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Ya sabéis que me gusta mucho la música (y, si no lo sabéis, os lo digo ahora). Así que he decidido ambientar musicalmente algunos de mis antiguas entradas.
Lo hubiera hecho cuando comenté la "Geographical Fugue", pero, como entonces no sabía poner música en el blog, lo dejé pasar. Sin embargo, hace poco sucedió algo que me llevó, instantáneamente, a pensar en un acompañamiento para la entrada de "¡Vuélvase, si es posible!". Os cuento cómo y por qué he elegido este fragmento musical.
La otra noche, mientras conducía por una vía secundaria (esta vez, sola), escuchaba una obra que me habían pasado en mp3... No era por la carretera de la que hablé en aquella ocasión, pero también veía por la ventanilla lateral la lejana silueta de los árboles de la ribera, con sus ramas secas difuminadas por la noche y la distancia. Debo reconocer que es un escenario que me gusta: Ir, durante un trecho, paralela al río. Ver la doble y potente línea de las orillas, formada por los chopos, los alisos , los fresnos..., y, más allá, aún, las luces de la carretera, de las casas, de los parques, como un fondo espectacular que atravieso mientras que vuelvo a casa. Poco a poco me voy incorporando a la ciudad, al tráfico urbano, a las pequeñas retenciones de los semáforos, a los autobuses semivacíos que circulan como perros sin collar por las avenidas, y la imagen se va diluyendo paulatinamente... Aunque aún me queda un postre, un recorrido breve, pero bello, antes de recogerme definitivamente, del que quizá os hable otro día.
Retomando... No había niebla, sino que, arriba, en el cielo, estaba la silueta inconfundible de la Constelación de Orion, con el vistoso cinturón (Alnitak, Alnilam y Mintaka) del que pende su puñal, y el tenso arco con el que apunta a Tauro. El pie que se adelanta es Rigel y, el otro, Saip. En los fuertes hombros lucen la brillante Beltegeuse y la pálida Bellatrix. Es una figura familiar la del gran cazador del cielo, Orion, que domina las noches de invierno. No tenéis más que mirar hacia el sur, en una noche despejada, y allí está él, como dueño y señor del firmamento, persiguiendo al Tauro, que le hace frente, empitonándole con sus cuernos. Algo a la derecha, más arriba, Aldebarán, el ojo enfurecido del animal, lanza chispas que son como carbones ardientes, mientras observa al cazador que, ayudado por sus perros (las brillantes Sirio y Procyon), le amenaza. (Es fácil ver la escena en el cielo invernal, porque te sale al encuentro, como un cuento de siglos, siempre el mismo, en cuanto andas unos pasos por la noche. Es tan fuerte y tan potente que resiste la terrible contaminación lumínica de la ciudad y asoma por encima de los tejados de los edificios. Ahí está, gratis para vosotros, la escenificación de un mito que se pierde en la oscuridad de los tiempos... ).
Pero dejemos el cielo y volvamos a la tierra. Allí iba yo, recorriendo los escasos diez kilómetros que me separaban de mi casa, disfrutando de la fluidez del tráfico, sonriendo al recordar la tarde tan agradable que había pasado. Y puse la música, que para eso tengo un coche bastante nuevecito, que avanza sin esfuerzo, que toma las curvas como la seda y en el que puedo controlar todos los aparatuquis desde el volante... Una breve pulsación, y se pone la radio; otra, y suena el CD; otra, el mp3...
Apenas unos compases y me entró un terror de baja intensidad, pero no por ello menos inquietante. (Vuelvo a sentir de tiempo en tiempo esos "mieditis", como cuando era pequeña, esa desazón, ese pequeño escalofrío, ese golpe en el estómago, ante la leve amenaza de lo imaginario... Y me gusta... Creo que voy a empezar a revisar mi colección de películas de misterio y a releer algo de lo que tengo de ese tipo... Uhhhh.... Los cuentos de Bécquer... la bella mano blanca que descorre apenas el visillo para atisbar la figura del caballero que espera anhelante esa fugaz visión... Algo de Poe... O de Wilkie Collins...)
Y sonaba así, con efecto envolvente, en el espacio cerrado del automóvil.
Toda la música me estaba poniendo los pelos de punta. Puede que ya estuviera yo sensibilizada, al recordar esas historias tremebundas. Pero cuando escuché aquellos compases, la sorda vibración de las cuerdas, el sonido tenebroso del piano y la voz fantasmagórica de la mezzosoprano que iba bajando y bajando... shhhh, que sentí como un no sé qué, como un frío por la espalda, y hasta se me erizaron un poco los pelillos del cogote. Confieso que miré disimuladamente por el retrovisor para comprobar que no había nadie en los asientos traseros... Y creo que el más leve ruido me hubiera dado un susto de muerte...
La música es una obra de Arnold Schönberg que se llama Pierrot Lunaire. Es una música dodecafónica y post-romántica. Hay que acostumbrarse a ella, no es fácil, a primera vista (o a "primer oído", si preferís). Y, aunque te acostumbres, no tiene por qué gustarle a todo el mundo, claro. Por eso no la pongo entera. Sólo el pequeño fragmento anterior.
¿No pensáis que se ajusta muy bien a la entrada de ¡Vuélvase, si es posible!?
En cuanto a esa noche (la noche del mp3, no la noche del "¡Vuélvase!"), he de confensar que pulsé inmediatamente los mandos del volante, para cambiar de fuente de sonido, y puse la radio. No sé si sería Radio Clásica, o qué, pero creo que sonaba uno de los Conciertos de Brandenburgo que, con su suavidad melódica y su optimismo vital, me dio cierta tranquilidad e hizo desaparecer la tensión y el suspense que, por un momento, había sentido.
(Luego le di otra oportunidad a la obra de Schömberg. Y, hombre, cómodamente instalada en tu casita, y como ejercicio intelectual, pues ya es una cosa completamente distinta :P)
Así que, ya sabéis, edito las dos entradas que he comentado para meter las músicas correspondientes.