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23 jun 2014

LEOVIGILDO, CREADOR DEL ESTADO VISIGODO

Leovigildo pasa po ser el más grande de los reyes arrianos y aun de todos los visigodos españoles. No sólo contuvo la disgregación que amenazaba con fragmentar la Península en diminutos estados, sometiendo a la autoridad central la mayor parte del territorio, sino que llevó a cabo una importante labor organizadora de la nación y, sobre todo, un intento de captación de ambas poblaciones - godos y católicos - en torno a su real persona y a la de sus sucesores, que lo convierten en creador de la nacional hispanogoda. El hecho de que un católico como Juan de Bíclaro, al que persiguió por no abrazar el arrianismo, prorrumpa en continuos elogios a su monarca, indica bien a las claras hasta qué puntoéste hizo sentir entre sus súbditos el sentimiento nacionalista, que hasta entonces sólo había alentado débilmente algún que otro escritor. Bien es cierto que no todo fueron éxitos para Leovigildo en este afán integrador de sus dominios. La rebeldía de su hijo Hermenegildo fue la más dura espina que quedó clavada en el corazón del rey, junto con otros fracasos no del todo ajenos a ella, como el de la unificación religiosa y los escasos éxitos obtenidos en el terreno militar ante lo vascos y los bizantinos.
Para promover entre sus súbditos el ideal nacionalista, Leovigildo hubo de atraerse a las dos poblaciones que convivían sobre el territorio nacional. El problema se centraba, naturalmente, en los hispanorromanos. Las afinidades históricas que unían a éstos con los bizantinos hacía sumamente peligrosa la presencia de los soldados de Justiniano en el sur de España, no sólo desde el punto de vista militar, sino, sobre todo, por la nostalgia que a través de ellos podía despertar el mundo bizantino sobre los españoles. De ahí que toda la política del rey godo se encaminase a presentar a los bizantinos como extranjeros, no obstante esas afinidades, y a paliar el brillo seductor de Constantinopla creando una corte lujosa en Toledo, dotada de un ceremonial que establecía distancias entre sus súbditos y el rey. Éste dejaba de ser el caudilo de estilo germánico, accesible a todos, y comenzó a rodearse de la maiestas bizantina, que lo convierte en persona sagrada, intermediario de Dios y, por lo tanto, superior al resto de los hombres. Es posible que Leovigildo no comprendiera todos estos simbolismos, pero tampoco importaba demasiado. Adoptó los atributos de la realeza bizantina, vistió el manto púrpura, empleó el trono regio y se volcó en otros muchos detalles. Con ello sólo quería que los hispanorromanos apartasen sus ojos de Bizancio y lo vieran a él como único monarca. Y lo cierto es que lo consiguió. Él mismo se preocupó de borrar de su reino todo signo de subordinación al Imperio. Sin duda, el gesto más importante en este sentido fue el cambio de moneda. Leovigildo ordenó sustituir las bizantinas que circulaban por otras de la misma ley y peso - lo que demuestra que el cambio no obedecía a razones económicas -. Las nuevas acuñaciones suprimían toda alusión a los emperadores, y en su lugar llevaban la imagen del rey visigodo, su nombre y el de la ceca que las fabricaba. Era el primer rey germánico que figuraba en las monedas. Finalmente, Leovigildo pasó por alto la conducta de los reyes anteriores, que consideraban atributo exclusivo de los emperadores la facultad de dar edictos (leyes generales), y legisló para su reino siempre que fue menester. Nada quedaba ya, salvadas las proporciones, que lo distinguiera de los emperadores romanos. Estaba naciendo España...


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20 jun 2014

LA POSESIÓN DEL TERRITORIO PENINSULAR. LA LUCHA CON LOS BIZANTINOS (III)

Quizá lo que movió al asesinato de Agila fueron las muestras inequívocas que dieron los bizantinos de querer ocupar la Península. Al ejército traído por Liberio se unieron nuevas tropas, venidas posiblemente de Italia (que acababa de ser pacificada), las cuales desembarcaron en Cartagena. Conocidos sus propósitos, el recibimiento ahora fue hostil y muchos ciudadanos romanos y católicos, como la familia de San Isidoro, tuvieron que abandonar la ciudad portuaria. Los visigodos optaron, entonces, por sancionar sus diferencias internas y, unidos, hacer frente a los bizantinos. Esta lucha ocupó todo el reinado de Atanagildo (555-567), quien sólo conseguiría éxitos parciales a lo largo del mismo. De hecho, la presencia bizantina en la Península se prolongaría durante setenta años.
La principal base de la dominación bizantina fue Cartagena, desde donde controlaron todo el sudeste hispano extendiéndose hasta la desembocadura del río Guadalete. Resulta difícil saber hasta dónde penetraron por el interior. Es seguro que poseían la ciudad de Baza y toda su comarca; sin embargo es dudoso que llegasen hasta Córdoba, Sevilla o Granada. Recordemos que Córdoba se había rebelado contra Agila en el 550 y que siguió independiente hasta el reinado de Atanagildo, quien por el año 566 dirigió una infructuosa campaña contra ella. Su rebeldía no acabaría hasta el año 572, cuando fue conquistada por Leovigildo. Si tenemos en cuenta que Sevilla había sido rápidamente recuperada por Atanagildo, hemos de concluir que los bizantinos apenas poseían una plaza importante tierra adentro y que toda su fuerza efectiva se encontraba repartida por el litoral, como Asidonia (Medina-Sidonia), Málaga y Cartagena. Puede ser que la posesión de la costa bastara a unos propósitos en los que debieron de influir los numerosos mercaderes orientales que, a través de estos puertos, comerciaban con el interior.
Bizancio se preocupó de organizar la colonia para que sirviera a estos fines. Conservo la administración civil de origen romano y puso al frente de ella a un magister militum Spaniae, especie de gobernador encargado de supervisar tanto la administración civil como la militar. Se creó una ceca para acuñar moneda bizantina, a fin de facilitar no sólo los pagos del Estado, sino también el comercio. La presencia bizantina ayudó a relanzar las comunicaciones comerciales y culturales. Numerosos hispanos viajaron a Constantinopla, ya en misiones diplomáticas, ya para instruirse en la lengua y cultura griegas. San Leandro de Sevilla acudió en el 580 a gestionar la ayuda bizantina para la causa de Hermenegildo. Juan de Bíclaro, autor lusitano de una importante crónica, estuvo durante dieciséis años formándose culturalmente por las tierras del Imperio. A España venían bizantinos, ya fuesen clérigos, médicos o comerciantes, como el físico Pablo, que llegó a ser obispo de Mérida, o su sobrino Fidel, que le sucedió. A través de unos y otros se conocía e imitaba en España la vida bizantina y hasta es posible que los ecos de la codificación del derecho, ordenada en Constantinopla por Justiniano - y redescubierta siglos más tarde siendo todavía hoy estudiada por los futuros juristas con el nombre de "Derecho Romano", que de romano tiene poco... -, influyeran en la unificación jurídica que pronto se iba a consumar en nuestro territorio.
No obstante cabe destacar que los contactos culturales no se hacen a través de la España bizantina, sino directamente en Constantinopla. De allí vienen a la Península los modelos de altunos monumentos arquitectónicos.
Atanagildo murió de muerte natural en el 567, dejando a España en una situación más delicada que nunca. A la presencia de bizantinos había que añadir la persistente rebeldía de los cordobeses y el ataque de los francos a la Septimania. Por otra parte, la dificultad para nombrar sucesor al rey, motivada por la existencia de varios pretendientes al trono, produjo un peligrosísimo interregno que a punto estuvo de provocar la desintegración del estado visigodo. La elección de Liuva (568-572) por los godos de la Septimania - de donde él era duque - unos meses más tarde, no solucionó el problema. Liuva se quedó en la Galia Narborense, posiblemente por miedo a los otros aspirantes al trono, que, sin duda, tendrían su principal apoyo en la Península; pero pudo también pensar que el peligro que acechaba a la Septimania, que por entonces fue atacada por los reyes francos Sigiberto y Gontrán, quien logró entrar en Arlés, le retuviesen allí. Sea como fuere, Liuva nombró como corregente suyo en España a su hermano Leovigildo, duque de Toledo, quien, para afianzar su poder, se casó con Gosuinta, la viuda de Atanagildo (¡toma ya!). Desde entonces la figura de Liuva pasó a un segundo plano para dar paso a la gran personalidad de Leovigildo, que a lo largo de su reinado trazó las líneas directrices del definitivo reino visigodo.

19 jun 2014

LA POSESIÓN DEL TERRITORIO PENINSULAR. LA LUCHA CON LOS BIZANTINOS (II)

Agila tuvo que enfrentarse antes que con los bizantinos con otro problema más arduo: la rebeldía en la Bética, que continuó durante los reinados de sus sucesores Atanagildo y Leovigildo. No están claros los motivos de la sublevación, mas es posible que no sea sino la respuesta de esta provincia a la dominación visigoda que se le estaba tratando de imponer. En el 550 dirige Agila una expedición contra Córdoba, centro de la rebelión, donde fue severamente derrotado (se dice que perdió a su hijo, buena parte del tesoro real y a casi todo su ejército). Agila hubo de retirarse a Mérida, a la que convirtió en capital durante el resto de su reinado. Desde allí podía vigilar atentamente los problemas del sur.
Al año siguiente de ser derrotado por la rebelión triunfante en Córdoba, el noble visigodo Atanagildo se alzó, proclamándose rey, e intentó destronarlo. El hecho de que estableciera su centro de operaciones en Sevilla, capital de la Bética, si no prueba que estaba en perfecto contacto con los rebeldes de la zona, por lo menos indica que supo elegir el lugar donde su contrincante encontraría menos apoyos. De mutuo acuerdo o tácitamente, ambas rebeliones se apoyaban entre sí frente al gobierno central, pero en beneficio de un tercero en discordia, los bizantinos. Las cosas no rodaron muy bien para Atabagildo, que, viéndose en peligro de ser derrotado por Agila, no tuvo otra alternativa que la de llamar a éstos en su apoyo, a pesar del grave peligro que corría al buscar la colaboración de una potencia que en aquel momento intentaba reconstruir la unidad mediterránea bajo su mandato. El emperador Justiniano ya había añadido a sus dominios orientales África del Norte, y en aquel momento otro general suyo, Narsés, dirigía el ataque definitivo contra el reino ostrogodo de Italia, que no iba a resistir mucho tiempo en pie.
En tales condiciones, la llamada de un rebelde desde Hispania era la mejor ocasión para intentar integrar ésta dentro de la órbita imperial. Así, a pesar del gran esfuerzo militar que suponían en aquel momento las campañas en Italia, Justiniano dispuso un pequeño ejército que fue enviado a la Península antes de que Atanagildo fuera derrotado y se perdiera tan buena oportunidad. Iba al frente del mismo un anciano patricio llamado Liberio, que había sido prefecto en Arlés, quien, con sus ochenta años, parecía un símbolo o un testigo que quisiera enlazar los viejos buenos tiempos de Roma con la restauración justiniana. Las tropas bizantinas debieron desembarcar en un lugar próximo a Sevilla. El rey visigodo hubo de retirarse a Mérida de nuevo, desde donde siguió resistiéndoles sin que ninguno de los contendientes triunfara sobre el otro. Mas viendo los visigodos que se estaban destruyendo mutuamente, zanjaron la cuestión asesinando a Agila en el 555 y pasándose sus partidarios al bando de Atanagildo. Así es la política.

