En la espesura
las flores del verode.
Llegó el invierno.
Sólo tenía cincuenta o cincuenta y cinco años y aparentaba una mujer vieja o yo, con mis pocos años, así lo percibía. Porque se era vieja cuando las mujeres vestían de luto. Envuelta en ropa oscura de la cabeza a los pies. Pañuelo para tapar la cabeza, blusa, falda, medias de punto grueso… y sobre la blusa y la falda negras como la noche oscura del alma, y sirviendo como contraste, un delantal al que se le permitía ser canelo para aliviar el riguroso luto. Pero en mi interior yo sabía que ella no era vieja por su temperamento y porque siempre nos regalaba una sonrisa picarona y estaba dispuesta a aceptar ciertas travesuras de sus nietos que le causaban asombro y alegría.
Mi abuela me llevaba cogida de la mano, cálida y tierna, hasta llegar a la tienda de Fefa. Un local grande, de paredes altas, pintadas de blanco, recubiertas de estanterías y vitrinas de cristal llenas de prendas y mercancía. Paños para la cocina, cogederos para los calderos, manteles, sábanas blancas, mantas, rollos de telas de un único color y estampadas con diseños discretos de florecitas o de rayas, ropa interior de mujer y caballero, pañuelos de mano y para la cabeza… El orden era lo de menos porque su dueña sabía perfectamente el lugar de cada cosa que se le pidiera, aunque cada cosa no estuviera en su lugar.
-Fefa, dame media docena de paños de cocina de algodón.
-Tengo unos preciosos que me llegaron nuevos.
Y allá iba Fefa a abrir un enorme paquete de papel canelo de estraza para mostrar el artículo. ¡Y sí que eran bonitos! Me llamaba la atención sus diseños, todos ellos cargados de frutas de intensos colores o bien signados con animalitos delicados como pájaros, tiernos cervatillos, florecillas o formas geométricas; todos ellos sobre un fondo de felpa normalmente de color blanco.
Tras los paños de cocina, venían las sábanas también blancas a las que se les aplicaría de manera artesanal y cosida a mano una tira bordada con diminutas florecillas. Ese era el embozo que quedaría decorado y personalizado. ¡Y mantas! Que no falten las mantas, cálidas, suaves, esponjosas y por supuesto blancas, impolutamente blancas, de cuatro, cinco o seis rayas. Venían en sus correspondientes bolsas de papel fino transparente nada cercano todavía al plástico. Por fuera de la bolsa y adherida a ella venía la figura de un gato medio recostado y mostrando su panza reluciente.
-Toque, toque Doña Constanza, son de buena calidad y calentitas que da gusto.
-Dame tres de un cuerpo que el invierno es largo y ya sabemos que… mantas, paños y bragas nunca son muchas.
- Hablando de bragas, ponme media docena de las altas de algodón también, y otra media docena de las modernas para mi hija.
Y allá iba Fefa danzando de esquina a esquina del local y siendo dueña de su propio negocio. Buscando aquí y encontrando allá la mercancía solicitada formando una especie de torre de prendas sobre el mostrador de madera oscura y cristal. A través de él se veían collares plásticos, monederos, zarcillos de enganche con modelo tropical, medias, calcetines… y todo lo habido y por haber.
Sin perder detalle a todo este movimiento, me quedaba casi sin pestañear, hasta que me empezaba a desesperar porque ir a aquella tienda no era solo ir a conseguir y comprar los artículos necesarios, sino que se alargaba la compra entablando una conversación que yo veía improductiva empleando demasiado tiempo. También es verdad que en esos momentos yo dejaba de ser el centro de atención… -¿Ha tenido noticias de su gente de Venezuela? ¿Cómo están todos? ¿Cómo les va?
-Parece que este invierno lo vamos a tener bien pasado por agua… el pasado sí que lo tuvimos bastante seco. Y así pregunta tras pregunta y respuesta tras respuesta que me llegaban a poner de mal humor.
¿Pero qué tanto tenían ellas qué hablar? ¿Y qué tanta conversación pegando la hebra? Mientras, la dueña de la tienda iba formando un gran paquete envuelto con aquel papel canelo y fuerte, haciendo un dobladillo por cada extremo. Para una mayor seguridad en el transporte le colocaba alrededor un hilo de cordón apretado, finalizado con un doble lazo. Aquel paquete de grandes dimensiones y bien afianzado lo llevaría mi abuela a la cabeza sobre un rodillo de tela.
