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miércoles, 19 de abril de 2017

Wajdi Mouawad: Litoral (La sangre de las promesas)

Idioma original: francés
Título original: Littoral
Año de publicación: 1999
Valoración: muy recomendable

Considerado uno de los grandes dramaturgos actuales, y autor asimismo de la inmensa novela «Ánima» (reseñada también en este blog), Wajdi Mouawad empezó su obra centrándose en el teatro. Nacido en el Líbano, tuvo que exiliarse a los ocho años con sus padres a Canadá a causa de la situación civil y militar en su país de origen. Este hecho le marcó profundamente hasta el punto que gran parte de su obra tiene como elementos nucleares el conflicto, la búsqueda de las raíces familiares, los orígenes y el desarraigo. Todos estos elementos son claramente visibles y comunes en «La sangre de las promesas», conjunto de cuatro piezas teatrales formadas por «Litoral», «Incendios», «Bosques» y «Cielos». A pesar que a veces la lectura de teatro puede suscitar recelos por ser un formato ideado para ser representado y no leído, cabe decir que Mouawad es un autor altamente narrativo y su literatura es tan amena que uno no tiene la sensación de estar leyendo teatro. Dicho esto, empezamos con la reseña de la primera de las obras de la tetralogía: «Litoral».

La obra empieza con la visita de Wilfrid a un juez para contarle que su padre ha muerto. En ese momento, mediante una serie de flashbacks, retrocedemos hasta el momento en el cuál Wilfrid es informado del suceso y de cómo acude a la funeraria con la intención de enterrarlo al lado de su madre. Ahí se encuentra con el resto de su familia por parte materna, quienes le criaron de pequeño cuando su padre le abandonó y quienes ahora, por la poca estima que sienten hacia su padre,  se oponen a que sea sepultado junto a su madre en una decisión que Wilfrid no entiende. De esta manera, Wilfrid debe tomar una decisión sobre donde enterrarlo, ante la negativa familiar. Su dilema se resuelve de pronto cuando le informan en el depósito de cadáveres que su padre llevaba una maleta al fallecer y que contiene una serie de cartas dirigidas a él. A partir de ellas, descubre el pasado de sus padres y toma la decisión de acudir al juez para solicitar la expatriación de su padre y enterrarlo en el país donde ha vivido durante los últimos años.

De esta manera, en forma de fábula, Wilfrid emprende un viaje con el objetivo de encontrar el lugar adecuado donde darle sepultura. Adentrándose en el pasado de su padre va descubriendo quién era en realidad y le permitirá descubrir quién es él mismo, de dónde procede y cuáles son sus raíces. Como si de un cuento se tratara, Mouawad nos lleva a un territorio habitado por múltiples personajes que componen un universo de voces y reflexiones sobre la fragilidad de la existencia, sobre en qué consiste la vida y la muerte. Superando adversidades, toma consciencia de la necesidad de crecer y emprender su propio viaje, abandonando aquello a lo que se aferraba y evitaba que afrontara la realidad. Se trata por tanto de un viaje dual, físico e introspectivo, para hallar su lugar en el mundo y saber quién es realmente.

Hay aspectos de su obra que pueden añadir confusión o recelo en lectores no acostumbrados al autor. Abusa en cierto modo de los episodios oníricos, escenas algo confusas como la inclusión del rodaje de una película mientras transcurre la acción (especialmente en el inicio del libro, algo caótico). Este hecho puede que distancie al lector y sea su aspecto menos logrado. De todos modos, el hecho de simultanear la narración estableciendo una doble capa o superposición de historias es algo habitual en Mouawad y es, a mi parecer, un pequeño peaje que hay que pagar para disfrutar de su obra. Es como si, para reducir carga emocional, el autor nos quiera distanciar de vez en cuando para que tomemos aire y recuperemos terreno, en un acto de resiliencia contra la carga emocional que nos transmite.

Aún así,  Mouawad es hábil en la construcción de los personajes y en tejer la compleja personalidad de los mismos. Con el punto de mira siempre presente en las raíces de nuestra existencia, la clave retrospectiva es utilizada para recuperar la esencia de lo que somos y a qué debemos nuestra personalidad. Hay ciertos aspectos nostálgicos en su obra así como atisbos de redención, como si quisiera eximir la responsabilidad de nuestra forma de ser por las acciones realizadas por nuestros antepasados. Aquello que nos compone de forma nuclear son nuestras raíces pero somos nosotros quienes nos moldeamos aunque, en el fondo, nuestras inquietudes y preocupaciones no disten mucho de las de nuestros antepasados.

Como en toda obra de Mouawad hasta la fecha, la tragedia está presente en sus narraciones dotadas con aires de tragedia clásica. Probablemente ésta es la mejor forma de encontrar los hilos que tejen nuestros sentimientos, y tirando de ellos en forma de recuerdos podemos encontrar qué se oculta detrás de la madeja de nuestra apariencia. La nostalgia y la búsqueda de los orígenes envuelven la obra de Mouawad y no rehúye la tristeza si ésta va acompañada de un punto de esperanza. La crudeza y análisis de Mouawad nos lleva hasta un punto donde se puede salir pero únicamente siendo otro. Sus escritos siempre impactan, nos cambian, nos entristecen y nos sorprenden. Nos acompañan a ese punto íntimo, casi desconocido de nuestro interior, del cual salimos tocados pero aún así indemnes. A pesar de la oscuridad existente en cada una de sus obras, transmite una clara obsesión por aferrarse a la vida, por dotar del punto de optimismo en vencer que yace en toda lucha. Por todos estos aspectos, Mouawad es uno de los grandes, no únicamente por lo que escribe sino por cómo consigue que su mensaje nos llegue.

Como apunte final, a pesar de que el libro tiene su edición en castellano he optado por escoger la portada de la gran edición en catalán a manos de «Edicions del Periscopi» donde en un solo volumen se aglutinan las cuatro obras que componen la tetralogía de «La sangre de las promesas». Asimismo, incluye un prólogo escrito por el director teatral Oriol Broggi, quién ha llevado al teatro gran parte de sus obras. La edición realizada por la editorial es digna de mención y de una belleza digna del escritor.

También de Wajdi Mouawad en ULAD: Ánima, IncendiosBosques, CielosTodos pájaros, Assedegats, Un obús al cor

miércoles, 20 de junio de 2018

Wajdi Mouawad: Bosques (La sangre de las promesas)

Idioma original: francés
Título original: Forêts
Traducción: Eladio de Pablo (edición en castellano), Cristina Genebat (edición en catalán)
Año de publicación: 2006
Valoración: bastante recomendable

En esta obra teatral, tercer volumen que compone «La sangre de las promesas», Wajdi Mouawad sigue haciendo hincapié en los orígenes, las raíces familiares, el pasado y la tragedia. Y es que la búsqueda de la identidad es un tema nuclear en las obras de Mouawad que componen esta tetralogía.

De forma similar a «Litoral» o «Incendios» (obras anteriores a la que ahora nos ocupa), el autor va directo al grano en su inicio, partiendo de un hecho clave para, a partir de ahí, desgranar una compleja historia familiar, recorriendo la vida de sus miembros pertenecientes a diferentes generaciones. En la que probablemente sea la obra más ambiciosa de Mouawad, principalmente por su compleja estructura, el autor nos presenta un relato donde la acción se va alternando entre varios momentos temporales para recorrer una genealogía de evolución algo truculenta, como no puede ser de otra manera hablando de Mouawad.

Así pues, la obra empieza con la celebración de una fiesta en la que Aimée (protagonista central del libro) aprovecha para anunciar a su círculo de amigos que está embarazada. En medio de la celebración, Aimée sufre un ataque epiléptico durante el cual recrea situaciones y menciona nombres que nadie de los presentes conoce y que pertenecen a momentos muy anteriores a su propia vida. Ya en la consulta del doctor, se analiza la causa de sus ataques y obtienen un diagnóstico nada común de su enfermedad que será el desencadenante de la historia. Y ya no os cuento más para no dar más detalles sobre su argumento.

Con este planteamiento, Mouawad teje una historia de tragedias, de crueldades, de tristeza y soledad, de sentimientos apasionados hasta rozar la locura y la obsesión, no únicamente en lo tocante a los aspectos sentimentales sino también en lo referente a la concepción de la vida y la sociología. Asimismo, el autor se sirve de la presencia de múltiples personajes de diferentes momentos históricos para hacernos testigos de las épocas más relevantes de la historia de Europa del siglo XX. Así, la historia transcurre por la primera guerra mundial, la ocupación nazi, la caída del muro de Berlín... de manera que la narración permite al autor hacernos partícipes de una serie de hechos históricos, ofreciendo un canal al autor para mostrar aquello que las personas albergan en su fuero interno, en su yo más íntimo (y despiadado a veces), llevándolas al extremo hasta encontrar el núcleo de lo que conforma la psicología humana.

