La medida del hombre
Uno de mis episodios
favoritos de Star Trek: La Nueva Generación es el de “La
medida de un hombre” (”The Measure of a Man”, 1989), en el
que el Comandante Data, un androide positrónico creado por el Dr. Noonian
Soong, inspirándose en los robots positrónicos de Isaac Asimov, debe demostrar
que es un ser autónomo y consciente para no ser convertido en poco menos que
carne de laboratorio, a fin de obtener toda una raza de androides obedientes y
esclavos.
El capítulo es una
verdadera maravilla y es de los que hacen reflexionar, por su contenido
filosófico y que han hecho famoso a Star Trek, efectos
especiales y batallitas con ensaladas de tiros a parte.
De hecho, el tema tiene su
continuación en la más reciente Star Trek: Picard, en la que
ha sido posible replicar androides del tipo Data por parte de los científicos
de la Federación.
¿Cómo diferenciar un ser
humano consciente de un programa de ordenador diseñado para simular a un ser
humano consciente? Ya en su día, Alan Turing, padre de la inteligencia
artificial, propuso un test -conocido como Test de Turing-
de carácter eminentemente práctico. Se ponía detrás de una mampara al
humano/programa y se le hacían preguntas. Si pasado un cierto tiempo, no había
sido posible discernir si tras la mampara se ocultaba un ser humano o un
programa artificial, se podía considerar que el programa había superado el test
de Turing y podía considerarse, desde un punto de vista operativo,
como humano.
En El hombre
bicentenario (”The Bicentennial Man”, 1976), de
Isaac Asimov, la ONU decide que lo que define a un ser humano y lo diferencia
claramente de un robot es la mortalidad.
René Descartes ya se
preguntaba en su Discurso del método (1637) acerca de cómo
diferenciar a simples autómatas de seres humanos auténticos y proponía un par
de tests: el del lenguaje (las máquinas podrían entender frases sueltas, pero
no articular todo un discurso) y el de la adaptabilidad (las máquinas podrían
efectuar tareas para las que hubiesen sido programadas, incluso mejor que las
personas, pero serían incapaces de adaptarse a tareas para las que no
estuviesen programadas).
Ni que decir cabe, que hoy
día, estos dos tests han quedado parcialmente superados gracias a cosas como
las redes neuronales o los algoritmos genéticos y otros avances en inteligencia
artificial. Por otro lado, reconocer frases sueltas descontextualizadas es uno
de los puntos débiles de las máquinas, en contra de lo que pudiera pensar
Descartes.
En ¿Sueñan los
androides con ovejas eléctricas? (”Do Androids Dream Of
Electric Sheep?”, 1968, de Philip K. Dick y llevada al cine como
Blade Runner), existe lo que se conoce como el test
de Voight-Kampff, que consiste en detectar por un procedimiento
físico sencillo la existencia de emociones en el ser al que se le aplica, a fin
de diferenciar entre seres humanos y los replicantes, unos androides
prácticamente perfectos, aunque artificiales y con una vida mucho más limitada
que la de los humanos.
Conforme los avances en
robótica y en inteligencia artificial vayan progresando, me temo que no solo
tendremos que dotar a los robots de ética, en forma de algo equivalente a las 3
leyes de la robótica asimovianas, sino que necesitaremos saber si lo que hemos
creado se acerca a algo parecido a la conciencia o siguen siendo meros
programas, simplemente de una gran sofisticación.
La conciencia es el gran
reto del siglo XXI. Saber qué es, cómo se origina, si puede replicarse o
crearse, qué pasa cuando se desvanece la vida de su portador, cómo funciona…
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