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Wednesday, October 22, 2008

El hombre y el candil

Hoy hace un día de perros. Va a tener razón don Pío en lo del aire:
"Madrid es un pueblo extraño, al que nosotros estamos acostumbrados; pueblo de contrastes, a más de seiscientos metros sobre el nivel del mar, situado en una planicie alta, más bien árida que fértil. No hay otra capital europea que esté colocada a esa altura.
El aire de Madrid mata a un hombre y no apaga un candil. El contraste más grande de Madrid está en su geografía: a lo lejos, el Guadarrama, grave, ceñudo, noble; cerca, sobre todo al sur, la pobretería, la miseria y la tierra árida.
Madrid, hace más de cien años, debía de ser un pueblo armónico, no una gran ciudad de industria y comercio, sino una ciudad pintoresca, con su centro en la Puerta del Sol, sus paseos del Prado y la Castellana; su jardín, el Retiro, y su vida ligera y amable.
Modernamente, Madrid se ha desquiciado."
(Pío Baroja, "Reportajes", Desde la última vuelta del camino)

Thursday, December 20, 2007

La fiebre, el cartero y el cadáver de Baroja

Uno está en cama, con fiebre. Por la ventana se ve caer la lluvia y se intuye el frío intenso de este Madrid tan cruento y desapacible. La garganta arde en cada trago de saliva, la cabeza noqueada como la de un boxeador, el cuerpo cansado y débil como si fuese de trapo… Sería el momento perfecto para volver a las páginas de Proust o del Cuaderno gris, como hago siempre que estoy convaleciente. Pero de repente suena el timbre de la puerta. Es el cartero. Un paquete para mí, qué ilusión...
Después de forcejear un rato con las tijeras, consigo abrirlo y aparecen dos libros. Escritores que escriben sobre escritores: Galdós evocando su visita de 1889 a la casa de Shakespeare en Stratford-On-Avon y Cela glosando las maravillas de los maestros del 98. Una gozada.
Tumbado bocabajo, con el libro abierto junto a la almohada, la fiebre se deja mecer por esos párrafos de prosa lenta y delicada. Se mueve uno lánguida, gozosamente, como si el virus de la gripe se dejase hipnotizar por el ritmo de la buena literatura. Una sonrisa de placidez termina por embadurnarnos la cara.
Los párpados pesan. El cansancio. En mitad de una página cierro los ojos y me imagino perfectamente al Baroja difunto. Es como si lo tuviese delante, de cuerpo presente (nunca mejor dicho). Paseo por la habitación, observo su rostro sin vida e intercambio algunas palabras con las personas que han ido a despedirle. Todo apunta a que la lectura ha dado paso a la imaginación, y ésta al sueño. El párrafo que acababa de leer decía lo siguiente:
Baroja, muerto y entre cuatro velas humildes, en su casa; en una habitación del fondo –puerta al pasillo, ventana sobre el patio, desnudas las paredes y, en el suelo, el frío baldosín– yace en un ataúd humilde y con una palidez humilde pintada en el semblante. (…) A mí, que me ha tocado –ni para suerte ni para desgracia– ver muchos muertos de cerca, ningún muerto me ayudó más a creer en la muerte que Baroja muerto. Cuando esperábamos la mala hora de tapar la caja y llevárnoslo al cementerio, me pasó por la cabeza el antojo de comparar su cara con las de los que estábamos allí a su alrededor. (…) quien, entre todos, tenía menos cara de circunstancias era el mismo Baroja.
(Camilo J. Cela, “Recuerdos de don Pío Baroja”, Obras completas, 15).

Pío Baroja, pajarito.

Vuelvo a abrir los ojos y miro por la ventana. Sigue lloviendo a cántaros. Tiene pinta de hacer mucho frío afuera. Me noto el cuerpo muy caliente y me recorren los escalofríos. Intento cerrar la mano en un puño pero no lo consigo. No tengo fuerza. Me cubro la cabeza con las sábanas, como si fuese un turbante o una mortaja, y continúo durmiendo.

Tuesday, September 25, 2007

El Hôtel Dieu

Qué grande, don Pío:
"No era el barrio de Saint-Séverin lo que es ahora.
Subsistía el antiguo Hôtel Dieu, el hospital más viejo del mundo y uno de los edificios más sombríos de París. Tenía este hospital dos cuerpos a ambos lados del Sena, que ocupaban el espacio comprendido entre el Petit Pont y el Pont-au-Doble; eran dos edificios paralelos, largos y estrechos, lóbregos, con galerías subterráneas y bocas de vertederos negros que arrojaban sus inmundicias en el río, de aguas verdosas, inmóviles y siniestras. Estos edificios viejos que daban al río mostraban chimeneas grises, ventanas con rejas y enfermos con gorro de dormir."
(Pío Baroja, Memorias I)

Saturday, May 19, 2007

El 98: una generación de golfos

No están todos los que son ni son todos los que están en este boceto de Zuloaga.
Ahora que está a punto de surgir la Generación del 2007, reunida en torno al cadáver de Gutiérrez-Solana y con los ojos puestos en la palabra exacta que nombra las cosas mejor que las cosas mismas, es buen momento para recordar a nuestros antecesores de vocación: los golfos del 98. Así los describió Baroja:
Al verse tantos hombres en las proximidades de los treinta sin oficio, sin medios de existencia y sin porvenir, se desarrolló, principalmente en Madrid, una bohemia áspera, rebelde, perezosa, maldiciente y malhumorada.
Era lógico que así fuera; no se veía salida alguna, no había manera de resolver la existencia. La vida perezosa de noctámbulos, el pasarse horas y horas en un café maldiciendo de todo y de todos, desarrolló la golfería, y con ella, el alcoholismo, la suciedad y la falta de higiene.
El bohemio se trasladó fácilmente en su decadencia del café a la taberna y de la casa de huéspedes al hospital. La gente identificó con su instinto certero el merodeador de las afueras con el perezoso del café. Vio que entre ellos había algo en común, y a los dos los llamó golfos.
-¿Quiénes son ésos? -se preguntaba en un café, señalando un grupo de personas.
-Son escritores que se pasan la noche hablando. Unos golfos.
A la pereza, al alcoholismo, a la maledicencia y a la inutilidad para vivir malamente se unió el misticismo por el arte y esa rebeldía cósmica que venía en el aire con la tendencia anarquista. Se destacaron tipos decadentes, que duraron poco, porque fueron muriéndose alcohólicos y tuberculosos en los rincones.
(Pío Baroja, Desde la última vuelta del camino I)

Mabalot y Conde-Duque, hace cien años, maquinando el futuro de la literatura. (La boina es importantísima)