El periodismo cultural es muy raro. Siempre habrá personas, en la misma redacción, en cualquiera de las redacciones en las que puedas trabajar, que cuestionen cuál es tu concepto de eso tan amplio que se llama "cultura": por qué no incluyes gastronomía, moda o toros. Por qué quieres una entrevista con Manolo Escobar pero no con David Bisbal. Por qué Carlos Cano sí, siempre y por qué Pío Moa no, nunca. Por qué algo merece ser incluido y con otros algo ni te lo planteas. Por qué este poeta que ha publicado tres libros sí y aquél que lleva diez nunca aparece. Si las cosas son buenas solo porque a ti te parecen buenas.
Cuando entrevistas a alguien (y yo llevo unos cuantos pesos pesados, desde Antonio Gamoneda a Federico Luppi, desde Antonio Colinas a Achille Bonito Oliva, desde Gervasio Sánchez a José María Pou, Tomás Segovia, Blanca Portillo, Clara Janés, Román Gubern, Amparo Baró, Rafael Chirbes, Enrique García Asensio), siempre sabes que esa persona es mucho más lista que tú. Es más lista, es más inteligente, está acostumbrada a que le pregunten idioteces y siempre lo mismo y se enfrenta a las entrevistas porque la promoción es necesaria.
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Nunca se nota. Gamoneda me miró un día y me dijo que le había hecho una pregunta muy inteligente; Luppi suspiró y dijo que mi primera cuestión era bastante compleja de contestar; Antonio Colinas salió de la entrevista y le preguntó a Luis Sáez, asombrado, de dónde habían sacado a esa niña. Ángel Campos Pámpano se asombró de que una becaria de 22 años supiera tanto de poesía y escribiera tan bien.
Esos son mis triunfos. Mis palmadas en la espalda. Las cosas que recuerdo cuando me enfrento a un tema o cuando me entra -porque me entra, porque yo soy insegura- el pánico terrible al "buenas noches" y a tener que empezar una charla con alguien con quien no he hablado nunca.
Alguno se asombra porque debe de estar acostumbrado a hablar con periodistas que no se han leído su libro. Nadie da por hecho que yo no haya leído nada en la vida. O que no sepa el significado de la palabra "expresionismo".
Salvo en un apartado.
El cómic.
El primer libro del que tengo conciencia es un volumen de
El Hombre Enmascarado por el que supe qué era el
ámbar gris. Me lo puso en las manos un señor de cincuenta y largos, supongo, que hizo las veces de abuelo y que murió. También me regaló a
Flash. Luego, cada vez que nos poníamos enfermos, mi madre traía a casa a
Spiderman,
El Caballero Luna,
Capa y Puñal,
El Castigador,
Batman,
La Patrulla X,
Los Vengadores,
Ojo de Halcón,
El Motorista Fantasma,
El Capitán América,
Spirou o
Corto Maltés.
Esa gente es mi familia. Crecí amando a
Wanda Maximoff y odiando a
Cíclope. La primera vez que me di cuenta de que un tío era guapo fue viendo una viñeta de Spiderman, con un Peter Parker ya crecidito, vestido con un jersey azul de cuello vuelto, cuando
Veneno no era Veneno siquiera. Recuerdo, como si fuera ayer, la primera vez que vi la cara del
Doctor Muerte, de qué manera exacta se da cuenta
Bernie Rosenthal de que Steve Rogers era el
Capitán América y asistí con pavor infantil a la primera pelea de
Ororo y
Kitty Pride. Quise ir a Nueva Orleans y supe qué era un cajún gracias a
Gambito, mucho antes de haber escuchado nada de jazz y, por supuesto, mucho antes de
Treme y de
Louis Armstrong. Crecí leyendo nombres como
Chris Claremont,
Stan Lee,
John Buscema,
Joe Kubert,
Jack Kirby,
Frank Miller,
Alan Moore,
Julián Clemente y
Trajano Bermúdez.
Cuando estoy jodida, respiro y me repito como un mantra una frase de
Lobezno.
El volumen más antiguo que se conserva en mi casa, de mi infancia, es
El vástago de los 4 fantásticos, que se publicó en 1980.
Yo tenía cuatro años.
