martes, 25 de febrero de 2025

Partir la cara


 

Lo hemos visto en los medios: un representante político rompiendo un retrato fotográfico en un Parlamento hace unos pocos días.

Romper una foto en pedazos: un gesto que se ha practicado y se practica en contextos distintos, desde artísticos hasta políticos.

Esta destrucción no muy habitual recuerda la más común destrucción, mutilación o desfiguración de estatuas, en general religiosas o de figuras políticas. Al igual que en el caso que comentamos, el daño se centra en el rostro. La foto no se rompe por una esquina, sino que se rasga de manera que el corte atraviese la cara de la persona retratada. Su restauración no podrá nunca recomponer el rostro ni borrar las huellas, por finas que sean, que lo desgarran.

Cabría preguntarse por el alcance del daño. 

Una escultura naturalista conmemorativa reproduce la forma, el cuerpo, el envoltorio, la apariencia de una persona. Es decir, imita su exterior. El volumen está plenamente plasmado. Su porte, su prestancia están ante nosotros. Mas, ¿una estatua nos mira? Cuando nos desplazamos ante ella, la figura reproducida ¿nos sigue con la mirada, o, más bien, mira -o se diría que mira, hacer ver que mira- a un punto indeterminado ante ella, con una mirada insistente y, se diría, ciega?. Mira sin mirar, simula mirar.

Una fotografía, al igual que cualquier imagen bidimensional, no puede dar las medidas de un cuerpo. No da la talla. Pero tampoco parece buscarla. Lo que se percibe, en lo que la fotografía se centra, es en la cara y, en particular en los ojos. Estos son expresivos, y dan la sensación que traducen la vida interior, los pensamientos y sentimientos de la persona. Su mirada lo es todo. Simboliza o expresa lo más valioso , lo que identifica y personifica a una persona. De algún modo, su cuerpo, las hechuras del mismo, no son necesarios para entender y ahondar en una personalidad.

La destrucción de una estatua quiebra un cuerpo pero no una vida. Rompe sus conexiones pero no atenta sobre su mundo.

La ruptura de una fotografía, o el lacerar un retrato, en cambio, ahonda en el atentado, pues alcanza lo que no se ve, su interior. Lo que queda es un cuerpo inerte, vaciado, vacío: una personalidad rota por dentro, doblada, quebrada. Una ruptura que no se podrá suturar.

En cierta medida, el rasgar una fotografía es un atentado mas certero y más cruel que el derribo de una escultura, pues destruye el alma. Ls figura podrá sobrevivir, con una vida vegetativa; un muerto en vida.

El político que rasgó la fotografía sabía lo que hacía; se ensañó. Borró a una persona. Ésta ya no sería la misma. Ya no sería.

Cabe preguntarse si este político, dotado del poder de anular a una persona, puede seguir representándonos.




AMY SILLMAN (1955): AFTER METAMORPHOSES (2015-2016)


 https://www.amysillman.com/video/

En este enlace legal se puede encontrar la versión completa de este corto de animación de la pintora norteamericana Amy Sillman -nos parece una de las mejores hoy en día, combinando humor y referencias plásticas e históricas, sin pedantería- basado en Las Metamorfosis de Ovidio. La animación cinematográfica casa perfectamente con lo que Ovidio cuenta, la historia de un permanente cambio, haciendo que seres nunca sean lo que fueron ni lo que serán, siendo su estado un entre dos estados, guardando el recuerdo de lo que fueron en su nuevo estado que ya se proyecta en uno diferente que despunta, anulando la diferencia entre la vida y la muerte.



sábado, 22 de febrero de 2025

Bulo

 En la Grecia antigua, se distinguía cuidadosamente entre la mentira y el engaño. Pseudos era una mentira piadosa. Pese a la condena de la mentira y del ocultamiento de la verdad, Platón era consciente que no toda verdad debía ser divulgada, sino que sólo podía ser compartida por un reducido círculo de elegidos que decidían entonces acerca de lo que se podía anunciar como, por ejemplo, el dudoso comportamiento de dioses como Zeus, aficionado al rapto, el estupro  y el asesinato, al igual que se hijo predilecto, el dios Apolo. Muchachos y muchachas debían cuidarse mucho de mostrarse excesivamente en público, so pena que los dioses se fijaran en ellos. Y no digamos de la ansiosa Afrodita, que no hacía sino seguir la senda de la diosa mesopotámica del deseo creativo y destructivo, la diosa Inanna o Ishtar. Caer en sus redes era fatal. No se contaba el número de amantes a los que llevaron a la muerte tras haberlos utilizado.