Estructuralmente, hay cierto aspecto que, a mi entender, no hace que esta obra sea completamente redonda: se plantean demasiadas alternancias temporales, con sus respectivos protagonistas, que provocan algo de confusión al lector a pesar del intento de su autor en repetir varias veces, durante la narración, la línea sucesoria. Siendo así, no sería una mala idea para quién lea la obra anotar los personajes clave y echar mano de vez en cuanto a esas anotaciones, para poder encajar la historia y asegurar su comprensión y coherencia. Aparte de este aspecto, consecuencia de una obra tan ambiciosa, el relato consigue mantener al lector completamente atrapado, especialmente superada la primera mitad, con una historia que coge impulso con la fuerza con la que el autor nos tiene acostumbrados. Es a partir de ahí cuando aparecen los personajes más potentes, más oscuros y sórdidos, más cercanos a esa parte inhumana que también habita en las personas. Es en estos paisajes casi claustrofóbicos del bosque donde Mouawad nos permite ver su visión más trágica de la humanidad, formada por una sociedad donde las intenciones no siempre son tan nobles como parecen, donde los mundos, cuando son cerrados, limitan las posibilidades de conseguir algo mejor.

Tristeza, dolor, pesar, abandono, miedo, impacto, son algunos de los grandes temas que encontramos en esta obra teatral, llena de tragedia, pero también de amor a la familia, de amistad y perdón, de tolerancia y reconciliación ... todos estos elementos son tratados por el autor elaborando una obra que te mantiene atrapado hasta el final, un texto en la que Mouwad te ofrece una mano tendida para que lo acompañes en la historia, mientras te agarra el corazón con la otra para que no la sueltes. Extremadamente sensible y profundo en sus obras, Mouawad siempre causa impacto al tratar la tragedia existente en la condición humana, pero, a la vez, acostumbra a dejar un espacio, a veces pequeño pero siempre presente, a la esperanza.

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lunes, 30 de abril de 2018

Wajdi Mouawad: Incendios (La sangre de las promesas)

Idioma original: francés
Título original: Incendies
Año de publicación: 2003
Valoración: imprescindible

Era necesario situar a Mouawad en el olimpo literario de ULAD, donde habitan aquellos autores cuyas obras son consideradas como «imprescindibles». Había que hacerle justicia y situarlo en la cúspide literaria y nada mejor que hacerlo con «Incendios», su gran obra maestra dentro del género teatral. Cierto es que «Ánima» es un magnífico libro, y «Litoral» una muy buena obra de teatro. Pero «Incendios» está a otro nivel, pues es inmensa su profundidad emocional y su trama argumental. Es la gran obra teatral, una tragedia de dimensiones inconmensurables, un increíble reto argumental, y un desgarro abismal que abre una herida hasta nuestras emociones más íntimas.

En la que probablemente sea una de las mejores obras teatrales escritas en la literatura, dejando de lado a los clásicos, la obra que nos presenta Mouawad es una historia de pasados y presentes, de secretos y verdades, de amores y odios. Con esta obra, y como nos tiene acostumbrados, Mouawad nos golpea los sentimientos una y otra vez. En una puesta en escena (y nunca mejor dicho) clara y nítida que el autor nos plasma sin rodeos, el texto en su inicio va directo al grano, pues Mouawad empieza la obra exponiendo un misterio: el mensaje que se esconde con la apertura de la carta que contiene el testamento de Nawal Marwan, fallecida recientemente tras años de absoluto silencio. La lectura del testamento causa cierta sorpresa por su contenido, pues encarga a cada uno de sus dos hijos una misión: a Jeanne, buscar a su padre y entregarle una carta. A Simon, encontrar a su hermano y entregarle una carta. Solo entoncecs, una vez hecho lo encomendado, se romperá el silencio y podrá descansar en paz. La noticia sorprende a ambos hermanos, pues se desconoce la identidad del padre y no sabían de la existencia de otro hermano. A partir de ahí, con la misión y el deber de cumplir las últimas voluntades de su difunta madre, empieza un viaje para ambos.

Con esta premisa, Mouawad nos arrastra en un viaje que transcurre en dos momentos en paralelo, con la narración del pasado de la vida de Nawal y el viaje en presente de los hijos en la búsqueda de un pasado. Dos travesías que convergen en una sola para unir los tiempos, pasado y presente; un periplo no únicamente físico, sino también emocional, donde el autor nos habla de la solitud, del sentimiento de abandono cuando nos sentimos huérfanos de nuestro pasado, cuando los misterios que azotan de golpe la vida alteran la perspectiva sobre nosotros mismos y cuestionan la realidad de nuestro presente. La historia que teje Mouawad es la historia de aquellos que, recuperando las memorias de los antepasados, descubren una vida que se ha desarrollado en paralelo y a escondidas, desvelando una historia de tristeza y de desgarro, de abandono y solitud, de agresividad y terror.

La habilidad del autor en la construcción de los personajes es innegable, caracterizándolos a la perfección y nutriéndolos de una personalidad llena de matices, creando un espejo ante ellos a través del cual los expone a su cuestionamiento, estableciendo una divergencia de caracteres que copan el espectro de las cualidades humanas. Mientras Simon es impulsivo, irreverente, impetuoso y egoísta, Jeanne es, en apariencia, más cerebral, más pausada, pero notoriamente más comprensiva y tierna. Y, más allá del retrato de los personajes, está el magistral dominio del lenguaje, repleto de trascendencia y frases que quedan en el recuerdo de manera perenne e imborrable. Y, claro está, el perfecto dominio del tempo narrativo, de la construcción de la trama argumental, de la puesta en escena, del suspense, de la calibración exacta de las elipsis temporales, de la simultaneidad de historias superpuestas en una dualidad temporal sincronizada hasta su último detalle.

El viaje en el que nos arrastra Mouawad nos traslada a la tragedia de las guerras y las crueldades, a la de los secretos e historias pasadas, al abismo habitado por la maldad y la brutalidad. Pero es también una historia de amor, de un amor infinito hacia los hijos, a la familia, y una llamada a enfrentarse a la realidad para establecer a partir de ella un nuevo punto de partida para cambiar la historia. El impacto causado por esta desgarradora narración precipita al lector hacia la tenebrosidad más absoluta para abrir, de tanto resquebrajar las emociones, una pequeña hendidura por dónde alcanzar un atisbo de luz suficiente que permita seguir creyendo en el futuro.

Como en toda gran tragedia, esta obra contiene todo aquello que conforma el ser humano, desde la inmensidad de sus bondades hasta la más absoluta sordidez de sus crímenes. Y por encima de todo, el amor a la vida, a recuperar la memoria de aquello que somos y aquello que pudimos ser, a buscar nuestros orígenes para saber quiénes somos y de dónde venimos, a seguir conociéndonos hasta poder llegar a descubrir que somos más de lo que pensamos, y que los misterios que albergan las vidas pueden permanecer ocultos, pero no por mucho tiempo, pues la verdad nos tienta cuanto más descubrimos, y lo seguirá haciendo hasta que únicamente nos quede por saber cuánta verdad podemos asimilar sin que nos destruya.

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viernes, 4 de junio de 2021

Wajdi Mouawad: Todos pájaros

Idioma original: francés
Título original: Tous des oiseaux
Traducción: Coto Adánez
Año de publicación: 2018
Valoración: muy recomendable

Para alguien que disfruta más del teatro representado que del leído, siempre es un placer conocer la publicación de una nueva pieza teatral de Wajdi Mouawad pues, más allá de su innegable calidad, su obra es realmente accesible para un público muy amplio gracias a un ritmo y un tono narrativo que, si bien pertenecen al campo de la dramaturgia, se podrían casi encuadrar en el del relato corto. Y afirmo sin rubor que, a mi entender, se trata de uno de los mejores autores actuales en el ámbito teatral y un claro punto de acceso al mundo del teatro para aquellos que su lectura les supone cierto reparo o dificultad.

Con el aire y el tono trágico con el que nos tiene acostumbrados el autor libanés, en esta obra teatral nos sitúa de entrada en una escena en la que conocemos a Eitan (un joven investigador genético) y Wahida (una joven estudiante árabe) en un encuentro azaroso en el que las vidas de ambos coinciden; se encuentran las personalidades y se cimientan las emociones. Porque, en un salto temporal, vemos que esa escena constituyó el primero de sus inicios, bellos, preciosos, intensos, pero que la realidad es más compleja y la actualidad es diferente, que la narración los devuelve al presente y los sitúa en un hospital donde Eitan está ingresado tras sufrir un ataque terrorista en el que mueren setenta y ocho personas en el puente de Allenby cuando se desplazaban en autobús donde iban a viajar desde Israel a Jordania; un atentado en el que ella sale ilesa pues es interrogada mientras, trágicamente, oye la detonación.

