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domingo, 2 de julio de 2017

CURAS Y MAESTROS



Escena de la película La lengua de las mariposas (1999)

Uno de los indicios más palpables del profundo cambio social y cultural que ha vivido España en las últimas cuatro décadas es el creciente desprestigio de dos tradicionales profesiones antaño muy valoradas: la de cura y la de maestro. Ambas figuras, que no hace tanto constituían la piedra angular de nuestras comunidades, especialmente en el medio rural, no gozan hoy, ni de lejos, del mismo predicamento.

En la pérdida de caché de ambas ocupaciones ha influido un factor común. Hace no demasiados decenios, el sacerdote y el maestro de escuela eran los más cultos del pueblo, situación que se ha invertido drásticamente en nuestros tiempos, puesto que no solo se ha disparado el porcentaje de titulados universitarios, sino que encima los estudios conducentes a la docencia y al sacerdocio no se caracterizan precisamente por su nivel de exigencia. Hoy casi cualquiera posee más cultura general que un párroco o que un profe de Primaria.

Pero luego hay causas específicas que todos conocemos bien. 

Por desgracia, la Iglesia ya no pinta nada en nuestro país y los curas han pasado, más repentinamente de lo que parece, de ser el referente moral en las vidas cotidianas de los españoles a casi tener que pedir permiso para existir y no digamos para opinar. Tras el virulento proceso de secularización que hemos padecido, la labor del clero ya no es valorada por el conjunto de la sociedad, e incluso se percibe con desconfianza o rechazo, aunque lo más frecuente, seamos sinceros, es que produzca una total indiferencia. Ni siquiera la acción social y asistencial de los religiosos es evaluada de forma especialmente positiva, dado el sinfín de oenegés laicas que, en teoría, hacen lo mismo.

En cuanto a los maestros, y ya lo hemos hablado alguna vez, ha influido mucho en su descrédito el cambio radical de perfil de los centros educativos. Antes los críos iban a la escuela unas pocas horas al día a que un sabio los ilustrarse, pero hoy los colegios se han convertido en establecimientos de guarda y custodia donde aparcar a los niños la mitad de la jornada, mientras los papis producen. En este nuevo contexto es indudable que los profesores desempeñan tareas mucho más amplias (y peor valoradas) que la de educar. Los padres identifican cada vez más el rol de maestro con el de cuidador y se consideran a sí mismos como clientes receptores de un servicio asistencial en vez de como partícipes, junto con los docentes, del proyecto educativo de sus hijos.

Otro día hablaremos de otras profesiones que también han perdido reconocimiento social en los últimos años (ingenieros, arquitectos, abogados) y de otras que lo han conservado intacto e incluso lo han visto acrecentado (médicos, informáticos).

martes, 3 de enero de 2017

LEALTADES COLECTIVAS





Una comentarista aludió el otro día a la lealtad y me hizo acordarme de que tengo pendiente desde hace varios años un post sobre este tema. El concepto de lealtad, que ofrece todo un abanico de matices, siempre ha sido objeto de interpretaciones erróneas o sesgadas que nos han hecho perder de vista su verdadero significado. Podría hablar sobre muchos aspectos de esta mezcla de fidelidad y adhesión incondicional que se supone que es la lealtad, pero al menos hoy voy a centrarme en un punto muy concreto, que es su dimensión grupal.

Con la idea de lealtad pasa algo parecido a lo que sucede con la amistad: que a pesar de ser un vínculo esencialmente íntimo y personal entre dos individuos, hay una fuerte tendencia a extrapolarlo a los grupos, es decir a entender que una persona puede ser amiga de un determinado grupo o leal a un colectivo. Este grave error de partida distorsiona la esencia de ambas realidades.

Desde niños se nos ha inculcado una lealtad sana hacia nuestros padres, que nos dieron la vida, y hacia nuestros hermanos, con quienes nos criaron, pero también hemos interiorizado una “lealtad” irracional a los grupos a los que únicamente pertenecemos por razón de las circunstancias. 

Por ejemplo, en el colegio era una regla no escrita pero sagrada que debíamos formar piña con nuestros compañeros de clase, hasta el punto de convertirnos en cómplices silenciosos de conductas muy graves para evitar que los profesores castigaran a nadie, por muy merecido que se lo tuviera. Hablar, informar de un hecho injusto o alertar a nuestros mayores de un abuso intolerable o de un posible peligro para todos, significaba ser un acusica, un chivato asqueroso.