En estos casos, era mejor que los ciudadanos no supieran nada o creyeran en el (incierto) comportamiento ético de los dioses, y los consideraran como figuras modélicos, ejemplos de sobriedad, contención y lucidez.

La defensa de la mentira política, a cargo del gobernante ilustrado, se basaba en la necesidad de mantener el orden público y de evitar el desánimo o la furia ante la divulgación de ciertos comportamientos de figuras sobrenaturales que se suponía debían dar el ejemplo de cómo actuar ante la turbación de los sentidos, hechos perturbadores como la excesiva belleza de Semele o de Ganímedes, o las bravuconerías de Niobe jactándose de ser más prolífica que la austera diosa Leda que solo tuvo dos hijos.

Por el contrario, el engaño -apate, en griego- era despreciado. Era la actitud del que miente para hacer daño. Insulta, ridiculiza, sin base alguna, solo para desprestigiar, o vanagloriarse. El engaño era despreciable porque no beneficiaba a nadie. Antes bien, solo sembraba la cizaña. Despertaba sospechas, causaba recelos, incitaba a la murmuración y la maledicencia, y, en suma, así como pseudos ocultaba lo que podía dañar la convivencia en el seno de una comunidad, apate ere el germen de lo que acabaría por disolver las buenas relaciones en un grupo y enfrentar entre sí a sus miembros.

Siguiendo en esta línea, inspirado en reflexiones de la antigüedad, el ensayista francés Montaigne, en el siglo XVI, distinguía entre la mentira y la acción de mentir. Una mentira, sostenía, aportaba, de buena fe, una información errónea. Quien decía mentiras no actuaba a sabiendas de la falsedad de lo enunciado. Él era la primera víctima del error -que arrastraría a toda una comunidad, sin quererlo ni pretenderlo. Creía en lo que comunicaba, y creía en la necesidad de divulgar una información que había aceptado. Esta equivocación podía ser dañina, pero no había sido enunciada para hacer daño algunos 

Mientras que quienes mienten, mienten a sabiendas, continúa Montaigne. Conocen la verdad, que Montaigne no concibe como dañina o perturbadora, pero no la comunican. Saben que lo que cuenten no es cierto. Solo pretender confundir, alentar en falsas esperanzas, despertar ilusiones infundadas. Un bulo es, literalmente, una bola: una pompa de jabón henchida de aire, fascinante por irisada, liviana y perfecta, pero vacía: no contiene nada, o solo la nada. Los mentirosos juegan con la credulidad del público. Lo embaucan, lo desprecian. Manipulan y se burlan de él. Actúan como si fueren superiores y la comunidad ciega, incapaz de discernir la verdad, y solo digna de ser utilizada en beneficio de quien la seduce y le hace creer en lo que no es.

No, Montaigne no era un adivino que pronosticó lo que acontecería en el primer cuarto del siglo veintiuno -lo que quizá siempre ha ocurrido, ya sea en el cielo o en la tierra. Solo no se miente ni se cuenten mentiras en el infierno; quizá por eso el Hades sea un infierno. 







jueves, 20 de febrero de 2025

Tras la estela de Alejandro














 Fotos: Tocho, Musée Guimet, París, febrero de 2025


Estas estatuillas -estas cabezas y bustos de estatuillas o relieves- de los siglos tres y cuatro, o séptimo, de nuestra era- no causan problemas de identificación: asumimos que son figuras de la antigüedad, helenísticas, romanas e incluso de un primer cristianismo aún marcado por el arte clásico, griego o romano.

La pertenencia al museo Guimet de París podría provocar quizá un leve arqueo de cejas, una cierta expresión de incredulidad. Estas obras no estén expuestas en el museo del Louvre, que incluye el departamento de Antigüedades Griegas, Etruscas y Romanas, con la mayor colección de obras clásicas, fuera de Roma, Atenas e Istanbul. 

La duda o la sorpresa pueden provenir del tipo de museo al que pertenecen estas figuras. El museo Guimet está dedicado exclusivamente a obras de Extremo Oriente.

Mas, bien pudiera ser que también acogiera algunas obras clásicas.

