Sé que, probablemente, dentro de un rato, por breves instantes, el sol se abrirá paso, entrará en la habitación, que parecerá dorada, y sacará vetas rubias en la madera. Y que luego, tal vez, vuelva la niebla, y todo será un poco gris. O quizá, no.
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La felicidad es así. Momentos luminosos y fugaces, en los que el bienestar, el placer y la belleza se amalgaman en conjunción perfecta. Ratos que vivimos, trascendidos de la realidad, pero firmemente enraizados en ella. De la realidad surgen la luz, el sonido, los olores, los sabores, el tacto y las sensaciones, porque el paraíso está aquí: Acordes inesperados del piano, que escuchas desde la cocina. Crik-crik de los grillos y olor a madreselva y a yerba mojada en las noches de julio, mientras suena Paizzola y demoras el irte a la cama, y lenta e inexorablemente, a razón de una décima de grado por segundo, aumenta la temperatura del deseo. Oscuridad de madrugada o claroscuro de la siesta junto a un cuerpo cálido. Fascinación ante los leños ardientes de un buen fuego de invierno. Plenitud ante un cielo cuajado de estrellas. Abrazos y conversaciones con seres muy queridos. Belleza de antiguos edificios, desde el vano profundo de una ventana centenaria. Aire fresco en los pómulos, al caminar en una mañana helada. Risas y bullicio en el campo, bromas en una cena, confidencias en una marcha relajada por la montaña. Amar, caminar, pasear, charlar, leer, mirar, oír, cantar junto a otros, sentir, vivir… Mi gente. Mi mundo.
De todo eso ha habido en el 2007. Y dos cosas importantes: Profesionalmente, vencer en una apuesta que hice conmigo misma, a base de mucho-mucho curro. A nivel más cercano, un re-descubrimiento impactante y emocionante de algo que, sin darme cuenta, había dejado morir un poco. Y cariño y afecto y amistad. Y tiempo compartido. Y mucho tiempo a solas, no sé si buscado o impuesto, pero casi siempre bienvenido y disfrutado. Y cabreos. Y alguna penilla. Y algunas cosas menos agradables, que ya he olvidado o pronto olvidaré y que, en todo caso, no quiero recordar.
Ojalá que el 2008 sea, por lo menos, así. Yo le recibiré bien: Tengo en la nevera dos botellas de “Veuve Clicqcuot Ponsardin”, para brindar por él. Por mí, por los míos, por todos nosotros y por todos vosotros.
Y, como casi todos mis grandes eventos van asociados a algún tema musical, mañana, en algún momento de la noche, pondré (o tararearé para mis adentros) el “Amami, Alfredo”, de Verdi.
Termino ya. Entre unas cosas y otras, entre el comienzo y el final de este post ha transcurrido un día. Ahora es de noche. La niebla se ha hecho aún más espesa y mi casa parece suspendida en la nada, una nada cálida y agradable, como un limbo apartado del mundo. Al final, el sol no entró por la ventana. Pero es igual: Ya entrará mañana.
Feliz año nuevo a todos. Os deseo lo mejor.