18 jun 2014

LA POSESIÓN DEL TERRITORIO PENINSULAR. LA LUCHA CON LOS BIZANTINOS

Decir que el reino visigodo, tras los últimos acontecimientos, se correspondía geográficamente con la Península Ibérica, no supone que aquél se hubiera enseñoreado de todo el territorio peninsular. Muchas zonas, efectivamente, habían sido ya sometidas; mas quedaban otras que, hasta el momento, habían escapado a su dominación. En el norte, tierras montañosas habitadas por los vascos, seguían resistiéndose a los visigodos como antes ya lo habían hecho a la civilización romana. En el extremo noroccidental, el reino suevo se mantendrá en pie aún medio siglo, hasta que Leovigildo lo destruya. En el sur, una extensa zona equivalente a la Bética, no obedecía a ningún poder superior. La población hispanorromana que la habitaba se hallaba en una peculiarísima situación. ¿Cómo se gobernaban? Sin duda mediante cuadros administrativos romanos, que surgían y funcionaban de manera autónoma. Las ciudades serían presididas por la Curia o por algún conde u obispo que hubieran tomado la dirección de la misma.
El primer trabajo de los visigodos, por tanto, era hacer que su autoridad llegara a todos esos lugares; pero al mismo tiempo hubieron de ocuparse de la defensa del territorio nacional frente a las apetencias de otros poderes extranjeros. En función de estos dos problemas hay que ver casi todas las actividades bélicas de este período, que comprende desde Teudis a Leovigildo.
Teudis tuvo que enfrentarse, en el año 451, a una expedición de los francos, conducidos por sus reyes Clotario y Childeberto, que, tras saquear la comarca de Pamplona, sitiaron Zaragoza atacando asimismo los lugares próximos. Al cabo de cuarenta y nueve días de sitio, cuenta Gregorio de Tours que los francos se retiraron al saber que los caesaragustinos poseían la túnica de San Vicente Mártir y que era paseada procesionalmente alrededor de la muralla; mas el verdadero motivo pudo haber sido otro bien distinto. Teudis envió a combatirlos al conde Teudiselo, quien ocupó los pasos pirenaicos por donde habían de pasar, cortándoles la retirada. Al saberlo, los francos intentaron regresar a su país, pero fueron derrotados por el general visigodo, que los exterminó excepto a unos pocos que fueron perdonados, previo pago de un gran rescate... Fue este el primer "Roncesvalles" que padecieron los francos.
Menos afortunado fue Teudis en su intento de apoderarse de Ceuta. Si antes acudió a expulsar a los francos en su propio territorio, ahora había de salir de él en busca de una cabeza de puente al otro lado del Estrecho para hacer frente a un peligro cada vez más acuciante: el de los bizantinos. Hacia el 533, cuando Belisario estaba a punto de liquidar el reino africano de los vándalos, una guarnición visigoda se instaló en Ceuta, pero fue inmediatamente desalojada por los bizantinos, que rehicieron las murallas y dejaron en ellas tropas y naves, con el inequívoco fin de vigilar a los visigodos y controlar el paso del Mediterráneo al Atlántico. En estas condiciones, Teudis no podía sentrse cómodo ni seguro, sonbre todo al ver cómo los bizantinos, tras haber destruido el reino vándalo, amenazaban con hacer lo mismo con el ostrogodo de Italia. Como ostrogodo que era, Teudis debió presentir el peligro que él mismo corría. De ahí que por el año 542, tras un segundo intento, les arrebatara la plaza de Ceuta. Mas al volver el rey a la Península, éstos la recuperaron. Y de nuevo los godos la sitiaron; pero un domingo, mientras se dedicaban confiadamente a sus prácticas religiosas, fueron víctimas de un ataque combinado de los bizantinos por tierra y por mar y fueron exterminados. Teudis murió asesinado en su palacio en el 548 por un hombre que se fingió loco. Tras el breve reinado de Teudiselo (548-549), al que también asesinaron en Sevilla mientras celebraba un alegre banquete, fue elegido Agila (549-554), bajo cuyo reinado tuvo lugar el desembarco de los bizantinos en Hispania.

17 jun 2014

LA SOCIEDAD HISPANORROMANA A LA LLEGADA DE LOS VISIGODOS (III)

La vinculación de la ciudad al gobierno central se hacía a través de los gobernadores de provincias y los recadudadores de impuestos que tenían a su cargo. Los gobernadores (iudex o rector provinciae) eran tantos como provincias romanas había en Hispania: cinco cuando llegaron los visigodos y seis cuando éstos incorporaron Galicia, tras destruir el reino de los suevos. Eran nombrados y pagados por el rey. sus funciones fundamentales eran dos: administrar justicia en las causas que se movieran entre hispanorromanos, o entre un godo y un hispanorromano cuando este último era el acusado, y dirigir la recaudación de impuestos. Para ello se rodeaban de servidores que debían ser originarios de la provincia en la que servían. También contaban con agentes especializados para la recaudación impositiva. El agente fiscal que acompañaba al gobernador recibía el nombre de numerarius, y llegó también a ser juez en asuntos de impuestos. No obstante, la obligación de recaudarlos recaía directamente sobre la curia o senado local, que nombraba para ello a uno de sus consejeros, denominado exactor. La inmoralidad de estos cobradores de contribuciones fue grande. Unas veces exigían pagos que ya se habían efectuado, apoyándose en cualquier deficiencia en la presentación de recibos. Cuando tenían que vender los bienes de algún deudor del Tesoro, se ponían de acuerdo con el comprador para efectuar la venta a un precio muy bajo, estafando así al Estado, y se repartían luego la ganancia entre ellos. A las órdenes de los exactores estaban los tabuarii, que se encargaban de notificar a los contribuyentes la parte que les correspondía pagar, de acuerdo con los polipticos o listas de ciudadanos existentes en todos los municipios, y en las que ellos debían anotar todos sus bienes y cualquier compra o donación que incrementase sus patrimonios. Junto a estos funcionarios actuaban de vez en cuando, enviados por la administración central, los compulsores, encargados de hacer pagar a los morosos, y los discursores, que debían supervisar y mantener en buen estado todo el montaje relativo a la percepción de tributos.
De lo dicho se infiere que la vida en la ciudad no debía ser muy agradable para el ciudadano de a pie. Los reyes procuraron, en parte, remediarlo, exigiendo a los funcionarios el exacto cumplimiento de su deber y castigando severamente los abusos. Sólo resultaba fácil para el hombre libre que poseía abundantes riquezas sobrellevar esta presión. Entre éstos hay que citar a los grandes terratenientes, ya habitasen en la ciudad o en el campo. Aunque como clase senatorial habían perdido los privilegios correspondientes, ellos seguían llamándose pomposamente "senadores". Con su riqueza compraban a los cobradores de impuestos y extorsionaban a la justicia. Adquirían a bajo precio las propiedades de los débiles que habían sido confiscadas, o les obligaban a que las vendieran por la fuerza, cuando no se las entregaban ellos mismos para huir de la rapiña de otros señores y colocarse bajo la protección de uno de éstos, del qeu recibían luego en renta las tierras que acababan de regalar. Pasaban así a engrosar la muy nutrida clase de los colonos, que, como en los restantes oficios, no podían abandonar el predio que cultivaban.
Terratenientes, altos funcionarios, funcionarios adscritos a la administración de la ciudad o del Estado, mercaderes, menestrales y colonos que no podían cambiar de oficio, siervos, minorías judías económicamente prósperas.... He ahí la población que los godos vieron desfilar ante sus ojos cuando entraron en Hispania. No obstante, esta población llevaba con orgullo sobre sus espaldas el peso de una civilización que, a pesar de su decadencia, superaba a la de los invasores. Éstos vencían su complejo mediante una mejor organización militar, que les daba supremacía y poder político y les convertía en la casta dominante. Se formaron así dos orgullos diferentes, basados en las propias virtudes de cada grupo, que permitió durante algún tiempo a ambas poblaciones convivir yuxtapuestas, sin mezclarse la una con la otra. Cada una de ellas poseía su religión, sus costumbres, su forma de vestir, sus propias instituciones oficiales y administrativas. Eran dos pueblos sobre un mismo territorio. Pero por muy vivas que se mantuvieran esas diferencias, no podían durar mucho tiempo. El contacto mutuo, los intereses cotidianos de cada uno y, sobre todo, el afán unificador del Estado, serían otros tantos factores de asimilación que acabarían por fundirlas en una sola comunidad.

