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Se llamaba Jenofonte, era anciano en años, soltero y respetado en la familia . No se le conoció vicio alguno. En lo que yo pude observar en lo tocante a relaciones personales era hombre arisco e irascible. Solía estar siempre silencioso y pasaba largas horas mirando el mar.
Una tarde que lo dejaron sentado con su habitual cesto de erizos de mar, erizos que comía constantemente con glotonería.Me senté a su lado y observé que miraba con intensidad a unas rocas que sobresalían mar adentro. Guardé silencio ya que no sentía que el anciano tuviera ganas de hablar. De pronto rompió el silencio y dijo-
¿No te repugna copular con seres humanos?
Yo vacilé, pero le dije-Yo adoraba a mi esposa y si no hubiera sido porque a ella no le gustaba el sexo por la tarde,me habría pasado la vida con ella en la cama.
-Ya,- dijo.- Eres como todos, no conoces nada mejor- y se metió otro erizo en la boca escupiendo con fuerza. Después sonrío. Nunca he visto una sonrisa así. Revelaba un arrobamiento total.
-Cuando yo era joven, ¡oh, aún mucho más joven que tú! Tuve una experiencia que sólo puedo llamar milagrosa, por eso siempre tengo una barquita esperando en la ensenada.
¿Ves aquellas rocas? Hace ya muchos años me llegó desde ellas una música maravillosa, remé hacia las rocas y en ella había una mujer tan bella como no había visto ni he visto otra igual. La música salia de sus labios pero no los movía, me cogió en sus brazos y la música seguía sonando a nuestro alrededor y yo gusté un deleite que supera todos los límites de la imaginación. Me uní a ella, logrando una etérea perfección de unidad. Cualquier unión entre humanos no es más que una obscena representación de la realidad, he dicho una mujer, pero por supuesto no era humana sino un espíritu, una ninfa, la plenitud de todo.Hicimos el amor, (ni siquiera esa palabra es suficiente,) mientras el sol se ponía y a través de la oscuridad hasta que salió otra vez un cielo moteado de rosa, y todo este tiempo la música permaneció con nosotros. Me besó en los párpados y me dijo que volveríamos a unirnos. Se fue por que ella pertenece al mar, por eso como erizos, saben a ella.
Siento por el sexo de los humanos el mismo desprecio que siento por el gallo que se arroja sobre las gallinas en el corral.
Durante algún tiempo no le creí, pero un día su barca desapareció y de Jenofonte no se supo nada nunca más. A veces miro hacia las rocas y creo percibir un canto que no puedo definir, pero no, estoy seguro de que es mi imaginación.
Esta historia, aunque no letra a letra está tomada del libro de Tiberio, de Allan Massie. Se la contó Filipo, un liberto que acompaño a Tiberio en su retiro a Rodas.