Si por un casual caía en nuestras manos una peseta, que eran
correspondientes a las diez perras gordas, íbamos rápidamente al estanco más
próximo del barrio o a la venta más cercana, a comprar las cuatro pequeñas
piezas. Verdes, rojos, azules y amarillos componían la paleta usual de aquellas
pequeñas bombas. Más tarde llegaban algunos salpicados de florecillas de
distinta tonalidad. Conseguirlos era un triunfo, ya que no eran abundantes y se
mezclaban, salpicados, entre todos los demás. Perfectamente envueltos y
rematados por su base plana en varios dobladillos bien fijos, no había forma de
que algún papelillo de aquellos se desenvolviera, por un casual, entre toda la
tonga de bombas de colores que componía la caja a granel.
Nuestras manos menudas se afanaban, pese a las ganas de
saborear cualquiera de ellos, en lograr extraer el papelillo al completo. Sin
romperlo y sin rajaduras. ¡Todo un arte!
Una vez completado este artesanal proceso, nuestras bocas paladeaban
aquellas pequeñas delicias que rápidamente se disolvían en nuestras bocas. Mientras buscábamos una superficie lo
suficientemente plana y sin ningún tipo de agujeros o roturas para extender
sobre ella nuestras laminillas de colores. Podía ser el poyo de la cocina o uno
de los escalones del zaguán de la casa donde perpetrábamos todo tipo de juegos
y hazañas. Con el dedo gordo las acariciábamos suavemente una y otra vez hasta
dejarlas planas y casi sin arrugas. La mayor sutileza llegaba cuando
rematábamos nuestra obra con la uña de ese mismo dedo gordo apoyado entre el
índice y el medio de tal manera que llegábamos al mayor de los malabarismos en
el arte de aplanarlas. No debíamos de hundir demasiado la uña en la repetición
del aplanado para, de esta manera, no romperle un cacho o que terminara rajada
si nos pasábamos en el alisado. Así
aquel tesoro absolutamente planchado de color rojo, verde, azul o
amarillo iba a parar a cualquiera de los libros escolares del momento o bien a
un libro de cuentos donde las imágenes empezaban a ser coloreadas también.
El siguiente paso era el de mostrarlo a nuestras amigas como
si de pequeños tesoros se tratara. ¡Eran las platinas!, sutiles y planos
objetos de colección y devoción.
Bellísimas hojitas de
colores finos y delicados que, una vez bien lisas y entre nuestros dedos y con
un ligero movimiento, emitían un tenue y
ligero ruido silbante.