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16 jun 2014

LA SOCIEDAD HISPANORROMANA A LA LLEGADA DE LOS VISIGODOS (II)

Además de focos de cultura, las ciudades eran centros económicos importantes, siempre en un plano de decadencia respecto a los siglos del apogeo romano. La industria se desarrollaba a nivel artesanal, pero seguía produciendo todo lo que las ciudades consumían. Era notable la producción de armas y orfebrería, en las que demostraron grandes cualidades, testimoniadas por los hallazgos arqueológicos (que a menudo se atribuyen erróneamente a la influencia árabe - nada más lejos, pues ya existían antes de su llegada). Lo mismo hay que decir de los cueros repujados que desde Córdoba se enviaban a la Galia y otras regiones. Eran, no obstante, los comerciantes los que animaban la vida económica de las ciudades. Hispania seguía inserta en el ámbito económico mediterráneo. La base de su comercio exterior la constituían el trigo y el aceite, que seguía exportándose a los principales centros urbanos del mundo bizantino. Bizantinos eran también los comerciantes que lo manejaban. Los textos posteriores visigodos designarán a estos hombres como "mercaderes de ultramar", apelativo bajo el cual se encontraban sirios, bizantinos, italianos y norteafricanos. Como es lógico, este comercio afectaba principalmente a las ciudades del levante y sur español, como Tarragona, Cartagena, Cádiz y Sevilla. En ellas se encontraban las instituciones propias de este comercio, como los telonarii, jueces especiales que, por concesión de los reyes visigodos, resolvían los conflictos surgidos entre los mercaderes. También existían en los puertos unas lonjas de contratación, denominadas cataplus, en las que se llevaban a cabo transacciones comerciales y servían al mismo tiempo de almacenes para depósito de mercancías y de aduanas para pagar los impuestos que las gravaban. Naturalmente, las exportaciones eran compensadas con las mercancías traídas de Oriente, que, como para el resto de Occidente, constituían en artículos de gran valor, como especias, joyas y telas de lujo. Para todas estas operaciones siguió empleándose la moneda que circulaba en el Imperio: el sueldo constantiniano, o sus fracciones, como el tremis, equivalente a un tercio del mismo. De este modo existían acuñaciones hechas por los reyes bárbaros de Occidente, como las que efectuaba Teodorico, pero con la imagen y el nombre de los emperadores de Bizancio. Sólo a partir de Leovigildo se romperá con esta práctica (ya hablaremos de ello). También existía un comercio interior, que seguía empleando las vías romanas y los ríos navegables. Los reyes godos se ocuparon de mantenerlo apoyando a los conventi mercatium, especie de mercados, que gozaban de gran protección.
El aspecto que más flaqueaba de las ciudades era, sin duda, su organización administrativa. Los cargos municipales habían llegado a ser durante el Bajo Imperio sumamente onerosos para quienes los desempeñaban debido a las responsabilidades económicas que pesaban sobre ellos, ya que tenían que atender con sus propios bienes una serie de gastos públicos y cubrir los impuestos asignados a la ciudad y que no llegaran a cobrarse, bien porque las tierras habían dejado de cultivarse, o porque sus dueños habían huído. La verdad es que ya nadie quería ostentar cargos públicos. La aristocracia terrateniente había abandonado las ciudades y buscado refugio en sus latifundios, acogiéndose a los privilegios de la casta senatorial. Los emperadores tuvieron que emanar edictos vinculando a los que desempeñaban cargos municipales y a sus familias, de forma que no los podían abandonar. Ante el éxodo de habitantes de la ciudad al campo, los emperadores extendieron esa vinculación a todos los oficios. Militares, artesanos, administrativos y funcionarios no podían cambiar de profesión, y los hijos debían suceder a los padres en el desempeño de la misma. Esto comprimía terriblemente la libertad individual y estratificaba aún más la sociedad, impidiendo el desarrollo espontáneo; pero fue el medio que entonces se arbitró para que la vida urbana no se desmoronara. Dado su carácter artificial, no es de extrañar que hubiera de ser reforzado con medidas del poder público. En ello estuvieron de acuerdo tanto los emperadores - mientras los hubo - como los reyes visigodos que les sucedieron.
Los curiales, o consejeros de la ciudad, en consecuencia, tenían prohibido abandonar sus cargos, ni siquiera con el pretexto de ingresar como funcionarios del Estado o de la administración romana, ni para percibir órdenes sagradas. En el caso de haberlas recibido, lo cual les incapacitaba para desempeñar su antiguo cargo, debían buscar un sustituto entre sus familiares. Tampoco se les permitía vender sus propiedades con el fin de eludir el cumplimiento de las obligaciones económicas que pesaban sobre ellos. El cargo más imporante de la curia municipal era el de defensor, que, bajo la denominación romana, había sido elegido por el consejo de la ciudad y después por sus conciudadanos. Su misión inicial era la de proteger a la ciudad frente a posibles abusos de las autoridades superiores. Luego, los gobernadores de las provincias les confiaron la administración de la justicia en sus respectivas ciudades ( y siempre en casos de menor importancia). Debajo de los defensores había otros oficios similares, como los curatores, cuestores y ediles. Había un escalafón bastante riguroso, que exigía pasar por estos cargos progresivamente. Mas la quiebra de la vida urbana hizo que a veces las funciones específica de cada cargo se confundieran, o que algunos, como los curatores, usurparan las que correspondían a otros inferiores, con lo que algunos de éstos, como los ediles y cuestores, dejaron a veces de elegirse.
La misma rigidez imperaba en las actividades de la ciudad. Todos los trabajadores estaban incluidos en algún gremio o collegium. No solamente les estaba prohibido cambiar de gremio, sino que ni siquiera podían abandonar la ciudad y, en caso de hacerlo, estaban obligados bajo pena a regresar a ella. Los hijos seguían la condición de los padres, a no ser que estuvieran casados con una esclava o con la hija de un colono, en cuyo caso seguían la peor condición de la madre de sus vástagos. Al igual que a todos los adscritos a cualquier oficio, se les prohibía entrar a formar parte del clero. De esta forma, la sociedad hispanorromana continuaba siempre idéntica a sí misma, gobernándose con los mismos cuadros que en la época romana.

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15 jun 2014

LA SOCIEDAD HISPANORROMANA A LA LLEGADA DE LOS VISIGODOS (I)

Cuando los visigodos llegaron a Hispania, ésta se diferenciaba muy poco de las provincias más cultas del Imperio que ellos habían recorrido. A primera vista, conservaba todos los adelantos de que la había dotado la colonización romana. Las vías principales permitían el traslado rápido de tropas y viajeros, bagajes y mercancías de un punto a otro. Los ríos eran salvados por puentes, a menudo gigantescos, como los de Mérida, Toledo o Alcántara, cuya grandiosidad aún hoy podemos admirar. Se podían contemplar pequeños barcos remontando los principales ríos, como el Ebro y el Guadalquivir, entonces navegables en algunos trechos. Tampoco faltaban en los campos pequeños canales y acequias, que llevaban el agua hasta las huertas y las ciudades, salvando los desniveles mediante airosos acueductos, como los de Segovia o Tarragona, orgullo de la ingeniería arquitectónica romana, pero en realidad producto del desconocimiento por parte de éstos del sifón (que los griegos ya conocían en tiempos de Julio César). Las campiñas ofrecían a la vista una agricultura todavía próspera, en la que alternaban pequeñas explotaciones con los grandes dominios señoriales y grandes reservas de bosques bien poblados de árboles, que daban a nuestra tierra un aspecto muy distinto del actual.
Tanto por las formas de cultivo como por sus productos, el campo presentaba gran actividad. Las zonas más fértiles, que eran al mismo tiempo las más romanizadas, ofrecían un tipo de cultivo más avanzada, beneficiándose a veces de diversos sistemas de irrigación (canales, noria, cigüeñal), allanamiento de terrenos en cuesta formando bancales, abonado de campos, todo lo cual permitía un cultivo intensivo. De norte a sur de la Península se podían contemplar, en la zona cantábrica, abundantes manzanos o pomaradas, que servían ya para la producción de la sidra, bebida de recia raigambre en nuestro suelo. Los valles del Duero y del Ebro ofrecían en primavera grandes extensiones de mieses verdes que, al ser movidas por el viento, imitaban el oleaje de los mares. En el sur y en el levante predominaba el olivo, la mayor fuente de riqueza de la Hispania romana sobre la que se formaron inmensas fortunas. Y por todas partes la viña, repartida por casi todo el territorio nacional, de una importancia económica similar al aceite y los cereales. Todos estos cultivos debieron sufrir el paso de los diferentes pueblos bárbaros y las alteraciones políticas y sociales que trajo consigo la decadencia y desaparición del Imperio. Pero nos es imposible conocer en qué medida se deterioraron. Cuando un siglo más tarde San Isidoro describe las faenas del campo, repite las mismas que en el siglo II había señalado el hispanorromano Columela. Así, habla de la quema de rastrojos, de la arada destinada a romper éstos, de la occatio, que va a continuación y que tiene por objeto romper los terruños que se habían levantado; la runcatio o escarda, que, cuando se hace con el arado en los cereales sembrados a surco, se denomina aricar. También describe las mismas faenas del cultivo de las viñas: la poda, la cava, abrirles hoyos... Nos dice, en fin, que en los campos - suponemos que en los de secano solamente - se empleaba la rotación bienal o cultivo de doble hoja, sembrándose un año y descansando al siguiente. Ahora bien, lo que ignoramos es si San Isidoro describe lo que se hacía en su tiempo o copia lo que habían dicho los tratadistas romanos. Lo más probable es que esas costumbres no hubieran desaparecido, o al menos no del todo. El hombre de campo, como bien sabemos, modifica raramente sus hábitos. El mismo hecho de que luego las volvamos a encontrar, llegando algunas hasta nuestros días, nos inclina a pensar que no habían desaparecido.
Los visigodos apenas aportaron nada nuevo. Se es atribuye sin demasiada certeza la introducción de la alcachofa, las espinacas y el lúpulo, en cuyo caso serían también introductores de la cerveza (aunque ésta ya se bebía en la Península).
La vida urbana siguió floreciendo, no obstante los duros golpes que había recibido durante todo el Bajo Imperio. Recordemos que la ciudad era el baluarte de la cultura romana y la base de su superioridad frente a los invasores. Éstos encontraron aquí una población instruida en letras, leyes y medicina, que todavía frecuentaba las escuelas municipales (sostenidas ahora por la propia ciudad, no sin enormes dificultades y a punto de desaparecer). A pesar de esta grave decadencia, la población hispanorromana mantuvo su superioridad cultural, y cuando la instrucción clásica desapareció, el clero romano-católico tomó el relevo en las escuelas episcopales y monásticas, al menos para una parte importante del programa educativo anterior. El brillo cultural hizo que la lengua latina ejerciera su atractivo sobre los bárbaros, que acabaron por adoptarla, abandonando la suya propia. Ya Eurico, antes de venir a Hispania, había ordenado escribir en latín las leyes de los visigodos, valiéndose también de juristas romanos. Era todo un símbolo. Durante su existencia, el reino visigodo se vería obligado a contar con los hispanorromanos para su organización y funcionamiento.