Todos nos hemos visto obligados a practicar una solidaridad muy mal entendida con los miembros de estos grupos de los que formábamos parte solo por accidente. ¿Nadie se acuerda de lo mal visto que estaba negarse a prestar unos apuntes o a soplar en el examen a un compañero independientemente de los motivos de la negativa? Porque yo recuerdo en la Facultad a vagos y a jetas redomados que se habían pirado las clases de todo el año para irse a tomar cervezas pretendiendo después, en junio, que alguien les prestara todos los apuntes del curso pasados a limpio, y sentándose en el examen cerca de un empollón para que les “echara una mano” bajo riesgo de ser pillado y suspendido. Si alguien se ponía borde y dejaba las cosas claras, quedaba como un mal compañero y como un hijo de puta.

Esta visión envenenada de la lealtad la hemos ido arrastrando hacia otros ámbitos de la vida, como el laboral. Es cierto que la unidad y la cohesión de los trabajadores son el único medio de defensa eficaz frente a la rapiña de los patronos, pero lo que no puede pretenderse, como tantas veces se pretende, es basar nuestra ética profesional en un respaldo sin condiciones a todos los compañeros de nuestra empresa o categoría frente a cualquier decisión de los superiores o empresarios, porque entonces no solo podemos entrar en una espiral de injusticia, sino que podemos vernos obligados a postergar intereses personales muy legítimos a cambio de quedar como solidarios con los cuatro tíos más inútiles de la organización, que, a lo mejor, puestos a ser equitativos, donde deberían estar es en el paro o dos niveles profesionales por debajo del suyo. La tendencia a igualar por debajo, a dar a todo el mundo lo mismo con independencia de sus méritos y a basar los ascensos en criterios puramente objetivos como la antigüedad podrán parecer soluciones muy buenrollistas pero yo siempre las he considerado arbitrarias e injustas con los merecimientos y la capacidad de la gente. También he considerado siempre una estupidez no poder criticar abiertamente a un compañero ante un superior cuando su conducta o bajo rendimiento pueda suponer un riesgo para el futuro del proyecto y del equipo.

La impresión que yo tengo es que, en definitiva, este tipo de fidelidades colectivas se practican más por miedo que por convencimiento. En el fondo intuyo que estas normas de falsa lealtad se las han inventado y nos las han impuesto por la fuerza los cuatro elementos más desvergonzados e ineptos de cada grupo para poder cometer desmanes con impunidad y beneficiarse de ventajas que ni merecen ni habrían alcanzado en su vida si cada uno atendiera estrictamente a sus propias aspiraciones y, como mucho, a las de las personas decentes que le rodean. Porque sabemos que incumplir estas reglas artificiales es arriesgarse a sufrir venganzas, burlas o críticas por parte de estos elementos, que, amén de no aportar nada al grupo al que pertenecen, son a menudo los más agresivos.

martes, 21 de junio de 2016

VINO ESPAÑOL


No sé si debo contar esta anécdota, pero no me aguanto.

El jueves pasado un Ministerio cuyo nombre prefiero omitir me convocó a una reunión en Madrid para el día 23 de este mes, a la que asistirán dos altos cargos de la Generalitat catalana. Sin entrar en detalles, baste decir que se trata de dos elementos de Convergència Democràtica que ostentan la máxima responsabilidad del sector en el que trabajo en la bella región del nordeste peninsular.

Tras una primera conversación telefónica con una de las organizadoras, recibo un email con el orden del día de la sesión, cuyo último punto dice literalmente: “13:45 h: Vino español”. Ya sabemos que esta es la forma tradicional de denominar en nuestro país al pequeño aperitivo que a veces cierra un acto público, congreso o similar. De momento, nada que objetar.

Pero hete aquí que al día siguiente a media mañana me mandan documentación adicional para el evento, y entre la misma figura otra vez el orden del día. Como suelo hacer en estos casos, comparo la nueva convocatoria con la anterior por si se ha introducido alguna variación en el horario o en las intervenciones, y cuál es mi sorpresa al comprobar que el único cambio del programa es la denominación del último punto, que ahora se titula “13:45 h: Cocktail”.

