Cuando Roberto, (el Rober le decían los locutores radiales), descendió del tren sintió un pequeño mareo y un fuerte dolor estomacal.
Aquella imagen melancólica y solitaria del pueblo que lo vio crecer le impactó más de lo que suponía que le impactaría. La soledad del Litoral se le antojaba necesaria para los próximos meses, quizás años, donde se dedicaría a reponer fuerzas y olvidarse de tantas comparaciones.
Presiones de un lado, contratos que firmar por el otro, empresas de refrescos que se asesinaban por representarlo, abogados con maletines y tridentes, mujeres sedientas de su sudor...
Todo aquello ahora quedaría en el pasado. Firpo hubo uno solo y bien lo sabía el Rober, mientras bajaba del tren y se presionaba el pecho para no sentir el dolor de sus costillas rotas que lentamente trepaba hasta llegar al centro mismo de su corazón.
La pelea había sido calificada, por los especialistas deportivos, como un hecho histórico y magistral al que nadie podía dejar de asistir. Pero nada de eso le importaba a Rober; él simplemente quería visitar el campo de su niñez donde los guantes remplazaron a las herramientas de la siembra, donde los caballos se fueron alejando para ceder su puesto a los fardos de pasto que servirían como bolsas de entrenamiento para sus futuros combates.
Si la fama lo estaba esperando al llegar a la Capital, es algo que Rober nunca sabrá.
La ciudad lo aguardaba para que sus puños se lucieran en el Luna Park frente a su furioso rival norteamericano, J. Dempsey Junior. Sin embargo, aquella cita sería truncada por un pequeño y dulce giro del destino que sólo sería revelado ante los ojos de Roberto en su viaje ferroviario.
El tren había partido temprano desde Villa María, donde había ocurrido el que luego sería recordado como el último combate de Rober, “El Goloso Santafesino”, con destino a Buenos Aires. Entre tantos pasajeros, ramales y estaciones, Roberto divisó el viejo almacén de la estación de Cañada de Gómez, donde solía comprar las golosinas de su niñez.
Casi en un arrebato infantil por recuperar un pequeño trozo de su años perdidos, Roberto descendió rápidamente del tren, pero un pinchazo firme le indicó que sus costillas no estaban mejorando. Lentamente dejó caer el bolso y la mochila que llevaba sobre el asiento verde y desgastado de la estación.
No podía apartar los ojos de aquel viejo almacén de ramos generales que tantas caries le habían causado gracias a sus dulces y mermeladas. El campo de su familia podía esperar. Primero haría una parada larga y azucarada entre los frascos de caramelos y el estante de los dulces tradicionales del local.
El Luna Park también podría esperar... aquel “goloso” desbocado ahora estaba dirigiendo su atención a otros sentidos más fuertes que rugían en su interior por recuperar su libertad.
Sin pensarlo entró en la tienda y depositó sobre el mostrador todas las monedas que llevaba en sus bolsillos. Miró fijamente al viejito, que se levantaba con dificultad de su silla para ir a recibirlo, y recordando sus mañanas de infancia le dijo:
- ¡Deme toda la plata en caramelos!.
- Roberto, ¿sos vos? - contestó aquel sorprendido anciano.
- ¿Don Félix? - murmuró Roberto sin saber bien porqué ese nombre había llegado a su memoria.
- ¡Qué me lleve Mandinga! - pronunció acaloradamente el anciano - ¡Tantos días esperando tu regreso! ¿Dónde estuviste metido? ¿Tenés una idea de toda la gente que te estaba buscando?
- ¿Que me dice señor? ¿Acaso no sabe en quién soy? ¿No escuchó la radio? ¿No leyó los periódicos?
- ¡Si Roberto!, lo hice todas las mañanas esperando encontrar novedades de tu paradero, ¡pero nadie hablaba de vos!.
- ¡¿QUÉ?! - gritó un extrañado y enfurecido Roberto - ¡Que carajo me está diciendo! ¡Soy yo! ¡El Rober! ¡El Goloso Santafesino!.
- ¿El qué? - contestó Félix conteniendo la risa que ascendía ferozmente por su faringe.
- ¡El Goloso! ¡El mayor boxeador que dio la historia de Cañada de Gómez! ¡De Santa Fe al mundo y más allá! ¡Ese soy yo!
En ese instante el silencio se apoderó del almacén. Don Félix miró detenidamente a Roberto y sosteniéndole una mano le dijo:
- Robertito, hijo mío... Sentate que voy a preparar unos mates y a llamar a tu madre que está en la plaza del centro repartiendo folletos con tu cara y pidiendo ayuda a los vecinos. ¡Te tengo dicho una y mil veces que no te devores los frascos de dulces y mermeladas del local! ¿No te acordás de nada, no?
- ¿Acordarme de qué? ¿Qué me dice? - respondió Roberto.
- Robertito, nunca te vi así... ¡Que susto nos diste!. Aquella mañana que te encontré tirado en el almacén, babeando y con los ojos desorbitados, pensé que era el fin de nuestras vidas. ¡Pero te levantaste rápidamente y saltaste por la ventana!. Pude ver como se te incrustaba un trozo de cristal en tus costillas haciéndote sangrar.
Quise detenerte pero huiste como alma que lleva el diablo. ¡Hijo mío! ¡Que susto!. El Doctor Riviera nos dijo que nos nos preocupáramos, que cuando se te pasara el pico de azúcar seguro volverías a casa y a lo sumo habría que darte unos puntos en el corte que te hiciste con los vidrios, pero nada grave.
- ¡¿Cómo?! - gritó asombrado Roberto.
- Si nene, eso mismo. ¡Ahhh! También nos dijo que los subidones de azúcar suelen jugarte malas pasadas, hacen que uno se crea cosas que no existen, historias que no son reales.
¿Te pasó algo así Robertito?
viernes, 10 de septiembre de 2010
Rober, el Goloso Santafesino
jueves, 2 de septiembre de 2010
Artistas
Sentados una tarde, en el café de Tony, le dije a mi amigo Raúl:
"La creatividad humana y los artistas están sobrevalorados. Todos, de una manera u otra, apestan."
Yo mismo he sido un farsante que alguna vez se creyó un artista. ¡Cómo si el mundo necesitará escuchar o leer mis divagues y razonamientos!
En definitiva, todos somos bastante patéticos. Pero no hay nada de malo en eso, simplemente se trata de marchar con la frente en alto sabiendo que uno es un don nadie.