13 jun 2014

CAMBIOS SOCIOPOLÍTICOS Y LEGISLACIÓN VISIGODA

Cuando los godos entraron "de pleno derecho" en la Península, el relevo de funciones gubernativas con los romanos ya estaba hecho en buena parte. La unión de sippes creó una comunidad superior de miembros de un mismo pueblo, que pronto produjo sus propias instituciones de acuerdo con sus necesidades. Dada su naturaleza militar, el órgano principal de gibierno lo formaba la Asamblea Ding), en la que entraban todos los hombres libres capaces de empuñar las armas. Solían reunirse por las noches en los plenilunios y las decisiones propustas eran aprobadas por los asistentes haciendo sonar sus armas. Se juzgaban los casos de interés general, se daban normas de gobierno y se elegía al jefe del pueblo. Al principio estos jefes tenían la categoría de caudillos militares, y su función principal era conducirlos en la guerra; pero a medida que se van organizando y entran más en contacto con el mundo romano, estos caudillos toman el título de rey e intervienen más activamente en la vida del Estado. Ya vimos que entre los visigodos, Alarico I, probablemente, y con toda seguridad Ataúlfo ostentaron la diginidad real. Al igual que los caudillos, éstos continuaron siendo elegidos en las asambleas. Muy pronto, empero, esas elecciones comenzaron a desvirtuarse por intereses diversos. Los reyes pretendían que les sucedieran sus hijos, y hacían cuanto estaba en su mano por conseguirlo; más necesitaban el apoyo de una parte importante de los electores. Difícilmente lo hubieran conseguido de no verse favorecidos por el fruto de sus conquistas, un notable incremento de poder y riqueza que les permitió pagar abundantemente a aquellos que les apoyaban. Esto tiene una importante repercusión social en la formación de las clientelas y en la difusión de los vínculos personales de fidelidad, que más adelante estudiaremos.
La base legal del incremento del poder real residió en la transformación experimentada por el derecho en su origen. Este tuvo para los germanos la misión de mantener la paz dentro del propio grupo o comunidad; por eso fue formalmente consuetudinario, de acuerdo con las formas que se fueron transmitiendo de generación en generación, normas que se conservaron como una parte más del patrimonio del grupo. Nada más contrario a esta costumbre que la figura de un rey que pudiera dar leyes nuevas e imponérselas a sus súbditos. Y esto fue exactamente lo que ocurrió con el bann o baunn regio. En principio no se trataba más que de la capacidad que el rey tenía de establecer ciertas prohibiciones; pero a medida que el reino crecía y se hacía imprescindible dar nuevas normas para su buen gobierno, el rey comenzó a emanar leyes aplicables a todos sus súbditos. El bann regio se asimiló así a los edictos imperiales. Los jueces, por el contraro, nunca fueron creadores de derecho, y su función era la de aplicar en cada caso la legislación existente. Mientras las leyes no estuvieron escritas, se acudía, en caso de duda, a los ancianos más acreditados en el conocimiento de las costumbres. Figuras típicas de este periodo eran los cosagari, que, cual códigos vivientes, estaban a disposición de los jueces y asambleas para asesorar en lo relativo al derecho tradicional. Cuando éstos no estaban de acuerdo entre sí, se decidía la cuestión mediante las ordalías o "juicios de Dios".
La capacidad legislativa que los reyes habían adquirido les permitió organizar el derecho y la administración de justicia de su pueblo sobre nuevas bases más de acuerdo con el desarrollo adquirido. El punto de partida fue la codificación del derecho que, desde el Código de Eurico, apuntaba a sustituir el derecho tradicional por la ley escrita. Una ley que figuraba, probablemente, en dicho código, y sin duda ya en el Codex Revisus promulgado por Leovigildo, ordenaba que los jueces no podían dictar sentencia en ningún caso que no estuviera expresamente previsto por la ley. Cuando ocurriera una cosa así, debían enviar a los contendientes ante el rey para que éste decidiera y al mismo tiempo creara una doctrina jurídica que sentase precedente. Esto equivalía a suprimir de un plumazo toda la tradición que no hubiera sido recogida en el código y colocar a éste como única fuente de derecho. Se nota bien claro el esfuerzo del Estado por intervenir en la organización de la sociedad, a fin de sacarla de sus costumbres ancestrales y asimilarla en la medida de lo posible a la sociedad romana con la que convivían.
Un ejemplo bien claro de este intervencionismo progresivo es el castigo de los delitos cometidos contra un miembro de la familia. Ya no correspondía a ésta tomar venganza, sino que debía ser sentenciado en los tribunales. Tampoco podía imputarse a la familia del delincuente, sino que debía ser éste solo el que cargase con los daños causados. El enfrentamiento de una familia con otra dejaba de existir: ahora el delincuente debía vérselas con el Estado, que había tomado conciencia de sus deberes públicos y estaba dispuesto a ejercerlos él solo, sin injerencia alguna de particulares. Consecuencia de todo ello fue que, a partir del siglo VI, la sociedad dejó de basarse en vínculos de sangre para hacerlo en el derecho público.
La resistencia que la sociedad opuso a esta transformación fue enorme. Procedía, sin duda, de esa diferencia existente entre la población y el modelo de Estado que los reyes querían imponer. No sólo se trataba de borrar hábitos ancestrales, cosa de por sí ya muy difícil. Había de por sí otro factor económico muy importante. Los delitos juzgados por el Estado eran, con frecuencia, castigados con penas pecuniarias muy altas, de las cuales sólo se beneficiaban los miembros de la administración que las imponían y cobraban y, por extensión, el propio Estado. Además, era sumamente fácil incurrir en ellas. Por tanto el cambo introducido no dejaba de ser muy oneroso para los súbditos, que no se beneficiaban en nada. Si a eso añadimos la natural desconfianza hacia unas leyes que desconocían, desconfianza más que justificada por los abusos de los encargados en aplicarla, comprenderemos mejor su añoranza por el derecho consuetudinario que sí que conocían y aplicaban y en el que los daños se reparaban a favor del que había sufrido el dolo. No es por ello de extrañar que, siempre que podían, actuaban al margen de los tribunales, procurando un entendimiento entre ellos. Todavía Recesvinto hubo de dar una ley castigando severamente a quien, habiendo presentado ante el tribunal una acusación por robo, aceptara luego un acuerdo económico con el ladrón, desatendiendo la sentencia del juez; mas los súbditos iban a contrapelo de los tiempos. Mientras el Estado se mantuvo fuerte y vigoroso, consiguió imponer su derecho legislado, a pesar de estar por encima del nivel cultural del pueblo. Sólo cuando sucumbió al hacha de los árabes y los pequeños reinos cristianos de la Reconquista empezarían a crecer con una organización política mucho más débil y volverían a resurgir en muchos aspectos el derecho privado y a hablarse de venganza privada, de enemistad, de pérdida de la paz, etc...

11 jun 2014

LOS VISIGODOS QUE ENTRARON EN HISPANIA

Una idea ya vieja, que afortunadamente tiende a desaparecer, presentaba a los godos como un pueblo indómito y salvaje, amante de su libertad personal y poco menos que inciviles. Su difusión se debe sobre todo a Guizot, el gran historiador y político liberal francés del siglo XIX. Esta imagen bárbara (algún libro tendremos que dedicarle a la auténtica naturaleza de los mal llamados bárbaros), si en alguna medida puede aplicarse al pueblo godo antes de entrar en contacto con el mundo y la cultura romana, no corresponde ciertamente a los que durante los siglos V y VI vinieron a Hispania. Los contactos habidos con Romamientras estuvieron asentados al costado del Imperio, al norte del río Danubio, y sobre todo después que penetraron en el año 378 durante su largo deambular de siglo y medio de una provincia a otra, hicieron de los visigodos uno de los pueblos germánicos más civilizados.
Durante todo ese tiempo sus hábitos económicos se fueron transformando. El nomadismo al que les obligaban las constantes migraciones cesó muy pronto. Lo mismo ocurrió con su dedicación a la ganadería, al principio muy intensa, pero que fue perdiendo terreno en beneficio de la agricultura. Uno de los sistemas de explotación agraria que emplearon fue el de las marcas. Formaban éstas un grupo de vecinos que trabajaban en régimen de explotación común. La tierra cultivable se dividía en lotes, que se sorteaban periódicamente entre ellos para su cultivo. La comunidad era la encargada de dirigirlo y reglamentar las faenas agrícolas, que se hacían muchas veces colectivamente. No siempre se daba este régimen decopropiedad, pero aun en estos casos, cada vecino tenía su casa y su huerto privado (hufe), y casi siempre las parcelas que constituían la marca acabaron por ser propiedad privada del que las cultivaba. Sin embargo, los prados y los bosques, que integraban las propiedades comunales o allmende, siguieron siendo disfrutados por todos los vecinos de la comunidad. Al mismo tiempo que se abandonaba el colectivismo agrario daba las primeras señales de vida el régimen señorial. Se trataba de grandes señores que se valían de sus siervos y colonos para explotar sus propiedades.
También habían experimentado una notable evolución política. Originariamente, su organización había tenido como base la sippe, que agrupaba a todos los parientes agnáticos de una persona. Todos sus miembros formaban una comunidad cuya incumbencia iba mas allá de lo estrictamente familiar, constituyendo una unidad económica, jurídica y, a veces, incluso militar. El poder supremo residía en el padre. Se entra en ella por nacimiento y se deja de pertenecer a la misma por el matrimonio, la expulsión o la separación voluntaria. Si una mujer enviudaba, ella y sus hijos volvían a estar bajo la tutela del sippe. Cuando una mujer era tomada en matrimonio, el marido debía pagar a sus parientes una dote que daba al acto el aspecto de una compra. Parte de este precio lo constituía la morgengabe. Pero el aspecto más importante de esta organización era el convertirse en una comunidad de pleno derecho, cuyo vínculo fundamental era la paz familiar. Nadie entre ellos podía estar enemistado con los demás. La pérdida de la paz de la familia suponía la expulsión automática de la sippe. Por el contrario, si algún miembro era ofendido, la familia estaba obligada a castigar al agresor mediante el recurso de venganza privada, previa declaración de enemistad (faida). Pronto se introdujo la costumbre de que el agresor pudiera comprar su seguridad personal mediante el pago de una cantidad determinada (wergeld), una especie de "fianza" a la familia de la víctima. Estas cantidades, como el resto de los bienes, pertenecen más a la familia que al los individuos. El jefe de ellas sólo es el administrador, y a su muerte se iban transmitiendo de generación en generación. Por eso al principio los testamentos eran del todo innecesarios; pero ya con el Código de Eurico se acmitió su existencia.
Todo ello no es más que una prueba del debilitamiento de la sippe y del consiguiente robustecimiento del Estado visigodo. Las relaciones entre ambos son difíciles de precisar. No puede decirse, desde luego, que aquella sustituyera a éste, pero tampoco puede negarse que en principio, cuando estos pueblos apenas tenían organización política alguna, no corriera a cargo de estas instituciones gentilicias la mayor parte de las atribuciones que luego tendría el Estado.

