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jueves, 7 de febrero de 2013

Artículo El solar de la Fábrica de Armas de la Vega y su trascendencia histórica para Oviedo.


Autor de artículo: Francisco José Borge Cordovilla- profesor de enseñanza secundaria e investigador.

Francisco José ha sido tan amable de enviarme el artículo que escribió para LNE (30/06/2012) sobre el alcance histórico-arqueológico del solar de la antigua Fábrica de Armas de la Vega.
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Es de dominio público en Oviedo que el solar ocupado actualmente por la  fábrica de armas de la Vega posee una larga trayectoria histórica, sobresaliendo el hecho de la ubicación en él, hasta las décadas centrales del s. XIX, del famoso monasterio de Santa María de la Vega,  que fundara a mediados del s. XII Doña Gontrodo Petri, noble asturiana, que había sido amante del rey Alfonso VII de León, de cuya unión nacería la también famosa Urraca “La Asturiana”. Sin embargo de lo expuesto, el análisis de los datos que expondremos a continuación va mucho más allá, revelando una realidad de enorme proyección y trascendencia histórica, lo que debe servir de aviso tanto a los ciudadanos como a los poderes públicos responsables del uso que se dé a dicho solar en caso que, finalmente, llegue a trasladarse la producción desde la ubicación actual a la cercana fábrica de Trubia.

Algunos investigadores, en los últimos años, venimos realizando estudios sobre los primeros siglos de la historia urbana de Oviedo caracterizados por un enfoque globalizador que partiendo de los monumentos y analizando su contexto histórico-espacial y los usos sociales asociados al mismo, pretenden mostrar una  visión de conjunto de la que, hasta ahora en muchos casos se carecía. Esto, al final, se revela de utilidad para la consecución de una visión global de la antigua “caput regni”, y su caracterización, que se muestra muy alejada, y bastante más compleja de aquella consistente en la tradicional imagen de “ciudad regia”, que nos ha vendido, de modo persistente hasta el día de hoy, la historiografía tradicional.

En 1993, en el marco de las sucesivas campañas de excavación de la fuente de Foncalada, surgió, de modo espontáneo un grupo de trabajo,  asumiendo quien esto escribe, entre otras,  la tarea del estudio del entorno espacial del monumento y la caracterización de sus diversos usos por el colectivo humano ovetense de entonces.

Aunque no era el propósito central del trabajo, el estudio documental  pronto reveló que el espacio de Foncalada estaba en relación no tanto con la ciudad –como resulta obvio-, como con una realidad espacial global y específica de la que formaba parte. Efectivamente,  los documentos utilizados para el rastreo de los usos de los terrenos circundantes al monumento revelaban que la propiedad de los mismos había cambiado de manos a partir de dos  únicos propietarios: por un lado la corona, representada por una serie de monarcas que entre los siglos IX y XII  realizan donaciones que pueden ponerse en relación con el monumento, comenzando con Alfonso III, que dona en 896 la iglesia de San Julián (Santullano), sus palacios y baños a la catedral de San Salvador,  y finalizando con Alfonso VII , que dona en 1133 al monasterio de san Vicente una importante porción de terreno situada al NE. de la fuente de Foncalada, limitada al N. por la vía romana a Gijón (actual calle de Pumarín), y al E. por la antigua salida hacia Avilés desde Oviedo, rúa de la Noceda (actual calle de Martínez Vigil); por otra parte, la catedral de San Salvador, que había detentado la propiedad masiva de los terrenos inmediatos al propio monumento de Foncalada, los cuales a finales del s. XIII habían cambiado de propietarios, repartiéndose entre los monasterios de San Vicente, San Pelayo, y la Cofradía de Recasto, subsistiendo también  algunas huertas de propietarios particulares.

