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martes, 9 de febrero de 2021

Turbulencias

 


                Cualquier tiempo pasado no fue mejor. Hubo tiempos mejores y tiempos peores. Además no existe método infaliblemente objetivo capaz de determinar el grado de bondad de los tiempos. Sería como aludir al ‘ojo de Dios’ de Putnam. Las posiciones fijas no existen. Si lo que pretendemos es aproximarnos a lo que desde nuestra perspectiva nos da por llamar posiciones fijas debemos usar como referencia algo que diste mucho de nosotros –como hacemos con las ‘estrellas fijas’ en términos espacio-temporales-. Cuando lo que intentamos comparar son diversas épocas que hemos vivido en primera persona, es decir, desde la propia experiencia, lo primero que cabe hacer es intentar minimizar el componente subjetivo que indefectiblemente colorea tal análisis. Si comparamos una época en la que teníamos 25 años con una en la que tenemos 60 la mayor diferencia que hallaremos estará irremisiblemente vinculada con nuestra diferente perspectiva correspondiente a cada edad. Aun así podemos intentar comparar ‘hechos objetivos’. Los tales ‘hechos objetivos’ tienen empero una existencia más que dudosa (mal que les pese a los científicos). Una de las lecciones de la postmodernidad es que no existen ‘hechos’ sino ‘interpretaciones’. Pues bien: desde mi interpretación efectuada con 62 años comparando nuestra época con la de hace 30 años y basándome en ‘categorías objetivizables’ ‘siento’ que ha tenido lugar una importante degenaración en muchos aspectos. A base de ignorar con creciente intensidad ciertos principios éticos que en otros tiempos pesaban, a base de despersonalizar –operación sistemáticamente efectuada reduciendo a una pura fórmula racionalizada y, por tanto,  externa a nuestra experiencia- las cuestiones antes constelizadas alrededor de una ‘ética’ más o menos compartida, a base de ofrecer una inmerecida plataforma de exhibición a cualquier energúmeno en pos de disfrazados intereses puramente crematísticos, a base de mirar para otro lado cuando pasan ante nuestras narices según que cosas y a base de hablar mucho y no hacer nada la impresión que tengo es bastante penosa en cuanto a nuestro frágil presente. 


viernes, 25 de marzo de 2011

Unus Mundus



Hace unas cuantas semanas que las cabeceras de todos los periódicos están masivamente constituídas por noticias sobre las revoluciones en el mundo árabe. Soplo de aire fresco para la conciencia general, amenaza contra la seguridad para otros, ya que cualquier cambio trae otros cambios. A nivel político puede ser más o menos rápido cambiar los apoyos a unos dictadores que frenaban la expansión islamista (en parte tras haberse dado cuenta, un poco tarde, de que dichos apoyos no hacían más que alimentar por detrás lo que se pretendía evitar por delante). A nivel económico, mucho más lento ya que el poder tiende a consolidar estructuras, inmovilizándolas. La gran reflexión es, sin embargo: ¿Deberíamos ir todos a la plaza mayor a sacudir con la mano nuestros zapatos? La corrupción dentro de los sistemas democráticos se puede, evidentemente, combatir con más facilidad, pero ¿Qué pasa cuando toda forma de poder se apantalla para perpetuar el latrocinio? Leí hace unos días en la prensa que la corrupción es inherente al género humano y que, al modo como Bernard Mandeville lo resumió en su Fábula de las Abejas de 1705, el vicio de las partes hace el beneficio público. Quizás nos sobre un poco de Maquiavelo y nos falte un poco de Sócrates. El otro conjunto de noticias que comparte cabeceras informativas, el desastre de Japón, no ha cesado de provocar en todos los puntos del planeta consternación por las víctimas unida a admiración por la cultura de la colectividad y la calma zen. En otras épocas ambas noticias habrían atraído por un momento la atención de los occidentales para luego caer en el rincón de las cosas lejanas tras un escapista “suerte que estas cosas suceden lejos de aquí”. Hoy en día no hay nada que suceda lejos o que deje de afectar a la comunidad global. Hoy en día, árabes y japoneses somos todos.


viernes, 27 de noviembre de 2009

Buenas personas


Cuando hablamos de alguien y no tenemos otra cosa que decir de él que algo así como que “es buena persona” solemos dar a la frase una connotación ligera ó fuertemente negativa. Este hecho nos debería hacer reflexionar sobre el valor que hoy en día otorgamos a la moralidad. Porque, pensándolo un poco, ser “buena persona” en los tiempos que corren es algo que roza el heroísmo. El número de personas de las nuevas generaciones que piensan que siendo “buena persona” no se llega a ninguna parte en este mundo sigue teniendo un peso importante. Todavía quedan bastantes vestigios, por tanto, de la famosa generación X, aquella que, siguiendo una ley generacional inexcusable, se rebeló contra la generación que le había precedido, la de los que querían cambiar el mundo de forma pacifista, con flores de todo tipo, incluidas las de adormidera, y se decantó hacia el supuestamente glamouroso universo yuppie. Muchos de los miembros de esta generación suelen distinguir continuamente entre lo que se aparta de la ley y lo que puede ser moralmente reprobable. Esto no deja de ser un mero juego de palabras. Porque lo que se supone que la ley debería reflejar no es otra cosa que un uso de códigos éticos intersubjetivos mínimos. Si alguna acción es legal pero moralmente dudosa, es señal inequívoca de que la ley no está bien configurada. Ya sé que hecha la ley, hecha la trampa. Solamente hay que remitirse a todos los casos de corrupción local con que los medios de comunicación nos han regalado en los últimos tiempos. Ante tanto robatorio nos escandalizamos, por eso, de manera un tanto superficial y aparente. En el subconsciente de muchos flota una admiración hacia la picardía y la trapisonda. Ello explicaría el por qué los italianos insisten en votar a un delincuente como primer ministro.

sábado, 15 de agosto de 2009

Cárceles


Hace poco oí una conversación sobre la conveniencia del castigo penitenciario asociada con la posibilidad de reinserción social. Este tema suele disparar encendidos encuentros entre tertulianos. El castigo se puede considerar desde infinidad de puntos de vista, desde al más primitivo que lo asocia a la venganza personal o social contra determinado individuo ó grupo (“ojo por ojo, diente por diente”) hasta el más evolucionado que lo considera un método forzado de crecimiento que puede funcionar de forma paralela a los castigos que se aplican –hoy día menos de lo que se debería- a los menores de edad y que están destinados al aprendizaje y manejo de las coordenadas vitales, pasando por el punto de vista intermedio y más práctico que considera que la privación de contacto de un individuo con la sociedad se hace necesaria en bien de la salud de ésta última (“segregación de las manzanas podridas de las sanas”). La consideración sobre qué punto de vista se adapta mejor a nuestro sentir va íntimamente ligada con nuestra consideración sobre la naturaleza del delito. Quien adscriba el delito a una capacidad limitada de conciencia sin duda adaptará el punto de vista pedagógico, o de crecimiento (evidentemente, existen casos cuya capacidad de crecimiento está severamente acotada). Quien no pueda liberarse de los conceptos cerrados buenos y malos, inocentes y culpables, víctimas y verdugos, adoptará la postura intermedia, mientras que el que quede cegado por los sentimientos y sea incapaz de establecer una distancia mínima que le permita siquiera una pequeña reflexión, abogará por la más primitiva de las soluciones. Aunque las afinidades electivas particulares pueden variar ampliamente en función de la implicación personal en cada caso.