- Lo principal, es dejar de mentirse a uno mismo - le afirmé a Raúl mientras el bebía de a sorbos su café amargo de las 6 de la tarde.
- Entonces, según tu punto de vista esta ciudad apesta. El mundo apesta y la gente.... mejor no tocamos ese tema ¿no? - me dijo Raúl aún con sus labios próximos al pocillo de café.
- Efectivamente, querido amigo. Pero te vuelvo a repetir que en eso no hay nada de malo. ¿Qué problema podremos tener en salir a la calle sabiendo que no conseguiremos nada?. Es un impulso básico lo que nos empuja a seguir en pie, el resto... invento de los griegos que no aceptaban ser un animal un poco más evolucionado que los demás.
- Pero entonces el teatro, las novelas que tanto leemos, los cómics, la música... todo eso ¿no sirven para nada?- refunfuñó Raúl.
- Hombre, no digo que no sirvan, aunque a muchas de ellas aún no les encuentro su utilidad. Pero la gran mayoría de esas obras son simplemente innecesarias. Falsas. Muchas nacieron de la mísera idea de un hombre por perdurar y ser idolatrado - respondí solemnemente.
- Bueno, pero algunos se cagaron de hambre y fueron reconocidos miles de años después de crear sus obras- retrucó Raúl.
- Cuestión de suerte. Nada más. No pienso idolatrar a nadie más; ¡artistas, inútiles y malditos artistas!
- Entendido Tomás, pero ¿no te parece que estás exagerando un poco? - me dijo Raúl en un intento de calmar mi enrojecida frente que comenzaba a sudar.
- ¡En absoluto!
- ¿Y los Beatles? - disparó Raúl, sospechando que quizás acertaría en un punto flojo de mis teorías.
- Y esos pibes de Liverpool... que decirte... Cuatro afortunados, estuvieron en el lugar y el momento exacto, pero cuando se creyeron artistas la cagaron... Eso sí, no hay un día que no los escuche al volver a casa.
En ese momento la conversación se detuvo. No recuerdo muy bien cuál fue el motivo de la interrupción, pero mientras Raúl terminaba su café yo me entretuve jugando con los restos de servilletas esparcidos sobre la mesa. Era una acción inútil que repetía desde aquellas lejanas tardes en mi época de facultad y sueños de artista.
Me sentaba en el café de Tony y mientras esperaba mi merienda, destrozaba algunas servilletas de papel y las colocaba en distintos sectores de la mesa. Las imaginaba como actores de algún guión y comenzaba a escribir absurdos diálogos y a medida que se iban acercando a su cometido iba recogiendo un trozo de aquellas servilletas.
Cuando no quedaba ningún pedazo sobre la mesa, sabía que tenía mi pequeña obra finalizada.
¡Patético!. Cuando recuerdo aquellos momentos me entran ganas de arrancarme la cabeza y arrojarla al campo de residuos para que la compacten y luego la incineren. Sin embargo, por esas ironías de la vida, aquí estoy en el mismo café de siempre, con mi viejo amigo Raúl (que ahora es mi representante) a punto de ceder los derechos de mi último libro para su adaptación a la gran pantalla.
Raúl me observa mientras firmo el contrato y sonríe. Luego me da la mano y me dice:
- Tomás, amigo mío, ¡eres todo un artista!
- Gracias... pero no me lo recuerdes – le respondí mientras mis tripas se retorcían una vez más dejándome sin respiro.
viernes, 6 de agosto de 2010
Norman
“Le aseguro Sargento que lo volveré a hacer. Volveré a matar.
Usted dice que yo no le podría hacer daño ni a una mosca. Se equivoca. De hecho las moscas me aborrecen y merecen secarse.
No puedo detenerme y explicarle muchos detalles de mis acciones; pero le aseguro Sargento que volveré a matar.
Cuando la gente mira extrañada a los demás transeúntes no llega a comprender el riesgo que corre. Nadie esta a salvo mientras mi mansión de la colina reclame ser habitada. Algunos han intentado hablarme de un cielo, un tiempo y un paraíso... Le vuelvo a repetir, no dispongo de tiempo.
Otras personas me han ofrecido conversaciones amenas, aunque carentes de sentido. Yo simplemente los observaba como lo hacía con mis viejas aves disecadas. Un pasatiempo no se busca para llenar el tiempo... además, yo no dispongo de él...
¿Qué puedo decirle de todos estos años?
Mis sonrisas eran fingidas, mi mirada observaba más allá de lo que sus absurdos compañeros médicos creyeron ver. Aquel viejo pantano que devoraba a mis víctimas necesita alimentarse otra vez para completar el ciclo de la existencia en esta tierra...
Y la nada conduce a más nada, Sargento. ¡Si al menos dejara de oír a mi madre clamando por venganza!
Le digo que lo volveré a hacer. Ahora me despido en busca de una nueva máscara que me oculte por estos días; quizás como cocinero. Creo que el placer del fuego y la sangre en proceso de cocción será algo adecuado para mis manos.
Recuerde que a veces las cosas se escapan de su control. Entienda que nacimos olvidados en el desierto como un proceso evolutivo de millones de años. Estimado Sargento, hay cosas que se escurren de sus manos; como el tiempo, como la sangre...
Me alejaré un tiempo, y quizás cuando encuentre este carta, yo ya no esté por aquí. Pero de algo podrá estar seguro. Volveré a matar. Se lo aseguro.
Saludos cordiales.
Norman Bates.”
martes, 13 de julio de 2010
Pampero
Siempre decía que un día me iría del pueblo hasta que lo hice. Todas las mañanas me repetía frente al espejo la misma frase, casi como un mantra espiritual: “Me tengo que ir, aquí nunca pasa nada...”.
El poblado se extendía a lo largo de la llanura y estaba bañado por un arroyo discreto pero bastante rumoroso. Al menos así es como lo recuerdo...
¿Qué será de sus costas ahora que mi pasos se producen a millones de kilómetros entre capas gaseosas y atmósferas desconocidas?
Aunque creo que ya nadie me recordará, siento en mis entrañas que les debo unas disculpas a todos mis vecinos del pueblo dónde yo creía que nunca pasaba nada....
Mi infancia pasó desapercibida para mi padre y mi madre, el arroyo, el campo y los caballos eran moneda corriente en mis horas de diversión lejos del colegio y sus absurdos presbíteros vestidos de negro y repletos de mentiras para contarnos.