Esta es la situación que se advierte, de la lectura y análisis documental de las fuentes escritas, a finales del s. XIII. Rastreando el origen de esta fragmentación, llegamos a la conclusión de que toda la subsiguiente división patrimonial de los terrenos situados alrededor de la fuente, desde el entorno inmediato del monumento hasta la iglesia de Santullano, se había realizado partiendo de un único propietario: la corona. A poco que se rastree la documentación de los primeros siglos medievales, se encuentran además numerosas pruebas que indican que el patrimonio fundiario de los reyes asturianos en la zona iba mucho más allá: en 812 se realiza la donación de Alfonso II a San Salvador y su obispo, del conjunto de edificios comprendidos en el atrio catedralicio –esto es, la ciudad episcopal-, su muralla defensiva y otros servicios, como el acueducto; también encontramos en la documentación medieval continuas alusiones a la “llosa del obispo”, que un documento tardío nos ubica con precisión al S. de la vía romana a Siero, a la altura de la “pedrera de Mercado”, esto es, en la actual calle de la Tenderina frente al palacio de deportes. Por otra parte, el 15 de abril de 869, Alfonso III dona al presbítero Sisnando la iglesia y villa de Santa María de Tiñana, que había sido del rey Don Pelayo. Sin entrar en la crítica documental, el fondo del asunto delata la existencia de propiedades regias extensas e importantes en el solar del Oviedo primitivo y sus alrededores, siendo perfectamente posible reconstruir a partir del análisis documental la realidad de un extenso dominio regio que comprendería tanto la colina “Ouetdao” como una extensa franja de terreno alrededor de la misma. Este dominio fundiario habría pasado de unos monarcas a otros –como revela el documento de Tiñana-, de acuerdo a lo establecido en el Libro II, Título I “De los Príncipes”, del “Liber Iudiciorum” (vigente desde 654), comenzando a disgregarse ya con las donaciones de Alfonso II al episcopado ovetense, continuando con las de Alfonso III al mismo beneficiario, y culminando con las de Alfonso VII a San Vicente y la fundacional del monasterio de Santa María de la Vega.

En resumen, y según la documentación estudiada en nuestra investigación, el dominio regio al que nos venimos refiriendo, se integraría, como mínimo, en primer lugar por la propia colina donde se asienta la “civitas episcopal” de Oviedo (Ouetdao), donada por Alfonso II a la sede de San Salvador en 812; por un conjunto de terrenos limitados al O. y N. por la vía romana que, pasando por Foncalada y Pumarín, se dirigía a Gijón (vía A.1.), y al E. y S. por la que se dirigía a Siero por la Tenderina (vía A.2.). Esta extensa franja de terreno, que tenemos documentado alrededor de la ciudad por sus lados N. y E. se extendía probablemente aún más al S., como se desprende de la ubicación de la “llosa del obispo”, comentada anteriormente, y, posiblemente, también al N. de la vía a Gijón, ya que en la zona de Pumarín se documenta en el s. XIII otra extensa propiedad del monasterio de Santa María de la Vega, entre dicha carretera y el lugar de Villamexil. Además, por el E., y en dirección N.-NE., se encontraban divididos por otra vía, trazada, presumiblemente también en época de Alfonso II,  para acceder a Santullano desde la ciudad y el palacio (vía A.3.).

De la disgregación paulatina, y muy dilatada en el tiempo, de este amplio dominio territorial, se desprenden conclusiones de importante trascendencia histórico-patrimonial para la ciudad de Oviedo, ya que su análisis permite la resolución de importantes problemas históricos relacionados con los primeros siglos de su historia  urbana. La segregación parcial del mismo  comienza ya bajo el reinado de Alfonso II, que dona al episcopado los terrenos en los que se asienta la ciudad episcopal (a), y presumiblemente la mencionada “llosa del obispo” (b). Las siguientes noticias de segregación de otra parte de este extenso “fundus” datan de 896, cuando Alfonso III dona a la sede de San Salvador y su obispo la iglesia de San Julián (c), “con sus palacios, baños, y triclinios…”; en 905 el monarca confirmará tal donación, donde la iglesia de San Julián aparece ya mencionada como “monasterium”. Del hecho de que Foncalada (d), fue también donada a San Salvador, da testimonio la masiva presencia de propiedades de la diócesis en el circuito completo de la fuente, abriéndose la sugerente posibilidad de que los baños de Foncalada fueran unos de los edificios donados a San Salvador en 896, y que, por tanto, pudieran formar parte del palacio real de Alfonso II, que como veremos inmediatamente, queda concretamente localizado en un punto estratégico del dominio territorial.

