “Did Stalin Killers liquidate Walter Benjamin?”.

LOS RESTOS DE BENJAMIN

Un final para Benjamin Walter, Alex Chico, p. 123
Lo último que escribió Walter Benjamin fue una carta. Se la entregó a Henry Gurland, con quien había atravesado la frontera poco antes. Gurland debía trasmitir su contenido a uno de  los amigos más cercanos de Benjamin, el filósofo alemán Theodor W Adorno. Sabemos lo que decía esa carta, pero no dónde está, porque no se conserva ninguna prueba de su existencia. Es esta: «En una situación sin salida no tengo más opción que ponerle fin. Será en un pequeño pueblo de los Pirineos en el que nadie me conoce donde mi vida se acabará». Antes había ingerido una gran dosis de morfina. Después de sufrir intensos dolores y de rechazar enérgicamente un lavado de estómago, Walter Benjamin murió hacia las diez de la noche del 26 de septiembre, aunque en otras versiones la hora de su defunción se situara al dia siguiente, de madrugada. Se le diagnostica “ataque de apoplejía” o “hemorragia cerebral”. Poco sabemos del médico que le atendió. O de los médicos que fueron a verle. Firmó el acta Ramón Vila Moreno. La señora Gurland pagó su sepultura por cinco años. En el verano de 1945, después del traslado de sus restos desde el nicho 563 a una fosa común, el rastro de Walter Benjamin se perdió por completo. Así se convertía, él también, en un ser anónimo.

De su paso por Portbou nos quedan unos pocos datos. Entre otros, un informe de la carpintería Mecánica, propiedad de Enrique Espadalé. 313 pesetas por una caja mortuoria forrada de paño con varias aplicaciones, además de los seis hombres que condujeron el féretro al cementerio y el albañil encargado de cerrar el nicho. También sabemos el contenido de la factura del hotel, 166,95 pesetas por los siguientes servicios: cinco días de habitación (Benjamin estuvo en ella la mitad de ese tiempo), cuatro conferencias telefónicas (¿a quién?), una cena, cinco gaseosas con limón, gastos de farmacia, vestido del difunto, desinfección, lavado y blanqueamiento. A eso habría que sumarle 7 5 pesetas por las cuatro visitas del médíco, el ya citado Ramón Vila Moreno, por las inyecciones, tomas de presión arterial y sangría. Sin olvidar las 50 pesetas destinadas al juzgado municipal y las 93 que fueron a parar al cura Andrés Freixa, que firmó el acta de defunción, registrada en la parroquia de Santa Maria de Portbou: “El 26 de septiembre de 1940 ha fallecido aqui en Portbou, obispado y provincia de Gerona, a la edad de 48 años, el señor Benjamin Walter, nacido en Berlin, procedente de Francia, casado con Dora Kellner. Ha recibido los santos sacramentos. Al día siguiente ha recibido sepultura en el nícho número 1 de los nuevos nichos, en el lado sur de la capilla del cementerio católico de este lugar. Andrés Freixa, sacerdote”.

INCIPIT 942. UN FINAL PARA BENJAMIN WALTER



Podría haber sido una cala de pescadores, una insignificante aldea perdida entre collados y senderos, una pequeña bahía moteada de barracas, pero ese lugar se acabó trasformando en algo distinto, en un lugar de paso que algunos, con poca fortuna, nunca pudieron traspasar. Podría haber sido un territorio minúsculo, enclavado en una geografía fronteriza ante la exigua inmensidad del Mediterráneo, manteniendo una meritoria insignificancia frente a una breve extensión de agua. U na ensenada tranquila, templada, casi inerte, a pesar de la calma tensa que se cuela entre montañas, mientras el viento desplaza las piedras que se agolpan en los desfiladeros y convierte esa existencia reposada en un campo de fortificaciones. Podría haber sido un pequeño pueblo y continuar así durante mucho tiempo. Eso es lo que sugieren los lugares que parecen fuera de plano, esos espacios que no logramos identificar con ningún territorio concreto ni con ningún país que conozcamos. Podría haber sido simplemente esto: un lugar donde no ha sucedido ni sucederá nada. Pero en un momento de su historia ocurrió algo y justo por ese motivo apareció el germen de su propia destrucción. Todo, incluso lo que carece de importancia, parece condenado a la desaparición. Todo lo creado, por muy superficial que nos resulte, guarda la posibilidad de que algún día también él se extinga y no quede nada detrás, ni siquiera un miserable rastro.

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