Una visita a las colecciones disipa, sin embargo, esta duda. El museo se caracteriza por obras de iconografía muy alejada de motivos, cultos y creencias dominantes en el Mediterráneo occidental, central  y oriental en la antigüedad, pagano o no.

Budismo, hinduismo. Taoísmo, entre otros cultos y saberes, determinan los motivos representados.

En el caso de las figuras fotografías, no se falta a los objetivos y del museo ni a las características de las obras albergadas.

Dichas estatuillas proceden de dos yacimientos, Hadda y de la provincia de Gansu. El primero se ubica hoy en Afganistán; el segundo en el noroeste de China, en Dunhuang, ubicado, entre los siglos IV y VII, en la ruta de la seda.

En ambos casos, las figuras, unas del siglo III, otras del VII,  pertenecen a santuarios budistas. Son un eco, en algunos casos nítido, del primer arte naturalista budista del siglo tercero AC. 

Hasta entonces, no existía figuración budista alguna. A Buda y a sus seguidores no se les podía representar, pese a que no eran divinidades, sino tan solo humanos iluminados gracias a la reflexión propia, a la introspección y la prosecución de la sabiduría en ausencia de cualquier guía sobrenatural.

Las primeras representaciones del príncipe Siddarta, haya existido o no, tras su revelación interior ( Buda significa iluminado o ilustrado), no se fueron hasta el siglo III AC. 

La fecha y la figuración naturalista, inexistente hasta entonces, no son casuales. Son la consecuencia de la conquista alejandrina y de la presencia de escultores y tallistas helenísticos en las huestes de Alejandro, tras alcanzar lo que hoy es Paquistán y Afganistán, una figuración que se extendió por santuarios budistas en China a través de la ruta de la seda.

Esta figuración es fruto del sincretismo: la equiparación de figuras orientales con personajes occidentales. La iluminación del príncipe Siddarta  y su condición de guía espiritual se asoció al guía griego, que respondía a las expectativas humanas, y se asociaba tardíamente al sol, un astro real pero también metafórico: el dios Apolo, que había ordenado el mundo y trazado las primeras vías que los humanos seguirían para no perderse, y que, desde el centro del mundo, que era su santuario de Delfos (Grecia), indicaba a los humanos cuál era su destino y el recto camino que debían emprender, Apolo que se expresaba y respondía  por boca de su sacerdotisa iluminada y conocedora de las revelaciones apolíneas.

Los griegos no concebían que los dioses ni los sabios no pudieran representarse. En ausencia de cualquier figuración sensible, los humanos no habrían podido estar en contacto con ellos. Habrían tenido la sensación de hablar en el vacío, de estar desamparados, solos ante la nada. La figuración reconfortaba. Los dioses, aunque alejados y distantes habitualmente podían mostrarse y dar una imagen de ilusoria cercanía. Ésta es la que los escultores griegos trataron de figurar. El príncipe iluminado, Buda, alentaba y aconsejaba a los humanos con los que se mostraba próximo. No los abandonaba. 

Una muestra de las relaciones culturales y creativas tejidas en la antigüedad que hoy algunos denuncias como atentados a la “identidad” de los “pueblos” y “naciones”. Como si el “otro” no fuera como “yo”.

Como si la iluminación se hubiera apagado. Y la oscuridad o ceguera hubieran regresado. 






domingo, 16 de febrero de 2025

Gaza

 “ Preciso es reconocer que el hombre es cosa pasmosamente vana, variable y ondeante, y que es bien difícil fundamentar sobre él juicio constante y uniforme (…)