Yo era feliz cuando ya nos despedíamos. Pero una vez subida la carga a la cabeza, Fefa, con un ligero grito le pidió a mi abuela que volviera para atrás.
-Doña Constanza, espere, espere un momento.
Mi abuela retrocedió apenas unos pasos y esperó mientras aquella mujer sacaba de debajo del mostrador unos tres o cuatro pañuelitos tersos, bien planchados y bordados a punto cruz diminuto, o bien signados, a veces pintados, y se los regalaba a mi abuela poniéndoselos dentro de uno de los bolsillos de aquel delantal canelo que le llegaba por debajo de las rodillas. Tanto mi abuela como Fefa se congraciaban con una sonrisa benevolente y agradecida; la una porque sabía lo buena vendedora que era y la otra por haberle realizado una nada desechable compra y para que volviera.
- “Nunca la mañas pierda”.
- Ahí tiene el convido, Doña Constanza. Mis ojos no daban crédito ante aquel regalo que Fefa le ofrecía a mi abuela antes de que se fuera. Eso y el sonoro beso que nos estampaba a las dos hacían que mi enfurruñamiento desapareciera tras esperar estoicamente a la larga compra acompañada de una larga conversación. Fefa me agarraba la cara con las dos manos como para que no me escapara y me daba un beso en cada cachete y que yo sentía sincero y cariñoso.
Una vez en la carretera, la mano cálida y trabajada de mi abuela volvía a apretar la mía dirigiéndome y dirigiéndonos a paso lento hacia la casa familiar para volver caminando por aquellas veredas recortadas de magarzas, tréboles y ortigas que nos picaban nada más pasarle la mano o rozarnos las piernas. Y entre medio escuché de labios de mi abuela y como para sí misma decir: ¡Qué buena negociante es Fefa!
Foto Tanci
Llegando octubre sabíamos que la fiesta de la vendimia en aquella casa rural estaba servida y bien asegurada. El día 12 de octubre no había escuela y pese a que casi el verano estaba dando sus últimos coletazos, siempre era un día radiante de sol y calor. Mis padres, cerrando el negocio, nos llevaban a todos en el pequeño coche Ford Anglia de color azul, llenaban una cesta de madera tipo barca con diversas viandas cubierta con un paño bordado blanco impecable y que mi madre se encargaba de colocar encima. Una vez puesta en el maletero del coche, nos trasladábamos por las carreteras de curvas cerradas e interminables hasta llegar a la casa de la abuela para ayudar a vendimiar. Nosotros no éramos menos en esta tarea. Nos movíamos entre mandados, recados y el acarreto de algún cesto, tijera de podar, cuchillo, paño, botella, vaso o bandeja que se necesitara, además de otros artilugios o herramientas que se utilizaban en las huertas y bajo las parras. Los pequeños éramos los artífices de ese ir y venir desde el lugar de la recogida de la uva en las huertas diseminadas en los alrededores de la casa, hasta el sitio sagrado del pisado; el lagar. Nunca nos cansábamos y cuánta más algarabía había, más nos afanábamos en nuestros juegos. Pensábamos que nadie estaría pendiente de alguna travesura como era jugar con la manguera a chingarnos o llenar los cubos con agua… hasta que la abuela mandaba a parar. Ahí era cuando nos pedía nuestra colaboración animándonos a que lleváramos alguna garrafa o vaso de cristal hasta el lagar…
A nuestro entendimiento y mediante nuestros cándidos corazones apreciábamos el esfuerzo de nuestros mayores a través de aquellas gotas de sudor que caían por todo el rostro, patinando lentamente entre las barbas y bigotes no rasurados de los hombres. Salidas como de un manantial, se perfilaban, brillantes, también a través de las esterillas de sus sombreros de paja. Los otros, los de tela de paño envejecido por el uso, empapaban una y otra vez esas gotas e iban dejando un surco húmedo con una tonalidad más destacada que el resto del sombrero. Si el sombrero era gris, la franja destacada de humedad se tornaba gris oscuro. Si el sombrero era canelo, esa franja era de un canelo mucho más oscuro.
Mi abuelo portaba sombrero canelo pero cuando se metía en la tina para pisar las uvas se lo quitaba y lo dejaba enganchado en una de las horquetas que estaban apoyadas en uno de los laterales del lagar. Pero de igual manera le rodaban aquellas pequeñas gotas relucientes que se deslizaban por la frente y la nariz, mientras que sus cachetes tomaban una tonalidad rosa encendida. Su tez se mostraba más tersa y resplandeciente... pese a su barba de días.