Creo que pagaría dinero por saber qué ha ocurrido entre el primer y el segundo email, quién ha decidido cambiar el nombre de la celebración de clausura y por qué motivos exactos. La escena que me imagino es dantesca, aunque nunca sabré si el cambio ha sido a petición expresa de los invitados catalanes o más bien –tiene toda la pinta– lo han decidido motu proprio los propios funcionarios del Ministerio para no molestar a los repugnantes separatistas. No sé qué es peor. Bueno, no seamos tan mal pensados, también cabe la posibilidad de que los caldos que tienen previsto servir no sean españoles y nos pongan un Oporto o un Burdeos. El jueves lo comprobaré in situ. 

martes, 14 de junio de 2016

COMPORTAMIENTO ECONÓMICO

Dice mucho de nosotros nuestra actitud hacia el dinero y nuestro comportamiento económico. El parné es una de las bases de la sociedad y condiciona nuestras ideas, modo de vida, relaciones interpersonales y expectativas de todo tipo en mucha mayor medida de lo que nos gustaría e incluso de lo que imaginamos. Ni siquiera las personas que no nos consideramos materialistas deberíamos olvidar ni por un segundo la repercusión que el factor pasta tiene en los aspectos más insospechados de nuestra existencia cotidiana. Porque una cosa es ser desapasionado con el dinero (algo, en mi opinión, encomiable) y otra creer estúpidamente que los demás también lo son. Si de verdad consideramos que el vil metal no es importante para nosotros, al menos tengamos claro que sí lo es, y mucho, para el común de los mortales, y que nuestra capacidad económica y nuestra manera de gastarnos el sueldo va a influir, casi seguro que decisivamente, en nuestra imagen pública y en el tipo de etiquetas que nuestro entorno social va a asignarnos irremediablemente. A lo mejor nos da lo mismo, pero no está de más ser conscientes de esta realidad, por muy triste que nos parezca. Y no todo el mundo lo es.

Aunque el estilo económico de vida de cada cual es algo muy íntimo que debemos respetar por principio, hay algunas actitudes que pueden resultar peligrosas, indignas y, si me apuras, autodestructivas; y lo más grave: suelen acarrear unos altos niveles de reproche social de los que a veces no es fácil salir indemne.

Una de estas conductas, harto frecuente, es la de quienes se empeñan en aparentar un tren de vida mucho más lujoso de lo que sus ingresos les permiten. Conocidos por todos nosotros, se trata de individuos con un nivel de renta modesto que, sin embargo, gastan un alto porcentaje de su dinero en bienes o artículos que socialmente se consideran indicios inequívocos de elevada capacidad adquisitiva, generalmente ropa de marca, automóviles de alta gama o tecnología punta (determinados teléfonos móviles, por ejemplo). Este comportamiento, tan habitual en España, es muy lamentable, en primer lugar porque quien así actúa jamás logra engañar a nadie, ya que todo el mundo a su alrededor conoce, mal que bien, su verdadera situación financiera y considera patético su exhibicionismo, pero sobre todo porque el afectado y su familia suelen acabar padeciendo graves problemas de liquidez y endeudamiento que no pocas veces desembocan en tragedia. En mi opinión, y a pesar de la mucha demagogia derrochada al respecto, bastantes de las familias más machacadas por la crisis vivían muy por encima de sus posibilidades antes de 2009, incluidos muchos de los desahuciados que salen a todas horas en los medios de comunicación.

Otro fenómeno bien conocido y casi tan penoso como el anterior es el que yo llamaría “nivel de vida parental”, que consiste en que una persona (soltera, casada o con hijos) no lleva el nivel de vida que correspondería a sus ingresos, sino el que le facilitan sus padres. Es una situación que no tiene nada que ver con la edad, pues se dan casos en gente ya talludita. Me estoy refiriendo al clásico matrimonio con dos hijos, con uno o dos sueldos muy modestos, que reside en un pedazo de casoplón y se pega una vida padre (nunca mejor dicho), a base de viajes exóticos, cochazos renovados cada poco tiempo o smartphones siempre a la última. Estos escenarios suelen darse en el entorno de potentes empresas familiares, cuando, por ejemplo, una hija del patriarca no trabaja en el negocio del clan y ha contraído matrimonio con un modesto asalariado. La pareja no vivirá conforme a sus propias ganancias, sino de las periódicas inyecciones de fondos que, en distintos formatos y a través de diversos subterfugios (para que su orgullo no salga demasiado herido) reciba de Papá Pitufo. El papelón no parece el más digno para los afectados, pero no les suele preocupar. Además yo me pregunto si de verdad esto es criticable. Al fin y al cabo es un tema familiar y, estando padres e hijos de acuerdo y felices, a los demás como mucho nos queda reconocerles su suerte. Tampoco deja de ser una forma de disfrutar de la herencia en vida.