Estilísticamente, la narración de Mouawad es impecable al mezclar diferentes episodios temporales con el perfecto uso de elipsis que nos ubican en los momentos clave, no únicamente de la relación entre ambos jóvenes, sino también en la compleja vida familiar de Eitan. De manera perfectamente hilvanada y nutrida de precisos y emotivos diálogos, el autor nos traslada a una historia que encaja perfectamente en los temas a los que nos tiene acostumbrados el autor libanés porque, con esta corta obra, Mouawad nos lleva a esos sitios que, aunque ya conocidos, sabe tratar de manera tan sublime: los conflictos territoriales («¿Hasta qué punto debemos atarnos a nuestra identidad perdida? ¿Qué es vivir entre dos mundos? ¿Qué es un emigrante? ¿Qué es un refugiado?»), los orígenes («es tu vida, eres libre, ninguna ley te prohíbe amar a quien quieras, pero hay otra ley, más antigua, ancestral, que tiene su origen en la sangre de nuestros antepasados y que nos hace responsable ante los demás»), la pasión amorosa («Eitan, el universo se divide con cada ‘si’. Me lo has repetido tantas veces. Pero olvidamos que, en este mismo momento, hay otros universos donde tú y yo nunca nos hemos conocido. Si eso es verdad, entonces, no sé quién es hoy, entre yo y yo, la más desgraciada (…) prefiero ser antes una piedra que esa otra para la que no significas nada»), el maltrato, la religión («¡No es judía! No es de nuestro círculo, de nuestro mundo…», «los árabes, hoy, son enemigos de tu padre (…) hay un océano de árabes que desea la destrucción de Israel»), el dolor y la pena («el dolor no se transmite de generación en generación (…) la única transmisión que existe es genética y la genética es sorda y ciega a cualquier afecto, a cualquier dolor. ¡No está en la sangre no en la carne! ¡Está en la cabeza!»), los conflictos familiares («respeto el dolor de mi abuelo y el tuyo y el de mi pueblo (…) pero, ante el amor, nada de sostiene»). De esta manera, el autor cubre varios aspectos que la humanidad vive y sufre, ahora y desde tiempos inmemoriales.

Con esta obra, el autor asemeja y extrapola el duelo y la tragedia dentro de una familia con la existente dentro de un territorio, porque ubicando la acción desencadenante en el puente de Allenby, el autor ya lanza un claro mensaje que sintetiza, magistral y desoladoramente, al afirmar que «la reconciliación ya no es posible. Demasiadas tierras robadas, demasiados kilos asesinatos, autobuses volados por los aires, demasiadas violaciones, demasiados muertos. ¿Cómo olvidar lo que nos hacen y cómo olvidar lo que les hacemos? (…) Contamos nuestros muertos sin contar los suyos y cuando sus muertos son más numerosos que los nuestros celebramos la victoria y nos volvemos a la orilla de nuestro mar y ellos a la orilla del suyo. (…) Es una fosa común, y tenemos que saltar dentro porque todos estamos de luto por el mismo sueño que nunca ha sido llorando: el de vivir juntos».

Como es habitual en Mouawad, el autor establece un escenario en la que los personajes son sumidos en el desconcierto y el caos para lanzarnos, a partir de ellos, una serie de ideas que hieren como puñales sobre la religión, el conflicto, los orígenes de un pueblo, pero también de una familia. Y, en medio de ese caos emocional, lanza la flecha que hace que ese aliento contenido en cada uno de los personajes, ese aire que flota perfectamente inmóvil sosteniendo la tensión finalmente estalle y someta a sus protagonistas a una situación donde las certezas se diluyen, las mentiras asoman y las cuestiones sobre quiénes son y cómo han llegado allí se tambalean, porque «el pasado nos alcanza», porque «la verdad no es un juego. Es peor que la justicia, es lo peor de todo, es un juguete aterrador». Ese es el efecto Mouawad, el de crear el clima antes de la explosión, y someter a todos y cada uno de sus personajes al abismo que se abre ante sus pies cuando la verdad aparece y deja un hueco que solo el amor y la esperanza en un futuro mejor puede cubrir.

Mouawad deslumbra con su prosa poética para tratar la tragedia en sus dimensiones más profundas: a nivel personal, a nivel familiar, a nivel de tradiciones y orígenes y a nivel global, enfrentando a sus personajes a una lucha interna en un mundo externo que se tambalea a la vez que su propia vida. Las tragedias de Mouawad rompen las emociones transitando en la línea que separa y une familias y tradiciones, religiones y tierras, presente y futuro y un pasado de suelo fangoso y equilibro inestable donde se deberían sustentar unos pilares básicos (familia, tradición, creencias, identidad), pero a los que los silencios y mentiras del pasado carcomen hasta dejar solo los restos, los cimientos de una terrible verdad que lucha por asomarse ante tanta desgracia e infortunio y que solo la reparación y la generosidad pueden subsanar y renacer a partir de tan arduas, inhóspitas e infértiles cenizas.

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miércoles, 24 de agosto de 2022

Wajdi Mouawad: Assedegats y Un obús al cor

Idioma original: francés
Título original: Assoiffés / Un obus dans le coeur
Traducción: Ramon Vila al catalán para Comanegra. Sin traducción al castellano hasta la fecha.
Año de publicación: 2007
Valoración: recomendable


Se ha hablado en algunas ocasiones en ULAD sobre la dificultad de leer obras de teatro, pues a menudo estas se centran en los diálogos y dejan la escenografía o la descripción de ambientes en manos del dramaturgo que se encargue de su puesta en escena. Por ello, a veces es difícil ubicarse mentalmente en el escenario que se plantea cuando este está tan abierto que su recreación debemos llevarla a cabo mentalmente sin apenas elementos que nos ayuden. Afortunadamente, hay obras que no necesitan una gran escenografía, pues se mueven en pocos ambientes y estos son prácticamente irrelevantes, pues el peso de la obra recae en los diálogos y las reflexiones en voz alta. Este es el caso que nos ocupa y Mouawad consigue su propósito.
 
Este corto libro incluye dos pequeñas obras de teatro (de unas setenta páginas la primera y solo treinta la segunda) que son plenamente identificables con el estilo del autor. Un estilo que, como indica el dramaturgo Oriol Broggi en el prólogo, «desde la primera palabra consigue atraparte de tal manera que nos arranca con violencia de allí donde estamos y nos arrastra a un lugar diferente. ¿Qué es lo que nos seduce? ¿Qué nos revuelve nuestra vida y nos transporta hasta estrellarnos contra los arrecifes de nuestro propio dolor?». Porque así es el estilo de Mouawad, contundente y poético a la vez que descarnado porque indaga en nuestras emociones hasta llegar donde nos pueda infligir dolor y tormento.

En «Assedegats» («Sedientos», en castellano), la primera de las dos obras que componen el libro y la más extensa, el autor el relato arranca con un monólogo vivo y desatado en el que su protagonista Murdoch denuncia la sociedad a la que nos vemos sometidos y se rebela contra ello afirmando que «no me rebajaré a aplaudir vuestras debilidades globalistas. ¡Tengo mis opiniones! ¡Vivís como si fuerais de un club de devoradores en red!». Un sistema que «os esclaviza, os consumatiza, os ikeatiza, os caprabotomiza, os carrefouriza». Y, en paralelo, el relato nos presenta a Norvège, una joven encerrada desde hace tres días en su habitación y con quien sus padres no consiguen comunicarse, pues no quiere que sus padres entren en su habitación y se resiste a ello. Solo pide, a través de un papel que deja en el pasillo delante de la puerta, hablar con el señor Boltansky. 

Como es habitual en sus obras, Mouawad alterna dos líneas temporales para desarrollar la historia. Así, nos sitúa en un presente con Norvège y Boon, mientras que el pasado viene de la mano de el joven enigmático y desencadenadamente verborreico Murdoch, alguien que lo ve todo mal y que lo expone sin tapujos ni cortapisas a la vez que profesa su incomodidad y malestar en un mundo que apenas reconoce al preguntarse «¿qué puedo hacer para tener la sensación de que estoy vivo y no soy una máquina?». El nexo entre Norvège, Boon y Murdoch será el hilo conductor que, de manera circular y enigmática, utilizará el autor para desarrollar la historia porque, a partir de ahí, Mouawad introduce un elemento de misterio y desarrolla lo que domina completamente: la tensión emocional, las dudas, los enigmas del pasado, las conexiones no siempre evidentes entre las personas y sus sentimientos.

En su segunda obra, «Un obús al cor» («Un obús en el corazón», en castellano) el autor despierta nuevamente el misterio en sus primera líneas, afirmando ya en las primeras frases, a modo de confesión, que uno nunca sabe cuándo empieza una historia, porque «cuando empieza una historia y esta te pasa a ti, no sabes cuándo empieza, que comienza (…) y después, cuando finalmente te das cuenta que estás embarcado en una historia, no sabes cómo terminará todo». En esta obra, el autor nos presenta a Abdelwahab de diecinueve años y quien narra en primera persona una historia que empieza en el momento en que, mientras duerme, recibe una llamada diciéndole «ven enseguida». Es Navidad y sabemos que su madre está a punto de morir. En el viaje hacia el hospital para verla por última vez, mientras recuerda su pasado nos confiesa que él se ahoga «en al fondo del autobús, estrangulado por la obligación que tengo de amar a mi madre, porque se muere». En el trayecto nos recuerda episodios de su pasado y qué pasó entre ellos porque la cercanía de la muerte de su madre le lleva a recordar un pasado casi olvidado, recordando su soledad y la necesidad de buscar una huida a través de la pintura que coloree unos espacios por los que escapar de una realidad que se le antoja difícil, inexplicable y llena de miedos y recelos así como de antipatía hacia su familia: su padre, sus tíos y tías, sus hermanos, de quién afirma sin tapujos que «los odio a todos. No sé por qué, pero los ametrallaría sin remordimientos». 

