La obra empieza con la visita de Wilfrid a un juez para contarle que su padre ha muerto. En ese momento, mediante una serie de flashbacks, retrocedemos hasta el momento en el cuál Wilfrid es informado del suceso y de cómo acude a la funeraria con la intención de enterrarlo al lado de su madre. Ahí se encuentra con el resto de su familia por parte materna, quienes le criaron de pequeño cuando su padre le abandonó y quienes ahora, por la poca estima que sienten hacia su padre, se oponen a que sea sepultado junto a su madre en una decisión que Wilfrid no entiende. De esta manera, Wilfrid debe tomar una decisión sobre donde enterrarlo, ante la negativa familiar. Su dilema se resuelve de pronto cuando le informan en el depósito de cadáveres que su padre llevaba una maleta al fallecer y que contiene una serie de cartas dirigidas a él. A partir de ellas, descubre el pasado de sus padres y toma la decisión de acudir al juez para solicitar la expatriación de su padre y enterrarlo en el país donde ha vivido durante los últimos años.
De esta manera, en forma de fábula, Wilfrid emprende un viaje con el objetivo de encontrar el lugar adecuado donde darle sepultura. Adentrándose en el pasado de su padre va descubriendo quién era en realidad y le permitirá descubrir quién es él mismo, de dónde procede y cuáles son sus raíces. Como si de un cuento se tratara, Mouawad nos lleva a un territorio habitado por múltiples personajes que componen un universo de voces y reflexiones sobre la fragilidad de la existencia, sobre en qué consiste la vida y la muerte. Superando adversidades, toma consciencia de la necesidad de crecer y emprender su propio viaje, abandonando aquello a lo que se aferraba y evitaba que afrontara la realidad. Se trata por tanto de un viaje dual, físico e introspectivo, para hallar su lugar en el mundo y saber quién es realmente.
Hay aspectos de su obra que pueden añadir confusión o recelo en lectores no acostumbrados al autor. Abusa en cierto modo de los episodios oníricos, escenas algo confusas como la inclusión del rodaje de una película mientras transcurre la acción (especialmente en el inicio del libro, algo caótico). Este hecho puede que distancie al lector y sea su aspecto menos logrado. De todos modos, el hecho de simultanear la narración estableciendo una doble capa o superposición de historias es algo habitual en Mouawad y es, a mi parecer, un pequeño peaje que hay que pagar para disfrutar de su obra. Es como si, para reducir carga emocional, el autor nos quiera distanciar de vez en cuando para que tomemos aire y recuperemos terreno, en un acto de resiliencia contra la carga emocional que nos transmite.
Aún así, Mouawad es hábil en la construcción de los personajes y en tejer la compleja personalidad de los mismos. Con el punto de mira siempre presente en las raíces de nuestra existencia, la clave retrospectiva es utilizada para recuperar la esencia de lo que somos y a qué debemos nuestra personalidad. Hay ciertos aspectos nostálgicos en su obra así como atisbos de redención, como si quisiera eximir la responsabilidad de nuestra forma de ser por las acciones realizadas por nuestros antepasados. Aquello que nos compone de forma nuclear son nuestras raíces pero somos nosotros quienes nos moldeamos aunque, en el fondo, nuestras inquietudes y preocupaciones no disten mucho de las de nuestros antepasados.
Como en toda obra de Mouawad hasta la fecha, la tragedia está presente en sus narraciones dotadas con aires de tragedia clásica. Probablemente ésta es la mejor forma de encontrar los hilos que tejen nuestros sentimientos, y tirando de ellos en forma de recuerdos podemos encontrar qué se oculta detrás de la madeja de nuestra apariencia. La nostalgia y la búsqueda de los orígenes envuelven la obra de Mouawad y no rehúye la tristeza si ésta va acompañada de un punto de esperanza. La crudeza y análisis de Mouawad nos lleva hasta un punto donde se puede salir pero únicamente siendo otro. Sus escritos siempre impactan, nos cambian, nos entristecen y nos sorprenden. Nos acompañan a ese punto íntimo, casi desconocido de nuestro interior, del cual salimos tocados pero aún así indemnes. A pesar de la oscuridad existente en cada una de sus obras, transmite una clara obsesión por aferrarse a la vida, por dotar del punto de optimismo en vencer que yace en toda lucha. Por todos estos aspectos, Mouawad es uno de los grandes, no únicamente por lo que escribe sino por cómo consigue que su mensaje nos llegue.
Como apunte final, a pesar de que el libro tiene su edición en castellano he optado por escoger la portada de la gran edición en catalán a manos de «Edicions del Periscopi» donde en un solo volumen se aglutinan las cuatro obras que componen la tetralogía de «La sangre de las promesas». Asimismo, incluye un prólogo escrito por el director teatral Oriol Broggi, quién ha llevado al teatro gran parte de sus obras. La edición realizada por la editorial es digna de mención y de una belleza digna del escritor.
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