Hasta el primer tercio del s. XII no existen testimonios documentales referidos a nuevas separaciones de porciones del conjunto territorial suburbano patrimonio de la corona, pero en 1133 Alfonso VII dona al monasterio de San Vicente de Oviedo una gran franja de terreno al E. de Foncalada, delimitada al N. y al S. respectivamente por la vía a Gijón por Pumarín, y por la vía a Santullano (d); a la  vez manda comisionados que sitúen “fissos”, para separar la parte donada del resto del predio,  que constituía la mayor parte del mismo, que se reserva para sí en este momento (e1 y e2), y sobre la que se fundará el monasterio de la Vega en 1153, es de suponer que previa donación a su patrocinadora, Doña Gontrodo Petri.

A través de la documentación de dicho cenobio sabemos que la propiedad fundiaria del monasterio inmediata al mismo constaba de dos grandes franjas de terreno separadas por la citada vía que bajaba de Oviedo a Santullano. El primero de ellos (e1), limitaba al N. con dicha vía (Martínez Vigil), y al S. con la vía para Siero (Tenderina), comenzando al O. en el lugar en que se cruzaban ambas (final de la actual travesía de Adelantado de la Florida), y llegando por el E. hasta la mencionada “Llosa del obispo”; fue en esta zona donde se ubicó el edificio monástico, que tenía su entrada en las cercanías del cruce de ambas vías, y donde hoy día se ubica el conjunto de la fábrica de armas de La Vega. La segunda porción de terreno (e2), era el resto de la “senra” que Alfonso VII se había reservado para sí en 1133; situada al N. de la vía que bajaba a Santullano, lindaba al O. con Foncalada y la propiedad de San Vicente, y al N. con la vía a Gijón (calle de Pumarín), llegando por el E. hasta los terrenos de la iglesia de Santullano; es la conocida en la documentación como “senra grande” del  monasterio, y actualmente está mayoritariamente ocupada por viviendas y viales (rotonda de la Cruz Roja, avenida del General Elorza…).

De las dos parcelas analizadas es aquella en la que se ubicaba el monasterio del s. XII -cuya historia documental y valores artísticos han sido bien estudiados por diversos autores-, la que merecerá nuestra atención, como colofón de este trabajo, pues en la misma, y bajo el monasterio medieval, se ubicaba el conjunto palatino de Alfonso II, residencia del monarca, con seguridad, después que en 812 donara el conjunto de edificios de la colina “Ouetdao” a la sede episcopal de San Salvador.

Las crónicas de época del Reino de Asturias señalan claramente la ubicación del palacio de Alfonso II en las cercanías de la iglesia de San Julián y Santa Basilisa (Santullano): “a menos de un estadio” (Crónica de Alfonso III, versión “Ad Sebastianum”), medida clásica que oscila entre los 160 – 185 m aproximadamente. Esto imposibilita la ubicación de dichos palacios en el recinto de Oviedo -en el costado S. de la Catedral de San Salvador, ubicación preferida por la historiografía clásica sobre el tema-, como se desprende del análisis de las distancias, medidas en estadios, entre las principales localidades mencionadas en la documentación (Cuadro 1).


 Tomando como centro la iglesia de Santullano, y trazando una corona circular cuyos radios marquen la longitud mínima y máxima del “Stadium”, quedará delimitada dentro de la misma, el área, todo alrededor de la iglesia, donde tuvo que encontrarse el palacio, que ha sido localizado con precisión por los arqueólogos César García de Castro Valdés y Sergio Ríos González, combinando el uso de este sencillo instrumento gráfico con el análisis espacial del dominio territorial que hemos definido, en el solar actualmente ocupado por la fábrica de armas de La Vega, donde se ubicó el antiguo monasterio de Santa María La Real de la Vega hasta su desamortización en el s. XIX.

Esta localización debe ser tenida por segura, pues no puede ser casual que, precisamente, esta ubicación fuera la última porción del dominio regio retenida por los monarcas, que además tenía su entrada –donde pensamos se ubicaría igualmente la entrada del palacio, en el lugar de la entrada principal de la fábrica de armas-, delante de la vía que descendía de la ciudad hacia Santullano, siguiendo después hacia Avilés, datándose dicha vía con toda probabilidad en tiempos de Alfonso II, con una clara funcionalidad en relación al palacio y la iglesia de San Julián.


En cuanto a la posible configuración del palacio, hemos de pensar que se desarrollaría a partir de una posible entrada monumental ubicada en coincidencia con la actual de la fábrica de La Vega, como una serie de pabellones aislados, dispersos más o menos alrededor de un núcleo central representativo “aula”, conteniendo los diversos servicios: almacenes, alojamientos de la guardia y servidumbre, caballerizas, baños…, todo ello dentro del amplio solar en que se ubica la fábrica de armas.