El más valeroso de los hombres y tan humano para los vencidos como Alejandro, habiéndose hecho dueño después de muchos obstáculos de la ciudad de Gaza, encontró a Betis que la defendía con un valor de que Alejandro había sentido los efectos; Betis solo, abandonado de los suyos, con las armas hechas pedazos, cubierto todo de sangre y heridas, combatía aún rodeado de macedonios que le asediaban por todas partes. Entonces Alejandro le dijo, contrariado por el gran trabajo que le había costado la victoria (pues entre otros daños había recibido dos heridas en su persona): «No alcanzarás la muerte que pretendes, Betis; preciso es que sufras toda suerte de tormentos, todos los que puedan emplearse contra un cautivo.» El héroe a quien tales palabras iban dirigidas, seguro de sí mismo y con rostro arrogante y altivo, se mantuvo sin decir palabra ante tales amenazas; entonces Alejandro, viendo su silencio altanero y obstinado, dijo: «¿Ha doblado siquiera la rodilla? ¿Se le ha oído tan sólo una voz de súplica? Yo domaré ese silencio, y si no puedo arrancarle una, palabra, haré que profiera gemidos y quejas.» Y convirtiendo su cólera en rabia, mandó que se le oradasen los talones, y le hizo así arrastrar vivo, desgarrarle y desmembrarle amarrado a la trasera de una carrera. ¿Aconteció que la fuerza del valor fuese en el monarca tan natural que por no admirarla la respetó menos? ¿o que la considerase sólo como patrimonio suyo, y que al rayar a tal altura no pudo con calma contemplarla en otro sin el despecho de la envidia? ¿o que en la impetuosidad natural de su cólera fuese incapaz de contenerse? Cierto que si esta pasión hubiera podido dominarla el monarca, es de creer que la hubiera sujetado en la toma y desolación de la ciudad de Tebas, al ver pasar a cuchillo cruelmente tantos hombres valerosos desprovistos de defensa: seis mil recibieron la muerte, en ninguno de los cuales se vio intento de huir; nadie pidió gracia ni misericordia; al contrario, todos se hicieron fuertes ante el enemigo victorioso, provocándole a que les hiciera morir de una manera honrosa. A ninguno abatieron tanto las heridas del combate, que lo intentara vengarse, al exhalar el último suspiro, y con la ceguedad de la desesperación consolar su muerte con la de algún enemigo El espectáculo de aquel dolor no encontró piedad alguna: y no bastó todo el espacio de un día para saciar la sed de venganza: esta carnicería duró hasta que fue derramada la última gota de sangre, y no se detuvo sino en las personas indefensas, viejos, mujeres y niños, para hacer de todos ellos treinta mil esclavos.“


Hoy, la carnicería no se detiene ni ante personas indefensas, viejos, mujeres y niños…. El progreso


(Michel de Montaigne: Ensayos, vol. I, cap. I)

Primera edición original francesa de 1588.

Traducción de Constantino Román, 1898


Existe una nueva edición en francés moderno - el texto original en francés del siglo XVI es ilegible- de Guy de Pernon, publicada en 2009. Muy recomendable 


ROBERT KRAMREITER (1905-1965): PARROQUIA DE SANTA MARÍA DE SALES (1941-1967)
























































 


Fotos: Tocho, febrero de 2025


La iglesia de Santa Maria de Sales fue proyectada por el arquitecto austriaco Robert Kramreiter. Era discípulo de Peter Behrens. Se instaló en España (Madrid, Barcelona, Valencia, Oviedo) durante la Segunda Guerra Mundial al servicio del gobierno alemán, interviniendo, por ejemplo, en la ampliación del Instituto Alemán  de Cultura en Madrid.





Especialista en arquitectura religiosa y fabril, proyectó esta iglesia que se hubiera tenido que construir en la Costa Brava pero que finalmente se emplazó en la ciudad catalana de Viladecans, en el sur del área metropolitana de Barcelona, en 1962. 
Kramreiter ya había regresado a Austria en 1950 donde prosiguió su trabajo en arquitectura sacra católica.
La iglesia de Viladecans, de hormigón, hoy afeada por construcciones recientes también de hormigón que impiden contemplar el volumen de la Iglesia e, interiormente, por un revestimiento parcial de madera -amén de una imaginería de un gusto cercano a la movida-, se mantiene, empero, en bastante buen estado, asumiendo la irreparable suciedad del hormigón poroso -un problema irresoluble que condena todos los edificios de hormigón visto-, causado por la lluvia y la polución. 
La amplia nave central, iluminada por vidrieras que se conforman como jirones de luz en el muro perimetral de hormigón, se dispone como un balcón que sobrevuela la cripta, con el altar mayor en el centro de la iglesia.
Pese a la época en que se proyectó, la iglesia nada tiene que ver con la imagen de la arquitectura nacional católica -y no digamos del nacional socialismo- que se hubiera esperar, en la que se perciben quizá ecos de la arquitectura brutalista de Le Corbusier.

Agradecimientos a los arquitectos Arcadio de Bobes, David Mesa y Carlos Navas, quienes nos informaron sobre esta iglesia, este arquitecto y este periodo que desconocíamos.