No soy demasiado aficionado al Messenger. Lo uso de cuando en cuando, si hay cita previa. Prefiero la carta como medio de comunicación con los amigos; es más reflexiva y permite tratar los asuntos con mayor profundidad. Además, ahora, con los correos electrónicos, se le puede dar a la correspondencia la fluidez que requiera el corresponsal. Pero tengo un sobrino-nieto que está en sus turbulentos 14 años, con quien me conecto todos los domingos por la mañana durante una hora, salvo que haya algún asunto perentorio y me mande un SMS proponiendo una conexión en cualquier otro momento.
En una de las últimas conversaciones me preguntó a bocajarro:
-Yayo, ¿qué opinas de la pornografía?
-Que es pan para hoy y hambre para mañana- le contesté.
-¿Qué quieres decir con eso?- preguntó.
-Que es como contemplar el escaparate de la tienda de golosinas sabiendo que no puedes comprar ninguna. Aunque al principio anima el cuerpo, al final resulta frustrante. Acabas con la cabeza caliente y los pies fríos. El sexo es otra cosa más privada y más excitante.
-Ya...-, escribió, y lamenté no poderle ver la cara (no tengo webcam o como se llame ese artilugio), porque interpretar lo que quiso decir con ese “Ya...” no era fácil sin verle la expresión. Por si era una “Ya...” decepcionado, añadí:
-Hay cosas que debemos aprender en los libros y revistas, y otras que se aprenden viviéndolas como una experiencia personal compartida, en una cadena de sucesivos descubrimientos-. Inmediatamente me arrepentí de lo escrito (ese maldito Messenger y la irreflexiva inmediatez del diálogo) porque dejé la puerta abierta para la pregunta que siguió:
-¿Qué quieres decir?-. Decidí cambiar de estrategia y pasar al ataque:
-Marc, ¿qué te preocupa en relación con el tema?
-Es que me han dejado un DVD de anime porno-. Me parecía obvio que ya lo habría visionado.
-Ya...-. Ahí fui yo el del “Ya...” perplejo.
Seguimos hablando el resto de la hora sobre el asunto y sus implicaciones.
******
Yo viví mi adolescencia y mi juventud sin pornografía, y no por falta de ganas, entonces..., lo reconozco. En el pueblo había tres barberías (las llamábamos así para diferenciarlas de las dos peluquerías, que eran para las mujeres). Yo iba a arreglarme a la de Ricardo. En el pueblo todos sabíamos que niños y jóvenes no podían ir a la barbería los domingos por la mañana. Ese día era exclusivamente para los hombres casados o, como poco, para jóvenes que ya hubieran hecho el servicio militar. Entonces se decía que en el servicio militar era donde uno se hacía “hombre de verdad”. Algún día contaré una historieta sobre ese tema.
Lo cierto es que los domingos por la mañana la barbería de Ricardo estaba a rebosar porque retiraba los periódicos y revistas del corazón habituales en toda barbería que se precie y sacaba las revistas porno. Eran (lo supe luego), revistas francesas que no sé cómo conseguía adquirir porque en aquellos años, los de 1950 y 1960, España estaba férreamente cerrada a cal y canto a las influencias pecaminosas del exterior, alimentadas (así se nos enseñaba en las escuelas y desde los púlpitos) por el contubernio judeo-masónico internacional contra la reserva espiritual de Occidente que era nuestra Patria. ¡Cuántos bebés no serían engendrados en aquellas siestas dominicales...! ¡Y con posturitas y todo! En el fondo, Ricardo era un verdadero apóstol de la natalidad sin saberlo. Porque tampoco había condones.
En una de las últimas conversaciones me preguntó a bocajarro:
-Yayo, ¿qué opinas de la pornografía?
-Que es pan para hoy y hambre para mañana- le contesté.
-¿Qué quieres decir con eso?- preguntó.
-Que es como contemplar el escaparate de la tienda de golosinas sabiendo que no puedes comprar ninguna. Aunque al principio anima el cuerpo, al final resulta frustrante. Acabas con la cabeza caliente y los pies fríos. El sexo es otra cosa más privada y más excitante.
-Ya...-, escribió, y lamenté no poderle ver la cara (no tengo webcam o como se llame ese artilugio), porque interpretar lo que quiso decir con ese “Ya...” no era fácil sin verle la expresión. Por si era una “Ya...” decepcionado, añadí:
-Hay cosas que debemos aprender en los libros y revistas, y otras que se aprenden viviéndolas como una experiencia personal compartida, en una cadena de sucesivos descubrimientos-. Inmediatamente me arrepentí de lo escrito (ese maldito Messenger y la irreflexiva inmediatez del diálogo) porque dejé la puerta abierta para la pregunta que siguió:
-¿Qué quieres decir?-. Decidí cambiar de estrategia y pasar al ataque:
-Marc, ¿qué te preocupa en relación con el tema?
-Es que me han dejado un DVD de anime porno-. Me parecía obvio que ya lo habría visionado.
-Ya...-. Ahí fui yo el del “Ya...” perplejo.
Seguimos hablando el resto de la hora sobre el asunto y sus implicaciones.
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Yo viví mi adolescencia y mi juventud sin pornografía, y no por falta de ganas, entonces..., lo reconozco. En el pueblo había tres barberías (las llamábamos así para diferenciarlas de las dos peluquerías, que eran para las mujeres). Yo iba a arreglarme a la de Ricardo. En el pueblo todos sabíamos que niños y jóvenes no podían ir a la barbería los domingos por la mañana. Ese día era exclusivamente para los hombres casados o, como poco, para jóvenes que ya hubieran hecho el servicio militar. Entonces se decía que en el servicio militar era donde uno se hacía “hombre de verdad”. Algún día contaré una historieta sobre ese tema.
Lo cierto es que los domingos por la mañana la barbería de Ricardo estaba a rebosar porque retiraba los periódicos y revistas del corazón habituales en toda barbería que se precie y sacaba las revistas porno. Eran (lo supe luego), revistas francesas que no sé cómo conseguía adquirir porque en aquellos años, los de 1950 y 1960, España estaba férreamente cerrada a cal y canto a las influencias pecaminosas del exterior, alimentadas (así se nos enseñaba en las escuelas y desde los púlpitos) por el contubernio judeo-masónico internacional contra la reserva espiritual de Occidente que era nuestra Patria. ¡Cuántos bebés no serían engendrados en aquellas siestas dominicales...! ¡Y con posturitas y todo! En el fondo, Ricardo era un verdadero apóstol de la natalidad sin saberlo. Porque tampoco había condones.