
Por otra parte es bien sabido que la filmación en espacios naturales y con animales entraña una enorme dificultad. El resultado en este aspecto ha sido también sobresaliente. Sin caer en el riesgo de la sensiblería ni en un biopic de Rin Tin Tin, el tratamiento de los animales es, aunque resulte obvio, muy naturalista. Se consigue mostrar esa línea divisoria que parece existir entre el medio natural y el mundo humanizado. El proceso de 'regreso' que experimenta Marcos, no exento de enormes riesgos y dificultades, culmina en dos momentos altamente simbólicos: cuando el Marcos ya mayor (interpretado por un muy solvente Juan José Ballesta) bebe agua del río a cuatro patas y cuando aprende a aullar como lo haría un lobo. En este sentido la cosa da para reflexionar bastante y está claro que puestos a comparar los humanos no salimos muy bien parados. El epílogo de la película es quizás la parte más controvertida al mostrar al auténtico Marcos Rodríguez en un gesto entre documental y efectista de cara a la galería. Otro aspecto sobresaliente de la película es su banda sonora. Fue compuesta por el alemán Klaus Baldet, que a sus cuarenta y tres años sigue siendo considerado una de las jóvenes promesas del medio. La partitura acompaña magistralmente al paisaje y subraya adecuadamente los tempos de la película. Espero que la editen en CD.
En fin, queridos lectores de “La inocencia del devenir”: si buscan plan para estos días no es mala idea dejarse caer por una sala de cine (llevándose la palomitas y el refresco de casa -que no está la cosa para tanto dispendio) y ver Entrelobos.