Después de haber hecho la descarga de los cestos que llegaban llenos hasta el borde de racimos dentro de la tina, y una vez que la mayor parte de la uva se había pisado y despachurrado, entonces los hombres hablaban de empezar a hacer la torta. Ésta era la parte antepenúltima de la vendimia dentro del lagar y para ello había que estrujar con los pies a modo de danza y casi como un zapateado la uva, los restos de pieles, semillas y bagazos.
La torta me sonaba, como algo dulce y comestible… y es que lo era, pero demasiado grande, robusta y compacta… Sólo que su función era otra. Quedaría aplastada bajo el peso de la gruesa y larga viga para entresacar al máximo hasta la última gota de mosto. Aquella masa en principio deforme y apenas redonda y abultada, de casi metro y medio de diámetro y más de un metro de alto, formada de bagazos, uvas pisoteadas y aplastadas, iba conformando una especie de tartaleta justo debajo de la gruesa viga de pino que cruzaba, por la mitad y en lo alto, la tina grande del lagar. Me maravillaba con qué maña se juntaban, mediante un sacho, todos los restos de pieles y orujos que quedaban pegados en el suelo, esquinas y paredes del habitáculo cuadrado y cómo con la pala se ayudaban para recoger los montoncitos que acercaban al lado de la incipiente torta para colocarlos sobre la misma, a la vez que se iban recortando y palmoteando los posibles salientes de ese redondel. Debía quedar bien centrada debajo de la majestuosa viga que haría de prensa. Para ello y para que quedara justo en el centro ese redondel o torta, se dejaba caer desde cada uno de los laterales de esa viga, tanto por un lado como por el otro, unos cuantos bagazos haciendo las veces de plomada de albañil. Así se sabía por dónde aplicar el recorte de un lado o del otro de tal manera que quedara proporcional y equilibrada en altura y en anchura.
Mis ojos no se apartaban de semejante laboriosidad. Con asombro veía cómo la remataban poco a poco pues apretaban y emparejaban empleando sus manos hábiles y robustas, a la vez que la comprimían hábilmente con los nudillos y con las manos. Más bien parecía que acariciaban un gran pastel de frutas. Ahora solo faltaba arropar ese gran pastel mediante la soga, gruesa, redonda y larga; tanto, que el trabajo lo realizaban entre dos hombres arrollando y ciñendo en espiral desde la base hasta la parte más alta dejándola abrigada y vestida por completo.
Yo esperaba, atenta, el momento en que lentamente la viga iba bajando, y veía como daban vueltas y más vueltas al husillo que lo atravesaba una horqueta gruesa a través de un agujero. Hasta que por fin la viga llegaba hasta la torta para apretarla todo lo más posible contra el piso, logrando que la piedra con todo su peso, quedara levantada en el aire ejerciendo de contrapeso a la viga que escacharía la torta hasta lo máximo. Así quedaría elevada la piedra durante horas hasta que a través de los resquicios de la soga y bajando hasta el piso se veía brotar y deslizarse el líquido brillante, claro y dulzón que rodaría hasta pasar por la canaleta de madera yendo a parar a la tina pequeña. Yo observaba ese momento en que los hombres lo probaban poniendo un vaso en esa canal que comunicaba las dos tinas y que en un momento recogían casi lleno para probarlo. Mi abuela nos tenía prohibido acercarnos en esos momentos en que la piedra flotaba.
Entre tanto y entre los allí presentes la conversación giraba en torno al gusto, sabor y paladar de ese jugo recién exprimido.
-No tiene mal cuerpo- decía uno.
–Parece que este año está más dulzón- decía el otro.
– Sí, el verano ha sido bastante soleado- aseveraba otro…
Y yo sabía que algún sorbo dulce y fresco de ese elixir llegaría como ofrecimiento especial hasta mis labios.
Mientras, un poco más abajo del lagar, sobre la mesa alargada y rectangular del comedor de la casa familiar, mi abuela, mi madre y mis tías preparaban el almuerzo para todos los reunidos a la fiesta de la vendimia. El olor a pescado salado conjuntamente con las papas bonitas arrugadas y recién sacadas del fuego impregnaba la cocina. En el centro de la mesa una botella llena de mojo colorado y a los lados dos bandejas con el gofio amasado partido en rodajas daban un toque de color exótico. Todo regado, cómo no, con vino blanco de la cosecha del año anterior. De postre unos suculentos y bien escogidos racimos de uva dorada que mi abuela, experta ella, se encargaba en seleccionar. El almuerzo se prolongaba con una amena charla hasta que el café burbujeaba…
Entretanto en el lagar, la piedra permanecía sola, muda, sin manos que la columpiara. Así se quedaba el tiempo necesario hasta que no saliera ni una gota a través de los resquicios de la torta. Apenas si acaso, se balanceaba levemente por una suave y ligera brisa fresca que llegó y la besó.
