El argumento es un clásico del género: un grupo de adolescentes y un oportuo y joven monje intentaran sobrevivir en una casa a la noche maldita en que los muertos vuelven de sus tumbas. Hasta aquí, típico, sin novedad ninguna. Pero Schnaas va más allá, introduciendo dos elementos que consiguen diferenciarla con claridad: la profundidad psicológica y las referencias históricas.
En cuanto a la profundidad psicológica, la combinación de personajes arquetípicos (el mayordomo autóctono y estirado, la niña rica, la amiga rarita gótica, la histérica, la salida envidiosa...) , llevada a cabo con magistral uso de la cámara y los encuadres, refleja claramente las dificultades de convivencia y el choque de costumbres y culturas en la sociedad actual, especialmente la confusión entre los jóvenes. Mención especial merece la chica homosexual, quien además representa el papel de padre, apareciendo en los momentos justos para que éstas no pierdan su virtud a manos del hombre. A rasgos generales, todas han de aprender a dejar de lado sus diferencias para enfrentarse a los muertos vivientes. Un evidente mensaje esperanzador.
Las referencias históricas son remarcables y aparecen desde el inicio de la película. En este caso en el bando contrario, los zombies. Schnaas no busca gente podrida corriente, sino importantes reflejos de grandes momentos históricos. Así, nos topamos de lleno con los templarios zombie, aquellos que iniciaron el ritual de resucitar, y con nazis zombie, malditos a causa de la lucha en que se enzarzaron con los primeros. El vestuario de ambos grupos es meticuloso hasta en los más nimios defectos, y la relación que se establece entre ambos es una clara alusión a la obsesión estudiada de los nazis por las reliquias y culturas antiguas. Mediante esta hábil treta se unen tres momentos distintos (la Edad Media, el siglo XX y el XXI), en pugna por sobrevivirse unos a otros. Maravillosa metáfora aderezada con la violencia que impregna la historia de la humanidad.
Varias escenas merecen ser destacadas. Para empezar, el asesinato de la primera chica a manos de los zombies templarios, partiéndola por la mitad con la puerta lateral de una furgoneta. Es tremendamente bucólica, con claras influencias de Kurosawa. Después el único plano sexual, que se lleva a cabo mientras los zombies invaden la casa; una vez más se palpa el simbolismo. Y, con el fin de no alargarlo mucho, las escenas con un extraño aparato del monje, el arranca-cabezas, consistente en un cubo con unas telas en sus lados y una cadena para tirar de él una vez colocado convenientemente; demuestra que Schnaas conoce los clásicos.
Por último, remarcar el referente musical de esta película, un grupo, Gang Loco, que participa asimismo como parte del rodaje, convirtiéndose en "podridos". Adquiere especial importancia, ya que el director introduce escenas de una fiesta de forma aleatoria en el montaje, es decir, entre escenas del argumento principal. En ella participan todos los zombies que aparecen, y aquellos que se van convirtiendo a la largo del film. Claro referente a la Nouvelle Vague con música brutal.
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