19 de diciembre de 2011

El fruto prohibido.

Adán y Eva escondieron el fruto producido por comer del fruto prohibido. Lo pusieron bajo el árbol de donde Adán comió del fruto que Eva le ofreció. El fruto no dejaba de alimentar al árbol con sus llantos. Más frutos salieron y siguieron comiendo de ellos. Produjeron más frutos por comer de los frutos prohibidos, pero ya no cabían bajo el árbol, por lo que los dejaron libres. Estos frutos también fueron alimentados por los frutos prohibidos. Pronto no cupieron en el Paraíso y decidieron bajar a la Tierra.
Ya en la Tierra… todos se pudrieron.

Finalista en TripeC.

Imagen de: Juan Luis López Anaya    http://dididibujos.blogspot.com/

15 de diciembre de 2011

Canto de Sirenas.

-Yo la abrazaré bien fuerte y me la llevaré conmigo.
-Yo besaré sus carnosos y azulados labios, y tocaré su pelo ondulado.
-Madre estará orgullosa de nosotras.
-Sí, hace tiempo que no hacemos naufragar a un barco.
-¿Pensáis que sigue viva? Sus pupilas aún no están dilatadas, y de su nariz brotan burbujitas de aire.
-Deberíamos dejar que llegase al fondo del mar. Desde allí será más fácil hacerla nuestra.
-Recordar que madre sólo nos deja tocar los cuerpos cuando estén muertos. Si lo hacemos antes, la convertiríamos en una de nosotras, y tendríamos que compartir nuestras cosas con ella. Además, ella no quiere ser abuela todavía.

12 de diciembre de 2011

El olor del silencio.

Nada más entrar en casa noté un cierto olor fuera de lo habitual. Cambié mis embarradas botas por las cómodas zapatillas; mi mojada chaqueta por el batín de seda.  Mientras me ceñía a la cintura el kimono, avancé por el largo pasillo de parquet, observando cada trocito de madera, su color, su espectacular brillo que siempre Sara había sabido sacar, su leve crepitar al pasar por algunos tramos...  Entré en el salón y otra vez percibí ese extraño olor. Todo estaba en silencio; un incomodo silencio que sólo rompió la bocina de un barco al zarpar. Miré mi reloj de bolsillo: las 17 horas y 11 minutos. El navío con destino a las Américas salía con varios minutos de retraso. Me senté en el sofá frente al ventanal. Agarré la pipa situada sobre la tabaquera de marfil; metí la mano en su interior, rozando mi abultado anillo de oro con la tapa, y saqué el saquito con el tabaco (mi mujer sólo permitía que fumase en pipa siempre y cuando la limpiara de cenizas en el balconcillo). Al encenderla, vino de nuevo ese olor, esta vez más intenso;  eché de menos a Sara trayéndome una taza de café y una copa de coñac. Resultaba extraño no haberla escuchado desde que había llegado a casa. Di dos largas caladas para avivar el tabaco y miré hacia la alacena de roble macizo. Todas las copas, tazas y demás enseres colocados en un riguroso orden, con una enfermiza separación, todas a la misma distancia; todo sin una mota de polvo, sin ninguna mancha, sin ninguna huella. Cogí los guantes blancos situados junto a la tabaquera y me los puse para abrir el mini bar que tenía forma de bola del mundo. Saqué la botella de coñac y serví una generosa copa. Cerré el mini bar. Otra vez el silencio. Caminé hacia el ventanal; desplacé las ostentosas cortinas con dos dedos. Volvía a llover. Distinguí en el horizonte gris la estala dejada por el gran barco de vapor… y otra vez el pitido… el silencio… el olor… el olor… ese olor tan extraño que estaba empezando a descifrar. Era el olor del hogar sin Sara. No había olor, sino la ausencia de él. Entonces me vino a la mente una huella que había visto sobre el globo terráqueo. Me acerqué con el corazón en un puño. Era una huella de ella, sin duda, pequeñita y bien definida sobre La Patagonia. Recordé que ella siempre decía que algún día lo dejaría todo por ir a Santiago de Chile. Esa era la condición con la que tendría que vivir si quería estar con ella; ese era su sueño y nadie se lo iba a arrebatar. Volví  al ventanal, alcé la copa, y brindé por ella: Allí donde quieras que vayas… siempre te querré.

9 de diciembre de 2011

En el jardín de los pecados.


El pie izquierdo no me quería hacer ni caso, por más que intentaba encajarlo en mi tobillo, siempre terminaba cayéndose. Unos fríos dedos golpearon mi hombro por la espalda. Sobresaltado, giré mi cuello y comprobé que era un esquelético hombre que me indicaba con sus finos y alargados dedos, que aquel pie era suyo. Al dárselo, intuí un gesto de agradecimiento en su vasta mandíbula. Cuando retomó su camino, comprobé que a él le faltaba todo el brazo derecho. A mí sin embargo, aparte del pie izquierdo, sólo tenía que encontrar algunas costillas y el parietal derecho. Me quedaba poco para ganar aquel concurso, y poder recuperar mi alma.

2 de diciembre de 2011

A tu lado.

Alargo  e l   t  i  e  m  p  o
p   a   r   a    h    a    c    e    r    l    o     i     n     f     i     n     i     t     o.
S      i      e      m      p      r      e       a        t        u         l         a         d         o.

1 de diciembre de 2011

Perdón.

Por fin quietas tus manos y mis ganas de vivir.

Terremoto


Por fin quietas quedaron las copas en la alacena cuando retiré mi mano temblorosa de la botella de coñac. Estos dos meses de total abstinencia me están matando. Un sudor frio se apoderó de mí. Retrocedí dos pasos y respiré profundamente, como me enseñaron en la terapia. Tal vez olerlo me quitaría esta ansiedad, o mojarme los labios, o sólo un sorbo... ¡Sí!, sólo un sorbo. Agarré la botella con todas mis fuerzas y las copas temblaron de nuevo; esta vez cayeron al suelo. Todo se vino abajo. Me encuentro sumido en la oscuridad absoluta, bajo escombros, atrapado... con la botella.

Perdido

Por fin quietas. Todas las personas que por allí deambulaban pararon y miraron hacia arriba. Ahora por fin era el centro de atención. No entendía muy bien lo que decían. Agitaban sus brazos, pero apenas lograba entender una palabra. Intuía que algunos querían que retrocediera, pero otros insistían en que saltara. Varios cogieron sus móviles y empezaron a grabarme. Toda aquella situación me puso muy nervioso y apunto estuve de resbalar y caer. Al rato todos se marcharon, menos una mujer y su niño pequeño. Llegaron los bomberos, y con su gran escalera alzaron al chico, que me estrujó entre sus brazos.