Mis días se sucedían sin alteración alguna que indicara que años más adelante yo sería uno de los primeros hombres que pisaría el suelo de Titán.
En el mismo momento en que la sonda espacial Cassini obtuvo los datos reveladores acerca de este satélite, el “tic tac” de mi reloj se bloqueó mientras yo cabalgaba frenéticamente próximo a las instalaciones que la NASA había construido años atrás en la llanura pampeana.
Detuve mi avance y dejé amarrado al “Pampero”, mi fiel compañero equino, en uno de los postes del alambrado que delimitaba el acceso a los inmensos galpones industriales con los que ahora me enfrentaba.
Quizás fue un golpe de suerte o una rotación de turnos de vigilancia lo que permitió, en ese instante, que pudiera ingresar al recinto sin que nadie notara mi presencia. De cualquier modo, igual creo que hoy ya no importa mucho ese mísero detalle...
La nave blanca y luminosa que me transportó hasta Titán llevaba un escudo precioso que me deleitó desde el primer momento en que lo vi. Era un triángulo perfecto, pintado con trazas de colores metalizados que poco a poco iban conformando la silueta de un caballo. Sin dudarlo, supuse que eso era un buen presagio; de alguna manera pensé, el “Pampero” se había colado conmigo dentro de las instalaciones.
El resto sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Sentí un fogonazo que me rozó los oídos, luego unas sirenas y un llamado feroz en un idioma que yo no conocía del todo bien pero que intuía brutal. Corrí desesperado e ingresé por la primera puerta que encontré abierta que justamente estaba ubicada debajo de ese maravilloso escudo que enarbolaba la nave.
El conteo inicial no se detuvo y pude deducir que era un descenso numérico. Lo poco que sabía de inglés me lo había enseñado Don Rubén, el almacenero de la estación de trenes, y sólo eran un par de frases de presentación y los primeros diez números.
Creo que al entrar en la nave iban por el número cuatro, lo próximo que recuerdo es un golpe seco en mi cabeza y un despertar confuso y silencioso frente a un mar de estrellas.
¡Y yo que decía que en mi pueblo nunca pasaba nada! ¡Ayyyy “Pampero” mío si vieras esto te dormirías de aburrimiento!
Miles y miles de puntos brillantes me iluminan la frente que apenas asoma por la estrecha ventanilla desde donde observo mi travesía. Los controles de la nave se manejaron solos durante todo el viaje y una voz que no llegaba a distinguir no dejaba de repetir frases y saludos que nunca me molesté en contestar; además estaban en inglés y ese idioma no es mi fuerte.
Luego vino Titán y sus radiantes suelos cargados de gases y líquidos completamente extraños. Supe que este satélite se llamaba así porque entre la infinidad de pantallas que titilaban en los tableros de mi nave una en particular me llamó la atención. Era muy pequeña y tenía un dibujo de un planeta circular celeste señalado como “Tierra” y otra esfera, próxima a un punto indicado como “Saturno”, que rezaba “Destination: Titan”.
Cuando la nave aterrizó este puntito de la pantalla se encendió y desde ese momento deduje que ese lugar sería mi nuevo hogar.
Ahora camino frente a un arroyo que fluye bajo unas extensas capas de hielo, pero pese a todo puedo ver como el agua corre mansamente por sus entrañas. El silencio es abrumador y cuando pienso en mi pueblo y en el “Pampero” amarrado al poste y sin alimento se me estremece el pecho ferozmente.
No sé que haré de mi vida de aquí en adelante, de momento sólo me dedico a escribir mis memorias en este cuaderno azul que encontré en la nave. Espero que algún día se acerque a mi esa extraña figura que me vigila desde lo lejos para poder contarle mis tristes relatos, mis recuerdos del pueblo, mis aventuras con el “Pampero”, el color de la llanura cuando el sol se ocultaba, la sonrisa de las chicas de la plaza del centro....
En fin; y yo que decía que en mi pueblo nunca pasaba nada...
¡¡¡Ahhh “Pampero” mío si vieras esto te dormirías de aburrimiento!
lunes, 5 de julio de 2010
El Progreso
Aquí voy, como aquel guardián en el centeno, desafiando las carreteras marcianas que se expanden hasta el infinito. La aguja del velocímetro ya ha superado la barrera de los 100 kilómetros por hora y apenas diviso ese letrero que reza: "Traemos el progreso".
El paisaje uniforme y rojizo me obliga a perderme entre mis abominables delirios de grandeza.
Pienso y sueño, quizás, con esas cautivantes miradas que algunas veces se dejan ver desde el infinito espacial que cubre esta desolada autopista espacial.
Traemos el progreso....
Marte tuvo un inmenso océano que cubría hasta un tercio de su superficie, y eso lo supimos en aquellos tormentosos años que se escurrieron en mis manos entre los manuales de historia y las lecciones de la Profesora Moore... creo que fue por el 2010 cuando aquellos científicos norteamericanos descubrieron el gran océano que hoy, cubierto de asfalto, recorro con mi descapotable endiablado y descontrolado.
El viento que golpea mi frente sólo me recuerda que mi soledad es tan abrupta como los acantilados que comienzan a dibujarse al final del camino.
Progreso, progreso y progreso.... aquello fue lo único que prometían sin cesar los grises hombres de corbata que nos enviaron a construir esta desorbitada pieza de ingeniería terrícola en el más espectacular paraje espacial que podría existir...
Las excavaciones se producían frenéticamente durante todo el día marciano y sus equivalencias terrestres; el ritmo alocado y demoníaco fue debilitando uno por uno a mis compañeros.
El asfalto y el avance de las obras fue quemando poco a poco sus pulmones sedientos de un respiro pausado y sereno.
Mientras todo esto ocurría, yo me encerraba en el taller de máquinas de la base espacial y preparaba mi viejo coche para cruzar lo que algún día sería la GRAN autopista que uniría las futuras ciudades que se elevarían en el planeta rojo.
Bien sabía que ninguna dama podría resistirse a mi flamante coche, cuidadosamente pulido y brillante. Aunque esas féminas fueran extrañas para mí, sospechaba que aquellos destellos que por la noche me deslumbraban eran sus ojos fascinados por mi trabajo.
Ahora que la autopista concluye frente a los grandes acantilados y mi coche no deja de acelerar, vuelvo a ver esos destellos seductores que parecen guiñarme un ojo...