Como es habitual en el autor libanés, Mouawad envuelve a sus personajes de tragedias personales, de miedos y pasados revisitados en los que encontrar el origen de sus propias historias, de sus propias vidas. En esta obra corta, el estado de su madre, en sus últimos días, le brinda la oportunidad de echar una última mirada atrás y buscar en ella los trazos maltrechos e incomprensibles de su propia experiencia.

Dice Mouawad en un fragmento del libro que «la belleza está al alcance de todos. Pero, si esta belleza no se alimenta, se transforma en una cosa horrible y esta cosa horrible nos roe por dentro. Entendí que, cuanto más intentamos vivir sin belleza, la belleza que está en nosotros se vuelve más fea». Busquemos por tanto la belleza, en las pequeñas cosas o en los grandes sucesos, pero busquémosla y alimentémosla porque, de lo contrario, acabaremos carcomidos en un mundo feo, hostil y sin esperanza.

También de Wajdi Mouawad en ULAD: LitoralIncendiosBosquesCielos

jueves, 28 de marzo de 2024

Wajdi Mouawad: Madre

Idioma original: francès
Título original: Mère
Traducción: Coto Adánez en castellano para Ediciones La uÑa RoTa
Año de publicación: 2022
Valoración: está bien


Hay géneros literarios que, reconozcámoslo, tienen poco público y me atrevería a decir que el teatro es de los que menos seguidores tiene si dejamos de lado su representación teatral que, en el fondo, es para lo que está destinado. Por ello, la lectura de obras teatrales parece destinada casi exclusivamente a los acuden al teatro y/o se dedican a ello; para el resto, son obras difíciles de abarcar pues requiere cierta práctica o bagaje para poder ponerse en situación e imaginarse a menudo escenarios estáticos con elementos no siempre detallados en la obra. De todos modos, una vez uno se acostumbra a ello y especialmente cuando ha leído obras del mismo autor, la interpretación (en todos los sentidos) es algo más fácil.

Fiel a sus inquietudes y a su estilo, con este texto Mouawad vuelve a ambientarse en su cultura y orígenes para construir el relato, aunque en este caso no habla únicamente de su tierra y de los conflictos que sus ciudadanos arrastran desde hace tiempo sino de su propia vida. Así, más allá de la guerra continua que sufre su país, el libro trata también sobre su exilio de Beirut a París, siendo aún pequeño; un exilio que supuso cambios a nivel de identidad, pero también en el seno familiar, pues la guerra marca a los que se quedan, pero también a los que se van. Y el autor, consciente de la dificultad en encajar en una cultura ajena, se vuelca en el teatro, como es evidente a lo largo de su obra y como él mismo reconoce al afirmar que «estaba exiliado geográfica y lingüísticamente, ya que vivía lejos del Líbano, pero desde el punto de vista de la escritura y el teatro, en la sala de ensayos, estaba en mi casa. Yo estaba en mi lengua y en mi historia cuando los demás estaban en el exilio». 

Con este propósito autobiográfico empieza el libro y lo hace con una introducción a nivel personal, por parte del autor libanés, en la que explica qué supone para él el exilio y cómo encuentra el hogar en el teatro y en la escritura y, a diferencia de sus obras anteriores donde el conflicto se centraba en las hostilidades entre países o familiares («con los libaneses todo acaba al pie de una tumba»), en este caso el autor va un paso más allá y narra la relación de él mismo con su madre. Así, este relato es el recuerdo que tiene el joven Wajdi sobre su madre, fallecida el 17 de diciembre de 1987 en Montreal. 

Argumentalmente, esta pieza teatral la componen unos pocos personajes: la familia Mouawad (que se encuentra en su mayor parte exiliada en París) y un par de periodistas que sirven al autor para narrar lo que sucede en Beirut donde siguen residiendo el padre y la hermana de su madre. Conocemos a través de ellos la situación de conflicto en el Líbano entre sirios e israelíes y vemos como desde la distancia la familia sufre por el padre y por la hermana, pero también por los civiles atrapados en una guerra que les ha caído encima como uno de tantos obuses y bombas. La tensión narrativa es evidente especialmente en la madre, quien intenta conocer lo que está sucediendo en el Líbano mientras Wajdi y su hermana Nayla haciendo gala de la inocencia de los niños juegan a que siguen estando en Beirut confrontando así con su cándida mirada infantil la violenta realidad en la que vive su madre y la toma de consciencia de la dureza de una vida en el exilio, lejos de su tierra, lejos de parte de su familia. Una madre otrora inteligente, fuerte y formidable, pero a la que la situación hace mella en ella contagiando la tensión a sus hijos, porque tal y como espeta a su hija Nayla «aquí la única que tiene derecho a quejarse soy yo. Tu solo te preocupas por ti, yo en cambio me preocupo por ti, por tu hermano, por tu hermano y por tu padre y por el perro y por la cazuela, así que no vengas a reprocharme que no entiendo, no tengo tiempo para entender, no tengo tiempo». Estas situaciones cotidianas se ven interrumpidas de manera frecuente por el visionado de las noticias que sirven a Madre para conocer el estado de su país, y es en ellas donde el estilo del teatro de Mouawad se ve claramente, pues se establecen diálogos imaginarios entre la presentadora de las noticias y la madre en una especie de súplica o reproche por no dar más detalles sobre el conflicto; son diálogos que rompen la cuarta pared y en las que vemos el desespero de una madre al dirigirse a la presentadora pidiendo, casi suplicando y a ratos exigiendo, más detalles, más información, más esperanza. Estas conexiones puntuales con los informativos de la televisión ponen el contexto histórico y social: las tropas israelíes de Ariel Sharon han invadido el Líbano obligando «a las fuerzas palestinas a abandonar el suelo libanés y apoyar las fuerzas cristinas» en la «Operación Paz de Galilea». El contexto familiar, lo pone el propio autor intercalando en el texto dibujos y recetas de cocina de la cultura libanesa.

Con esta obra, Mouawad nos traslada la dificultad del exilio al dejar atrás seres queridos que libran batallas contra los enemigos y contra la muerte que asoma en forma de armas o de hambre. Cabe decir que consigue su propósito en cierta medida, aunque es, de largo, su obra más personal y quizá por ello menos trágica de lo que nos tiene acostumbrados. Ya el propio autor reconoce el porqué de esta obra pues, en cierto pasaje, admite que «en el teatro uno de puede inventar lo que quiera, así que he aprovechado y he escrito esta escena. Para hablar contigo. Los vivos no podemos evitar hablar a los muertos» y confiesa que «quizá mi deseo no era hablar contigo, sino hacer que existiera un momento contigo que nunca existió», un momento íntimo y de recriminación por no haber atendido sus necesidades afectivas cuando era pequeño y que evidencia en una escena que dirige a la madre ya difunta afirmando que «llevo sin verte treinta y cuatro años y no te echo de menos. ¿Por qué? Porque quien te echa de menos es él, que te ve todos los días. ¿Me oyes? Echa de menos a su madre, te echa de menos a ti. Le estás perdiendo».

De esta manera, el libro narra la dificultad de los exiliados en su integración en la sociedad, pero especialmente en recobrar sus vidas, más aún cuando parte de la familia y amigos quedan en el país de origen víctimas y testigos de guerras y revueltas. La vida de los exiliados, siempre pendientes de las noticas, siempre pendientes de los avances de los conflictos, una conexión emocional que les mantiene atados a su país de origen sacrificando, también ellos, sus propias vidas con la mirada siempre dividida entre un pasado juntos y un futuro incompleto. Y, con ello, la desesperación y la frustración, y la represalia hacia los demás por parte de un carácter agriado con el paso del tiempo y de los sucesos. 

Dice el autor que «en el teatro, el país siempre es la escritura». Esa es la belleza de este noble arte, su gran importancia. Aquello que escribimos, aquello que leemos, conforma nuestro país, nuestro territorio mientras estamos volcados en ello. Es nuestra vía de evasión, pero también el hogar en el que recogernos cuando el ruido y las atrocidades sobrevuelan nuestras vidas.

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miércoles, 30 de enero de 2019

Wajdi Mouawad: Cielos (La sangre de las promesas)

Idioma original: francés
Título original: Ciels
Traducción: Eladio de Pablo (edición en castellano), Cristina Genebat (edición en catalán)
Año de publicación: 2009
Valoración: recomendable

Bien es sabida, y ULAD es testigo de ello, la gran admiración que siento por Mouawad, pues sabe transmitir como pocos la belleza existente que se oculta tras la crueldad y maldad de muchas acciones humanas.

En esta cuarta obra, que cierra la tetralogía teatral de «La sangre de las promesas», el escritor de origen libanés pone el broche final a un conjunto de obras que, a pesar de su diversidad, sobrevuelan un punto común: la tragedia que arrastra la humanidad, de generación en generación.

