Uffff. He pasado toda la mañana pasando aspiradores. Primero empecé con uno pequeñito que no tiene cables. Pero luego me lancé con otro más grande y pasé a mayores.
Me viene fatal para la mucosa nasal, que conste, que se me queda como si la hubiera frotado con papel de lija. La única ventaja es que, mientras lo hago, dejo volar la imaginación.
Hoy, no. Hoy me puse en plan reflexivo, no sé por qué. Miraba mi aspirador y se me agolpaban los recuerdos… Me invadió la nostalgia. Este aspirador lo compramos para sustituir a otro que era de la misma marca y del que le valían todos los accesorios: toberas de distinta forma y tamaño, cepillos, prolongadores, tubo flexibles, bateador para alfombras, lustrador de suelo con cepillos intercambiables, y, lo mejor, un plumero retráctil cuya cabeza crece o decrece, sale o se repliega, en un movimiento un tanto peculiar.
El aspirador antiguo era de segunda mano y nos lo había dado una tía-abuela. Creo que alguien le dijo que en nuestra casa había mucho polvo y decidió regalárnoslo. Una cosa tan inocente, no veáis que terremotos familiares provocó.
Para empezar, una cuñada, a la que llamamos “la single”, se puso de uñas. Dijo que, si no le habían dado el aspirador a ella, es porque la familia tiene prejuicios contra los polvos de los singles (y lo dijo así, en plural, la muy grosera). Tanto se enfadó que hasta se negó a felicitar las Navidades a la tía-abuela, lo que provocó el segundo terremoto. El tercer terremoto fue cuando la single se dio cuenta de que, en lugar de decir “
Jingle bells, jingle bells”, decíamos “single bells, single bells” al cantar el villacinco.
Single bells, single bells, single all the way… En los meses siguientes a la llegada del aspirador, los suelos de mi casa brillaban, las alfombras parecían recién salidas de una limpieza en seco, los libros no tenían ni mota de polvo… No había polvo por ningún sitio, la verdad, tan frenéticamente nos dedicamos a limpiar
¡Y qué orgullo, cuando vimos que ese modelo de aspirador había salido en una película, creo que en la de Misión Imposible! ¡Ahí es nada, ser los felices poseedores de un aspirador que compartía escena con el Tom Cruisse!
Pero, poco a poco, la cosa se fue enfriando. Todo aburre. Ya no le prodigábamos la atención de antaño. Un día la
pofesional de limpieza que trabajaba entonces en mi casa me llamó al curro y me dio la noticia: El aspirador había hecho plof y echaba un humo negro que ni p'a qué. El pobre estaba kaput. En atención a los servicios prestados, lo llevé al Punto Limpio, para darle una segunda oportunidad y que se reconviertiera en botella, en balón, en anoraks… Yo reciclo.
El mundo siguió girando. El tiempo pasó. Nos compramos otro aspirador en el Mediamark. Eso sí, los accesorios del primero seguían por allí, en uno de los armarios del garaje. Cada vez que veía el plumero retráctil, me entraba un no sé qué. Incluso lo acoplé con cinta de embalar al tubo del nuevo aspirador y funcionó. Pero aquello ya no era lo mismo.
Hasta que el verano pasado una representante, llamada Mati, me llamó para ofrecerme un modelo super nuevo, que podríamos adquirir con mucho descuento por ser clientes registrados. Además, y eso era lo bueno, nos servirían los accesorios del anterior, que valían un pastón.
La tal Mati me caía simpática ya desde los tiempos en que me suministraba bolsas para el aspirador antiguo. Me dejé llevar por la alegría desbordante que la embarga cuando me ve, porque yo le caigo muy bien y además ambas tenemos raíces extremeñas. Le compré el aparatejo, aunque la cosa subía de los 600 euros, con descuentos y todo. Para ser sincera, no sé qué influyó más en mi decisión, si mi afecto por Mati o el plumero retráctil.
Del garaje en el ángulo oscuro, de sus dueños tal vez olvidado, silencioso y cubierto de polvo, hallábase el plumero. Me dio pena, sí.
Y todo eso es lo que hoy recordaba, mientras hacía la limpieza.¡Qué limpieza! No veáis cómo ha bateado mi aspiraror una alfombra que tengo en la zona de los sofases, y lo bien que ha sacado las pelusillas de los rincones la tobera triangular. ¡Vaya máquina!
Eso, sí, el plumero retráctil lo estoy usando menos. No sé por qué será, pero ya no es como antes. La última vez que limpié a fondo las librerías, preferí contratar a unos
pofesionales, que estuvieron mañana y tarde dándole que te pego. Fue más frío, me dieron un sablazo que ni la Mati, pero una va perdiendo sensibilidad a golpe de desengaño.
En cuanto a Mati, la última vez que la vi fue unos días antes de Navidad.
Yo tenía una reunión a las doce, y pensaba prepararla en las horas previas. Pero, por esas felices casualidades que a veces suceden, surgió un imprevisto que me ocupó hasta las doce menos veinte. Renuncié al consabido café, salí a dar una vuelta y a ordenar un poco las ideas mientras caminaba, cuando héte aquí que me encontré a mi buena Mati.
Se puso muy contenta, como siempre que me ve. Estaba feliz, exultante, porque había conseguido un trabajo de asistenta social de personas dependientes. Y tenía que contármelo a mí. Además, se trata de una actividad solidaria a la par que lucrativa, porque, como ella dice, hay que ser hermano, pero no primo.
Con su habitual gracejo, utilizó los 1.200 segundos que estuvimos juntas para contarme con pelos y señales los problemas de su trabajo, y cómo supera con éxito pruebas dificilísimas. ¡Qué dedicación la suya! Se desvive por todos. No hay más que ver cómo se portó conmigo, que no me dejó ni abrir la boca.
Caminó rápidamente junto a mí, sin importarle el ritmo cada vez más acelerado que yo llevaba. Como ella misma dice, su naturaleza es tan fuerte que no se cansa ni pierde el resuello por nada. Me acompañó hasta el mismísimo portal en el que me había encontrado veinte minutos antes. Y allí la dejé, sonriente, aún con la palabra en los labios, cuando me despedí para llegar a mi reunión puntualmente, ni un minuto antes, ni un minuto después.
La primera media hora del cónclave me mantuve como flotando en un limbo difuso, ajena a las preocupaciones y exigencias del mundanal ruido, tanta paz me había infundido la apasionante charla de Mati. Hay que ver, ésta Mati. Lo que ella no consiga… La segunda media hora fue peor, se ve que ya se me había pasado el efecto embriagador, y estuve todo el rato buscando indicios de lo que se había tratado en la primera media hora. La lástima fue que, en mi afán de reconstruir lo hablado con anterioridad, tampoco me enteré de lo que se estaba tratando entonces. Pero eso es culpa mía y de mi C.I., que no es demasiado elevado y no me da para hacer dos cosas al mismo tiempo. ¡Qué le vamos a hacer!
En fin, que, como os decía, tengo el salon limpísimo. Serán estas Fiestas, pero mientras limpiaba mi casita, tralaralarita, he sentido añoranza de aquella
pofesional de la que hablaba al principio, la que sufrió en sus carnes el duro momento en que se quemó el aspirador antiguo. Luego han venido otras y otros, pero no sé si es porque aquello nos unió mucho o por qué. Sea por lo que sea, como ella, ninguna. Y he decidido llamarla, a ver si está dispuesta a volver a dedicarnos algunas horitas semanales. Siempre le fascinó el plumero retráctil, ora desplegado, ora contraído. A lo mejor, eso la decide.