Pelo
malo, dirigida por la venezolana Mariana Rondón y protagonizada por el niño Samuel
Lange Zambrano, se alzó en este pasado mes de septiembre con la Concha de Oro en
la categoría de Mejor Película en la 61 Edición del Festival de San Sebastián
2013.
Una
historia hilvanada de retazos de crudo realismo y sensibilidad; de emociones
encontradas; de miedos y futuros inciertos. Una historia envuelta en una ciudad
que huele a ácida precariedad, a
porvenires lastrados, a arbitrarios designios. Metafóricas imágenes de
edificios-colmena, donde la vida y el juego se hacen paso aún en su
aglomeración y grises esqueletos de cemento.
Junior,
el protagonista, tiene 9 años y el “pelo malo”. Su mayor preocupación es alisar
su ensortijada y oscura melena y, de esta forma, conseguir verse como un
cantante pop de moda, verse bello, conseguir que su madre le quiera. No
obstante, esta inquietud del chico, así como su forma de ser y sensibilidad, no
es aceptada por su madre, Marta, lo que conlleva un permanente conflicto y un
rechazo cada vez mayor por parte de ella.
La
mirada de Junior, inocente y vital, nos muestra la crudeza de la búsqueda de la
propia identidad en un entorno decadente, homófobo, donde la ignorancia y el
miedo parecen ganar la batalla a las luces de la tolerancia y el respeto. No es difícil hacerse cómplice de Junior durante la película, hacer tuyos sus anhelos y sus tristezas. Asimismo, la historia no nos enfrenta al personaje de la madre, perfilada con compasión, más allá de la "madrastra del cuento", como una superviviente en el caos de la Caracas actual, de las circustancias con las que le toca lidiar.
Un
retrato, de aparente sencillez, muy necesario para comprender el dolor y la
desesperanza, el lastre de la opresión de las diferencias. Unos personajes creíbles. Un conflicto universal, la aceptación de tal y como somos.
Viridiana