jueves, 30 de junio de 2011
ESTAMOS EN EL AIRE
sábado, 1 de mayo de 2010
TRABAJADORES DE TRULALÁ
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PARA MIRAR CON LUPA
Los muñequitos de los chocolatines Jack descansaban –y aún hoy lo hacen-en unos ataúdes de chocolate, claro, que se comían en un santiamén casi sin saborear. El rango de emociones que provocaban lo encabezaba la sorpresa de que nos tocara uno que no teníamos. Y como no era cosa de todos los días comprarse un chocolatín, el desencanto hacía de la boca una trompa si el muñeco liberado ya figuraba en nuestra colección.
Los muñecos de Di Cicco, frontales y de colores puros bien de pomo como venían los Jacks, parecen ser parte de una colección infinita a la que no le falta ninguna pieza. Pero al mismo tiempo, cualquiera de ellos da la sensación de poder iniciar una serie que a su vez encabezaría a otra. De estos asuntos los chinos que Borges citaba o inventaba sabían mucho.
Solos o de a pares, los muñequitos, pensados para habitar la maqueta de una estación del ferrocarril, dan cuenta de un afán conciliador que da la impresión de no querer olvidarse de nadie. Todos los tipos sociales parecen tener cabida en el trabajo de Di Cicco. Como en los trenes del general Perón.
Esa conciliación no sólo es conceptual sino también plástica: puede advertirse en la factura de cada muñeco. Por un lado dan la sensación de ser esbozos, bocetos, algo inacabado, pero al mismo tiempo se percibe con claridad una dedicación silenciosa y tierna a la vez como si luego de cada jornada, la cabeza del trabajador necesitara restituirse a un cuerpo que por momentos debería sentirse como ajeno.
Y hay un par de muñequitos que parecen ser los más difíciles de conseguir.
Y contra lo que se cree, no es la pareja haciendo el amor. Seguro.
Y la impresión punzante de que la estación de trenes era una verdadera arcadia, donde todo era posible, como en Trulalá.
La colección de Jacks guardaba una epifanía de la que de chico uno no alcanzaba a darse cuenta: la posibilidad de observar por primera vez a Hijitus de perfil. Como ver al guarda tocar la campana de la estación, ni más ni menos.
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martes, 11 de agosto de 2009
VOLARE
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Enuma Elish
Fue un domingo, claro, el día en que el altísimo se encuentra mas bajo, cuando el sacerdote brasileño Adelir da Carli, después de ofrendar santa misa, aseguró a una silla de asiento acolchado mil globos inflados con helio, se ató a ella con un cinturón de seguridad y cuando sus monaguillos soltaron amarras salió volando al cielo. Como es facil adivinar, el fin de semejante audacia era muy noble: reunir el dinero suficiente para construir un, así llamado, santuario del camionero. Suena raro: santuario del camionero, pero al parecer su ciudad, Paranaguá, es ruta obligada de cientos de camiones que van o vienen Curitiba y de allí a San Pablo. Y antes que a la fe del chofer se la gane de mano algún caboclo umbanda, Adelir da Carli intenta consagrar una suerte de estación de servicio espiritual donde los surtidores no expendan ciertas gasolinas. Nunca se entiende muy bien cómo es que el quiebre de un record genera divisas. Eso de pasarse tres días nadando por el ártico con el objeto de recaudar fondos para que no se extingan los pandas, por ejemplo. Al parecer los gritos de aliento, la cobertura del periodismo, la vigilia de las ong traducen los nervios y el sudor en monedas contantes y, sí, sonantes como campanadas, cada día que pasa. El entusiasmo curioso de la gente que apuesta al sacrificio del otro y al propio de cada quien por unos pocos reales. Cristos guinnes indolentes y negocio redondo para todos. Fama, salvación, conciencias tranquilas. Como sea, el pastor de los camioneros, segurísimo de conseguir publicidad y billetes para su santuario, amarró los globos en racimo y con esa silla que en la foto de los diarios parece preparada para un lisiado se lanzó al aire como un papá noel al que se le escaparon los renos. Pretendía volar no más de veinte horas. A las ocho ya no se supo mas nada de él. Los orixás se lo han llevado para la selva, para el océano; quién puede saberlo, murmuran los camioneros.
Lo que sí se sabe es que si los inventos son chinos, los records son americanos: diecinueve horas de permanencia en el aire así, silla impulsada con globos, había logrado un yanqui de Ohio; cuatro con quince minutos, el sacerdote unos meses antes de estos sucesos. Las imágenes del noticiero lo muestran saludando a la gente. Son unos pocos, en verdad, como si presintieran la tragedia. Remonta vuelo raudo a una velocidad que inquieta y se pierde en lo alto. Desapareció a la altura de Santa Catarina, al noreste. Llevaba mucha agua mineral y barritas de cereales. "Necesito ponerme en contacto con el personal de tierra para que me enseñen a usar el GPS. Es la única forma que tengo de informar mi latitud y altitud y sepan dónde estoy", fue lo último que se le escucho decir por el celular. Después, el silencio.
