Por estos días, además de a las (hasta ahora inexistentes) prácticas de la enseñanza, mi silencio se debe a que estoy pendiente de la salud de Fiona, mi muy querida gatita, mi compañera de depto, que está mal, con una tos horrible que parece que se ahoga, además de vómitos varios. La acaba de ver el veterinario, no pudo descartar ningún diagnóstico: es posible que se mejore con antibióticos, cabe la posibilidad de que sea algo más serio. No me resultó del todo tranquilizador, pero al menos sé que estoy haciendo todo lo que puedo por ayudarla.
Le doy de tomar sorbitos de agua, sólo los bebe del hueco de mi mano. Le doy gotitas de miel, para suavizar la garganta. Está a dieta, sólo come muy poquito pollo a la plancha. Y no es la de siempre, la noto caída, sólo de a ratos juguetea con los cordones de mis zapatillas como si nada pasara. Cuando tiene los ataques de tos, trato de acariciarle el cuello -como me recomendó el veterinario, para aliviarla un poco-. Pero a veces se aleja, como diciendo "dejame en paz". En tres días casi no ha comido ni tomado agua, creo que eso pondría de mal humor a cualquiera. Además, nosotros podemos darle a todo una explicación, ella no entiende qué le pasa.
Por ahora, sólo puedo seguir con el tratamiento y esperar que surta efecto. Mañana veremos si hacen falta estudios más importantes, y si va a salir adelante o no. No creo que nadie que no tenga animales, o que no haya tenido alguna vez, pueda comprender cómo me siento en este trance. Intento tener pensamientos positivos, pero la verdad es que tengo muchísimo miedo de perderla. Siempre supe que la quiero mucho, pero hasta ahora no me había dado cuenta del lugar enorme que Fiona ocupa en mi vida, y de lo que necesito su compañía.