Foto Tanci
"Vino, enseñame el arte de ver mi propia historia como si esta ya fuera ceniza en la memoria"
(Jorge Luis Borges)
El drago que plantó mi padre crecía hacia el cielo extendiendo sus robustos brazos y entrelazando sus gruesos dedos, respirando también hacia las entrañas de la tierra. Sus raíces rojas empezaron a asomarse, tímidamente, a través de las paredes de piedra y barro, a través de la jardinera que fue hecha con firmes muros de bloques, cemento y arena expresamente para él, protegiendo sus raíces y parte de su tronco. Diríase que se sentía incómodo, ya que empezó a empujar decididamente, a pasos agigantados, y aquellas raicillas retorcidas como si fueran sogas enmarañadas, y aparentemente enclenques en un principio, se convertirían poco a poco en un entramado de abultadas venas, asomándose fuertes y fibrosas entre los resquicios que servían de respiradero en su base. Cada vez se volvían más gruesas, resquebrajando y tirando muros, tejas y parte del techo abovedado que forma la vieja construcción artesanal del horno para la elaboración de tejas. También se atrevió a rajar su mismo lecho que otrora se le realizó desde su base para su mayor confort y habitabilidad. Hoy, habiéndose hecho un adulto fuerte y dejando atrás su adolescencia canija, y yo diría que pretendiendo aparentar un poderío arrogante y poseído, sigue empujando enhiesto y firme, hacia el firmamento como queriendo exhalar la mayor parte de oxígeno de su alrededor para sí mismo, acaparando y monopolizando con sus intrincadas raíces, su propio entorno... Ni el centenario horno de hacer tejas de barro que lo acompaña, ni el antiguo lagar que está a su lado, pueden con su fuerza y presión. No han podido doblegarlo, ni tan siquiera tranquilizarlo…su pretensión es infinita.
Él, en medio de las dos construcciones, se ha empeñado en codiciar más terreno que el que en su momento le asignaron. Habrá que pararle las patas sin que se sienta dañado en lo más profundo de su interior rojizo. Tal vez habría que canalizar su empeño por ambicionar terrenos anexos y mostrarle otro camino interior de mayor profundidad, arraigo y conformidad, mostrándole un lugar libre e idóneo donde pueda seguir empurrando sus raíces a la vez que siga su andadura y evolución con humildad. Tarea ardua y difícil, pues nos ha indicado mediante varios avisos que seguirá creciendo y expansionándose con el paso de los años a su ritmo y según su propia naturaleza... El tiempo lo dirá.
Fotos Tanci
El lugar no podía ser mejor para llevar a cabo nuestras incursiones. Los cuatro muros de piedra y barro bien rematados con cal y arena con una finísima capa exterior tanto por dentro como por fuera y sobre los muros rectangulares, daba un aspecto limpio y adecentado al sitio. No temíamos saltar esos muros de unos 60 cm de alto y unos 30 de ancho con tal de caer dentro de la inmensa tina. Allí dentro otro mundo era posible. De forma cuadrangular y atravesada la estancia a la mitad y en lo alto por una gruesa viga de madera de pino, nos protegíamos del exterior mientras nuestra imaginación volaba para alcanzar nuestros sueños. Simples y pueriles sueños.