10 jun 2014

ASENTAMIENTO DE LOS VISIGODOS EN HISPANIA (II)

La llegada masiva de visigodos a Hispania tuvo lugar a raíz de su derrota y expulsión de las Galias. Esta afluencia tampoco se efectuó de manera instantánea, sino que duró hasta el 531. En ese período de tiempo no sólo se instalaron en nuestro país visigodos, sino también un número importante de ostrogodos, que acudieron a apoyar a Amalarico contra los francos y contra Gesaleico. Cuando, al fin, Amalarico se vio libre de la regencia de su abuelo, pactó con el sucesor de éste las condiciones de la permanencia de la población ostrogoda que quedaba en Hispania, permitiéndoseles que optaran por una u otra nacionalidad. El caso de Teudis, casado con una hispanorromana y definitivamente afincado en Hispania, no debió ser el único. Paralelamente, a medida que la situación en las Galias empeoraba para los visigodos, muchos de ellos decidieron abandonar sus casas y propiedades y trasladarse a la Península, que se iba perfilando como el bastión más seguro de la dominación visigoda. La última emigración masiva se produjo cuando Amalarico fue derrotado en Narbona y perdió algunas ciudades aquitanas. Entonces, gran número de sus habitantes, acompañados de sus esposas e hijos, acompañaron al rey, que con su corte se trasladaba al territorio hispano.
Cuántos visigodos vinieron es una pregunta que, no obstante su importancia para calcular el aporte étnico que supusieron los germanos para la Península, nunca se podrá contestar. La causa no es otra que la carencia de datos contemporáneos que, de forma más o menos aproximada, nos indiquen su número. Por eso las cifras que se les han atribuído han variado muchísimo. Desde el millón que se lee en las historias de los siglos pasados, se ha tendido posteriormente a disminuir la cantidad hasta menos de 300.000. Las estimaciones de unos y otros historiadores están hechas basándose en las traslaciones del pueblo godo a través del Imperio, las cuales no hubieran sido posibles con masas humanas excesivamente numerosas, y por comparación con los vándalos pasados al norte de África, que se estiman en unos 80.000.
Lo cierto es que la arqueología, a pesar de la eviencia de sus datos - no nos engañemos -, no puede demostrar que no existieran necrópolis destruidas o por descubrir. Hemos de quedarnos, pues, dentro de un cálculo de posibilidades con las cifras de 80.000 y 200.000 como el mínimo y máximo probables de visigodos llegados a la Península.
De acuerdo con las referencias que ya habían mostrado anteriormente, los godos escogieron para su asentamiento las zonas trigueras de las cuencas del Duero y del Ebro. Allí se instalaron la mayoría de las familias de clases inferiores, que se dedicaban a la agricultura. El mapa de cementerios visigodos trazado por el historiador Reinhardt señala que la casi totalidad de éstos quedan comprendidos dentro del triángulo formado por Palencia, Toledo y Calatayud, siendo en la provincia de Segovia donde más abundan, seguida por las de Palencia, Soria, Burgos, Guadalajara, Toledo y Madrid. Las clases altas, y parte también de las inferiores, se diluyeron, en menor proporción, sobre el resto de la Hispania por ellos dominada, en especial la Lusitania Inferior, la Bética y las restantes zonas de la Tarraconense y la Cartaginense. Su presencia en ellas está demostrada por la existencia de obispos de ascendencia goda; pero también puede deducirse de las necesidades del gobierno, que exigía enviar miembros de la clase dominante a todas las ciudades importantes. El mismo itinerario que la capital visigoda recorre antes de encontrar su asiento definitivo (Barcelona, Sevilla, Mérida y Toledo), llevaría consigo la instalación de invasores a lo largo de todo el recorrido.
En cuanto al modo como fueron instalados, hemos de tener presente la diferencia de clases existentes entre ellos. El sistema fue el mismo que se había empleado hasta entonces en el Imperio, conocido con el nombre genérico de hospitalitas. Los hispanorromanos hubieron de ceder a sus huéspedes dos tercios de sus propiedades. Sobre las tierras confiscadas se instalaron éstos, aunque de forma desigual. La aristocracia militar goda recibió lotes extensos, que le permitían seguir viviendo dedicados a las armas, e incluso recompensar a sus clientelas o fieles servidores que los acompañaban. Las clases inferiores recibieron porciones menores, que cultivaban ellos mismos. Esta misma división de tierras debió perdurar durante mucho tiempo, y el mismo Estado se preocupó de mantenerla. Los romanos no podían recuperar los dos tercios concedidos a los godos y éstos tampoco podían comprar al romano su parte, ya que ésta estaba gravada con un impuesto que la hacienda real perdería si la tierra pasaba a poder de un godo. Pero no todas las tierras dadas a éstos provenían de los dos tercios confiscados a los romanos. Las guerras y epidemias debieron dejar bastantes despoblados, que servirían sin duda para instalar a grupos más numerosos de campesinos, quienes, de esta forma, crearon aldeas pobladas por ellos exclusivamente. Quedaban también baldíos y prados que, como propiedad del municipio, se siguieron utilizando conjuntamente (compascua). Las clases altas se enriquecieron también con los beneficios que llevaba consigo el desempeño de los cargos de administración y gobierno del país.

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8 jun 2014

LA ENTRONIZACIÓN DE AMALARICO

Cuando Teodorico murió en el 526, comenzó a reinar de manera efectiva su nieto Amalarico. Éste hubo de negociar con los ostrogodos una serie de problemas mutuos que habían quedado latentes mientras ambos reinos estuvieron prácticamente unidos. El más importante era el reparto de las posesiones en las Galias. Amalarico renunció a la Provenza, y el Ródano fue reconocido como frontera de cambio; libero al territorio hispano de pagar el tributo a Italia y regresó con el tesoro real que Teodorico había retenido en Rávena.
Amalarico, que reinó hasta el 531, apenas hizo cosas importantes. Un síntoma de que los visigodos se contentaban con controlar Hispania pudiera ser su matrimonio con Clotilde, princesa franca, hija de Clodoveo. La reina era católica, y pronto iba a chocar con Amalarico, que se empeñó en convertirla al arrianismo, sin conseguirlo. El rey ordenó que fuera maltratada y que arrojasen estiércol sobre ella cuando iba a la iglesia. clorilde hizo saber el trato que recibía a su hermano Childerico, rey de los francos, quien organizó una expedición, bien fuera para castigar los ultrajes de su hermana, bien para expulsar de paso a los visigodos de la Septimania. Amalrico fue derrotado en Narbona, donde había establecido su capital. Pudo, no obstante, huir hasta Barcelona (mala idea), donde fue asesinado por un franco llamado Besson cuando intentaba acogerse al drecho de asilo en una iglesia... ¡católica!
Con esto se cierra el período intermedio, caracterizado por la tutela de los ostrogodos, presentes de un modo u otro hasta el 531. Pero otros sucesos importantes contribuyeron a hacer de este año un hito decisivo para nuestra historia...
Con el nuevo rey, Teudis, la capital del reino fue trasladada a Barcelona, con lo que la Septimania dejaba de ser la zona base, pasando a ser tan sólo área de influencia. El romano Esteban, que estaba al frente de la administración hispana, fue destituído en Girona, y sus atribuciones transferidas a duques y nobles visigodos. La monarquía visigoda se convierte en una superestructura política aislada con base territorial clara, equivalente a la Península, y con una conciencia nacional que no hará sino acentuarse a través de las diferencias culturales, religiosas y de participación en el poder, hasta conseguir una unidad nacional similar a la que obtuvieron los francos, con los cuales mantenían un indiscutible paralelismo en orden a la formación de las respectivas nacionalidades, sólo truncado en parte (por lo que a la Península se refiere) por la invasión y dominación árabe.