Algo no cierra bien del todo. Cómo es que se lanza a volar así nomás, sin saber cómo funciona un gps, vamos. Nadie se tira por paracaídas sin saber cuál es la correa a jalar. Las formas programadas del descenso era de por sí muy curiosas: pinchando los globos uno por uno, con pausa y parsimonia. En las noticias, nadie dijo saber nada de asesores, ingenieros, físicos, algún montgolfier carioca que diera pautas sencillas de cómo manejar semejante vehículo.
El espíritu sopla por donde quiere y cuando quiere. Lo que prometía un rumbo sur más bien lánguido de pronto y sin aviso viró hacia el oeste. Adelir da Carli enfila primero hacia la selva y si la cosa no calma derecho al mar va. O sea: lo que empezó como Mary Poppyns termina en Capitán Acab.
Por la misma fecha los diarios informaron que se escapó volando en medio de recital el chancho gigante de Pink Floyd. Había salido en estampida ni bien lo soltaron para tomar las fotos que ilustrarían la inquietante cubierta del disco Animals, en 1976. Aterrizó a
¿Cómo que no sabe como funciona un gps?
Y en internet, nada, pero nada del abuelo de Marina Abramovic.
En 1987 Primo Levi cae, atraido por la gravedad del hueco de la escalera de su casa. Al parecer Levi sufría vértigo. Pero, cómo alguien que ha sido arrojado a lo más hondo, que ha vivido en el abismo –y el abismo no es un lugar sino un estado de caída- puede caer de nuevo. Ese agujero que se precipita a los pies de Levi, el hueco de la escalera, ¿eso es Auschwitz? Esa noche que se abrió un día y nunca mas se cerró. ¿Qué enmudece de palabras a quienes allí estuvieron? Afónicos, inmóviles, exánimes. La voz si no es un grito es, de nuevo, un hilo y el globo que se desinfla. Lo que hay es monóxido. Pero el vértigo no es tanto el miedo a las alturas, a caerse. El vértigo es la irresistible fuerza del vacío, el miedo a ser vencido por el vacío. Es una sirena de Ulises y los oídos intactos. Los coros angélicos que habrá escuchado Levi desde el hueco oscuro de su escalera; las órdenes nazis. Las manos detrás del oído, entonces. El equilibrio que se pierde. Cuatro pisos cayó.
Y desde abajo una niña señala el cielo carioca: otro satélite, abuelo. Por la punta del dedo índice el entusiasmo se escapa en un grito. Y no. No es un satélite. Es el cura iluminado que cruza los cielos, los globos como solcitos.
Por esos días llega la noticia que pone fin al misterio de la desaparición de Saint Exupery. Fue derribado por un caza alemán que de haber sabido que era el escritor quien conducía el avión jamás le hubiera disparado. Pero cuando se dio cuenta sin el menor atisbo de duda que fue él quien lo derribó se llamó a silencio. Y hay como una maldición dando vueltas por allí porque, bueno, no es tan sencillo matar al Principito y liberarse de toda culpa por más órdenes y anonimatos.
Todo ocurrió en Toulon, empezó a declarar Horst Rippert a un periodista francés. "Volaba por debajo de mí, mientras efectuaba yo una misión de reconocimiento en el mar. Vi una insignia, viré hacia un lado para colocarme detrás de él y lo derribé". Durante
El principito es un niño sin globo. Había abandonado su asteroide gracias a unos pájaros silvestres. Viaja donde el viento del espacio se lo lleve.
Y lo de Adelir el cura brasileño, ¿no es suicidio? ¿Cómo que no sabe cómo funciona un gps?
De Saint-Exupery se dice eso, que intentaba suicidarse, o bien, sordo al vértigo, buscaba asistencia en un paso que no se animaba a dar. Al menos así lo afirma Bernard Mark, historiador de la aviación.
¿Qué podría haberlo llevado a querer quitarse la vida luego de escribir un libro como El Principito? ¿Qué se ve desde tan alto? ¿lo mismo que desde el abismo, como Primo Levi? Se dice que una semana antes de desaparecer, Saint Exupery dio algo así como pistas de sus ideas suicidas. De hecho, cuando sobrevolaba Turín, meses antes de los sucesos de Provenza, realizó una serie de maniobras muy peculiares. Los alemanes no abren fuego, extrañados por la “indiferencia del francés que no varió su rumbo cuando entró en la línea de fuego.” "El mismo Saint-Exupéry dijo que cuando les vio llegar, giró el retrovisor y les esperó", asegura Bernard Mark. “Nunca vi al piloto”, declara Rippert. “Nunca vi un paracadidas abrirse.” “¿Hubiera podido hacerlo?” Rippert se encoge de hombros. Mira la cámara. Acaso, dice, acaso podría haberlo hecho, y se lleva la mano a la cara. Tiene ochenta y largos. Parece un niño.
