Las arenas del desierto regresaban a su sitio
cada vez que las removía con la pala; una y otra vez. Se sentía inmerso en uno de
los habituales castigos cíclicos en la antigüedad.
—Esto
es imposible —dijo luego de intentarlo una vez más. Se quitó el sombrero de
corcho y secó su sudor con la manga de la camisa. El sol caía perpendicular
sobre su cuerpo y el calor del mediodía apenas sí lo dejaba pensar en otra cosa
que no fuera continuar.
Clavó
la pala en la arena para marcar el lugar y salió del pequeño pozo que había
logrado hacer. Caminó unos pocos pasos y se encontró bajo la sombra del
improvisado toldo.
—¿Ya
lo encontró? —preguntó la mujer cuando lo sintió acercarse, sin apartar la mirada
de la pantalla de su computadora portátil.
—¿Es
una broma? —respondió él—. Cada palada de arena que quito vuelve a meterse en
el maldito agujero. No podré hacer nada solo. Necesitamos ayuda.
—No
—fue la lacónica respuesta de la mujer.
Pensó
en responderle de manera poco caballeresca insultándola en los idiomas que
conocía y también en otros que no conocía. Pensó en regresar a la ciudad. Pensó
en abandonarla, definitivamente, en medio del desierto. Pensó, también, en el
dinero, y no respondió. Se acostó en la sombra bebiendo de la cantimplora casi
vacía mientras buscaba algo para comer.
—Seguiré
cuando baje un poco el sol… —respondió a la silenciosa pregunta de la mujer.
Podía ver sin dificultad como el viento devolvía la arena al cada vez más pequeño
pozo que le llevara la mayor parte de la mañana abrir—, con tanto calor ya no
recuerdo qué hacemos aquí.
Con
fastidio y desagrado la mujer dejó de teclear y lo miró de reojo. Mientras
siguiera allí, junto a ella, hablaría todo el tiempo y le impediría concentrarse;
ya se lo había hecho ayer, durante el primer día de la búsqueda, no podía
permitirse perder nuevamente todo un día, debía completar el informe para
enviarlo, sin falta, al atardecer.
—Buscamos
el sarcófago del sumo sacerdote del reinado del faraón Amenemhat, fundador de
la Dinastía XII de Egipto. Ya se lo he dicho —respondió acomodando los lentes
sobre el puente de su pequeña nariz.
—Realicé
una pequeña búsqueda antes de aceptar su ofrecimiento —dijo escupiendo la arena
que el viento le metía en la boca mientras hablaba—, y la tumba de ese
Amenloquesea, está en su pirámide y los funcionarios más cercanos al rey se los
enterraba siempre cerca de su tumba. Por lo que aquí debe de haber otra cosa.
—Nunca
se encontró el sarcófago de este sacerdote. Cayó es desgracia apenas unos meses
antes de la muerte del Faraón y huyó de la corte llevándose todos sus secretos
—dijo la mujer irguiéndose en la incómoda silla buscando una postura que no le
molestara tanto, sólo habían traído el equipo extremadamente necesario, y lo
que pudieran cargar, y la comodidad no entraba en ninguna de esas dos opciones—.
Presumiblemente para enterrarlos consigo, como era la costumbre en ese
entonces.
—Estamos
en medio de la nada —interrumpió poniéndose de pie—, si lo que sabía era tan
importante podría haber elegido otro lugar para morir. Uno en el que no fuera
tan fácil de olvidarlo.
—Esa
afirmación es cierta solamente en parte. En la actualidad aquí no hay más que
desierto, en la antigüedad parece haber sido diferente; las imágenes del radar
satelital muestran que debajo de la arena existen varias formaciones minerales
del tamaño de una residencia, así como otras formaciones no minerales. Una de
ellas de las dimensiones adecuadas para tratarse de un sarcófago. Recuerde que
los egipcios los fabricaban de cedro porque consideraban que su madera duraría
toda la eternidad. Por lo que su cuerpo estaría al resguardo de la corrupción y
del paso del tiempo, protegido por el cedro, al que consideraban poseedor de
ciertas propiedades especiales —su voz sonaba como la de una catedrática
explicando un tema que conoce a la perfección; lo único que desentonaba era el
lugar elegido para la clase.
—¿A
qué viene todo esto? —preguntó atontado tanto por el calor como por la cantidad
de palabras.
—¿No
lo entiende? Cedro… Es decir…
—Si,
si. No mineral, perfecto —dijo levantando lo hombros—, pero también puede ser
otra cosa. La madera se fosiliza, no lo olvide.
—No
lo será.
—¿Por
qué está tan segura? ¿Qué sabe usted que la hace diferente de las generaciones anteriores
de buscadores de tesoros, egiptólogos, charlatanes, especialistas de cualquier
tipo y los desquiciados, que se hayan internado en este maldito desierto?
Se
miraron en silencio. Él sabía que ella no respondería porque dudada de que
tuviera alguna respuesta para darle. Ella sabía que no respondería porque, dijera
lo que dijera, no creería en respuesta.
—Como
quiera —dijo él entregándose una vez más al abrazo del sol del desierto tras
arrojar la cantimplora vacía a la arena—, es su dinero. Pero le aseguro que no
lo encontraremos. Sin en verdad existió, lo han olvidado, para siempre.
—Al
contrario —susurró la mujer—, lo encontraremos, porque ni siquiera el olvido es
eterno —agregó antes de volver su atención el trabajo todavía pendiente en la
computadora.
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