Había que barrer el suelo de la casa que siempre acumulaba piedrecillas, tierritas caídas de sus laterales y alguna otra hoja depositada por el viento. Una vieja manta de listas de colores hacía de división de las dos viviendas. Allí, colgada y atada a la viga con badanas que hurtábamos de los manojos preparados por la abuela para atar la viña, allí éramos vecinas y vecinos. Las viejas latas vacías de sardinas en aceite nos servían de calderos y los pequeños trozos de tejas rotas encontrados en los alrededores del horno, eran nuestros platos y nuestras tazas. Cuando encontrábamos, por un casual, algún trozo de plato vidriado con restos de florecillas pintados, lo empleábamos como vajilla de lujo. ¡Era un tesoro¡ No dudábamos en hacer un pequeño fuego con lascas de cañas rotas y hojas secas del cañaveral cercano. Sobre tres piedras bien dispuestas y que hacían de fogón en forma de triángulo, depositábamos nuestros calderos. El potaje era el menú principal. Se componía de trocitos de coles bien picadas, algunos trocitos de papas, unos granos de lentejas, agua y unos granos de sal. Nos bastaba con ver encendido el fuego y saber que el agua estaba tibia. Ese era el momento de apartar la lata de sardinas del fogón y probarlo. A nuestro paladar todo estaba bueno, aunque los granos de lentejas siempre quedaban duros. ¿Por qué sería? Todos conveníamos en que los potajes de la abuela sabían a gloria. A ella le quedaban de muy buen sabor, tiernos y comestibles.
Pero aquellos eran nuestros guisos, pese a que la abuela nos tenía prohibido jugar debajo de la viga del lagar. Nosotros nos escapábamos hasta allí donde colocábamos las frutas y las verduras sobre alguna tablilla medio rota que encontrábamos en algún rincón del granero o del pajero. Unas piedras de base y sobre éstas unas tablas mal trazadas y ya teníamos la alacena armada. ¡Qué difícil era encontrar un mantel aparente para servir los platos con la comida! Nos la ingeniábamos con extender una gran hoja de col abierta sobre una piedra grande y alargada que hacía las veces de mesa. Sobre el mantel y hasta no servir la comida, permanecía un pequeño frasco de cristal de penicilina rematado con unas flores amarillas del oloroso hinojo.
¡Vecina ya tengo el potaje hecho!, venga “pa' cá” y lo prueba a ver qué le parece. Y la vecina daba unos cuántos toques sobre la manta de rayas de colores haciendo el tun, tun con la boca y apoyando los pequeños nudillos sobre la tela de lana que aleteaba por los toques. ¡Tun, Tun! ¡Pase, pase! Siéntese y ahora mismo le pongo un platito. Pero… ¿Qué es esto que trae? ¡Huevos! ¡Qué maravilla! Y sacando la vecina unas piedrecillas redondeadas de sus bolsillos los depositó presta sobre el mantel verde. -Si, si… di con el nido de la quícara- -Fui tras ella hasta que la vi meterse detrás del peral de peras canelas y allí, en la misma esquina donde se enmarañan unas varas de viña rastrera, allí tenía el nido. Por poco no lo encuentro, si no llega a ser que ando diestra siguiéndole el paso ¡Bien escondidos que los tenía!
No se vaya y comemos juntas, mañana haré una papitas fritas con dos huevos de esos.
Ahora pienso que, tal vez, había cierta connivencia entre la abuela y los nietos porque nunca apareció por el escenario de los juegos a ver qué se estaba cocinando allí. Pero cuando el atardecer llegaba y en el lagar no había luz para más juegos, regresábamos alrededor de ella. Solo en ese momento preguntaba si habíamos hecho fuego y dónde habíamos andado en toda la tarde… Nosotros negábamos lo del fuego pero ella empleaba a fondo su nariz indicándonos que le llegaba cierto olorcillo a humo… Cabizbajos intentábamos salir del apuro contándole mil y una batallas inventadas, otras reales. Yo notaba como una sonrisa picarona y graciosa aparecía en el rostro de la abuela a la vez que se le achinaban sus ojos. Nosotros nada contábamos sobre el pequeño fuego. Pero ella remarcaba la pregunta ¿No habrán hecho fuego dentro del lagar? Y pese a que limpiábamos con agua los restos de la pequeña fogalera, estoy más que segura que ella sabía lo que allí se cocía de cuando en cuando.
Tal vez, lo mejor era el aprendizaje que nos hacía medir hasta donde se podía prender fuego o apagarlo en su justo momento, hasta donde no nos cortábamos con la navaja, hasta donde manejábamos la escoba que era mayor que nosotros… Hasta donde el compartir, el agasajo y la camaradería eran nuestras señas de identidad, hoy mantenidas a perpetuidad.
¡Vecina! ¡Vecina! pase pa’dentro y descanse un rato.
Diseño Tanci (Tinta y acuarela sobre papel)
"La avaricia, la falta de respeto a la naturaleza, el egoísmo, la falta de imaginación, la rivalidad interminable y la falta de responsabilidad han reducido el mundo al estado de un objeto que se puede cortar en pedazos, agotar y destruir"
(OlgaTokarczuk)