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13 agosto 2021

Sesquidécada: agosto 2006

La sesquidécada de agosto de 2006 nos lleva de viaje por partida triple, un viaje en el tiempo, otro en la geografía y otro en la literatura. Pónganse cómodos que vamos con ello.

George Orwell nos traslada con Homenaje a Cataluña a un tiempo en el que la palabra libertad aún no había caído en manos de los usureros neoliberales del diccionario patriota. Es un relato autobiográfico que se convierte en novela imprescindible, como tantas otras ambientadas en la guerra civil, para entender qué nos jugamos entonces y qué corremos el riesgo de perder hoy día. Es también el testimonio de alguien que vivio de cerca el conflicto pero que lo muestra con una perspectiva que huye de las moralejas y del maniqueísmo de esas visiones que solo contemplan dos bandos homogéneos enfrentados. Como señala Gabriel Jackson, "no hay otra obra breve en la inmensa literatura sobre la Guerra Civil española que ilustre tan agudamente los dilemas políticos y filosóficos de la República en tiempos de guerra". Un viaje en el tiempo más que necesario en nuestros días de olvidos interesados.

El viaje geográfico lo haremos de la mano del cineasta David Mamet con un pequeño relato por el paisaje otoñal de Vermont: Al sur del edén. No es un libro de viajes, ni una guía, ni siquiera una novela, solo impresiones sobre una geografía que evoca sueños, sentimientos, recuerdos y pensamientos tejidos entre los bosques y ríos de un territorio todavía a salvo del deterioro humano. Es en definitiva un libro ligero para refrescarse en las tórridas tardes de verano, soñando con un edén más o menos inalcanzable.

Finalmente, el viaje literario se lo dejamos a Orhan Pamuk y una novela imprescindible: Me llamo Rojo. Se trata de una novela que moviliza buenos recursos literarios para trazar una intriga que en realidad se convierte en una excusa para reflexionar sobre el arte, la cultura, el amor, la escritura, la pintura, la religión... No alcanzo a recordar la trama, pero sí la sensación de estar embarcado en un relato muy rico y vivo, en el que las referencias culturales acompañaban al lector en un viaje sugerente por el mundo de los libros en el imperio otomano del siglo XVI. Una joya literaria.

14 agosto 2013

Sesquidécada: agosto 1998

Aunque suene tópico, hay libros cuya lectura nos marca de manera indeleble para el resto de nuestra vida. Es posible que haya que esperar años para darse cuenta de ello, porque esos libros que persisten en la memoria no siempre son las lecturas que más nos han gustado o que más hemos recomendado, sino que son obras que, como los buenos vinos, han tomado cuerpo tras una digestión serena y reposada.
Esta sesquidécada rinde homenaje a una de esas novelas imprescindibles para entender el mundo en que vivimos o más bien para entender quiénes somos los seres humanos: me refiero a 1984, de George Orwell. Cuando hace quince años leía 1984, ya conocía otra de las obras maestras de Orwell, Rebelión en la granja, que también me había impactado notablemente, aunque me pareció demasiado esquemática y apologética. Con 1984 no tuve ninguna reticencia, pues me pareció una novela impecable, profunda sin olvidar lo narrativo, crítica sin dejar de ser literaria. Es difícil hablar de 1984 sin desvelar sus intrigas a quienes no la han leído, pero por otro lado, resulta aun más difícil encontrar a alguien que no haya oído hablar del Gran Hermano, de la neolengua o de la policía del pensamiento, elementos clave de esta obra orwelliana. Sin duda, los curiosos podrán encontrar suficiente información en la red sobre Orwell y su obra, pero quisiera aprovechar para recomendar una carta recién publicada en la que el propio Orwell habla de su novela y describe con gran lucidez lo que ha de ocurrir en las siguientes décadas. 
Creo que todos los ciudadanos de este Primer Mundo, tan satisfechos en nuestro ombliguismo, tan escasamente preocupados por la acumulación de poder en las manos de unos pocos -al menos mientras haya migajas que repartir-, tan soberbios en nuestro estado del bienestar -mientras dure-, deberíamos leer esta novela de Orwell y entender de una vez por todas cuál es el coste de todo lo anterior, cuál es el precio que estamos ya pagando por esas limosnas de vida burguesa. Se ha hablado siempre de 1984 como una distopía literaria, es decir como una ficción apocalíptica, pero resulta que nuestra realidad es mucho más apocalíptica que la soñada por Orwell hace más de cincuenta años. Ni siquiera necesitamos que unos burócratas borren la historia y la reescriban a gusto del Gran Hermano, porque hoy ese Gran Hermano asume que son los propios ciudadanos quienes borran sus memorias y reescriben en ellas al dictado de una sucesión de mentiras que se tapan unas a otras. Ya tenemos policía del pensamiento y vigilancia de las comunicaciones privadas. Tenemos gobernantes que castigan la transparencia y premian la delación, que inventan palabras para ocultar las verdades molestas, que utilizan la guerra para garantizar su paz. Es probable que en una sociedad normal, si alguien nos describiese este mundo en el que los poderosos desahucian y roban a los mismos miserables a quienes dicen servir, un individuo normal pensaría que se trata de una distopía, de modo que convendría reflexionar acerca de qué es lo normal y qué es lo atípico cuando hablamos de justicia, legalidad, igualdad o libertad. Sin duda, Orwell se quedó corto, pero para darnos cuenta de ello necesitaríamos más lectores y más críticos. Como decía Jean Guéhenno: "No sabe leer quien no discierne en un escrito la mentira de la verdad... Enseñar a leer a los jóvenes para que se confíen al primer papel impreso que caiga en sus manos no es otra cosa que prepararlos para una nueva esclavitud". En ello seguimos.