Mientras mi coche cae por el abismo final y mi cuerpo se destroza átomo por átomo, perdiendo primero la piel y luego el cabello para culminar con una violenta explosión, logro divisar el último letrero del camino...
"Traemos el Progreso".
jueves, 17 de junio de 2010
Black Holes and Revelations
De mi niñez conservo pequeños recuerdos. Fogonazos, quizás....
Rememoro algunas cosas que el tiempo en esta lado del Universo me sugiere olvidar. Cuando poso mi mano frente al metálico y despiadado espejo de mis días puedo sentir un escalofrío indiferente que me recorre de principio a fin.
Nunca supe la causa exacta de esa sensación. Sin embargo sospecho que ella se produce como una macabra e insistente señal; como una advertencia de algo...
Quizás intente señalarme que este no es mi lugar; tal vez sea otra luz de un pasado lejano que mi cuerpo rememora y mi mente no llega a comprender.
Todas las mañanas camino por el desierto, agotado y ocultándome de los demás. Una triste continuidad de horas se posa sobre mi espalda y me obliga a encender fuegos, a recolectar alimentos, a vagar eternamente mientras me alejo de mis recuerdos; de mi niñez...
Cuando cae la noche me encojo suavemente sobre mis agotados pies y observo, casi de reojo, el oscuro firmamento que me envuelve. Intento recordar pedazos de mi historia y el frío sobre mi espalda comienza a dar señales de vida; de terror.
Distraigo mi mente con las indicaciones que aún puedo leer en el oculto fuselaje de mi nave, pero todo es en vano. Mi niñez clama por salir adelante más allá de que mi mecanismo de seguridad impida rememorar aquellos días en Mercurio, antes de la devastadora lluvia solar; antes de huir desdichadamente, dejando todo atrás, olvidando quien soy; quien fui...
La lluvia solar trajo la devastación, el incendio interno de nuestras cosechas, la codicia y el temor. Mi nave, en cambio, me trajo hasta aquí; hasta este alejado punto azul de la galaxia donde creí que hallaría la paz que perdí millones de años atrás.
Sin embargo, cada mañana que cruzo el desierto veo a mi lado más humanos que deambulan por sus carreteras; más rostros grises y hambrientos.
Lejos de olvidar aquella lluvia solar, observo este cielo y comienzo a recordar.
Actualmente todo luce igual que los últimos minutos que pude ver de mi lejano Mercurio.
lunes, 7 de junio de 2010
Prospecto de la desesperación (II)
Lucho (nuestro personaje en cuestión) tomó la carretera del norte y se adentró en la espesura del asfalto. En un hostal donde reposó una noche fue hallado el siguiente manuscrito:
“Sigo en pie, erguido, directo al centro vital de un mundo que aborrece sus costumbres y se ahoga en sus rutinas.
Sigo adelante, despeinado por el viento que invade esta habitación, pero con la firme convicción de saber que todo es una falacia.
Siempre me hablaron de la Razón, de una realidad....
Cierro la ventana y el último suspiro del viento me dice que todo es una manipulación. Gracias amigo; lo sospechaba desde un principio.
Sigo directo por la carretera. Adiós terrenos de mi infancia.
Adiós...
Dejar es agradable, tanto como Dar. Sin embargo, cuanto más dejas menos es lo que pierdes. Cuanto menos adquieres mas libre eres...
Mañana será el sol quien me reciba con las primeras indicaciones en sus bolsillos. Espero estar atento y no perderme en el camino.
Todo se trasluce entre los fotogramas del paisaje y las puestas en escena del decorado natural. Hacer una “road movie” de estos meses que se avecinan será una apuesta fuerte que seguramente perderé.
No me importa. Nada de esto quedará para la posteridad.
Los monumentos nunca alcanzarán las nubes y el moho los corroerá por dentro. Las ciudades irán cediendo ante la incapacidad de soportar más y más vecinos.
Todo irá cayendo en el olvido por una falta absoluta de sentido...
Si para esos momentos aún estoy en el camino, quizás encuentren otra nota...”
jueves, 13 de mayo de 2010
Prospecto de la desesperación
En el edificio de departamentos donde residía Lucho (nuestro personaje) fue hallada la siguiente nota luego de su misteriosa desaparición:
"En una habitación vacía suena un teléfono incesantemente.
El presentimiento de quién realiza esa llamada es preciso. Nadie se encuentra del otro lado de la interminable maraña de cables, senderos de cobre, señales de microondas y conexiones satelitales.
La certeza del dueño de ese aparato telefónico es otra y no es necesario describirla.
El silencio atronador al que nos llevan las ciudades en los días de tormenta nace de una sospechosa violencia que se genera en el interior de cada ser humano.
Si el ruido estrepitoso de los coches no permite que oigas ese silencio que clama por salir de tus entrañas, visita a un médico rápidamente.
Si abrimos de par en par las ventanas podremos ver a todo el mundo salir de sus portales con la boca abierta, hablando sin razón; repitiendo las afirmaciones que anoche transmitieron los títeres de los informativos.
Si cerramos nuestras puertas es probable que nos encontremos mas seguros. Sin embargo, el aburrimiento podría invadirnos furiosamente y eso no es aconsejable en vísperas de un fin de semana.
Leyendo a nuestros autores predilectos podremos notar que más de uno intentará advertirnos sobre la carga que significa esta vida para nuestras espaldas.
¡Al diablo con ellos!
La característica más loable del ser humano es la de resultar completamente innecesario para la naturaleza.
¿La más despreciable? Esa ya la conocemos de memoria.
¿Acaso tú no te miras en el espejo todas las mañanas?
Ahí estamos nosotros, ahí estás tú, ahí estoy yo.
Los teléfonos suenan impacientemente en habitaciones vacías pintadas de blanco. Las fotos claman por sus dueños y las pinturas por entendimiento.
El día que este mundo deje de girar en el eje del sin sentido me sentaré a descansar de todo este viaje.
Mientras tanto... ¡adelante!
Bajemos la escalera y retomemos el camino de una vez por todas."
lunes, 5 de abril de 2010
Tango endemoniado
Y así iba yo por la vida, el tipo que soñó la pared de su casa a reventar de libros, yirando por las calles del centro sin un mango en el bolsillo.
La ciudad te come hermano mío, te amansa y luego te mastica; te aborrece.
