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5/2/08

La aventura de la finca de Cooper Beeches

Sherlock Holmes, dejando a un lado la página de anuncios del Daily Telegraph, hizo el siguiente comentario:

-Es frecuente que el hombre que ama el arte por sí mismo saque los más vivos deleites de sus manifestaciones menos importantes y más humildes. Me resulta agradable observar, Watson, que usted se halla tan poseído de este verdad, que en los pequeños relatos de nuestros casos que ha tenido la bondad de redactar, embelleciéndolos de cuando en cuando (no tengo más remedio que decirlo), ha dado usted la preeminencia no tanto a las muchas causes célèbres y a los procesos sensacionales en que yo he figurado, como a esos otros sucesos que en sí mismos eran triviales, pero que proporcionaron ocasión para el empleo de las facultades de deducción y de síntesis lógica en las que yo me he especializado.

-Sin embargo –le dije, sonriendo-, no me considero completamente absuelto de la acusación de sensacionalismo que se ha lanzado contra mis relatos.

-Quizá usted se equivocó –dijo él a modo de comentario, agarrando con las tenazas una brasa del fuego y encendiendo con ella la larga pipa de cerezo que solía sustituir a la de arcilla cuando le dominaba el humor polemista más que el reflexivo-, quizá usted se equivocó al intentar inyectar colorido y vida a cada una de sus exposiciones, en vez de limitarse a la tarea de poner por escrito el severo razonar de causa a efecto, que es verdaderamente el único rasgo notable del asunto.

-Yo creo haberle hecho a usted plena justicia en ello –le contesté con algo de frialdad, porque me inspiraba una especie de repulsión el egoísmo que más de una vez había podido comprobar que constituía un factor preponderante en el extraordinario carácter de mi amigo.

-No, no se trata de egoísmo o de presunción –me dijo Holmes, contestando, como tenía por costumbre, a mis pensamiento más bien que a mis palabras-. Si yo pido plena justicia para mi arte, es por ser éste una cosa impersonal, una cosa que está más allá de mí mismo. El crimen es cosa vulgar. La lógica es cosa rara. Por consiguiente, usted debería hacer más hincapié en la lógica que en el crimen. Usted ha rebajado lo que debería haber sido un curso de conferencias hasta reducirlo a una serie de novelas.

Ocurría esto en una fría mañana de principios de primavera, y nos hallábamos sentados, después de desayuno, a uno y otro lado de un fuego acogedor, en nuestra vieja habitación de Backer Street. Una niebla espesa flotaba a ras del suelo entre las hileras de casas color pardo, y las ventanas de enfrente se percibían como manchones oscuros e informes a través de las espesas espirales amarillas. Teníamos encendido el gas, y éste brillaba sobre el blanco mantel y sobre la superficie tersa de la vajilla de porcelana y de metal, porque aún no había sido desocupada de la mesa. Sherlock Holmes había permanecido silencioso durante toda la mañana, sumiéndose constantemente en las columnas de los anuncios de una serie de periódicos hasta que, al fin, pareciendo renunciar a su búsqueda, había salido a flote, de humor no muy templado, para darme una conferencia acerca de mis defectos literarios.

-Al mismo tiempo –comentó después de una pausa, durante la cual estuvo dando chupadas a su larga pipa y mirando fijamente al fuego-, difícilmente puede alcanzarle una acusación de sensacionalismo, porque, entre los casos en que usted ha tenido la amabilidad de interesarse, hay un importante proporción que no tratan en modo alguno de crímenes, en el sentido legal de la palabra. […] Pero yo me temo que al evitar lo sensacional, haya usted bordeado lo trivial.

-Quizá haya sido ése el resultado –le contesté-, pero yo sostengo que los métodos han sido nuevos y de interés.

-¡Bah, querido compañero, el público, el gran público distraído, incapaz casi de distinguir a un tejedor por sus dientes o a un compositor por el pulgar de su mano izquierda, se preocupa muy poco de los matices delicados del análisis y de la deducción! Pero, en efecto, si usted es trivial, yo no puedo censurarlo, porque los tiempos de los grandes sucesos pertenecen al pasado. El hombre, o por lo menos el criminal, ha perdido toda iniciativa y originalidad. En cuanto a mi pequeño consultorio, parece que está degenerando en una agencia de recuperación de lápices perdidos y de consejos a jovencitas de internados escolares. Sin embargo, creo que, al fin, he tocado fondo. Me imagino que esta carta que he recibido esta mañana señala mi punto cero. Léala.

Me echó desde donde estaba una carta arrugada. Estaba fechada en la plaza de Montague la tarde anterior, y decía así:

"Querido señor Holmes: tengo grandísimo interés en consultar con usted si debo o no aceptar un empleo que me ofrecen como institutriz. (...)"