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jueves, 26 de marzo de 2020

Europa

Hace unos días observé en un tren de cercanías como una mujer joven parecía ejercer una acción social gestionando una serie de jóvenes trabajadores africanos que parecían bastante integrados en el sistema laboral. Me alegra ver este tipo de acciones que tanto enfurecen a los que se aferran a posiciones fijas y temen por la integridad de Europa. Europa es el nombre por el que conocemos a la Modernidad, una porción substancial de la civilización occidental. En sentido estricto el nombre define un continente, estructura más tangible si bien de límites inciertos. Según la primera acepción Europa es un proceso y, como tal, sujeto a cambios y contingencias. Europa no es un objeto fijo sino un proceso histórico que sigue vivo. La llegada de inmigrantes hace cambiar a Europa, evidentemente. Pero este cambio -en algunos momentos históricos de forma más leve y en otros más acentuada- se ha dado siempre. O rinovarsi o perire ...

martes, 3 de julio de 2018

Grisura




                    En el mundo de las ciencias físicas, químicas y biológicas se suele hacer una distinción entre dos perspectivas con las que considerar los objetos/procesos motivo de estudio. Se trata de la aproximación termodinámica y la aproximación cinética. El primer punto de vista considera estados (normalmente iniciales y finales) especialmente por lo que a situaciones energéticas se refiere mientras que el segundo considera procesos que tienen lugar en el tiempo. El paralelismo con las visiones filosóficas de un mundo objetual-pre-definido y un mundo procesual-por-construir es evidente. La visión termodinámica parte de una idealidad atemporal e inmutable (el mapa energético). Nuestra tarea consiste entonces básicamente en cartografiar cuidadosamente nuestra situación. La visión cinética construye una realidad temporal que cartografía nuestra situación con marcas breves que desaparecen como estelas en la mar, parafraseando a Machado. Evidentemente estas visiones se han enriquecido con la evolución de nuestro conocimiento y hoy en día la teoría del caos tiende un puente entre ambas aproximaciones. Las nuevas ciencias de la naturaleza nos muestran un camino evolutivo a seguir en otros ámbitos del pensamiento. Nuestra sociedad insiste hasta la médula en el tema de que el futuro está abierto y no hay que anticiparlo sino construir la realidad conforme ésta se desarrolla. Estoy de acuerdo con esta idea, siempre que nos situemos en un contexto amplio y realista (los intentos, insistentes también hasta la médula, de hacer creer a todo el mundo que es un genio y que con voluntad se puede hacer cualquier cosa tampoco son demasiado higiénicos mentalmente hablando y siempre responden a operaciones mercantilistas). Pero nuestra sociedad, en los ámbitos de acción más diversos, dicta unas intenciones y practica fuertemente las contrarias. El futuro está abierto pero el espacio mental está tan fuertemente cuadriculado que esta apertura corre el riesgo de colapsar. Hoy en día a cualquier profesional basado en la comunicación (desde los profesores hasta los periodistas, desde los gestores culturales hasta los servicios de atención al público) le vienen impuestas unas directrices normalmente generadas por un burócrata que se cree muy listo por haber leído –sin haber comprendido- cuatro libros representativos. Cuando un departamento de enseñanza insiste en la forma en que hay que enseñar a restar a los niños de 6-7 años (“nunca substrayendo, siempre ascendiendo de la cifra menor a la mayor”) o indicando de qué manera se debe deconstruir una pieza artística (“un cuadro es la suma de un marco, unos colores y una forma”) no hace más que cerrar el futuro por colapso del presente. Oremos para que la podredumbre de la modernidad (o sea, la postmodernidad) consiga un catártico efecto de lanzarnos hacia la trans-modernidad. Amén.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Realidad