Yo me quedé sin la gracia del verso, perdí todo mientras el mundo giraba. Así pasaban los meses malditos que con el tiempo recordaré como “los lustros de cartón y pan”. Los días eran simples compañeros de mi sombra, separados ya de mi coraza soñaban con una mañana reconquistarme. ¡Quién me iba a decir a mí, que aquella tarde cruzando el campo de Santa Fe, esa mirada me fulminaría el almanaque; me destrozaría las vías del último tren a París!
Yo era un guapo, un varón del centro, un tipo duro si había que aparentar.
Mi único infierno se encendía cuando mis manos surcaban las frías teclas de marfil de mi bandoneón.
Yo venía de una estirpe de perdedores que disimulaban el amague, ¡no había manera de caer tan bajo!. Pero el fuego es así, hermano. Quema, abrasa; maldice....
Aquella noche me venció el faso y la falta de llanto. El odio me comió cuando el fuelle comenzó a respirar. La mirada me era esquiva, me guiñaba un ojo con el filo de su navaja.
Y así, susurrando suavemente a sus labios, le juré la vendetta.
¡Y pensar que yo era un simple niño perdido en el medio del campo!
El absurdo de lo cotidiano me arrancó de mi lugar, me hundió en las avenidas nocturnas, en la seda y el alcohol.
Esa noche las teclas ardieron y no fue sentido literario. El Mandinga mismo se hizo carne en el salón. Se retorció en su abrigo y siniestro, como él solo, me aceptó el despiste.
Las damas intentaron huir desesperadas de la vorágine infernal que se desató en el recinto, pero ya era tarde.
El fuego estaba a punto, y la milonga acababa de arrancar.
miércoles, 24 de febrero de 2010
Caos de Ideas
¿Y después?”
Schultze, el astrólogo.
El territorio del cuento era caótico e impredecible y eso era algo que bien lo sabía Carlos Artigas.
Al enfrentarse nuevamente a la carilla en blanco de su cuaderno de notas, Artigas supo que la aventura estaba por comenzar.
Los personajes se iban presentando de a poco y tímidamente.
A veces lo hacían a primera hora del día y, en otras ocasiones, de madrugada.
Pasadas las seis de la mañana un susurro fantasmagórico lo despertó de su duermevela. El segundo personaje de la historia reclamaba su atención.
Martín Fierro caminaba con pasos agitados entre los rincones del patio de tierra de su casa, mientras Artigas se apresuraba a colocarse sus lentes y apuntar las indicaciones que éste le hacía desde el fondo de la noche.
Gardel reclamaba la guitarra que dormía en el ropero y Fierro solicitaba una pequeña mano para arreglar algunas cuentas pendientes; ese sería el principio.
El momento había llegado.
La primera frase lo introdujo de cuerpo entero en el blanco pantano de las hojas de su cuaderno y al cerrar sus ojos Artigas pudo intuir temerosamente el final de aquel paseo.
El enigmático terreno de aquella historia se presentaba extenso y cubierto de polvo. Sin detenerse demasiado en algunos detalles del entorno, el atrevido autor, avanzó en busca de sus personajes.
Al primero de ellos lo encontró afinando las cuerdas de su guitarra y cuando intentó indagarlo acerca de los pormenores que lo habían llevado a ese lugar, éste lo rechazó despectivamente.
Gardel ahora se perdía al costado del camino y Artigas avanzaba entre los renglones de su cuaderno que servían como autopistas que evitaban perderse entre aquellos indescifrables parajes.
Artigas consideraba que los personajes lo visitaban siempre que la idea del relato ya estaba gestada en su inconsciente, por lo tanto, el debía develar la maraña de conceptos que se ocultaban en su mente y concebir el texto al fin.
Volvió a mirar a sus espaldas en busca de aquellos personajes familiares que minutos antes se habían apartado de su camino pero el intento fue en vano.
La soledad del renglón y el papel en blanco lo envolverían por completo mientras en la cocina de su casa el agua del café herviría sin cesar, llamando inútilmente, a las manos que apagaran ese fuego y su calor.
domingo, 13 de diciembre de 2009
Tragantúa
El problema de Alfonso López fue algo que siempre nos asombró de pequeños.
Algunos lo atribuían a la falta de leche materna durante su periodo de lactancia. Otros a una especie de bulimia compulsiva de palabras.
Pobre Alfonso, sufría por ser tan hambriento de frases.
La última vez que lo crucé caminando por calle Jujuy me miró de reojo y se perdió entre los alrededores del Club Riberas del Paraná.
Alfonso no era un mal tipo. Yo lo sabía mejor que nadie.
Pero los pequeños círculos de personas que lo rodeaban lo señalaban con el dedo acusador de quienes creen tener la verdad y el entendimiento para juzgar a sus vecinos.
Se decía que Alfonso no tenía respeto por nadie ni por nada.
Nunca saludaba, nunca respondía, nunca sonreía...
Como decía anteriormente, creo que fui la única persona que comprendí el gran problema de Alfonso, y aunque hoy ya no sirva de mucho se los voy a contar.
Alfonso sufría de un apetito voraz por las palabras y su encadenamientos. Soñaba despierto con las vocales sabrosas y coloridas. Su mente divagaba entre acentos y signos de puntuación.
De pequeño devoraba (y no literalmente) los diccionarios Larousse Ilustrados que ocultaban sus padres en los últimos estantes de la biblioteca heredada de sus abuelos.
Pobre Alfonso López, su devoción por la lengua lo llevó a extremos fuera de lo común.
La gran cruz que cargó desde su primera adolescencia fue el asombroso hecho de comerse sus propias palabras. Cada vez que Alfonso vocalizaba una frase, ésta se elaboraba cuidadosamente entre sus cuerdas vocales para salir de sus labios. En ese instante el pobre de López daba un paso adelante y engullía ferozmente la secuela de vocales y consonantes que clamaban por su libertad.
Así Alfonso devoraba día tras días su propias frases. Cuando intentaba decir "Hola" su apetito insaciable se deleitaba por una sabrosa H una O, una larga L y una dulce A.
Alfonso nunca fue un hombre irrespetuoso.
De haber podido habría saludado a cada uno de sus vecinos, nos habría regalado alguno de los grandes poemas que compuso para luego atragantarse con ellos.
Alfonso nunca fue una mala persona.