7 jun 2014

EL PERIODO INTERMEDIO: LA REGENCIA DE TEODORICO EL GRANDE

La muerte de Gesaleico da paso a un período más interesante para el gobierno de Hispania: la regencia de Teodorico el Grande, que alcanza del 511 al 526. Actuaba éste como tutor de su nieto Amalarico, pero de hecho gobernaba ambos reinos como si fueran uno solo. Este quehacer político del rey ostrogodo parecía querer resucitar el viejo sueño de Ataúlfo: la restauración del Imperio, vivificado por la savia de los godos, una savia joven que diera nuevas perspectivas de futuro. Quizá lo más interesante para nuestro territorio haya sido el hecho de haber contribuído a alimentar este ideal, al unirse las dos ramas del pueblo godo a través de la tutela del antedicho monarca, quien la ejercía sobre el que él consideraba legítimo rey de los visigodos. Este legitimismo se veía refrendado por la posesión del tesoro real, criterio muy importante entre los visigodos. Teodorico había impedido que gran parte de él cayera en manos de los francos trasladándolo de Carcasona a Rávena. Constituían la parte más importante del tesoro algunas piezas tomadas por Alarico I en el saco de Roma, entre las que destacaba la mesa de Salomón que Tito había llevado a la ciudad eterna al destruir el templo de Jerusalén, y que los árabes, a su vez, se llevarían a Damasco después de conquistar Toledo en el 711.
Los problemas con que Teodorico se encontró en la España visigoda (¿debemos llamarla ya España? No, es sólo para que nos entendamos) debieron ser abundantes. Después de la derrota de Vouillé, la llegada en masa de refugiados y las luchas internas, el desorden, los abusos etc... se habían enseñoreado de la administración. Para solucionarlos, el rey ostrogodo nombró dos funcionarios, uno romano y otro ostrogodo, que se encargaron principalmente de poner en orden la hacienda. Sobre ellos estaba Tiberio, a quien nombró prefecto de las Galias, con residencia en Arlés y con autoridad sobre la Provenza, Narbona e Hispania. Todas ellas pagaban un tributo con el que se mantenían las tropas godas. A estas alturas el lector se percatará de que el hombre del bajo medievo se consideraba a sí mismo tan ciudadano romano como cualquier otro trescientos años anterior, de ahí las discrepancias entre los historiadores para definir lo que fue la Edad Media en realidad.
Hispania abastecía de grano para alimentar a la población de Roma, integrándose así en la órbita del Imperio a través de los ostrogodos, que representaban en Occidente al emperador de Bizancio. Por estos envíos de trigo, los visigodos recibían de Teodorico una cantidad anual. Bien fuera para tener suficiente numerario para pagarla, bien por las necesidades que el comercio reclamaba, Teodorico acuñó en Narbona un tipo especial de tremis o tercio de sueldo constantiniano, que circuló por la Península hasta tiempos de Leovigildo y fue imitado por algunos estados bárbaros. Todas estas reformas exigían una severa vigilancia para que no se repitieran los abusos anteriores ni entre los altos funcionarios ni entre los grados inferiores. El ministro de Teodorico, Casiodoro, en sus cartas dirigidas a distintos lugares del Imperio ( y recogidas en su obra Variae) da frecuentes noticias de estos intentos de Teodorico por acabar con los recaudadores que exprimían a sus súbditos, los falsificadores de moneda, los que alteraban los pesos en la recaudación del grano, los que perturbaban la paz de los caminos o asesinaban impunemente... Sin embargo, no siempre el éxito acompañó a los planes justicieros del regente...
Paralelamente a la administración civil, Teodorico nombró un gobernador militar, cargo que siempre estuvo confiado a un ostrogodo. Después de Ibbas, desempeñaron el cargo Ampelio, Leuvorito y Teudis. Este último se señaló parcialmente por haber contraído matrimonio con una dama de la aristocracia terrateniente hispanorromana cuya riqueza era tal qeu podía mantener un ejército privado de 2.000 hombres. Apoyándose en él, Teudis comenzó a actuar de forma independiente desde Rávena, no atreviéndose a atacarlo ni el anciano rey ostrogodo por miedo a provocar una alianza de francos y visigodos contra su reino.

6 jun 2014

EL PERIODO INTERMEDIO: GESALEICO

Desde la catastrófica conmoción que supuso para el reino visigodo la derrota de Vouillé hasta que sus ruinas se sedimentaron y aparecieron claramente delineadas las fronteras de los reinos franco, visigodo y ostrogodo, tres episodios notables acontecieron en lo que realmente fue un período intermedio entre el reino visigodo de Toulouse y el ya propiamente hispánico. Son la aventura de Gesaleico, la regencia de Teodorico el Grande y el reinado de Amalarico, último representante de la dinastía de Alarico I, el que había conducido a su pueblo a través de Italia hasta el Occidente.
Gesaleico era hijo natural de Alarico II, quien dejaba, a su vez, a otro legítimo llamado Amalarico que, a la muerte de su padre, contaba tan sólo con cinco años de edad. Siendo la monarquía visigoda electiva, los próceres se fijaron en Gesaleico, que fue elegido rey en Narbona aquel mismo año de 507. En contra de esto estaba el rey ostrogodo Teodorico, abuelo por línea materna de Amalarico, a quien pretendió sentar en el trono de su padre, no obstante su corta edad. Así que mientras se preparaba desde Rávena para hacer valer los derechos de su nieto e impedir el desmoronamiento total de su reino, Gesaleico se encontraba solo, apoyado por una parte del pueblo visigodo y atacado a la vez por los francos y los ostrogodos.
No era el nuevo rey de cualidades tan sobresalientes como para triunfar en dos frentes tan complejos; por el contrario, San Isidoro hace de él el peor de los elogios, señalando no sólo la irregularidad de su origen, sino también la incapacidad y el infortunio que siempre le acompañaban. Toda desventura, que podríamos compendiar en un rey que huye y un reino que se pierde, no hace sino confirmar estas palabras del hispalense. Ya en Narbona, donde había sido elegido, fue atacado por los borgoñones (apoyados por los francos) y vergonzosamente derrotado, dejando a buena parte de sus hombres tendidos en el campo de batalla y la ciudad en poder de Guendebaldo, rey de los borgoñones. Gesaleico se sanvó internándose en Hispania y llegando hasta Barcelona, que, momentáneamente, se convirtió en su corte.
Mientras en Barcelona cometía Gesaleico toda suerte de desaciertos políticos, entre los cuales cabría destacar el asesinato de Goyarico (el que había dirigido la compilación del Breviario o Código de Alarico), Teodorico, velando siempre por los intereses de su nieto, se disponía a intervenir con un poderoso ejército comandado por el duque Ibbas, quien consiguió levantar el sitio de Arlés y luego reconquistó Narbona para dirigirse de inmediato hacia Barcelona, desentendiéndose de los demás territorios visigodos de las Galias, que estaban en manos de francos y borgoñones. Diríase que había un acuerdo tácito, según el cual la Narborense y la Provenza habían de ser para los pueblos godos, dejando lo restante a los francos y sus aliados. Los visigodos sólo se anexionaron con posterioridad algunas ciudades como Béziers y Rodez, pero conservaron firmemente y hasta el final de su existencia la parte que les correspondió: la zona que va desde los Pirineos hasta el brazo más oriental del Ródano, es decir, la Narborense, más conocida en la historia visigoda por la Septimania. Este nombre no hace alusión, como a veces se ha dicho, a siete ciudades, pues de hecho había algunas más, sino al nombre romano de Béziers, Colonia Iulia Septimanorum Baeterrae, puesto en honor de los veteranos de la Legión Séptima, allí asentados por el emperador Octavio Augusto.
Pero sigamos el camino que conducía a Ibbas a Barcelona. En el año 511, tras derrotar a Gesaleico, le obligó a abandonar Hispania y a refugiarse en la corte de los vándalos, a los que pidió ayuda para recuperar su reino. Pero éstos, temerosos de Teodorico, se limitaron a darle algo de dinero y enviarlo a las Galias, donde, con la ayuda de Clodoveo, reclutó un ejército con el que se presentó de nuevo en las proximidades de Barcelona. Allí fue nuevamente derrotado por Ibbas, y huyó precipitadamente hacia el reino de los borgoñones, si bien fue capturado cuando intentaba cruzar el río Durance y asesinado.
Así acabó la triste aventura del que algunos, inexactamente, califican como el "primer rey de España", título que en ningún modo le conviene pues, si bien residió en Barcelona, la ocupó tras ser expulsado de Narbona y de modo violento. Desde luego nada que ver con Ataúlfo y Valia, por ejemplo.

5 jun 2014

EL CONCILIO DE AGDÉ

En el año 506 se celebró, con la autorización del rey, un concilio de obispos católicos en Agdé, en el cual se hicieron votos por la prosperidad del rey arriano y del reino. Ese mismo año se había promulgado el código que facilitaba la administración de la población galorromana. ¿Significó esto un cambio favorable en las relaciones entre la monarquía y los católicos? Pues no. De lo anteriormente dicho se deduce que la tensión sólo afectó al rey y al clero, o quizá sólo a parte de éste. La celebración del Concilio de Agdé y la convocatoria de otro en Toulouse, que no llegaría a celebrarse, sólo prueba que no había persecución y que la Iglesia podía celebrar libremente sus asambleas. Los votos de prosperidad por el rey y el reino fueron actos protocolarios, bastante comunes en los concilios, que nada prueban en realidad. De cualquier forma, si hubo algún gesto por parte de Alarico para atraerse a los católicos con vistas al peligro que se avecinaba, ése fue tardío e inoperante.
La derrota de los visigodos se avecinaba y hay que explicarla sobre otros supuestos distintos a la religión. En los comienzos del 507 Clodoveo avanzaba hacia Poitiers, acompañado ahora por los borgoñones, arrianos ellos como los visigodos. Alarico se preparó reclutando cuantas tropas pudo, tanto de godos como de romanos, ya fueran nobles o siervos. Para pagarlos, recurrió a la emisión de moneda devaluada. Ambos ejércitos se encontraron en Vouillé, a 18 km al noroeste de Potiers. Los visigodos fueron totalmente derrotados y Alarico II murió en batalla. Aun reconociendo los méritos innegables del vencedor, el resultado no dejaba de ser sorprendente. No obstante no podemos hablar en ningún caso de la deserción de los católicos. Los aristócratas y grandes terratenientes católico-romanos, que no estaban en desacuerdo con el gobierno y administración godos, apoyaron a éstos con su armas y algunos murieron en el campo de batalla junto a su rey. Fue el apoyo de las clases inferiores el que seguramente les faltó en esta ocasión. Éstos habían perdidoya su confianza en los godos, que en nada habían mejorado sus condiciones de vida, y con su pasividad permitieron el triunfo de los francos.
En definitiva, el reino visigodo, que ya cabalgaba sobre los Pirineos extendiéndose por las Galias y la Península Ibérica, y que tenía un brillante centro en Toulouse, quedó destruido tras esa batalla. Los visigodos tuvieron que desplazarse hacia el sur y penetrar en Hispania. Los francos se apoderaron de Aquitania y Auvernia, y en el año 508 entraron en Toulouse, llenando los espacios de los que obligaban a huir a los visigodos. Pero éstos, ayudados por los ostrogodos de Teodorico el Grande, no habían dicho aún su última palabra, si bien faltó entendimiento pleno entre los dos pueblos hermanos, causa de que las facciones que surgieron corrieran diferentes aventuras, que en nada favorecían a los intereses comunes.