            En la Filosofía Clásica se resalta reiteradamente la diferencia entre ser y existir, o entre esencia y existencia. El ser resulta a-temporal y el existir está sujeto a la contingencia temporal. De alguna manera el tiempo es una prisión que limita al ser y lo lanza al devenir. Algo parecido sucede con la materia que, de acuerdo con las filosofías monistas integrales, es una forma del espíritu sometida al tiempo. El dilema ser-existir se expresa, de forma en ocasiones inconsciente, en el dualismo objeto-proceso. Tenemos una impronta tan fuerte con el tema ser-existir que tendemos a concebir el mundo como ocupado por cosas, por objetos. Incluso tenemos de nosotros mismos la visión inmovilista que nos permite crear un yo que resiste durante décadas a cualquier cambio de perspectiva que, sin embargo, tiene lugar. Concebimos los alimentos, los fármacos y la ropa que compramos como objetos, cuando en realidad forman parte de un proceso a lo largo del cual han ido incrementando su valor. Los tejidos de fibras naturales son buenos y los de fibras sintéticas son malos por definición, por seguir una narrativa que nos resulta agradable o que está de acuerdo con alguna consciente o inconsciente creencia. En los últimos años, los nuevos tejidos han mostrado que una fibra sintética puede generar una prenda que hace sudar menos que una natural tejida con menos luz de malla (lo cual no quita que las prendas de algodón puedan ser las más adecuadas para, pongamos por caso, la ropa interior). Un fármaco no se descubre como una pepita de oro que se encuentra y no hay más que liberarla de sus impurezas. Un fármaco se descubre y se inventa a la vez; a lo largo de su larguísimo proceso de desarrollo va aumentando su valor. La OMS acaba de provocar un revuelo con su clasificación de la carne roja y el embutido. Los periodistas, con su afán por los titulares escandalosos, y el desconocimiento generalizado de la máxima de Paracelso dosis facit venenum, hacen el resto: ya tenemos otro elemento situado en la zona “de los malos”. La substancia buena y la substancia mala. Parménides cosificado. Necesitamos urgentemente revisar nuestro concepto de realidad.

viernes, 20 de junio de 2014

Flores



                     La primavera avanza en el hemisferio boreal. Las flores aparecen por doquier y los poetas, los pintores y también los simples mortales se aprestan a aprehenderlas, en los más diversos sentidos. Esta aprehensión provoca un corte, una fragmentación epistemológica que pretende aislar de su flujo un objeto que es, en realidad, una parte de un proceso. Las flores marchitan –lo mismo que si se dejan en su sitio, pero no de igual manera- para regozijo de poetas y pintores, que plasman así sus naturalezas muertas. Los comunes de los mortales, en un gesto también poético, las colocan entre las páginas de un libro. Quizás la mayor diferencia entre el mundo material y el mundo simbólico –del cual el mundo del arte es parte importante- radica en la recolocación del objeto artístico, una vez extraído del proceso físico, en una zona en la que los flujos restituyen el proceso y por ello lo perpetúan. La Naturaleza imita al Arte pero haciendo lo contrario que él. Arrieros semos, puede que en el camino nos encontremos.

jueves, 27 de febrero de 2014

Resiliencia


            Constantemente nos vemos rodeados por historias de superación personal, de resiliencia, que nos ponen de ejemplo a seguir desde los periódicos hasta los libros de autoayuda, pasando por los anuncios publicitarios. Y como los occidentales están tradicionalmente enmarcados por la tradición de Parménides, nuestras historias de resiliencia siempre conducen a un estado final feliz, de superación y de triunfo. Nos cuesta mucho imaginar la resiliencia –como la felicidad- como un proceso. Preferimos hacernos una película y montar el correspondiente happy end (un poco a la manera del  …y fueron felices y comieron perdices… de los cuentos infantiles). Pero la vida no es una película sino un proceso complejo, evolutivo y multiperspectivista. El happy end de las películas tiene más bien un poder simbólico-catártico, como lo tenía la tragedia griega. El destino de Edipo resonaba –resuena- de forma simbólica en el espectador, a quien se le planta cara a cara con una pulsión inconsciente pero más que real. En la vida real las parejas felices no sólo comen perdices sino que crecen, se discuten, se reconcilian, se ayudan…