Por tanto, y para concluir debemos señalar que Oviedo -ciudadanía y poderes públicos-,  se encuentra ante una gran responsabilidad patrimonial, asociada a  una gran oportunidad de mejorar el conocimiento de su configuración urbana en la Alta Edad Media –ya que creemos probable la conservación de restos apreciables de los palacios reales-, a través de la adecuada gestión urbanística del solar que garantice la conservación y puesta en valor de los previsibles restos que se localicen en el mismo, que, de aparecer, constituirían un raro patrimonio, pues resulta muy escaso el repertorio de conjuntos de esta clase en la Alta Edad Media de toda Europa, con lo que ello supondría para completar de modo sobresaliente la oferta del patrimonio perrrománico ovetense, indudable polo de atracción turístico-cultural de la ciudad.



martes, 8 de mayo de 2012

Los 25 tesoros históricos de Llanes. Oviedo

Se define como Bien de Interés Cultural (BIC) a los «muebles o inmuebles del patrimonio que de forma palmaria requieran una mayor protección, siempre en función del interés general». Y uno de los efectos fulminantes tras la incoación de un expediente para declarar como BIC a un inmueble, lleva aparejada la suspensión de licencias municipales de parcelación, edificación o demolición de las zonas afectadas.

El concejo de Llanes, a pesar de ser el decimotercero de Asturias en índice de población y el decimosegundo en superficie, cuenta con 25 elementos catalogados como BIC y ello le sitúa, tras Oviedo, como el segundo municipio de la región en el número de inmuebles que gozan de la máxima protección.
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Esos 25 BIC llaniscos son de muy largo recorrido, en torno a 14.000 años, los 140 siglos que hay entre las cuevas del paleolítico y la inauguración del edificio del Casino, en el año 1912. Ese edifico modernista, levantado para divertimento de los indianos y la aristocracia local, es el más joven entre los bienes inmuebles protegidos en Llanes. Los más antiguos son once cuevas prehistóricas ubicadas en terrenos que en la actualidad forman parte de las localidades de Balmori, Bricia, La Pereda, Puertas de Vidiago, Parres, Posada y Rales.

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En esas oquedades vivieron los primeros llaniscos de los que se tiene noticia y hasta dieron origen a un periodo histórico: El Asturiense, definido en 1923 por el Conde de la Vega del Sella, a partir de las excavaciones llevadas a cabo con Hugo Obermaier en los yacimientos de El Penicial, Fonfría, Balmori y La Riera. Se trata de la cultura epipaleolítica, entre el paleolítico y el neolítico, y en ocasiones superpuesta con el aziliense, lo que le otorgaría una datación de 7.500 años A.C. Esos primeros llaniscos de los que se tiene noticia, devoradores de percebes, llámparas, bígaros y oricios, se dedicaban a recolectar moluscos y como herramienta utilizaban el pico asturiense: un canto aplanado, con base globular y extremo en punta roma. Abandonaron toneladas de residuos en la entrada de las cuevas y les tocó vivir en un momento de decaimiento del arte prehistórico: no dejaron pinturas ni muebles, sólo piedras y toscos anzuelos y horquillas elaborados con asta de ciervo.

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De unos siglos más tarde, hacia el 1400 A. C., dataría el Ídolo de Peña Tu, una roca misteriosa situada en Puertas de Vidiago, sobre la que están reflejadas las primeras pinturas al aire libre que se conocen en la región. La datación del descubrimiento es de 1913 y fue documentado por el conde de la Vega del Sella, Hernández Pacheco y Juan Cabré. Refleja una figura antropomorfa de la que sólo se distinguen hoy los ojos, la nariz y el pie izquierdo. A la izquierda se sitúa un puñal y el conjunto podría hacer referencia al enterramiento del jefe de una tribu.

Los BIC llaniscos fechables en algún momento medieval serían el monasterio de San Antolín; el entorno del Camino de Santiago; la torre de Tronquedo; el palacio de Gastañaga; la Torre del Castillo; la iglesia de Santa María de Concejo; el palacio del Conde de la Vega del Sella, en Nueva, y el conjunto histórico de Llanes.

