Sí, señores, mantener este blog ya no me resulta placentero. Y no debo culpar a nadie sino a mí mismo, por dejarme llevar por uno de los más detestables vicios humanos: la vanidad.
Permitan que me explique.
Cuando lo inicié, tenía claro que debía poder expresarme con total libertad, y que para ello era requisito imprescindible el anonimato. Sólo sin condicionantes de ningún tipo (como, por ejemplo, que te lea un conocido) podría sacar lo mejor o lo peor de mí mismo, generalmente esto último. Pero cometí el error de dar a conocer la existencia de este blog a algunos amigos... y ya no es lo mismo. Cuando supe quiénes me leen, y cuando algunos de los lectores supieron quién es el que escribe, se rompió el encanto: dudé si escribir esto o aquello (luego me lo reprocharían en persona), sentí que debía ser más cuidadoso con el estilo (como si me fueran a evaluar) y empecé a poner escusas para no actualizar. Y así hemos llegado al lamentable estado en que está hoy esta Caverna Nacional-Católica.
Así que clausuro oficialmente este blog. Y puede que abra otro (o puede que no), pero eso no lo sabrá nadie, porque "Cavernarius" se queda aquí.
Por cierto, vuelvo a dejar en moderación los comentarios, que ya estoy harto de las deposiciones de creyentes, deístas, panteístas y adláteres, así como de "ateos blanditos", agnósticos tolerantes y demás nihilistas con aires de superioridad que se creen que están de vuelta de todo pero que no ven más allá de sus ombligos.
Gracias por su paciencia y a más ver... aunque, bien pensado, mejor que no.
Curate ut ualeatis omnes!
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