viernes, 29 de noviembre de 2013

Instante



                     Nos podemos preguntar sobre el por qué de nuestro interés en observar fotografías de gente (de famosos, de nuestros parientes, amigos y compañeros, de nuestros antepasados, de personajes históricos), especialmente cuando tenemos al original delante nuestro. Pareciera que deberíamos tener una imagen más completa al observar a la persona al natural que en una fotografía. Dado que nuestra persona al natural es un proceso (un proceso físico-químico-biológico-noético) que se desarrolla en el tiempo (parece que nuestra percepción temporal está ligada a nuestra percepción de la evolución de los procesos) la fotografía constituiría una muestra congelada de un instante del proceso. Una muestra, claro está, de lo que se puede percibir a través de nuestra mirada. Quizás así podemos aislar una perspectiva, podemos aplicar un bisturí a la compleja personalidad de nuestro analizado y deshilachar una hebra que forme parte de tal complejo entramado. Quizás podamos descubrir en la fotografía una mirada, una expresión profunda que se nos escapa en el natural, confundida dentro de la complejidad. Quizás los instantes expresivos están diluidos en un continuo menos diferenciado que nos enmaraña la visión diferencial. Un experimento ilustrativo de este fenómeno se puede llevar a cabo fácilmente “congelando” las imágenes de los personajes de un film. Nuestras “muestras” pueden resultar expresivas, indiferentes o incluso ridículas (con la posible excepción de Shirley McLaine en The Apartment; congeles donde congeles encuentras imágenes de una expresividad escalofriante). El interés que describía al principio quizás también se base en el deseo de prolongar indefinidamente la aprehensión de la perspectiva recién diseccionada. Esto sucede a veces en un proceso muy temporal y difícil de “congelar” como en la interpretación musical. Basta que un intérprete musical mediocre quiera prolongar un momento particularmente bello (en lo que respecta a timbre, armonía o expresividad) para que lo haga insoportable. En una lejana ocasión ya traté el tema de la fotografía en blanco y negro, en donde los rostros se nos aparecen infinitamente más expresivos que en la fotografía en color, hecho que atribuía al mayor abaissement du niveau de conscience que permitía a su vez una mayor participación transmental en la aprehensión. Lo verdaderamente importante e integrador es que, una vez diseccionada y observada la perspectiva congelada, podamos volver a restituir este aspecto en el todo complejo que es la persona que tenemos al lado.

sábado, 9 de julio de 2011

Movimientos


La Traslación es el movimiento que nos lleva hacia un objetivo y que por concatenación nos hace recorrer un espacio de objetos. La Rotación es el movimiento que nos centra en nuestra interioridad y nos hace partícipes de la naturaleza de los procesos. La condena de la traslación es el eterno vagar errante por no hallar el objeto deseado; la condena de la rotación es el eterno girar sin encontrar el centro inmóvil.   Los occidentales han buscado su cielo mediante la traslación; los orientales su nirvana mediante la rotación. El movimiento que se corresponde con la globalización es el de vibración, partícipe de los dos anteriores pero diferente a ellos. Resulta de la proyección unidimensional de la bidimensional rotación y da la sensación de traslación truncada, pero la Vibración es el movimiento de la resonancia, de la correspondencia, del símil, la participación, la respiración, el cosmos.

sábado, 12 de enero de 2008

Amor y Música


¿A dónde van a parar el amor y la música de Bach cuando ya no resuenan? Es una pregunta muy profunda que oí plantear recientemente. Profunda por la riqueza de perspectivas y significados que consteliza, así como la multiplicidad de modelos interpretativos con los que se puede abordar. Lo primero que hay que constatar cuando se analiza la desaparición del amor entre dos personas es el grado de hondura del tal amor que ha existido previamente. Quizás se ha tratado de un enamoramiento muy aparatoso ó apasionado, pero poco sincero ó maduro. El tiempo se suspende para tales enamorados, que creen habitar el nirvana definitivo. Pero es un nirvana decididamente muy limitado. Un grado más maduro de amor se traduce en la comunión de experiencias y de karmas. Es el amor de la complicidad. Aquí el tiempo ha hecho su aparición y delimita un proceso, guiándolo. Un grado aún más profundo de amor, el amor extático de místicos y tántricos, supondría de nuevo la desaparición esta vez parece ser que definitiva del tiempo. En resumen, creo que el amor no aparece y desaparece, sino que somos nosotros los que dejamos de participar, de resonar con el amor, que es algo así como una propiedad fundamental del universo. Respecto a la música de Bach… resulta doloroso pensar que en algún momento de nuestra evolución deje de mover la conciencia. La música de Bach es una realización de la cultura humana y, como tal, se halla sujeta a interpretación. Aunque el mundo se ha globalizado y, a pesar de ello, la música del Cantor de Leipzig sigue resonando firmemente en la conciencia de la multiculturalidad y nos aparece hoy tan ó más fresca que cuando fue escrita, sin embargo, el día –esperemos alejado unos cuantos evos de nosotros- que deje de hacerlo será probablemente olvidada. Aunque es probable que las formas extraterrestres de conciencia sigan de alguna manera apreciándola. Con ello no estoy abogando por la práctica común hoy en día de “tanto vendes, tanto vales”, ni muchísimo menos. El valor de la música de Bach no depende de la consideración que puedan tener sobre ella los circuitos comerciales, caprichosos y equívocos. La polarización del espíritu que las obras de arte articulan a su alrededor hace que cada uno adopte su propia perspectiva y nivel de profundidad. Como reza el encabezamiento del famoso canon de la Musikalisches Opfer, Quaerendo invenietis -quien busque encontrará-.