Pero sus vecinos nunca comprendieron que el problema era su hambrienta necesidad de palabras.
domingo, 29 de noviembre de 2009
Planta Baja
Todo comenzó con la caída de una gota de agua sobre mi frente.
¡Cómo saber que aquello sería el principio del desorden que controlaría mis próximos días!
¿Dónde estaba escrito que mi destino sería éste?.
En definitiva, nadie sabe quien escribe sus pasos o sus azares; nadie.
Y todo a raíz de aquella misteriosa gota que rebalso de alguna jarra para caer por su silencioso camino de manteles, servilletas, pisos y paredes hasta filtrarse entre el empapelado viejo de una cocina y deambular indecisa entre cables, tubos, caños, cemento, arena, ladrillos y grietas para dar con un agujero que la llevaría directo hasta mi frente.
Las realidades de los días varían entre las hojas de un libro o un periódico. Al menos eso creía yo hasta que la gota bendita se escurrió entre mis cejas para caer en la hoja del libro que estaba leyendo sobre la insignificante palabra “costa”.
¿Qué era una costa?
¿Qué era una realidad?
¿Qué significaban una cosa y la otra enfrentadas entre sí?
¿Dónde estaba la diferencia de mi realidad y la de los demás?.
El agua no era más que agua, pero aquella gota buscaba otro camino, otro sentido en mi absurda existencia. Lo supe desde ese instante en que la palabra “costa” se borroneaba ante mis pupilas y se iba escurriendo entre mis dedos.
La llegada de ese pequeño trozo de mar supuso el caos en mi hogar.
Tome una decisión rápida y corrí hasta la cocina donde podría recoger algunos víveres y herramientas que me serían útiles ante la triste y alocada aventura que se aproximaba. Una vez allí cargué mi mochila con toda la variedad de productos para luego dirigirme velozmente hasta mi habitación.
Hoy, desde la otra punta de lo que fue una vez mi casa, pienso en todo lo que se me escapa de las manos, en todo lo que una vez significó algo para mí. En aquellos libros amarillentos de Cortázar o Borges, en los discos de los Beatles, en el boleto capicúa que una vez conseguí a bordo de la línea 29, en la piedra de mica que me regalaron mis abuelos al volver aquel verano de Córdoba...
Pensar no es más que un acto reflejo ante la basta inmensidad que me rodea.
Lo comprendí desde el primer momento en que aquella descarada gota me surcó la frente.
Ante el arrebato acuoso de ese momento recolecté algunos artilugios más y emprendí la dura tarea de construir mi propia balsa, mi proyecto “Nautilus” (así lo llame en homenaje a Verne, otro escritor que murió sepultado en el extremo sur de mi habitación bajo niveles insospechados de agua).
Pasadas un par de horas de trabajo con el esqueleto de mi cama logré darle forma y acondicionar al Nautilus para luego equiparlo con mi mochila, mi cuaderno de viaje y algunos lápices que el tiempo quiso que sean mi voz, mi legado ante este olvidadizo y desorbitado mundo.
Así fue como me dispuse a enfrentar al temerario mar que se aproximaba, que golpeaba las puertas del salón y comenzaba a devastar los muebles heredados de la casa de San Martín de las Escobas, aquel polvoriento pueblo de Santa Fe donde mi bisabuela compraba cereales en la tienda de Ramos Generales de la estación del ferrocarril.
El mar es un solitario enemigo que inunda los caminos del ser humano ante su atónita mirada. Pude comprobarlo cada día mientras veía como aquella gota que había asomado por el techo del salón se transformaba en un caudal apresurado e invasor de agua.
Con la crecida de los niveles del mar vinieron los vientos y los días oscuros.
La conexión eléctrica de mi casa tuvo que ser cortada de inmediato. Por suerte contaba con unas velas y un encendedor en mi mochila para soportar las noches en las que navegaba entre las ruinas de mis muebles, antes un panorama incierto y solitario.
Aquella tímida luz es la que me permite escribir estas letras, estos gritos al vacío que doy por alguna extraña razón.
El más allá hoy me resulta tan lejano que ya no me asombra. No sé que será de los que alguna vez fueron mis vecinos. Temo que con el pasar de los meses vaya olvidando como sonreía Marta ante mis incesantes paseos por el frente de su panadería. Temo perder ese único contacto con lo que alguna vez llame mi vida.
Sin embargo hay momentos en los que no pierdo la esperanza de que alguien note como la humedad comienza a filtrarse por sus paredes y decida derribar la puerta de mi casa para poder navegar a todo impulso con mi balsa y ser libre al fin.
Luego recuerdo que vivo en una planta baja y me entristece saber que la humedad demora más tiempo en subir por las paredes que en filtrarse hacia un piso que este debajo como el mío.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
Tras los pasos de E.
Existe un escritor llamado E.
¿Existe?.
Las investigaciones literarias de más alto nivel arrojan resultados inciertos una y otras vez ante las misma cuestiones.
¿Quién es E.?
¿A que movimiento literario pertenece?
¿Cuáles son sus intenciones?
Existen una infinidad de textos de este autor repartidos en antologías provinciales y nacionales. Sus dotes se despliegan en varios portales webs desde donde sus creaciones se ramifican en giros interminables y maravillosos.
Los días se suceden cotidiana y absurdamente; pero sus lectores saben que el destello que los sorprenderá y los arrojará lejos del letargo rutinario de sus vidas está a la vuelta de la esquina. Sus lectores saben (y sabemos) que el misterio y la aventura se esconden entre los días de espera para las actualizaciones de sus blogs o participaciones literarias en revistas, magazines u antología que ande circulando por el mundo.
Ciertos grupos reaccionarios postulan su teoría sobre el misterioso E. Algunos sostienen que realmente este autor no existe como forma física.
Simplemente se cree que es un personaje creado por un grupo de autores de la provincia argentina de Santa Fe como reacción combativa y revolucionaria ante la producción literaria de Buenos Aires.
Otros grupos postulan que el verdadero E. es un conjunto de escritores extranjeros pertenecientes a la Real Academia Española que utilizando las posibilidades de internet logran desplegar sus sueños y frustraciones en relatos breves o extensas historias que funcionan de una manera perfecta dejando sin aliento y cuestionándose cada fragmento del día a quién se atreva a leer los mismos.
Existe un escritor llamado E.
Puedo afirmarlo. Existe y tiene una forma física, corpórea. Tiene un tacto y un sentido único para maravillarnos cada vez que se apodera de las palabras y juega con ellas.
