Mi otoño, para Fanny S
Me gusta el otoño.
Y me gusta este octubre contenedor de
nostalgias, hacedor de esa saudade que te acompaña a la barra del bar, que
bordea contigo la taza de café desde primera hora, que transita las calles
asida a tu cintura, que comparte asiento junto a ti en ese tren lento de alta
velocidad, que mira por encima de tu hombro lo que lees, que se traviste en
musa y te empuja a madrugar un domingo para esculpirle un pie letrado a tu
punto de mirada, que resucita los recuerdos, que acentúa las preguntas sobre
qué andará haciendo éste o aquélla, que cultiva los olores yermos, que
descompone las emociones, que esconde las aceras bajo un manto de hojas
suicidas, que puebla de ocres los caminos que conducen a los sitios acordados y
que convierte los campos en lienzos donde la tristeza en un destino y no una
consecuencia.
En la cafetería donde estoy ahora, los
cristales han mudado en una improvisada pizarra donde las gotas reescriben los
torcidos renglones de ese Dios que hizo el mundo en siete días y se quedó tan
pancho. Se nota que estamos hechos con prisa, revestidos de sobras, creados a
imagen y semejanza de la palabra caducidad y que duramos lo que dura un corto
invierno, una margarita en manos del enamorado indeciso y primaveral, una
canción del verano y una berrea otoñal con final feliz.
Comparto escenario con un niño acoplado a una
“Tablet” de ultísima generación, un abuelo que lee a su lado la prensa cargada
de goles, de metas, de cimas, de carreras y de la infinitud del tablero
deportivo. Junto a los ventanales por los que desciende la lluvia, una mujer de
edad mediana, de melena lacia y oscura, toma una infusión, pasa sin ganas las
hojas de un periódico que no distingo y de vez en cuando atiende los silbidos
suaves que emite su móvil. Ahora me descubre observándola, disimulo la vista
hacia esa calle anegada y regreso a esta pantalla en la que confluyen los ecos
del pasado y las pisadas del presente.
Decido que no tengo nada más que contar. Que
la morena lacia que estaba cerca de mi mesa se ha marchado, que el nieto ha
desconectado de la tecnología, milagro, y habla con el abuelo que le cuenta no
sé qué de cuando era pequeño también y se entretenía con un muñeco de trapo
ataviado de ilusión, que las camareras echan de menos los días de sol, como yo
no, y en la puerta, una anciana amarra su perro a un reservado para mascotas
que tienen prohibida la entrada.
Decido dejar de escribir y disfrutar de un
par de capítulos de EL AMANTE, del escritor israelí Abraham Yehoshúa.
Decido que voy a pagar estos dos cafés.
Decido también que cuando salga acariciaré el pelaje mojado del perrito que
aguarda bajo una lluvia intermitente y que proyecta su tristeza desorbitada
hacia el interior del local intentando localizar a su dueña que acaba de pedir
un café con leche y una madalena enorme.