Según mis padres, llevaba un año y medio leyendo. Este mes hago 37. He leído cómics desde que puedo recordar y nunca he dejado de leerlos. Nunca. Jamás. Si no los compraba porque no los encontraba, los releía. Me sé
Dios ama, el hombre mata de memoria.
Luego llegaron los demás. Llegó
Seth y llegó
Ware y llegó
Satrapi y llegó, claro que llegó, el
Watchmen y el
From Hell, y
Enrique Corominas y
Carlos Giménez -a los que también he entrevistado- y
Paco Roca y
Fermín Solís y
Harvey Pekar y
Pablo de Santis y
Juan Sáenz Valiente. Y no llegó
Will Eisner porque también crecí con
Spirit. Y con
Blueberry. Y con
Astérix y
La pequeña Lulú.
Nunca lo vi raro. Ni cuando mis amigas se asombraban porque yo leía cómics de superhéroes y jugaba a indios y vaqueros. Ni cuando seguía coleccionando en la Facultad. Ni cuando, ahora, me recorro las tiendas de cómics con
Nerea, en cuya casa están
Píldoras azules o
El Vecino, amén de muchos otros. La primera persona que me habló de
Persépolis fue
Begoña.
Todos mis amigos lectores leen cómics, novelas gráficas, tebeos o como lo queráis llamar. Los no lectores no leen.
Para mí es tan
natural como abrir un libro de Pessoa. Me enamoro de
Athos lo mismo que me enamoré de
Danielle Moonstar.
Pero siempre que entrevisto a un comiquero da por hecho, siempre, que yo no he leído cómics en la puta vida.
No sé por qué es. No sé si es porque tengo 37, porque me río en las
entrevistas y me lo paso muy bien, porque soy mujer, por mi voz. No
tengo ni la más remota idea.
Pero ocurre. Desde el editor que te
dice: "Pero los que leemos cómics tenemos otro punto de vista diferente a
los que no leéis" hasta el que te responde a una pregunta con un "es
que si no estás acostumbrada a leer novela gráfica, a lo mejor los
tebeos te cuestan". O el que se asombra porque he nombrado a, yo qué sé,
Vindicador.
La primera vez me sentí tan ofendida que pusieron mis balbuceos en un resumen de gazapos de la radio.
Luego te acostumbras.
Te acostumbras, pero te jode igual.
Y también piensas, que es mucho peor: y yo para qué coño hago esto. Para
qué llamo a tres tíos distintos cuando se muere
Moebius para una noticia
de un informativo de mediodía en una cadena regional y generalista en
la que podría hablar de Bisbal, es un poner. Porque yo trabajo en Extremadura, con unas características socioeconómicas que no hace falta explicar. Trabajo en una comunidad en la que, si pongo "semiólogo" en un titular, me lo corrigen y escriben "autor".
Y, trabajando aquí, para un público de aquí, elijo hablar del
Graf, que se celebra en Barcelona, a.k.a. donde Cristo perdió el mechero. Y cierro un informativo con la muerte de
Josep Maria Berenguer y siempre, siempre, hablo de los
Eisner y de los
Harvey, lo mismo que hablo de los
Oscars y reseño el
Salón del Cómic de Barcelona. Cosa, por cierto, bastante complicada, porque en los medios generalistas, de los que me nutro, nunca se habla de autores y sí de exposiciones y tonterías, así que termino completamente cabreada y pensando que la imagen que va a tener la sociedad, si
yo no lo remedio, es que un Salón del Cómic es un carnaval lleno de niñas pintadas como japonesas y vestidas con minifaldas.
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Imagen de La Vanguardia. |
Hago todas esas cosas en mi trabajo, hablo de tebeos quinientas veces más de lo que hablo de danza o de fotografía, pero, cuando hablo con alguien que edita cómics, hace cómics o guioniza cómics, da por sentado que yo no tengo ni puta idea.
Bueno, sí: no sé quién entintó
Días del futuro pasado. Ni sé en qué año se publicó el primer
Tintín. Ni me importa una mierda.
Nunca me ha hecho falta decir que sé cómo se
escribe e. e. cummings o que sé quién es Auden y que he leído a San Juan
de la Cruz 538 veces cuando hablo de poesía con un premio Hiperión.