3 jun 2014

ALARICO II:LA DEFINITIVA HISPANIZACIÓN DEL REINO GODO

Eurico murió el año 484 de muerte natural, lo cual ya resultaba de por sí bastante extraño entre los visigodos, pues lo correinte era que acabasen asesinados. Le sucedió su hijo Alarico II (484-507), que llgaría a dominar sobre un gran territorio extendido desde el Loira hasta la Bética. Sin embargo, a la postre Alarico perderá la mayor parte de su reino, que quedará reducido casi exclusivamente a tierras hispanas.
La pérdida de los territorios de las Galias por los visigodos, cuando éstos parecían dominarlos con más seguridad, no tiene más que una explicación: la entrada en escena de un caudillo de excepcionales cualidades, Clodoveo. al frente de su pueblo, los francos salios venían realizando una implacable política expansiva. Con ella, y sobre un conglomerado de pueblos muy superior al que los visigodos van a encontrar en la Península Ibérica, Clodoveo echa las bases del dominio político del pueblo franco sobre todo el territorio de las Galias y de la futura nacionalidad francesa. Empieza a someter a la población galorromana que apoyaba a Siagrio en el empeño de constituir un estado independiente. Se aprovechó de las rivalidades entre francos ripuarios y los alamanes, para aniquilar prácticamente a éstos últimos y expulsarlos de la zona que ocupaban a este lado del Rin, entre Maguncia y Basilea, permitiendo a los supervivientes que se instalaran en los territorios de la actual Suiza. También atacó el pequeño reino de los borgoñones, que ocupaban la hermosa tierra a la que ellos dieron su nombre, la Borgoña; pero éstos resistieron gracias a la ayuda de los visigodos, y no fueron anexionados hasta después de muerto Clodoveo.
Quedaba enfrente el considerable imperio de los visigodos. Era Clodoveo un hombre ambicioso y cruel, a juzgar por ciertos episodios de su vida, que dejan traslucir la mayor rudeza cultural del pueblo franco respecto al visigodo. Pero fiado en sus cualidades militares y políticas, y quizá en algún adelanto técnico de orden militar - los merovingios conocían ciertas aleaciones que daban a las armas mayor resistencia -, Clodoveo hostigó a los visigodos desde el comienzo del reinado de Alarico. en el año 498 los francos atacaron Aquitania Primera, apoderándose de Burdeos. Luego los visigodos gozaron de un período de paz relativa, ya que hubo un cambio de escenario de la lucha, pues los francos combatían ahora a los borgoñones y los visigodos lucharon como aliados de éstos. Una paz que afectaba a los francos, borgoñones y visigodos fue firmada hacia el año 502 por intervención de Teodorico, el gran rey de los otrogodos, el pueblo hermano de los visigodos. Paradójicamente, esta paz permitirá a los francos preparar la ofensiva que acabará con el reino visigodo de Toulouse.
El éxito definitivo de Clodoveo está sin duda en relación con su conversión y la de su pueblo al catolicismo en el 496. Era el primer pueblo bárbaro que abrazaba la religión de sus sometidos: los romanos. La conversión se vio en este caso favorecida por su estado de ignorancia, pues al carecer de una forma religiosa superior y seguir todavía con sus prácticas bárbaras (en algún momento tendremos que redefinir el término "bárbaro" para no llamar al lector a más confusión de la que ya tiene inculcada), estaban más predispuestos a abrazar una religión "civilizada" en cuanto les fuera propuesta. Y ésta fue el catolicismo, como tiempo atrás había sido para los visigodos el arrianismo. Siendo la católica la religión de la población culta de Occidente, éste abrazo (¿de Vergara?) otorgó gran ventaja a los de Clodoveo. La transformación que se estaba operando en esta parte de Europa se hacía en base a dos activos fundamentales: el catolicismo y el germanismo. Entre ambos activos germinaría una nueva edad sobre las cenizas, ruinas y despojos de la decaída civilización romana. Al abrazar la fe romana, los francos unieron ambos elementos y obtuvieron ventaja sobre los arrianos visigodos, que iban contra corriente.

31 may 2014

LA GOTIA AMENAZA SUSTITUIR A LA ROMANIA. EURICO.

La repetida renovación de alianzas con el Imperio no va a impedir que los visigodos sigan ambicionando las regiones del sur de Francia que daban al Mediterráneo. Turismundo había intentado extenderse en dos direcciones, norte y sur, para lo cual llevó a cabo una campaña contra Orleans, donde Roma había asentado a una facción del pueblo alano, con ánimo de franquear el Loira. Luego, en el sur, sitió la ciudad de Arles, pero levantó el cerco tras recibir de Roma una importante suma. Los intentos fueron continuados por parte de Teodorico II, que tuvo cercada a la ciudad desde el año 457 al 459, en que el emperador Mayoriano le obligó a levantarlo. Más éxito tuvo en la Narborense, de la que se apoderó en el año 462 aprovechando las luchas internas que dividían al Imperio. Agripino, que gobernaba la ciudad en nombre del emperador Severo, la entregó al ejército visigodo para no caer en manos de Egidio, que era de la parcialidad de Mayoriano. El rey godo la recibió en provecho propio y anexionó toda la región a su reino. En vano Egidio intentará la revancha. Su victoria sobre los godos en Orleans (463) servirá únicamente para cortar la expansión de éstos hacia el norte. Su orientación hacia el sur, que les llevaría a instalarse en Hispania, quedaba con esto decidida.
Con Eurico (466-468), los visigodos conquistaron además la Aquitania Primera, apoderándose de la ciudad de Tours. Clermont-Ferrand, capital de la Auvernia, fue también sitiada; y a pesar de la heroica defensa organizada por su obispo, Sidonio Apolinar, cayó finalmente en sus manos, siendo éste hecho prisionero. Y en el 477, cuando hacía ya un año que el hérulo Odoacro había destronado al último emperador romano de Occidente, Rómulo Augústulo, Eurico se apoderaba de Arlés y Marsella, con lo que los visigodos se hacían dueños de toda la Provenza. Un vasto Imperio se extendía desde Burdeos a los Alpes y desde el Loira a los Pirineos, penetrando por la Península Ibérica hasta Pamplona y Zaragoza. De momento parecía como si un nuevo Imperio, la Gotia, fuera a sustituir en Occidente a la Romania. Favorecían esta posibilidad algunas circunstancias que reflejaban bien a las claras la desintegración política de este sector del Imperio. En el norte de las Galias un romano, Siagrio, hijo de Egidio, intentaba crear un estado galorromano independiente. La multiplicación de nuevos estados favorecía la aparición de una nueva potencia hegemónica, y ésta parecía que iban a ser los visigodos, quienes además contaban con el apoyo de un sector de la nobleza romana que alentaba a Eurico, como Orvando, prefecto del Pretorio, o Seronato, que le ayudaba económicamente interviniendo a su favor en la recaudación de impuestos. Pero sobre todo parecía favorecerlo la independencia política de Eurico frente al Imperio y la inmediata desaparición de éste.

28 may 2014

... Y LOS GODOS A LAS GALIAS III

En cambio, aparecía claro el camino que tomaban las apetencias expansivas del rey godo: la Narborense (destacada en la imagen), como símbolo del viejo sueño de instalarse junto al Mediterráneo. Nunca se habían sentido cómodos los godos en el confinamiento contra el Atlántico que Roma les había impuesto. Su deseo de extenderse hacia el sur se puso ya de manifiesto en la elección de Toulouse, la capital más meridional de cuantas poseían, como capital de su Estado. Sin embargo, no menos tenaz sería la defensa que Roma hará de esa provincia. Sus razones tenía para ello. Reducido el dominio del Imperio de Occidente a Italia, las Galias y parte de Hispania, la Narborense adquiere máxima importancia estratégica, ya que es el eje de las comunicaciones por tierra con Roma y lugar de paso obligado entre las tres provincias. La misma prefectura de las Galias, que tenía su sede en Tréveris, ante la inseguridad de ésta, es trasladada a Arles. Por consiguiente, cuando los visigodos logren conquistarla, el Imperio quedará desarticulado del todo.
Tras un período de paz que sólo dura hasta el año 430, Teodorico vuelve a la ofensiva con un atraque contra Arles, que no tiene resultados positivos. cinco años más tarde, tomando pretexto de la sublevación de los bagaudas, se lanza contra Narbona, sometiéndola a un largo sitio, que seguiría todavía en el 437. Este año acude a socorrerla Litorio, lugarteniente de Aecio, consiguiendo penetrar en la ciudad con sus aliados, la caballería de los hunos - pronto hablaremos de los hunos -, quienes llevaban en sus monturas, al tiempo de atacar, una cantidad de trigo, gracias al cual se pudo abastecer la ciudad. Pero los godos no desistieron de su empeño. La campaña continuó en los dos años siguientes, si bien ahora la suerte iba a favorecer más a Litorio, que en el 439 consiguió encerrar a Teodorico en Toulouse, forzándole a pedir la paz en condiciones muy desfavorables. Litorio, engañado por el éxito, creyó que era llegado el momento de exterminarlos, y se negó a aceptarla. Pero murió en la batalla, de resultado dudoso, que hubo a continuación, en vista de lo cual, Roma reconoció la independenciade los visigodos - por fin - y éstos renunciaron a sus conquistas, retrocediendo a los límites primitivos y preparándose para entrar en Hispania.