Posee un sentido único que algunos suelen considerarlo de otro planeta. Pero están equivocados.
No es magia ni audacia; no es un poder extraterrestre. Es simplemente la pulsión misma de la creación la que corre por sus venas y E. no permite que se le escape en ningún momento.
Lo que hace de E. un escritor admirable es su habilidad para saber encontrar el corazón de cada elemento de la naturaleza y plasmarlo de una forma superior a la que otros escritores lo han hecho.
Hablo de superioridad humana; algo tan escaso en estos días que nos rodean y persiguen.
Existe un escritor llamado E.
Mis afirmaciones son ciertas.
Llevo años investigándolo, tras su pista; casi codo a codo.
No es fácil de encontrar y sabe muy bien como ocultarse de las masas que claman por sus declaraciones. Pero puedo decir que tengo la pista que todos querrían tener.
Existe un escritor llamado E. Si quieren comprobarlo basta con visitar Netomancia o este mismo blog.
jueves, 24 de septiembre de 2009
Lo no escrito
martes, 8 de septiembre de 2009
Yo creo que fue Juan
Marcelo le dice a Raúl que sospecha firmemente que Juan es el responsable de la desaparición del paquete de yerba.
Raúl discute con Andrés, quién sostiene que Marcelo invoca demonios pronunciando lo que pronuncia. Teresita le susurra al oído a Nicolás que la situación se está yendo de las manos. Nicolás, temblando de miedo, le sugiere a Martita abandonar la casa en ese mismo instante.
Martita vuelve a mirar a Marcelo y luego a Raúl.
En un momento suspira y abandona la ronda. Se aleja lentamente del centro de la mesa donde se encuentra aquel enigmático y sucio tablero de Ouija y les dice a todos los presentes:
“¡¿Me pueden decir dónde está el paquete de yerba para empezar la mateada?!”.
“¡Ya te lo dije, se lo llevó Juan sólo para asustarnos!” - respondió enfurecido Marcelo.
“¡Basta!. Ya me cansé de todo esto,¡yo me piro!” - reprochó embravecido Raúl, quién abandonó a toda prisa la habitación.
Era obvio.
Como podría Juan haber robado aquel paquete de yerba si llevaba muerto más de un año luego de aquel trágico accidente de coche volviendo de Rosario junto con Marcelo.
jueves, 20 de agosto de 2009
La chica de los ojos pálidos
Cuando no soportó más el agobio de su habitación se dispuso a salir de una vez por todas de ese encierro de ceniceros y vueltas a un mismo disco.
En su bolso cargó una peluca, un cd de la Velvet Underground y aquel absurdo cuaderno de notas que jamás había sacado de su envoltorio.
Ya era de noche cuando se alejaba del barrio. Tan solo los barrenderos circulaban por la zona y la miraban pasar deseosos de cruzar algunas palabras.
"La noche nos obliga a esbozar muecas dolorosas" - pensó Laura al verlos deambular de una esquina a la otra.
Aquella era una frase absurda que podría ir directamente a su libreta o a la basura. En definitiva, que sentido tenía decir las cosas que otros ya habían dicho de una manera más simple y directa.
Al cruzar la avenida encendió un porro y se dejó deslumbrar por las luces del tráfico fantasmal de aquella ciudad, su ciudad; su cementerio...
Avanzó sin rumbo por la cintura de la noche borracha y adicta. Se supo perdida y no temió por ella. Se supo abandonada y sintió como el peso de su espalda se liberaba.
Sabía que la carretera no era romántica como la presentaban aquellas películas de finales de los años setenta; sabía que Kerouac había uno solo y no tenía ninguna necesidad de quitarle el puesto a ese narcótico y genial escritor.
Siguió alejándose de todo aquello que la retenía convencida de que cualquier cosa que hiciera resultaría efímera y carente de sentido. Pero alejarse era romper el abrojo de aquellas zapatillas que tanto odiaba de pequeña, seguir en camino significaba que todo podía ser una simple bofetada de realidad.
A la noche le seguiría el día. Al blanco el negro y viceversa.
Los carteles anunciaban pueblos y desvíos a seguir. Cafeterías y gasolineras. Camas y paradores.
Pero caminar era algo automático y no cabía la posibilidad de plantearse algún descanso.
"Si alguien quisiera contar mi historia no tendría absolutamente nada para decir" - se juró a si misma, casi tentada de comenzar a escribir aquellas frases que se le venían a la cabeza en su tímida libreta.
Alzó la mirada en busca de algún destello, de algún satélite; de algún pájaro extraviado.
Nada. Absolutamente nada para decir de ella ni del entorno.
Se supo perdida, hambrienta y sola; pero nada de aquello era importante.
Simplemente abrió su libreta y escribió un posible titulo para contar su historia: "La Chica de los Ojos Pálidos".
viernes, 14 de agosto de 2009
Esa morocha es un infierno
“Cuando sentí el calor de la herida en la espalda ya era tarde.
¡Y todo por culpa de esa morocha atorranta! ¡¿Cómo no me di cuenta que me estaba agarrando pa´la joda?!” – me dijo el Rafa.
El bailongo del Club del Tango de calle General López no estaba nada mal; así que el Rafa no se lo podía perder.
Se preparó todo el día para la cita. Por la mañana, mientras esperaba que lo atendieran en la carnicería del viejo Acuña, practicaba los pasitos silenciosamente mientras clavaba sus tacos en el piso del local. Se compró un buen filete de carne para ponerse fuerte y apuntarse unos puntitos a favor con aquella morocha que lo había desafiado a un paso doble en el Club Sacachispas la semana anterior.
El Rafa no se apuró en volver a su casa.
Caminó por la avenida mientras saludaba a los conocidos y sorteaba las baldosas flojas de la vereda imaginando que cada una de ellas era algún firulete que se estaba marcando con sus zapatitos de charol recién lustrados.
“A este guapo no le engrupe nadie” – se repetía una y otra vez.
Aunque en el fondo de su corazón el Rafa no entendía cómo aquella mina se podría haber interesado en él. Se miraba al espejo fijamente, se vaciaba los bolsillos y comprobaba que sólo tenía un par de morlacos, un peine fino y el reloj que le había dejado su abuelo antes de partir a un barrio mejor.
“¿Cómo carajo se va a fijar en mí?” - se decía nuevamente y suspiraba.