Con este aspecto en mente, el autor da un salto importante hacia la moderna sociedad occidental actual y el resultado es una obra que afronta cierto riesgo estilístico, pues se desmarca en parte de aquello a lo que nos tenía acostumbrados. Así, en «Cielos», el autor nos sitúa en un lugar apartado de la sociedad, en medio de un bosque, donde un grupo de investigadores (traductores, expertos informáticos, criptógrafos, etc.) trabaja a contrarreloj para tratar de abortar un ataque terrorista. El ataque parece inminente, y el descifrador con el que cuentan se acaba de suicidar por motivos que nadie conoce. Por ello, esta célula antiterrorista francófona no está en su mejor momento pues, además de la presión por resolver el lugar y día del atentado, deben sobreponerse a la muerte de uno de sus principales investigadores. Eso les empuja a adaptarse a la nueva situación, y a la incorporación de un nuevo miembro en un equipo cerrado, poco amante de los cambios. Así, no únicamente deben descubrir el lugar del próximo atentado, sino que tendrán que librar una batalla interna y luchar contra sus propios egos, sus propias vidas en el interior del recinto y las que en paralelo transcurren lejos de ellos con sus correspondientes familias que quedan cada vez más lejanas. Con ello, asoman las dudas, aparecen los miedos, aumentan los temores de ser conscientes de su creciente soledad. Estamos en fechas cercanas a la Navidad, y la sensación de que va a producirse un atentado provoca que aumente la tensión entre los investigadores. La inminencia apremia a encontrar la solución al enigma, y los ánimos no son los mejores para combatir tamaño desafío.

Analizando esta obra dentro de la tetralogía, es posible que, tras la inmensa «Incendios» o incluso «Litoral», este texto haya quedado algo escondido o no se le haya dado la importancia que sí tiene. Podría ser debido a que, en «Cielos», el autor se aparta del habitual escenario de Oriente de las dos primeras obras para situarlo en pleno Occidente, cambiando también un paisaje pobre y desértico por un entorno plenamente tecnológico. Es cierto que en «Bosques» (tercera obra de la tetralogía) ya el autor se desmarcaba de esas tierras orientales para situar la historia en el centro de Europa, pero aquí el autor da un paso más y arriesga enormemente, pues hace chocar dos mensajes en apariencia plenamente desasociados: los orígenes y el peso del pasado con la moderna sociedad actual. Y también es posible que entre tanto mensaje cifrado que aparece en el texto, el lector pierda de vista en algún momento que la historia no trata sobre tecnología o criptografía, sino sobre el comportamiento humano; en este aspecto, también el lector debe descifrar el propio código bajo el que el autor envuelve la novela y encontrar en ella su motivación real, evitando que los enigmas tecnológicos nos aparten de los realmente importantes: los que componen el alma humana.

De esta manera, en esta obra, y a pesar de ser estilísticamente algo diferente a lo que nos tiene acostumbrados Mouawad, siguen planeando sobre ella los elementos nucleares característicos que conforman su obra: los orígenes de las personas y la tragedia que arrastran. Así queda plasmado en un par de fragmentos del texto cuando un personaje pregunta a otro: «¿Cómo quieres hacerte mayor, sino? ¿Cómo lo harás para saber quién eres y de dónde vienes si no te interesas por lo que existió antes de ti?». En este fragmento queda patente la preocupación constante del autor por la búsqueda y redención del pasado, aspecto común y central en todas sus obras teatrales. Es probable que su propia experiencia vital, emigrando a los nueve años de edad del Líbano a Canadá a causa de los conflictos civiles en su país de origen marcaran su manera de entender el mundo y la vida, y ese conflicto interior y la necesidad de encontrarse con su pasado se plasma en toda su obra.

Por todo ello, esta obra es recomendable ya que demuestra una vez más que el autor puede moverse en diferentes escenarios sin perder de vista aquello que quiere transmitir, aquello sobre lo que quiere que reflexionemos, aquello que le preocupa hasta el punto de escribir sobre ello en cada una de sus obras. Y es que Mouawad sabe emplear hábilmente el lenguaje para envolver la tragedia y el horror con un manto de belleza narrativa. La potencia de sus palabras asusta por el mensaje transmitido, pero es a través de esa belleza que consigue que nos llegue a nuestro ser más profundo, a nuestras raíces, como las raíces y orígenes que conforman cada uno de los personajes que protagonizan sus obras, sugiriendo que la maldad y el horror la arrastramos a través de la historia creada por nuestros antepasados, por tantas guerras sufridas, por tantas batallas libradas, y por todo el mal que entre todos hemos traído al mundo. Siempre habrá la esperanza que el arte, a través de su puesta en escena, nos recuerde que, al final, todo está en nuestras manos y que el destino de la humanidad no debería dejarse en manos de una tendencia cruel arrastrada durante tantos años, sino que debería recaer en la belleza y la esperanza de cambiar el rumbo de la historia y poder dejar un mundo en el que finalmente podamos sentirnos en paz, con el mundo, pero también con nosotros mismos.

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sábado, 4 de julio de 2015

Colaboración: Ánima de Wajdi Mouawad

Idioma original: francés
Título original: Anima
Año de publicación: 2012
Traducción: Pablo Martín Sánchez
Valoración: Recomendable

A pesar de la crisis del sector editorial el alud de libros que salen a la calle cada día en España es abrumador, 50.000 títulos en el 2014. Para un lector que no sea convulsivo, como yo, hay momentos en los que uno se siente atosigado y perdido; vamos, que no se sabe qué leer o, para ser preciso, qué leer primero. En un primer impulso de filtración leo las solapas de los libros, pero realmente el marketing publicitario consigue que todo sea gris: "conmovedora, divertida y sorprendente; esta novela empuja los límites de la literatura; deslumbrante obra maestra; un tour de force narrativo asombroso; literariamente impactante"… Uno se queda estupefacto ante tanta frase que no expresa nada. Para más complejidad las listas de lo mejor del año y los premios muchas veces tampoco me resuelven la duda. Ante mi desespero recurro a una vía de selección. Confío en las recomendaciones de amigos o conocidos, incluso convenzo a alguno para que lea el libro que a mí me interesa y que me transmita su opinión, hay que tener un poco de paciencia pero me aseguro cierto filtro. Pero claro, también acarrea sus problemas. Según quien me lo recomienda, o la motivación con que lo haga, me haré unas expectativas u otras; cuanto más altas sean estas más difícil será para la obra en cuestión llegar a lo que se espera de ella, y otras veces ocurre lo contrario no me parece tan mala como me habían dicho.

Tras esta larga introducción paso a comentar Ánima, recomendada por un amigo y según parece una gran novela del 2014, año de su publicación en España. Su autor, Wajdi Mouawad, es conocido como dramaturgo, director y actor teatral de éxito. Asimismo la obra ha sido galardonada con varios premios. Hay que reconocer que la obra tiene un buen inicio: los párrafos de la introducción, el misterio de lo que acontece, el punto de vista del narrador (que no desvelaré), la violencia animal del ser humano. Todo nos ofrece unas buenas expectativas. En primer lugar el ya mencionado acierto del punto de vista del narrador, que primero desorienta, luego sorprende, al rato es curioso, pero a las cien páginas aburre. Y lo mismo va sucediendo con el resto de la narración, plagada de buenas ideas e intenciones, pero que en determinado momento son excesivas.

Tal vez el problema está en querer alargar o complicar demasiado la trama por acumulación de material: Mouaward tardo diez años en concluir su novela. Por ejemplo, uno de los protagonistas es un perro, un híbrido entre el Buck de Jack London y la Trixie de William Maxwell, híbrido por motivos bien diferentes; uno es el ser salvaje y la otra tiene su dialogo interior. Pero cuando a eso le añadimos el toque de titán de Hollywood ya nos empieza a sonar raro, es demasiada mezcla. Y con el protagonista principal pasa lo mismo: el pobre tiene que superar mil pruebas, a cuál más dura e inhumana, a lo largo de más de 400 páginas para ser el héroe, o uno de ellos. Eso sí, su personalidad, a pesar de los problemas, las sorpresas y las hojas, no evoluciona lo más mínimo. Demasiadas aventuras, demasiadas historias, o que no se han sabido enlazar correctamente.

Y eso es lo que creo que impide redondear la obra: una historia rocambolesca, con escenas que pueden ser reales pero que su encadenamiento hace un conjunto no creíble, no verosímil, excesivamente artificioso. Suena a película de aventuras o tal vez a teatro, en el sentido de muchas imágenes una detrás de otra (no quiero quitar valor al teatro o al cine, son otra forma de expresión). Aunque contemos la historia más salvaje y la llenemos de sangre, aunque narremos lo bestial que es el ser humano, eso no hace que la obra sea literaria y lo que se cuente esté bien contado. Mouaward tal vez piensa que el hombre de hoy está dormido, y quiere sacudirnos o hacernos reaccionar. Pero cuidado, un texto nos tiene que atraer y arrastrar, no saturar; no por ser más violento nos va a transmitir unas sensaciones más profundas.

Sobre la bestialidad del ser humano cedo la palabra al filosofo Emmanuel Lévinas: «No se trata de dudar de esa miseria humana de esa animalidad. Pero ser hombre es saber que es así. La libertad consiste en saber que la libertad está en peligro. Pero saber o ser consciente es tener tiempo para evitar o prevenir el momento de inhumanidad». (Totalidad e infinito, 1971). En fin, que tal vez esté sugestionado por las expectativas puestas en la novela, en su buen principio, en sus ideas, pero la verdad es que me he ido saltando párrafos, sin perderme nada.