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La iglesia de San Antolín, en la desembocadura del río Bedón, es lo único que queda de un antiguo monasterio de monjes benitos negros que habrían llegado al lugar a finales del siglo X. Se reformó en el XIII y en 1544, por razones de vandalismo y pillaje, fue adscrito a San Salvador de Celorio. La Casa de Rivero, hoy conocida como palacio de Gastañaga, es, posiblemente, la vivienda más antigua de entre las que se mantienen en pie en la villa. Fue levantada en el siglo XIV; sirvió de cierre defensivo a la muralla, junto a la puerta de San Nicolás, y fue rehabilitada en 1656 por cuenta de Juan Rivero y Posada, regidor de la villa. La construcción de la iglesia de Santa María de Concejo, costeada por los vecinos, se inició hacia 1240 y en 1517 todavía se estaba pintando el retablo según detalla Laurent Vital, el cronista de Carlos V. El 25 de abril de 1973 fue declarada Basílica.

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Uno de los edificios menos conocidos es la torre de Tronquedo, ubicada en Andrín y en situación actual de derrumbe. Fue construida en el siglo XIV como baluarte defensivo, centro de poder y almacenamiento de rentas de la familia Duque de Estrada.
En tiempos más modernos, en torno a 1597, se inició la construcción del palacio del Cercáu, a instancias de Pedro de Junco Posada, obispo de Salamanca, inquisidor y oidor de la Real Chancillería de Granada, donde actuó como comisionado por Felipe II para inventariar los bienes confiscados a los moriscos. Los llaniscos le negaron a Pedro de Junco el privilegio a ser enterrado en la iglesia y decidió construir un palacio con capilla, para dormir allí el sueño eterno.

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Un inquisidor del reino de Sicilia, Domingo Llanes Espriella, nacido en Villahormes en el año 1541, dispuso la construcción de un palacio en su localidad natal. Hoy se le conoce como palacio de la Espriella y comenzó a levantarse en 1616. Cuenta con una capilla de notables proporciones y en esa casa nació, en 1858, Federico de Bernaldo Quirós y Mier, quien contrajo matrimonio con María Josefa Argüelles Díaz, hija de Ramón Argüelles Alonso, primer marqués de Argüelles. Bajo los auspicios de este matrimonio surgió el turismo en la comarca oriental y ellos levantaron notables palacios y villas en Llanes y Ribadesella, como el inmueble que hoy ocupa el Gran Hotel del Sella.

Más tardío, de 1910, es el Casino de Llanes. Edificio modernista proyectado por el arquitecto Juan Álvarez de Mendoza, cuya principal utilidad fue la de lugar de recreo y distracción para indianos de ultramar y la aristocracia local. Hoy es de propiedad municipal, albergó al Ayuntamiento de Llanes en la última reforma de la Casa Consistorial y carece de usos definidos.

El Comercio

martes, 24 de abril de 2012

Un desprendimiento en Santullano hace temer por la conservación del Prerrománico

El desprendimiento de revestimientos del interior de la iglesia de San Julián de los Prados hace temer por la conservación del Prerrománico. Los técnicos de la Consejería de Cultura estudiarán qué medidas hay que adoptar. Y aunque el párroco de San Julián, Jesús Huelga García, resta importancia a los desperfectos, el hecho es que, sea cual sea su alcance, en los Presupuestos Generales del Estado de 2012 no hay dinero para el mantenimiento de ninguno de los monumentos prerrománicos.

El plan plurianual que comprometía un desembolso de 600.000 euros en tres años ha quedado en suspenso. El año pasado el Estado aportó 200.000 euros, pero éste no hay dinero previsto. En el documento de los Presupuestos Generales del Estado se registran 150.000 para el 2013, 200.000 para 2014 y 250.000 para 2015.

Así las cosas, el pasado sábado por la noche se produjo un desprendimiento en la iglesia de Santullano. Dos técnicos de la Consejería de Cultura del Principado visitaron el monumento, según pudo saber este periódico, y verificaron que los desprendimientos corresponden al revestimiento del muro occidental del transepto o crucero de la iglesia. Se trata de morteros de escasa calidad, según las mismas fuentes, que datan de una rehabilitación realizada en los años setenta del siglo pasado y que afectó a las armaduras, las cubiertas y las pinturas de la edificación.