Tampoco me ha hecho falta decir que leo ensayos, columnas periodísticas,
artículos, relatos cortos, tratados filosóficos de Heidegger sobre arte
o fanzines. Nadie da por hecho que yo estoy fuera. Salvo en el cómic.
Eso me dijo una vez uno: "Los que estáis fuera".
Pero luego, en los blogs de cómics, lees que hay que conseguir nuevos lectores, casi como un imperativo legal. Porque al cómic le pasa lo que le pasa a la poesía ("es que escriben raro") o a la música clásica ("es que tienes que saber solfeo para escuchar a Rimsky-Korsakov"). Con el añadido de que, en un magazine, te tienes que poner a explicar que los tebeos no son para niños, lo mismo que explicas por qué Tom Sawyer es, y no es, una lectura de infancia
únicamente. Qué se le va a hacer: hay gente así.
Es bastante agotador. A mí me ha resultado, con los años, tan agotador, tan cansino, que la mitad de las veces dejo el cómic y su mundillo para los cierres de los informativos y, en el programa, me dedico a entrevistar a los que ya saben que yo no me encontré una viñeta ayer. Y entonces agradezco íntimamente -y en público- que la vida me haya puesto en el camino a un
Enrique Flores, a un
Fermín Solís, a un
Gol, a un
Pedro Camello, a un
Borja González Hoyos o a un
Fran Aguilera.
E intento analizar. Por qué
la gente del mundillo se pone tan contenta cuando el Salón del Cómic es portada de la sección de cultura de un periódico generalista, aunque solo hablen de exposiciones y de robotitos, pero luego es tan impenetrable. El 90 por ciento de las veces pienso que la
gente quiere algo así como un mundo del cómic de gran tirada en el que
se venda mucho para que la industria esté sana y lozana pero en el que,
por supuesto, haya un reducto de gente que es, desde luego, la que
verdaderamente sabe de cómics. Como si esto fuera un universo paralelo al arte y la literatura conocidos, con unos códigos ininteligibles a los que alguien se puede
acercar, que alguien puede rozar, pero no penetrar. Porque, por lo visto, hay que saber física cuántica para leer un dibujo y unas palabritas en un bocadillo cuando a mí nadie me explicó nunca que una nube significaba que el personaje estaba pensando.
Es cierto que ahora se habla de cómics en los medios generales. Muy a menudo, eso sí, en secciones distintas al resto de la información cultural, cosa que rechazo por muchas razones que no me voy a poner a explicar aquí porque creo que he dejado claras muchas cosas antes. Pero al menos se habla. Mi problema, como periodista cultural, es que, la mayoría de las veces, cuando me quiero informar de algo para contarlo (e informar de algo que sucede a miles de kilómetros) tengo que tirar de blogs especializados, que, salvo alguna excepción, están dirigidos precisamente a
la gente del mundillo. Que aquí pasa como con los poetas: todo dios se conoce. Mucho dato. Poco feeling. Y, aunque sé que alguien me matará por decir esto, mucho intentar demostrar que uno, por favor, tiene un bagaje y, sí, conoce quién tradujo el decimoctavo cómic de Batman que se publicó en España y por qué este crossover no funcionó.
Pero tú, que estuviste todo el día morriñosa cuando se murió Joe Kubert lo mismo que estuviste morriñosa cuando se murió Delibes (con la salvedad de que, de Delibes, sí te atreviste a escribir y Dios te salvara de escribir algo sobre Kubert, a pesar de que lo conozcas mejor), lo sigues intentando porque... bueno. Cuando llegan los Reyes y tu hermano te regala
Crónicas de Jerusalén y
Malas ventas y tu madre llega toda emocionada porque ha visto
Todo Umpah-Pah en la librería y te mandan correos para preguntarte qué cómic le comprarías a un tipo al que le gusta x o y, o qué te has leído últimamente y tú aprovechas para meter lo último que te entusiasmó de
Astiberri o de
La Cúpula, pues está todo igual de bien que cuando le recomiendas a un poeta que no lee novela que se pimple ahora mismo Como amigo, de
Forrest Gander.
Porque esas son las cosas que tú haces aunque sepas que un programa de cultura no lo escucha ni Dios.