Una noche, la mujer de Rippert entra de improviso en su escritorio. Rippert se sobresalta. La creía cenando con unas amigas. La mujer comenzaba a explicar las razones de su presencia (al parecer una de las amigas de descompuso y la reunión terminó antes de comenzar) cuando advierte que en la mesa de trabajo de su marido hay cientos de hojas dibujadas. Y todas tienen el mismo dibujo: corderos. De todos lo tamaños y formas. Pintados al pastel, al óleo, con lápiz, apenas esbozados, a la carbonilla, con tinta china. Cientos de corderos. Rippert los dibujó durante años, desde que se dio cuenta que había matado a Saint Exupery. Todas las noches dibujaba al menos un cordero y lo guardaba bajo llave. La mujer de Rippert sintió, entonces, lo mismo que Shelley Duvall en El Resplandor cuando descubrió que su marido, Jack Torrance (Jack Nicholson), lejos se encontraba de escribir la novela por la cual había aceptado encerrarse a cuidar ese hotel de Colorado en invierno. Miles de veces, cientos de páginas escritas con lo mismo encontró Shelley Duvall: “All work and no play makes Jack a dull boy”. Un mantra. Así la mujer de Rippert ve en un segundo cómo su marido ha dibujado durante años miles de corderos bajo la luna de Baviera y los ha guardado en silencio. Corderos que a veces son como el grito de Abramovic, que pierde su voz hasta llegar a la afonía. Rippert se queda sin tinta, sin óleos, y el cordero de la madrugada aparece como un fantasma, puro borde, cuerpo aguado. Igual lo guarda Rippert sin siquiera retocarlo más tarde. Así fue hecho, así se queda hecho. Los pulmones de Adelir Da Carli, sumo sacerdote de los camioneros, allá en lo alto, ya sin una gota de oxígeno. El vacío se abre entre los alveolos. Como si su marido fuera descubierto con una amante; la mujer de Rippert pregunta y tiembla. Qué son todos estos corderos. Qué es esto, qué significa esto. La mujer desparrama los corderos sobre la mesa. Dibujos, óleos, acuarelas, bocetos. Y Rippert nada. No dice nada. Es vacío. Solo son corderos, mujer, dice después de un rato, sin mirarla a los ojos, y su voz es un hilo que ata otro globo. Qué hay de malo en dibujar corderos. De acuerdo, responde ella. No hay nada de malo en dibujar uno, o dos, o treinta. Pero no cientos de ellos. Cientos. Su mujer está a punto de llorar. Un cristal finísimo y los corderos que balan como tenores. Rippert levanta la vista. Los ojos vidriosos. Solo dibujo corderos, mujer.
Tiempo después, cuando borracho, vencido, dijera que había matado al Principito, a su mujer no se le pasaron por la cabeza los corderos dibujados. Que mataste al Principito, cómo que mataste al Principito? ¿Qué Principito? A Saint Exupery. Yo maté a Saint Exupery. Rippert tiene recortes periodísticos guardados bajo llave que despejan toda duda.
Unos años antes de los sucesos de Provenza había desaparecido en el cielo Amelia Earhart. Pionera de la aviación norteamericana, Amelia debe haber sido una de las mujeres mas bellas de la historia. En muchas de las fotos puede constatarse su estremecedor parecido con la escultura de la reina Nefertiti. El grosor de los labios, la nariz de Cleopatra, una mirada dulce y penetrante a la vez. Amelia tan parecida a Lindbergh, el hombre más famoso del mundo en su tiempo, que sobrevoló solo el Atlántico. El parecido físico entre ambos era notable. Lo que de alguna manera realzaba la figura de Amelia ya que el aviador no era sino el sueño americano hecho y derecho. Lindbergh: nazi, antisemita, un superman que no veia para nada bien una guerra contra Hitler. Héroe al que le secuestran y matan un hijo. Una tragedia americana. Cae un sospechoso: alemán emigrado, un tal Hauptmann. Cómo defenderse frente al jurado. Dibujando corderos, dándole a cada uno un cordero, y otro al juez y otro al dibujante del periódico. Falta todavía un poco para la guerra y León Wertz, el amigo a quien Saint Exupery dedica El Principito ya se olvidó cómo se dibujan los corderos. Se refugia y pasa hambre y frio, se lee en la dedicatoria. ¿Sabía dibujarlos Lindbergh? ¿Serían parecidos a los corderos que Hauptmann, el supuesto asesino de su hijo, reparte al jurado antes de terminar en la silla eléctrica? Por qué dibujar un cordero, preguntaría Amelia Earhart en las nubes; mejor, aunque redundante, un águila, un cóndor. Por qué un cordero si lo que viene es un chancho, Adelir Da Carli que estás en los cielos escuchando a Pink Floyd, no previste acaso que una bandada de pájaros como los que transportaron al Principito a la tierra te podían pinchar los globos y caer como se supone que cayó el avión de Amelia Earhart, cerca de Hawai, que es donde murió Linbdergh. Se supone, porque nunca más se supo de ella.
Corderos de dios. Vacío que todo se lo traga. Como Cleopatra, el Principito busca su muerte voluntaria en la picazón de una serpiente.
En lo alto y en lo bajo: Auschwitz, un vértigo que enmudece, quita el aliento, vacía pulmones. Corderos. Dibujar corderos antes que allá en lo alto la noche abra su boca en la boca de nuestro cuerpo. Dibujar corderos: lo único que nos salva.
Luis Sagasti