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Antesdeayer fuimos a cenar al restaurante Deloya, el restaurante que Javier Loya inauguró el año pasado en Oviedo. Javier es la tercera generación de la familia hostelera de los Loya, e hijo del Miguel Loya del Balneario de Salinas. Con esos mimbres quizás no haya sido una sorpresa que su inauguración, hace algo más de un año, se convirtiese en uno de los acontecimientos del anquilosado panorama gastronómico ovetense, y rápidamente se haya convertido en una de las mejores opciones a la hora de comer bien en la capital , en la línea de una cocina creativa, atenta a la vanguardia, pero sabrosa y exigente en la calidad del producto.
Contra lo que pudiera parecer al ver el hotel en la Ronda Sur, el restaurante es muy agradable. Tiene una amplia cristalera que da a un jardín interior, con motivos decoativos modernos. Está bien iluminado y las mesas tienen suficiente separación. Bonitas cubertería, vajilla y mantelería. La cristalería es Spiegelau.
Optamos por el menú degustación gourmet:
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De aperitivo de la casa una crema de setas con piruletas de queso. Agradable y con cierta gracia.
De entrantes, primero unos langostinos de Huelva. Frescos, bien plancheados, de buena factura, muy buenos.
Luego un bogavante del Cantábrico con vinagreta de aguacate y tomates . Buen bogavante. Un acierto en la vinagreta la sustitución de los ajetes (hace unos meses la tomé así) por el aguacate, con bogavante picado en la misma, y escasa presencia de la cebolla. Suave, haciendo que el plato quedara equilibrado y fresco, con un acertado acompañamiento vegetal.
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Luego una sopa de cebolla con papada de cerdo y huevo de codorniz. Aunque el plato está bien concebido, la sopa vino un poco fría y floja de intensidad, que hizo que quedara desconjuntado.
Luego el famoso montadito de setas (shitake), foie, y huevo, que se trajo del Balneario, con frutos secos (piñones y almendras) en el fondo. Contundente y sabroso.
De pescado vino un lomo de lubina del Cantábrico con una guarnición de moluscos, realmente extraordinaria. Intensidad y frescor marino, que me ha convencido de que mucha de la presunta lubina cantábrica que me he tomado ha sido de pienso. Bien plancheada (salvo una de las raciones, que vino demasiado poco hecha). Las guarniciones eran una crema de nécoras concentrada, unos berberechos con aceite de oliva, y una especie de puré de patata ligero con mejillones, que , aún sin estar a la altura de la lubina, contribuían a hacer del plato una sinfonía marítima extraordinaria. Sobresaliente.
De carne jabalí , bien estofado, braseado por fuera y ligeramente caramelizado. Sustancioso, bien domado, respetando sus cualidades. Acompañaba trigo inflado con setas, muy aromático. Muy buen plato.
De prepostre un plato de quesos asturianos. Buena selección de quesos. Me gustó mucho el detalle de un membrillo natural , cocido por ellos, que estaba muy rico. Lo malo es que ya no podía más, y aún quedaban dos postres, por lo que apenas me tomé la mitad.
De primer postre, un torrija de arroz con leche y sorbete de limón. Deliciosa.
De segundo postre , unos originales tallarines de albaricoque con helado de violeta, yogur vaqueiro ( sí, el de la Central) y galleta de pimienta. Frutal y perfumado, el contrapunto de la galleta es adecuado siempre que se tome con cuidado. Me gustó mucho.
Buen café, con un rico petit-four que era una piruleta (parece una de las modas de ahora) de mora fresca con chocolate. El menú fueron 52 euros, Iva, pan y bebida aparte.
Servicio eficaz y muy buena carta de vinos.
Las raciones, para tratarse de un menú degustación, generosas, lo que hizo que todos llegáramos con dificultad a los postres, y eso que todos éramos de buenas tragaderas
Comida de excelente nivel, sobre todo en los platos principales y postres. Si tuviera que darle una nota con un criterio exigente, de 1 a 10, le daría un 7,75.