26 may 2014

... Y LOS GODOS A LAS GALIAS

En el año 418 Valia , que acaba de derrotar a los alanos y vándalos silingos en Hispania, es llamado a las Galias por Constancio, alarmado, como ya dijimos, por sus éxitos, o quizá cediendo a las exigencias de los godos victoriosos, que anhelaban un asentamiento fijo. Lo cierto es que aquel mismo año Valia firma un pacto con el Imperio por el que se autorizaba a los godos a establecerse la región denominada Aquitania Secunda, cuyos límites se extendían al norte hasta el Loira, al sur, hasta los Pirineos, y al este probablemente cerca de Toulose. Esta ciudad y algunas otras que circundaban la citada región también les fueron entregadas "para que habitasen en ellas", según nos cuenta el historiador Próspero de Aquitania.
Con este pacto se iniciaba un interesante período de la historia de los visigodos, de casi un siglo de duración, en el cual el centro geográfico se sitúa por encima de los Pirineos, alejándose temporalmente de la Península Ibérica, y sólo cuando en el 507 el rey franco Clodoveo los venza en la batalla de Vouillé, se establecerán en territorio exclusivamente español. Pero de momento nos interesa saber de qué manera fueron instalados en Aquitania.
La forma de asentamiento empleada por Roma con los pueblos que eran admitidos dentro del Imperio mediante un pacto de foedus se denominaba hospitalitas. Esta fórmula se empezó ya a emplear desde el primer momento, es decir, cuando los pueblos germánicos vagaban de un lado para otro en misiones militares. Entonces la manutención de las tropas corría directamente a cargo del Imperio, que les repartía víveres de los almacenes del Estado distribuidos por las provincias, en los que se recogían los impuestos en especie que éstas pagaban para el mantenimiento del ejército (annona), o se hacían llegar naves hasta los puertos más cercanos, llevándolos luego por las calzadas romanas hasta su punto de destino. este sistema de aprovisionamiento era muy costoso, y el Imperio estaba cada vez en peores condiciones de asegurar que llegase puntualmente. En algunas ocasiones, debido a esas demoras, se producían alborotos y saqueos. No obstante, mientras los pueblos no se estableciesen en un territorio fijo, no había otro procedimiento mejor. Se completaba éste con el alojamiento de los federados entre la población romana. Cada soldado era instalado en una casa de forma gratuita. Una minuciosa reglamentación establecía el procedimientoa seguir en estos casos. El dueño o posesor dividía su vivienda en tres lotes iguales, de los que elegía uno. De los dos restantes, el soldado u hospes tomaba para sí el que más le agradaba, quedando el tercero también para el dueño.
Cuando los godos se asientan en Aquitania permanentemente, el sistema es modificado en cuanto a la manutención. Ya no es necesario que el Imperio les entregue víveres, pues al ocupar una zona de manera estable, pueden recibir en ella tierras y vivir de su producto. De este modo no sólo se facilitan las cosas a Roma, sino que, además, se satisface la vieja aspiración de los visigodos de poseer tierras fértiles. La distribución de éstas a los recién llegados se hizo a costa de los propietarios romanos. Un sinfín de cuestiones se nos plantean acerca del modo como se hicieron las expropiaciones, la distribución y las consecuencias económicas que este hecho trajo consigo. Parece ser que sólo fueron objeto de expropiación los grandes latifundistas, aunque no es seguro que se libraran de ellas los pequeños propietarios.

25 may 2014

EL REINO SUEVO DE GALICIA III

A pesar del ascenso de Madras, los suevos no se librarán de las luchas intestinas, ni se librará a la población indígena de las constantes correrías de suevos y visigodos. Roma poco podía hacer ya. No deja de ser significativo el hecho de que por entonces, en el 460, presencia Hispania el paso por ella, por última vez, de un emperador romano, Mayoriano, que entre otros objetivos pretende pasar por Gibraltar al norte de África para combatir a los vándalos.
La tutela de los godos sobre Hispania es cada vez mayor. Teodorico II había dejado una guarnición visigoda en Mérida. Al retirarse, siguiendo la vía de la Plata, en dirección a Astorga, tuvo frecuentes encuentros a lo largo del camino, algunos desfavorables, como el sitio al castillo de Coyanza (Valencia de Don Juan), por lo que se podía pensar que esa clazada romana era la frontera tácita entre las zonas de influencia de suevos y visigodos.
Después vino un período de relativo entendimiento entre ambos pueblos. Durante el mismo tiene lugar el reinado de Remismundo, que concilia bajo su mando a todas las facciones suevas. Ramismundo se convierte al arrianismo por instigación de los visigodos (otra muestra de entendimiento entre ambos pueblos). No obstante, las costumbres bárbaras de los suevos hacen imposible toda paz perdurable. Pronto los vemos persiguiendo a los amonenses, que habitaban la zona comprendida entre la Cartaginense y la Gallaecia, pasando incluso a saquear la Lusitania. Coimbra fue destruida y Lisboa ocupada. Los visigodos tienen que intervenir de nuevo para apaciguarlos.
Poco sabemos de los restantes años del reino suevo. Ni siquiera podemos afirmar con rotundidad si mantuvieron sus posiciones frente a los visigodos, o si fueron perdiendo terreno gradualmente. Lo que sí se sabe es que a mediados del siglo VI abjuran la fe arriana y vuelven al catolicismo durante el reinado de Teodomiro, precedidos quizá por la conversión personal del rey anterior, Charriarico. Esta vez el pueblo había sido evangelizado por San Martín de Dumio, y los resultados fueron más duraderos. Teodomiro, junto con su sucesor, Miro, fueron los últimos reyes de cierto relieve. Éste último tuvo que presenciar, impotente, la desaparición de su reino a manos de Leovigildo. Todos sus esfuerzos por impedirlo resultaron inútiles. En vano pidió auxilio al rey de los francos, Gontran; la embajada fue detenida por Chilperico al cruzar el territorio del este, y obligada a permanecer un año en París. Miro intenta salvarse entonces poniéndose del lado de Hermenegildo en la rebelión de éste contra su padre; pero al ser derrotados, el rey suevo queda en manos de Leovigildo, que le obliga a jurarle fidelidad.
Algunos años más tarde el reino suevo será suprimido, al ser derrotado el último de sus reyes, Andeca, en las batallas de Braga y Oporto (585). Leovigildo, tras encerrarlo en un monasterio, se apoderó del tesoro de los suevos y sometió al pueblo a su autoridad, borrándolo de la Historia como reino independiente. Su existencia en la Península se había prolongado durante casi dos siglos.

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24 may 2014

EL REINO SUEVO DE GALICIA II

Durante algún tiempo hubo tentativas de acercamiento entre los suevos y los hispanos, a las que corresponden las paces firmadas en los años 433, 437 y 438. Es posible que la inestabilidad de tales acuerdos se deba al carácter belicoso de los suevos, que seguían encontrando en la depredación y en la guerra el medio más fácil de hacerse con un rico botín. No más altos objetivos parece que tuviesen las campañas de Requila (441-448), el mejor de sus caudillos. Gobernaba a los suevos desde el año 438 en calidad de asociado a su padre, el rey Hemerico, que estaba al parecer enfermo. Requila se apoderó de la Bética, llegando en sus campañas hasta la vega del río Genil; tomó Mérida en el año 439 y Sevilla en el 441, de manera que, a excepción de la Tarraconense y los vascones, toda Hispania estaba bajo su mando. Estas conquistas rompían los acuerdos pactados con Roma, que envió a Avito para castigarlos. Pero el general romano fue derrotado y se tuvo que batir en vergonzosa retirada. "Entonces - escribe Hidacio- los suevos asolaron aquellas provincias, saqueándolas cruelmente". Cargados de botín, los suevos se replegaron a la región que habitualmente ocupaban, sin preocuparse siquiera de asegurar su dominio sobre las tierras conquistadas. No parece, pues, que estas conquistas supusiesen una expansión territorial importante para los suevos.
A Requila le sucedió su hijo Requiario (448-457). Cuentan de él crónicas coetáneas que, habiendo contraído matrimonio con la hija del rey de los godos, Teodoredo, salió a recibir a su esposa a la frontera de los vascos, cuya tierra devastó talando los árboles. De allí pasó a Tolosa a entrevistarse con Teodoredo. De regreso, aunque de acuerdo con Roma para castigar a los bagaudas, taló las comarcas de Lleida y Zaragoza, llevándose él y su séquito cuanto pillaron. Forma singular de celebrar unos esponsales, que recuerdan un poco a los personajes de ciertos tebeos. Pero este comportamiento del rey nos ayuda a valorar el significado de otro hecho que entonces se produjo: su conversión al cristianismo. Tuvo lugar con motivo de su acceso al trono, a la muerte de Requila. Como existían diversos pretendientes al puesto, Requiario encontró la forma de contar con el apoyo de la población hispanorromana, abrazando su misma fe. La conversión del rey, a quien siguió su pueblo, fue, pues, un acto político, y no el producto de una transformación interna. Y esto explica muchas cosas, en primer lugar que siguieran con la misma rudeza de costumbres, hasta el extremo de escandalizar a otros pueblos bárbaros, entre ellos a los godos. En segundo lugar, se comprende la facilidad con la que poco tiempo después vuelven a abandonar la fe católica. Efectivamente, en el 465, su rey Ramismundo volvió al arrianismo, arrastrando consigo a todo su pueblo, atraídos por las predicaciones del gálata Áyax, enviado por el rey godo Teodorico.
Requiario durante su reinado dio muestras de seguir el mismo camino de sus predecesores, actuando con independencia de Roma, cuyos legados despedía sin recibirlos, y negándose a reconocer al emperador Avito, que había sido proclamado en las Galias. En dos ocasiones invade la Tarraconense, que hasta entonces había quedado casi al margen de las depredaciones. En castigo, Roma envió contra él al godo Teodorico II, quien lo derrotó en Astorga, entró en su capital, Braga, y lo hizo prisionero, llevándolo a Oporto, donde murió poco después. "El imperio de los suevos -escribe Hidacio- quedó destruido y acabado". Pero la realidad no fue ésa. Cuando el rey godo se hallaba sitiando Mérida, a punto de entrar en ella, la muerte del emperador Avito le obligó a regresar rápidamente a las Galias, lo cual dio un respiro al reino suevo, que mientras tanto había elegido un nuevo rey: Madras.