Cultura deberá decidir en los próximos días qué medidas adopta, en función del informe de los servicios técnicos.
Jesús Huelga, el párroco de San Julián de los Prados, asegura: «Asumiremos lo que nos digan los técnicos». Afirma que los desprendimientos «no tienen que ver con los frescos» e insiste en que «desde abajo no se aprecia» daño alguno en el muro. «No afectan en nada a la calidad artística de Santullano», recalca. Evita manifestarse sobre el estado de conservación y las necesidades de mantenimiento del monumento ovetense, algo que, subrayó, han de valorar los técnicos.

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El restaurador Jesús Puras, que en 1996 realizó un estudio sobre el estado de la iglesia, deja bien sentado, al ser preguntado sobre este asunto: «No es buen síntoma que caigan revestimientos de un paramento». «A bote pronto, denota movimientos en la estructura de madera o del edificio, o la disolución físico-química del mortero», añade, advirtiendo, no obstante, que opina sin haber visto los desperfectos y con todas las reservas.

Puras llama la atención sobre la zona en la que se han producido los desperfectos, en el muro «más abatido por el viento, el sol y la lluvia».

Puras comenta que el estudio que realizó a mediados de los noventa para la Consejería de Cultura contemplaba una serie de medidas urgentes en pro de la conservación del monumento, algunas que presume que resultarían poco populares y que nunca se aplicaron. Por ejemplo, una de sus sugerencias era retirar los revestimientos añadidos en los años setenta, sobre los que Antonio Llopart había repintado los frescos de Santullano. Puras sostiene: «Están en mal estado y afectan al resto», es decir, a los originales.

Alertaba también, en aquel informe, de que el templo está «descarnado» y demasiado expuesto y hacía notar que, cuando se construyó, los muros de la iglesia de Santullano estaban protegidos por una capa de carga y policromados.
Lne

viernes, 13 de enero de 2012

San Miguel de Lillo. El templo de los cimientos de juguete. Oviedo

San Miguel de Lillo es iglesia vieja -está por ver cuán vieja- y con historia plena de avatares. Cuando hace casi dos años (enero de 2009) LA NUEVA ESPAÑA ponía a la sociedad asturiana en alerta con un reportaje en el que se denunciaba, con amplio aporte gráfico, que el monumento estaba «al borde de la ruina», tan sólo era un capítulo más en una relación histórica de sucesos que incluye dos derrumbes parciales del edificio: uno probablemente en el siglo XI y otro en el XVIII. En la primera mitad del siglo siguiente (1838) el templo fue cerrado ante el peligro de ruina «y el estado de indecencia». La cosa, como se ve, viene de antiguo.
Aquella situación generó pocos años más tarde el primer plan conocido de rehabilitación de la joya prerrománica. Lo pagó la gente, a escote, como muestra de que los edificios del Prerrománico eran sentidos en el XIX como algo propio. El plan estuvo a cargo de la Comisión Provincial de Monumentos.
 Los trabajos siguieron al pie de la letra las instrucciones del político y asturianista José Caveda y Nava: seguridad, techumbre, desagües y, sobre todo, guerra a unos cuantos edificios anexos que el tiempo, las necesidades y la ignorancia habían hecho crecer alrededor de la maravillosa silueta de San Miguel.
 De 1847, poco tiempo antes del inicio de la restauración, queda una serie de dibujos de José María Avrial que nos presenta un San Miguel de Lillo horroroso, encerrado entre añadidos y con el interior convertido poco menos que en un solar (Avrial le ponía imaginación al asunto, por lo que se puede sospechar que la situación no podía ser tan penosa. O sí).
 Los trabajos se iniciaron en 1850, con un presupuesto de 14.000 reales. De aquella restauración, que duró más de tres años, quedó un templo con estética muy parecida a la actual.
 En 1868, el año de la revolución que derrocó a Isabel II, se abordan nuevas obras de restauración. En 1885, San Miguel de Lillo fue declarado monumento nacional, y de aquella época nos llegan las primeras fotografías de San Miguel.
 Las dudas sobre la planta original de San Miguel generaron al menos tres proyectos de restauración profunda en la primera década del siglo XX, una de ellas patrocinada por Fortunato Selgas. En 1916 hubo excavaciones arqueológicas a cargo de Aurelio de Llano Roza, trabajos que dieron origen a nuevos proyectos de restauraciones ideales, una de ellas del propio arqueólogo.
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Entre tanta aventura resulta extraño que San Miguel de Lillo haya salido (casi) indemne de la Revolución de 1934 y de la Guerra Civil, en un entorno -en este último caso- de especial actividad bélica.
 En la década de los cincuenta el arquitecto Luis Menéndez-Pidal consolidó pinturas. Un decreto de 1955 declara al área del Naranco zona protegida, lo que reducía considerablemente las posibilidades de construcción de edificios inapropiados en el entorno de la iglesia.
 En 1961 y 1965 hay nuevos proyectos de restauración a cargo de Menéndez-Pidal, que afectan a cubiertas y fachadas. De esos años hay fotos que incluyen el enorme portalón de madera que se mantuvo, según se comprueba en distintos dibujos, a lo largo de siglos.
 En la década de los setenta se documentan dos restauraciones parciales. La primera, a cargo de José Menéndez-Pidal, heredero del espíritu rehabilitador de su hermano Luis, ya fallecido por aquella época. La segunda, en 1979 por el arquitecto José Rivas.