Caída la noche partió pa´ el baile como estrella que no quiere hacerse ver; evitó pasar por el bar del Mario para que no le embromen los “chochamus” y acaso algún osado intentara despeinarlo de un sopapo.
Cuando entró al salón del club notó como el corazón le apretaba el nudo de la corbata y se juró que ya no había vuelta atrás. Esa noche la morocha caería en sus brazos; esa noche el farolito que le alumbraba la esquina de su orgullo iba a brillar con toda la fuerza; esa noche el Rafa iba a jugar con los labios carnosos de aquella dama, esa noche…
Cuando la orquesta arrancó con las primeras notas de “Taquito Militar” se armó semejante milonga que parecía que ese fuera el último día del mundo.
El Rafa se acercó a la morocha y sin sonreírle le sujetó de la cintura y empezó a bailar.
La llevó al centro del salón y le susurró al oido algunas frases que recordaba de aquel libro de poemas de Carriego que una vez se afanó de
Era la noche perfecta.
“¡Esta es la mía!” – se juraba el Rafa mientras se secaba el sudor de la frente.
Pero esa reunión de guapos y arrabaleros no era una milonga cualquiera. Aquella noche que parecía tan mansa y animada guardaba un oscuro secreto a las espaldas del Rafa.
Los varones de la barriada del Sacachispas no iban a permitir que un tipo del centro se llevara a la dama del club. Y aquella dama de curvas peligrosas y mirada infernal tampoco se dejaría conquistar tan fácilmente.
Mientras la muchedumbre giraba al compás de la melodía, los muchachos se acercaban al centro de la pista; y la pareja endemoniada no paraba de bailar, El Rafa se movía como un alma enloquecida y la morocha sonreía sin cesar mientras apuntaba su vista hacia los muchachos que se acercaban a ellos dos.
“En aquel loco remolino de tangos, milonguitas, guapos, guitarras y bandoneones; me encontraba yo pibe” – me dijo el Rafa aquella fría noche de Junio que lo visité en el hospital mientras le curaban las heridas de arma blanca que se ligó en aquel baile del demonio.
Cuando volví a casa ya era de madrugada. Pero en el camino algo me llamó la atención y me hizo sonreír irónicamente.
En la pared del Tango Club de Villa Constitución alguien había pintado un graffiti que decía: “Esa morocha es un infierno”.
miércoles, 5 de agosto de 2009
Los pibes*
inversores en dólares. Pido permiso para sentir más simpatía
por los que ni cacerolas tienen". Alejandro Dolina
Los pibes se ríen sin saber porque, hartos de esperar por algo mejor se pierden lejos de la noción del amor. El barrio sigue firme, casi estancado, en las riberas del río.
Algunos van, otro vienen y algunos nunca regresan.
Se dividen, se dispersan; se pierden en el tatuaje de los años y sus penas. Las horas se pierden entre los aceros y los hornos que los rodean; los pibes sueñan con salir algún día de ahí, ¿los pibes sueñan?
Uno de ellos se compró la guitarra en la galería “La Favorita”, el otro se compró el chumbo en la tienda de caza y pesca de la calle San Luis. Las chicas bien… entre el glamour de la tv y la inocencia de la hermana menor se las arreglan para salvarse del momento.
Algunas deciden partir, otras reposan en los brazos de sus jóvenes paladines y construyen los cimientos de sus refugios.
Los pibes siguen jugando a ver quién es el que se banca más tensión en sus cabezas. Algunos se retiran de las mesas del bar, otros se aferran a ellas en busca de una costa invisible donde nunca llegará el barco que los pierda en el horizonte.
Uno de ellos se volcó a las creencias católicas cargadas de costumbres sin saber muy bien porque; otros se instalaron en sus ideas de revoluciones vencidas, creyendo que así podrían encontrar algún lugar en los gobiernos de turno.
Los pibes toman frula de la mala, los pibes hablan sin parar, las chicas los miran. Se divierten con ellos y a causa de ellos. Los pibes le dan duro a la pelota para ver si un gol de esos que nadie se explica consigue alejarlos del dolor que los rodea.
Los pibes siguen dándole duro y nadie presta atención si están de vuelta de todo.
Los pibes siguen en pie, pese a todo, y parece que a nadie le importa.
domingo, 12 de julio de 2009
Otto e Mezzo
Federico se había quedado sin ideas.
Deambulaba por los cafés de Roma en busca de sus musas seductoras, se paseaba de una mesa a la otra intentando hallar la palabra mágica que lo devolviera al camino de su historia.
La creación se escapaba de sus manos, mientras que la paranoia y las presiones comenzaban a maltratar las arrugas de su frente.
Federico estaba desesperado y agobiado. En un último intento por calmar su presente se dirigió al bar de su entrañable amigo Guido Anselmi, quien lo esperaba como siempre con un Martini Rosso con hielo y algún buen puro que reservaba sólo para su visita.
Luego de los fraternales abrazos obligatorios para la ocasión, los dos compañeros de viaje se sentaron en la última mesa del bar y se contaron su más recientes aciertos y fracasos.
Guido relataba sus conquistas amorosas, sus juegos de seducción y sus tropiezos con Fabiola (la adorada e inalcanzable hija del carnicero del barrio).
Federico se encontraba atónito y desesperado. Debía entregar el guión de su próxima película en menos de una semana y no tenía la más mínima idea de como salir de su bloqueo emocional.
Mientras Guido continuaba relatando sus hazañas con el sexo opuesto, Federico destrozaba las servilletas de papel y las arrojaba al suelo.
En ese instante Guido le tomó una mano a Federico y silenciosamente le dijo: "Amigo mío, ¿que te tiene tan preocupado? ¿Acaso no sabes para que has venido a visitarme?".
Ante esta pregunta Federico levantó la mirada y contestó "No sé a que te refieres estimado Guido, pero no estoy buscando nada en este lugar, simplemente tu compañía para calmar el agobio de estos días".
A todo esto Guido sonrió tiernamente y le confesó a Federico el apellido de su musa cotidiana, asegurándole que eso era lo que él había ido a buscar.
Pasados unos días de aquel encuentro Federico no podía dejar de pensar en aquel misterioso apellido que se repetía una y otra vez frente al espejo: "Asa-Nisi-Masa".
Aquella mañana Federico Fellini entregaba en las oficinas de la productora Cineriz el guión terminado de su gloriosa "Otto e Mezzo".