Firmado: Jordi Corominas

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lunes, 20 de marzo de 2017

Hakan Günday: ¡Daha!

Idioma original: Turco
Título original: Daha
Año de publicación: 2013
Valoración: muy recomendable

Momentos preocupantes y desoladores en lo tocante a la «gestión» (eufemismo de otros calificativos menos políticamente correctos) de los refugiados en Europa. Las autoridades de los países miembros siguen discutiendo sobre porcentajes de acogida, sobre repartos, sobre recursos destinados a tal efecto mientras cada día hay personas que huyen de sus países en conflicto a manos de traficantes para acabar siendo retenidas en zonas de control en condiciones lamentables. Ocurre en Turquía, ocurre en Grecia, y en tantos otros sitios. Y mientras, poco podemos hacer los ciudadanos «de a pie» más que protestar, exigir una solución y, en el caso de personas más influyentes, escribir libros. Y en este punto nos encontramos, con esta reivindicativa novela de Hakan Günday.

Así, el libro narra la vida de Gazâ, hijo de un traficante de personas en Turquía. En una pequeña localidad, ve como su padre se dedica a mercadear con inmigrantes, enviados en camiones desde Irán para que él los mantenga en sus instalaciones (un almacén destartalado sin condiciones humanitarias ni higiénicas) hasta su posterior traslado a la costa turca donde serán embarcados a Grecia. Así, con la tierna edad de nueve años, para asistir a su padre (y porque de hecho, tampoco tiene más remedio que hacerlo) se ve implicado en el comercio ilegal de personas. Sus tareas son fáciles (si obviamos el aspecto ético): ayudar a su padre en las tareas básicas de soporte, limpieza y alimentación (siendo generoso) de las personas inmigrantes. De esta manera, su vida, desde una temprana edad, se ve plenamente afectada por el negocio llevado a cabo por su padre. La lucha interna a causa de las aspectos éticos de tales tareas afecta a Gazâ en un primer momento, y juntamente con una relación difícil con su padre de quién busca el afecto pero a quién a la vez odia, le ocasiona dilemas y contradicciones emocionales que se repiten a lo largo de la novela. Pero las dudas que puede albergar, las cuestiones que le surgen acerca de lo que realiza, van ocultándose bajo un manto de practicidad y obedecimiento de las órdenes de su padre mientras pierde a la vez el sentimiento de culpabilidad. La empatía con los refugiados es algo que no puede permitirse y, al poco tiempo, deja de lado su humanidad para ejecutar aquellas tareas que se esperan de él. El espacio que deja la ética lo llena la maldad y, a pesar del odio que siente por su padre, el monstruo que alberga dentro de él asoma por las rendijas surgidas al resquebrajarse su moral, tal y como el autor narra perfectamente en un párrafo del libro:

«Cuando transportábamos gente, debíamos velar por una sola cosa: el número de personas vivas que entregábamos debía ser el mismo que el número que habíamos recibido. Saber si esa gente huía del infierno para alcanzar el paraíso no nos concernía lo más mínimo. Transportábamos carne. Solo carne. Los sueños, el pensamiento o los sentimientos no estaban incluidos en el precio».

Éste es el tema tratado hábilmente en este libro, con valentía, con osadía, sin tapujos ni eufemismos. La prosa de Günday permite una lectura ágil, no se anda por las ramas ni la nutre de excesos ni adornos. Deja que las palabras corran, entren directamente sin anestesia, con momentos cercanos a Mouawad por su crudeza (incluso aparece un personaje llamado «Motherfucker»... ¿quizá será un guiño a «Ánima»?) pero acercándose a esa zona oscura ya en la infancia (como si Gazâ fuera un hermano de «Claus y Lucas» de Agota Kristoff). Episodios desgarradores, escatológicos y crueles se entremezclan en una historia que retrata la crudeza de la humanidad y el desamparo y penurias que sufren aquellos que están obligados a escapar de su propio país por la situación bélica en la que se encuentran. El impacto es buscado y logrado con creces, la denuncia existe y es evidente. En este aspecto la novela cumple su cometido y el autor muestra su valentía al no suavizar las acciones de los ejecutores. Sí encuentro cierta falta de redondez en el relato cuando, a mediados del libro, la historia cambia de forma notoria y pierde algo de interés, recreándose en algunos desvaríos recurrentes y algo monótonos; la historia inicial se deja parcialmente de lado (no en lo que afecta a los dilemas éticos pero sí en la acción) para dar lugar a unas (demasiadas) páginas donde Gazâ se encuentra a su merced y sufre muchos episodios de análisis introspectivo y momentos algo fantasiosos. Para mí éste es su punto débil, ya que tengo la sensación que el autor sabe como empezar y como acabar pero el proceso entre inicio y final es algo forzado al dedicarse a preparar un escenario final que no acaba de convencerme en su evolución, en como se llega a allí. Aún así, las ultimas setenta páginas de análisis sociológico puede que sean las mejores al aumentar la carga de denuncia social, retomando el ritmo e interés suscitado en la parte inicial del libro con el experimento que lleva a cabo el protagonista con los refugiados y que ejemplariza como utilizar el miedo de las personas para conseguir lo propuesto.

En esta obra necesaria para comprender qué hay detrás del tráfico de personas, el autor nos hace partícipes de la crueldad del ser humano y el sufrimiento que padecen aquellos que se sienten obligados a abandonar su tierra a cualquier precio. El transporte ilegal consistente inicialmente en pagar dinero para que les transportaran mutó de forma rápida en sufragar los gastos del transporte a cambio de trabajo por parte de los propios transportados. En este momento se pasó de un tráfico ilegal de personas a algo aún más terrible: la esclavitud. Y si ya el primer concepto era lamentable, llegados a este punto sí que urge ponerle remedio. Y no podemos tardar cuando tantas vidas humanas están en riesgo.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Lo mejor de 2021: Lo que opinan nuestros lectores

Con cierto retraso y tal como avisamos, estas son las listas que nuestros lectores han enviado indicando sus lecturas favoritas del 2021.

En riguroso orden de llegada.

Os agradecemos vuestra colaboración y, ya que estamos, nos encanta la enorme diversidad de vuestras elecciones.

Salud y cultura, amigos.

Anónimo

Ficción

Libros que merecen mejor valoración en el blog

Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino

Tres tristes tigres de Cabrera infante


Libro que me gustaría que reseñaran nada más que para ver qué valoración le dan

La mano junto al muro/El falso cuaderno de Narciso Espejo de Guillermo Meneses


Libro que llevaba años buscando y finalmente conseguí una copia

El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz de Bryce Echenique


Nada que decir, apuestas seguras

Pedro Páramo y el llano en llamas de Rulfo

Ficciones de Borges

Pantaleón y las visitadoras de Vargas Llosas


Imprescindibles en el blog pero no en mi corazón

Bajo el volcán de Lowry

La insoportable levedad del ser de Kundera


No ficción

Libro que llevaba años buscando y finalmente conseguí una copia

Sociología y pragmatismo de Wright Mills

La distinción de Bourdieu

La selva de los símbolos de Turner


Relectura necesaria

La imaginación sociológica de Wright Mills

Outsiders de Howard Becker

La zona gris de Auyero


Libro de método que parece un fastidio pero que puede ser grato para gente de otras áreas

Los trucos del oficio de Becker

Describir el escribir de Cassany

Decir casi lo mismo de Eco


Clásicos que faltaban

La rebelión de las masas de Ortega y Gasset

Técnica y civilización de Mumford


Libros de mi país o sobre mi país que me gusta releer

Adiós al socialismo de Del Búfalo

La renta y el reclamo de Bautista Urbaneja

El Estado mágico de Coronil


Conseguidos por sorpresa

Orientalismo de Said

La invención de Irlanda de Kiberd

Comunidades imaginadas de Anderson


Gabriel Diz

Les dejo una selección de lo que he leído en 2021. Son 13 libros en total, algo más de uno por mes. Estuve un rato largo intentando dejar la lista en 12 para que fuera un libro por mes pero no lo logré:


1)Jane Eyre (Charlotte Bronte)

2)El corazón del daño (María Negroni)

3)Años luz (James Salter)

4)2666 (Roberto Bolaño)

5)Las tres vanguardias (Ricardo Piglia)

6)La virgen cabeza (Gabriela Cabezón Cámara)

7)Nuestra parte de noche (Mariana Enriquez)

8)La hermana menor (Mariana Enriquez)

9)El sueño de los héroes (Adolfo Bioy Casares)

10)Prins (Cesar Aira)

11)La sangre manda (Stephen King)

12)La llamada del Cthulhu (H.P. Lovecraft)

13)Persecución (J.C. Oates)

Carlos Ávila:

El descubrimiento del año: la escritora mexicana Fernanda Melchor. De

todas formas ha sido un año prolífico en esto con Alejandro Zambra, Óscar

Martínez, Kent Haruf o Andrea Abreu entre otros.

