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martes, septiembre 16, 2008

En vilo

Por estos días, además de a las (hasta ahora inexistentes) prácticas de la enseñanza, mi silencio se debe a que estoy pendiente de la salud de Fiona, mi muy querida gatita, mi compañera de depto, que está mal, con una tos horrible que parece que se ahoga, además de vómitos varios. La acaba de ver el veterinario, no pudo descartar ningún diagnóstico: es posible que se mejore con antibióticos, cabe la posibilidad de que sea algo más serio. No me resultó del todo tranquilizador, pero al menos sé que estoy haciendo todo lo que puedo por ayudarla.
Le doy de tomar sorbitos de agua, sólo los bebe del hueco de mi mano. Le doy gotitas de miel, para suavizar la garganta. Está a dieta, sólo come muy poquito pollo a la plancha. Y no es la de siempre, la noto caída, sólo de a ratos juguetea con los cordones de mis zapatillas como si nada pasara. Cuando tiene los ataques de tos, trato de acariciarle el cuello -como me recomendó el veterinario, para aliviarla un poco-. Pero a veces se aleja, como diciendo "dejame en paz". En tres días casi no ha comido ni tomado agua, creo que eso pondría de mal humor a cualquiera. Además, nosotros podemos darle a todo una explicación, ella no entiende qué le pasa.
Por ahora, sólo puedo seguir con el tratamiento y esperar que surta efecto. Mañana veremos si hacen falta estudios más importantes, y si va a salir adelante o no. No creo que nadie que no tenga animales, o que no haya tenido alguna vez, pueda comprender cómo me siento en este trance. Intento tener pensamientos positivos, pero la verdad es que tengo muchísimo miedo de perderla. Siempre supe que la quiero mucho, pero hasta ahora no me había dado cuenta del lugar enorme que Fiona ocupa en mi vida, y de lo que necesito su compañía.

jueves, diciembre 06, 2007

La angustia de las Fiestas

Desde que era chica, las fiestas (sobre todo la Nochebuena) representaban para mí una gran alegría, mucha ilusión por tener a la familia cerca, compartir una rica comida y recibir regalos, y sobre todo hacerlos yo. Mi mamá me cuenta que incluso siendo una nena me dedicaba a preparar "regalitos" para la familia, me divierte más pensar en qué cara pondrán mis seres queridos cuando abran el paquete que yo preparé, que en especular qué podré recibir yo. En ese entonces, ni siquera el hecho de tener a mis padres divorciados podía opacarme la alegría de las Fiestas. Pasaba una con la familia materna, una con la familia paterna, y yo era feliz. De adolescente, empecé a disfrutar reunirme con amigos después de medianoche, y desde hace unos años, también comparto las Fiestas con mi familia "cusi-política".
Hasta hace poco, no comprendía a las personas que detestan las fiestas de fin de año. Pero desde hace un par de años, como para muchas personas, las Fiestas han pasado a ser motivo de angustia. Los habituales conflictos familiares me pesan más que nunca. No tengo ganas de reunirme con gente, no siento que haya demasiado que celebrar (¡incluso cuando he tenido un año excelente en muchos aspectos!). Me deprimen los preparativos, las vidrieras navideñas desde principios de noviembre, me angustia elegir regalos, sólo quiero que se terminen estas fechas y que enero llegue pronto.
¿Por qué será que esto le pasa a tanta gente? Hoy escuché un informe en el noticiero del 13 que decía que en diciembre se reciben más denuncias que nunca de violencia familiar. Hay más suicidios, esto lo leí en otro lado. Y por lo general la gente está más estresada y malhumorada que nunca. Decían que esto se debe a que todos tenemos en mente, aunque sea a nivel subconsciente, una "postal" de la familia ideal: todos armónicamente reunidos frente a la mesa navideña, compartiendo un momento de paz. Y que este ideal dista de ser nuestra realidad. El choque entre ambos produce conflicto.

Me pregunto por qué festejamos en realidad. El sentido religioso del nacimiento de Jesús ha quedado completamente trastocado, incluso para aquellos que aún se definen como cristianos. Hoy día Navidad es más que nunca una fecha comercial: consumir, consumir, consumir, parece ser la consigna. Papá Noel dejó hace rato de ser San Nicolás, un viejito italiano dadivoso que vivió hace unos siglos. Hoy es el gordo marketiero de la etiqueta de Coca-Cola. Y los chicos se ponen histéricos, más que felices, ante la inminencia de esa avalancha de productos: algunos pensando en lo que vendrá, otros (la gran mayoría) pensando en todo lo que les gustaría tener, y no está a su alcance.

¿Qué hacer? ¿Corresponde aislarse -como hace mi viejo- dejando a toda la familia en banda, preocupados por la propia ausencia? En este caso, ¿debo hacerme cargo de hacer sufrir a otros de mi familia sólo para ahorrarme un mal rato? O en cambio, ¿hay que ir, caretear, pretender que uno la está pasando bien? ¿Se puede hacer de cuenta que las Fiestas no existen y dejarlas para que las celebre un cada vez más pequeño grupo de cristianos creyentes que de verdad las sienta en su corazón? ¿Cómo pasarlas lo menos peor posible?

Mientras dejo estos interrogantes en el aire, me consuelo pensando en que tal vez en unos años tenga yo mi propia familia. Espero poder hacer las cosas distinto entonces.