En realidad, la etapa democrática está trufada de operaciones más o menos ambiciosas en torno a San Miguel de Lillo. En 1986, por ejemplo, es aprobado el plan de conservación del patrimonio asturiano, que incluye, lógicamente» ficha de San Miguel. El levantamiento planimétrico a cargo de Lorenzo Arias data de un año después. En 1987 la restauradora Clara Fanjul estudia el estado de las pinturas murales y su informe enciende todas las luces rojas.
 Las excavaciones arqueológicas de 1989 y 1990 demuestran, entre otras cosas, que San Miguel tiene una profundidad mínima de cimentación, apenas medio metro. Está en pie de milagro. La gran obra de restauración se inició en 1990, a cargo de Fernando Nanclares. El ambicioso plan director del Prerrománico, estatal, data de 2005 y duerme el sueño de los justos.
http://www.lne.es/

lunes, 28 de noviembre de 2011

La Casa Blanca recupera el color original de su monolito. Oviedo

La Casa Blanca, la de la calle Uría, ha recuperado el resplandor de sus días mozos. La empresa Esfer, encargada de realizar los trabajos de rehabilitación, acaba de retirar los andamios, solo queda la marquesina de protección, que desaparecerá el próximo lunes. Será entonces cuando se den por concluidas las obras que se han alargado un mes y medio más de lo previsto. «Fueron necesarios varios aumentos de obra», razonó la responsable de la rehabilitación, Sarah Arango.
La comunidad de propietarios decidió contratar a Esfer, pues el inmueble presentaba algunos problemas de filtraciones y era necesaria la limpieza de la fachada. Cuando los obreros empezaron los trabajos se encontraron con que muchas piezas de la superficie marmórea precisaban su recambio. «Había piezas rajadas. Hubo que cambiarlas y fijar muchas otras. Además, se realizó una limpieza en seco y la superficie recibió un tratamiento hidrófugo para que quede más protegida», explicó Arango.
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Según el catálogo urbanístico de la ciudad, el edificio no sufría daños estructurales, aunque sí fisuras en el chapado de mármol, que suma ya casi ocho décadas. El edificio, diseñado por Manuel del Busto, data del año 1929. Por aquel entonces, la Casa Blanca, con seis pisos, era el rascacielos de la ciudad. Rodeado de huertas, la majestuosidad de la construcción, de estilo Art Decó, corriente que se popularizó en 1925 a raíz de la Exposición Universal de París, cobraba mayor relevancia.
Por esta relevancia para la historia urbanística de la ciudad, el arquitecto de la empresa Esfer quiso recuperar los colores originales del monolito que preside el edificio. Tras analizar los restos de pintura encontró una pequeña muestra del original.
Al tratarse de un edificio protegido, «hemos tenido mucho cuidado con los materiales para que no se note la actuación. Buscamos mármoles lo más parecidos a los originales. En eso consiste la restauración», comentó Arango. Su empresa terminó hace apenas unos meses otra alabada obra en Bilbao. Se trata de un proyecto de los arquitectos Rob Krier y Marc Brietman, que recrean en una manzana 45.000 metros cuadrados las fachadas típicas de comienzos del pasado siglo.