Relectura de clásicos: Memorias de un europeo de Stefan Zweig.

Decepciones: Serge de Yasmina Reza y No tengo tiempo. Geografías de la

precariedad de Jorge Moruno.

Autores que no me fallan: Marín Caparrós y su Ñamérica, Leila Guerriero

con Frutos extraños y Carrère con Yoga.

Buenas investigaciones y muy bien contadas: No digas nada de Patrick

Radden Keefe y Laëtitia o el fin de los hombres de Ivan Jablonka.

Una autobiografía muy potente: Trilogía de Copenhague de Tove

Ditlevsen.

Libros para reírse con ganas y desconectar: Cualquiera de los tres de relatos

de Kenneth Cook.

Lecturas que dejan mal cuerpo pero que es necesario hacer: Antisocial de

Andrew Marantz y Extrema derecha 2.0 de Steven Forti.

Propósito para 2022: Seguir y seguir leyendo cada día y atreverme con

Guerra y paz.

Pablo GP

Libros Preferidos:

- Donal Ryan: Corazón giratorio.

- Fiódor Dostoyevski: Los hermanos Karamazov.

- Donald Ray Pollock: El diablo a todas horas.

- Albert Cohen: Bella del señor.

- Elizabeth Kolbert: La sexta extinción.

- Mario Levrero: La ciudad y El lugar, de la Trilogía involuntaria (París me pareció más flojo).

Libros Destacables:

- Marlon James: Breve historia de siete asesinatos.

- Alan Parks: Enero sangriento.

- Juan Marsé: Últimas tardes con Teresa.

- Jeffrey Eugenides: Middlesex.

- Bruce Chatwin: Colina negra.

- Peter Kaldheim: El viento idiota.

Mención honrosa:

- Alan Parks: Hijos de Febrero.

- Natalia Ginzburg: El camino que va a la ciudad y otros relatos.

- D.H. Lawrence: El arco iris.

- Chriss Offutt: Kentucky seco.

- Emmanuel Carrère: Yoga

Decepciones:

- George Saunders: Lincoln en el bardo.

- Johnny Marr: ¿Cuándo es ahora? Memorias.

- William Gaddis: La carrera por el segundo lugar.

- Hubert Selby Jr: Última salida para Brooklyn.

Maqroll El Gaviero

Mis mejores lecturas del año (las dejo en 9):

- Los siete locos (Roberto Arlt)

- Limónov (Carrère)

- La mano izquierda de la oscuridad (UK LeGuin)

- Glosa (JJ Saer)

- Me llamo Rojo (Pamuk)

- Martin Eden (Jack London)

- Kokoro (Soseki)

- El idiota (Dostoievsky)

- La suerte de Omensetter (W Gass)


Si se pudiera meter poesía: mención especial a Basilio Sánchez (“He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes”) y a Alejandra Pizarnik (cualquier cosa suya).

Ángel Muñoz

El mejor,

No digas nada, Patrick Radden Keefe, minucioso, objetivo (hasta donde uno puede serlo) y muy esclarecedor, el conflicto del IRA explicado casi como si fuera un novela de acción, espectacular.

Me daba perezón pero mira…

Línea de fuego, Arturo Pérez-Reverte, guerra civil y el más famoso de los miembros de la RAE… de entrada lo último que pensaba coger, pero me parece que Arturo sabe dar ritmo a las novelas, sabe transmitir un escenario con verosimilitud, y se intenta alejar de maniqueísmos. Lo fulminé en un plis-plas (¿estará esta expresión reconocida por la RAE?)

Me arriesgué y no me decepcionó

64, Hideo Yokoyama, citando a los inmortales No me pises que llevo chanclas, “Japón, mía que está lejos Japón” Lejos física y culturalmente, y este libro me situó en una sociedad a la que me costaba entender, con una forma de narrar que se aleja de mi zona de confort, pero mereció la pena, novela redonda.

Qué necesidad tenía yo…

A ver, que es que uno es masoca, empezar una serie de libros y dejarlos… me cuesta, y pasa lo que pasa. Entre las sagas en los que mil veces pensé para qué te metes… destaco como horrorosas, Balada de serpientes y pájaros cantores, Suzanne Collins;  La sexta trampa, J.D. Baker y La hora de los hipócritas, Petros Markaris.

Decepción especial para La era de la supernova, Cixin Liu (absurda es decir poco).

Y en el apartado me importa cero lo que me cuentas, Boston. Sonata para violín sin cuerdas, Todd McEwen (recomendación de ULAD, pero yo es que no le veo la gracia) y Contemplaciones, Zadie Smith (¿dónde está la Zadie de Dientes blancos?)

Sorpresas inesperadas

Esos libros que te llegan de algún modo raro y me han dejado impactado, La verdadera vida, Adeline Dieudonne (la violencia hacia la mujer contada de una forma distinta, sin guardar nada pero sin crudezas, obra de arte); El evangelio de la anguila, Patrick Svenson (un libro sobre anguilas, y que se queda corto… no hay mas que decir), Al final siempre ganan los monstruos, Juarma (miedo me daba la expectación creada, y merece la fama que tiene).

Me hicieron reír, mucho

Antes todo esto era campo atrás, Pablo Lolaso (solo para amantes del baloncesto), Subidón, Joaquín Reyes (solo para amantes… pues eso de la muchachada)

Para pasar un buen rato, con ciencia-ficción

Proyecto Hail Mary, Andy Weir (este autor tiene un don cuando habla del espacio) El largo viaje a un pequeño planeta iracundo, Becky Chambers (exquisito, no es el qué les pasa, son los personajes los que hacen esta novela)

Zoila Blanco

ATRAPA LA LLEBRE (L.Bastasic)

Y LLOVIERON PAJAROS (J.Saucier)

VERA (E. von Armin)

ELS DICS (I.Solá)

LA DRECERA (M.Martin Serra)

LAS LEALTADES (De Vigan)

LA AVERIA (F.Dürrenmatt)

ELS PROSCRITS DE SANTA FE (J, Masanès)

EL RETORN DEL CATO (M. Asensi)

TSUNAMI (A. Pijuan)

LLUM DE FEBRER (E.Strout)

L'ANY QUE VA CAURE LA ROCA (P. Coll)

LA KLARA I EL SOL (I. Kazuo)

AMARILLO (F. Romero)

EL IMPERIO DE YEGOROV (M. Moyano)

LAS GRATITUDES (De Vigan)

Sergio Borao Llop

Ante todo, gracias por las reseñas diarias.

En segundo lugar, os paso la relación de lecturas destacadas de este año que termina (tal vez -mi memoria no es tan precisa- vaya también alguna del 2020). El orden es alfabético por apellido de autor

Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie

La parábola del sembrador, de Octavia E. Butler

Noir, de Robert Coover

Todo lo que muere, de John Connolly

La casa de hojas, Mark Z. Danielewski

Solo el silencio, de R. J. Ellory

X, de Percival Everett

Vivir abajo, de Gustavo Faverón Patriau

Breve historia de siete asesinatos, de Marlon James

El gran cuaderno, de Agota Kristof

El intérprete del dolor, de Jhumpa Lahiri

Cuentos completos, de Mario Levrero

Ánima, de Wajdi Mouawad

Plop, de Rafael Pinedo

Las primas, de Aurora Venturini

Michi:

Mejor novela hispanoamericana: El día del Watusi - Francisco Casavella y Basilisco - Jon Bilbao

Mejor novela de lengua extranjera: Un mapa para un crimen - Collin Harrison y El club de los

mentirosos - Mary Karr

Mejor novela en galego: O paraíso dos inocentes - Antón Riveiro Coello 

Mejor libro de viajes: La frontera - Erika Fatland; Los sótanos del mundo - Ander Izagirre; El río de la luz - Javier Reverte 

Mejor ensayo sobre música: The Stooges: Combustión Espontánea - Jaime Gonzalo y Hotel California - Barney Hoskyns 

Mejor ensayo medioambiente: Sueños Árticos - Barry Lopez 

Mejor ensayo sobre cine: El otro Hollywood - Legs McNeil y Jennifer Osborne 

Mejor novela negra: La playa de los ahogados - Domingo Villar 

Mayor decepción: Desierto Sonoro - Valeria Luiselli y Temporada de Huracanes - Fernanda Melchor 



miércoles, 4 de marzo de 2020

Biografías lectoras II: Confesiones de un letraherido

Poco esperaba yo, cuando entré en esta comunidad lectora uladiana, que algún día tendría que pasar cuentas sobre lo que me ha llevado hasta aquí, en lo tocante a la literatura. Porque son varias décadas de libros, montones de ellos y, sí, confesaré ya de entrada, que con ritmo de lectura irregular y algún sonrojo que puede que confiese.

Y, cómo no puede ser de otra manera, pues estas cosas deben empezar por el principio, más allá de los típicos libros de niño con dibujos, texturas y sonido, ya de pequeño apuntaba maneras de lector voraz. Porque superados estos primeros años, a la que empecé a saber leer podría decirse que siempre crecí con un libro cerca y recuerdo con mucha nostalgia la época (larga, fueron bastantes años de mi vida) comiendo en casa de mis abuelos y teniendo allí algunos de mis libros, para aprovechar esos mediodías, cuando no existía internet y la TV tenía únicamente unos pocos canales. Pero allí estaban los libros, porque siempre están ahí cuando les necesitas, y esperaba a llegar a casa para lanzarme de nuevo en búsqueda de aventuras de la mano de Enyd Blyton con sus “Siete secretos” (por encima de “Los cinco”, que también) y disfrutando (mucho) con su menos valorada serie de “Los cinco detectives”. Y claro, el famoso "Zoo d'en Pitus" de Folch i Torres (lectura obligada y disfrutada por prácticamente cualquier niño catalán de la época y diría que sigue siendo así). Junto a estos libros, cómics, también, muchos: mis añorados y predilectos “Zipi y Zape”, “Mortadelo y Filemón”, “Trece rue del percebe” y, claro, cómo no, “Mafalda” de Quino, que seguramente la leía ya antes de entenderla (o no, quién sabe). Y los catalanes “Jep i Fidel”, “Massagran”, … también los franceses, “Astérix” o “Tintín” (leídos todos, varias veces, cómo debe ser, vaya) y, por supuesto, la gran ola francobelga con “Spirou”, “Gil Pupil·la”, “Benet Tallaferro” en sus traducciones al catalán. Y más, muchos más cómics, a los que seguiría alguno de Marvel y de DC Comics (Spiderman, Batman o Capitán América), pero pocos. Y no quiero olvidarme de mi cómic futbolero preferido: “Eric Castel”.

Superada ya esa fase de cómics, que debo decir que para mí fue una fase vinculada a la infancia, ya entré en la narrativa propia de la edad pre-adolescente/adolescente, donde me llevó a leer libros de más calado. Bastante en desacuerdo con muchas de las lecturas que nos ponían en el colegio (no me convencía casi ninguna de las que nos proponían y arrastro aún malos recuerdos de Charles Dickens y dos ciudades que me dejaron en medio de ambas, o Papillon, leído además en francés, que bueno, sí pero no), podríamos decir que mi despertar literario en ese momento de mi vida fue “Rebeldes”, de S.E. Hinton. Fue en esa lectura a los catorce años, y la mini-reseña que tuvimos que hacer en clase, que algo despertó en mí; puede que fuera el libro, puede que fuera los elogios del profesor a mi reseña (es posible que fuera mi primera reseña en la vida… y aquí seguimos tres décadas después) u otros motivos, pero ese libro me despertó no ya la pasión por la lectura (que ya existía desde siempre) sino las ganas de escribir (intentos de libro hubo algunos, pero ahí quedaron).

Y, una vez entrada en la edad en la que ya se podía leer de todo (o casi), me metí de lleno buscando hobbits en los mundos de Tolkien, cazando robots humanoides con la saga de Battletech y empezando a devorar todo lo que encontraba de Stephen King y también novela de aventuras africanas con Wilbur Smith y Clive Cussler. Eran tiempos de leer mucho y rápido, de leer todo lo que encontraba, especialmente en esos veranos de días calurosos y noches interminables. Y otro salto, llegando a mis veinte con novela histórica y ensayo, sufriendo y descubriendo que existe la maldad a través de las memorias de Ana Frank y Primo Levi, pero también soñando con un mundo de música (mi otra pasión) en Alta Fidelidad con Nick Hornby y entrando en libros más profundos con Kundera y su “levedad”, Dante y su “Divina comedia”, buscando lobos esteparios bajo las ruedas con Herman Hesse y descubriendo a Gregor Samsa gracias a Kafka mientras iba de viaje beat en la carretera con Kerouac hasta llegar a los campos de centeno de Salinger. Y Bradbury buscando la temperatura a la que queman los libros mientras Orwell adivinaba nuestro presente. Y Kennedy Toole conjurando con unos necios, con los que me reí casi tanto como con Mendoza y mi añorado Gurb.

Y luego, mi época de buscar submarinos jugando a patriotas con Tom Clancy y a abogados con John Grisham y otras novelas de policías y detectives, o jugando a médicos con Noah Gordon y llenando mi mundo de inmensas catedrales con Ken Follett mientras Victor Hugo encontraba miserables. Y algún fantasma que corría por la Opera al que conocí en un musical y que me llevó a su lectura.

Hasta que vino Paul Auster y todo volvió a cambiar: desmintiendo autobiografías que auguraban la crónica de un fracaso tras vivir a salto de mata y visitando su Nueva York a través de una trilogía que me abrió un nuevo mundo, un mundo donde el azar entraba y llevaba de su mano cuestiones sobre quiénes somos y cómo hemos llegado aquí. Y siguieron muchos más de Auster (casi todos, creo). Y vino Bret Easton Ellis con un psicópata americano que me infligió miedo, pero también pasión por una literatura atrevida, valiente y directa, y conocí a un tal Palahniuk que no me dejó dormir con su canción de cuna. Y algún sudamericano como García Márquez, Vargas Llosa y Jaime Baily, de los que no guardo buenos recuerdos y que, quien sabe si por eso dejé algo de lado la literatura de esos lares (perdóname Koldo). Pocas lecturas más en esa época, la universidad y una carrera difícil no dejaban mucho tiempo para la lectura.

Y llegó Haruki Murakami, superados mis veinticinco, y fue el descubrimiento de otro mundo, un mundo en el que sonaba un blues en Toquio, mientras un pájaro daba cuerda al reloj de una amante peligrosa que vive al sur de la frontera, o al oeste del sol, mientras Kafka descansaba en la orilla buscando un satélite llamado Sputnik. Y siguieron todos (o casi) del autor japonés, al que se unirían en un futuro Kawabata, Higashino, Mishima, Ishiguro… Y sin dejar de lado lo que seguía publicando Auster y King, entre otros.

También olfateé libros interesantes envueltos de perfume con Süskind y busqué códigos, ángeles y demonios con Dan Brown. Y eso me llevó otra vez de vuelta a los best sellers, con más lectura policíaca de la mano de Baldacci, Katzenback y su psicoanalista, Faletti, Koontz y la paranoia de Finder (gran libro también). Fueron bastantes años de este tipo de literatura, al que también la acompañaron cosas de las que ahora me arrepiento (y me arrepentiré de confesar aquí) como libros de ChitLick (no únicamente Bridget Jones, que también) o, más adelante, de superación personal.

Y descubrí a Siri Hustvedt, mi admiradísima Hustvedt, y me devolvió todo cuanto amé de los libros. Y leí todo de lo que había de ella (y sigo haciéndolo). Y a ella se le han ido añadiendo, al paso del tiempo, otros autores estadounidenses como Eugenides, Chabon, John Williams, Richard Ford y Foster Wallace. Y también otros autores no estadounidenses como Erri de Luca y Coetzee (otros dos grandes autores).

Y, ya más cerca a nuestros días, llegó Karl Ove Knausgård con su lucha, que es la de todos, y llegó fuerte, muy fuerte. Porque me descubrió (a mí y a muchos) la literatura del yo, porque vi otra manera de escribir, desde la cotidianidad, desde las pequeñas cosas. Y me estremecí con el ánima de Mouawad y la sangre de unas promesas que causaban dolor, pero también esperanza. Y apareció Philip Roth con su trilogía americana y Franzen buscando correcciones a una tendencia lectora errática pero nutrida. Y vino Zweig, grandísimo Zweig, y con él llegué al ensayo y a la reflexión a la que le diría Sí a Bernhard, pero también a Kristof (mi siempre admirada Kristof), o también algunos rarunos nórdicos como Hansum pasando hambre o Strindberg haciéndose el loco. Reflexiones que vendrían acompañadas de movimientos sociales contra el racismo y a favor del feminismo (Coates, Solnit, Davis, Ward Sontag, Beard, Atwood, Gornick, mi también admirada Ernaux…), sobre problemas migratorios (Gunday) o sobre la importancia de la cultura con Thiong’o. Porque hasta hace pocos años predominaban en mis estanterías los autores, pero, afortunadamente, llegaron ellas; de hecho, ya estaban, pero las descubrí tarde y menos mal que lo hice: grandísimas autoras como las ya mencionadas, pero también Hardwick y autoras más recientes como Tibuleac, Winkler, Kang, y catalanas que darán que hablar (más aún de lo que ya están haciendo) como Solà, Orriols o Baltasar.

Y sí, también otros grandes autores, como Haslett (que publique más libros, por favor), Moehringer hablándonos desde un bar grandes esperanzas, y clásicos a los que les debía una lectura como Harper Lee, Scott Fitzgerald, Victor Català, Faulkner, Hawthorne o contemporáneos como Saunders buscando a Lincoln en un bardo que me sorprendió y encandiló. Y finalmente, el último gran autor descubierto, uno de los más grandes, Cărtărescu, que me llevó a descubrir que un Solenoide genera campos infinitos de mundos de un magnetismo ineludible. Más o menos, como el magnetismo que tienen los libros.

Larga vida a los libros y a ULAD, al cuál le debo que esta sea, probablemente, la época de mi vida en la que más leo y gracias también al empuje de los lectores, que animan a seguir. Y que siga así por muchos años.