La última situación deplorable es la contraria a las dos anteriores. Podría pensarse que no es habitual, pero se da mucho más de lo que suponemos. Me refiero a aquellos que tienen la cuenta corriente más que saneada pero viven con una austeridad rayana en la roñosería. No estoy pensando en extremos como el de la viejecita multimillonaria con todos los ahorros escondidos bajo el colchón que habita un piso infestado de basura y parece una indigente, sino en casos más sutiles pero igualmente reales. Un ejemplo muy ilustrativo, del que yo conozco dos o tres muestras, sería el del joven de origen muy humilde que, gracias a su tesón y a los estudios que le dieron sus padres, se termina convirtiendo en un profesional prestigioso y bien remunerado. Sin embargo, no le es tan fácil cambiar de mentalidad tras una niñez y una adolescencia de estrecheces económicas, y, a pesar de haber venido a mejor fortuna, le cuesta dejar de mirar la peseta, sigue acobardándose ante un precio alto y le duele casi físicamente realizar cualquier gasto superfluo. Como consecuencia de estos escrúpulos, el afectado pueden terminar desarrollando un nivel de vida muy por debajo del que se merece y se ha ganado a pulso. Cierto que este problema suele ser transitorio, pues –desengañémonos a lo bueno se acostumbra uno rápido, pero algunas personas presentan especiales dificultades de adaptación que les llevan a comportarse con el dinero como han sido educados más que como les permiten o exigen las circunstancias. Ello dificulta a algunos disfrutar plenamente de lo que es suyo, reduce su abanico de posibilidades y empaña su felicidad. No es poca desgracia tener dinero abundante y sentir dolor cuando se gasta.

miércoles, 11 de mayo de 2016

¿QUÉ ESPERABAS?

Lo más probable es que esta entrada no la entiendas más que tú, pero me da igual.

A ver si te enteras ya, amiguito. Tienes todo el derecho del mundo a defender unos ideales de lo más revolucionarios, a proclamarlos a viva voz en el trabajo, a comprometerte públicamente con un sindicato tan cañero, y a denunciar con contundencia las injusticias laborales que se cometen a tu alrededor. Ni la ley ni nadie te ha negado jamás ese derecho. Y menos yo. De hecho, hasta ahora siempre me habías parecido un tipo valiente, generoso y digno de admiración.

Pero, cuidado, no te engañes. A lo que no puedes aspirar siendo como eres y haciendo lo que haces es a que tu empresa, u otra empresa cualquiera, te dé un puesto con responsabilidades directivas y te pague un sueldazo. Lo que no puedes hacer, salvo que seas idiota, es salir en el periódico encabezando manifas, lanzar declaraciones incendiarias, presentarte a las elecciones municipales con el partido que tú sabes, pasarte la vida tocándoles los huevos a tus jefes (seguramente con toda la razón) y luego lloriquear como una nena porque ascienden a cualquiera menos a ti.

Un tipo tan consecuente y tan duro como tú no debería cogerse una depresión de caballo por chuparse tres años de paro (“búsqueda activa de empleo”, pones en LinkedIn) y diez meses sin una sola entrevista. ¿Qué te pensabas? ¿Que ser contestatario salía gratis? ¿Acaso suponías que las empresas en las que echas currículum no iban a buscarte en Internet, en Facebook, y no te iban a ver enarbolando banderas y pancartas, y denunciando a boca de megáfono “las agresiones capitalistas” de “la oligarquía empresarial”? Yo te creía más listo.

No me decepciones, chico. No seas blandito. Si tienes arrestos para disparar contra tus enemigos a pecho descubierto, debes tenerlos también para recibir sus balazos sin gimotear. ¿O es que imaginabas que solo tú podías repartir leña y ejercer la libertad de expresión?

Y no te confundas conmigo, cuidado. No me estoy cachondeando de ti ni menospreciando tu labor política y sindical. Lo único que te sugiero es que, como mínimo, tengas la dignidad de no presumir de independiente, de insobornable, y luego disgustarte de esa manera porque la patronal desconfíe de ti. Habiendo miles de trabajadores dóciles igual o más capaces que tú, ¿por qué iban a contratarte a ti o a promocionarte a un puesto sensible con la guerra que das?

Y no tengas tanta jeta de decirme que es injusto. Si tú montaras una pyme preferirías que te mataran antes que fichar a un pepero.

Tal como están las cosas, si de verdad tuvieras lo que hay que tener opositarías a una plaza en la Administración, que ahí nadie se va a preocupar de cómo piensas, o emprenderías un negocio con tu dinerito, en vez de humillarte penosamente aguardando a que te den de comer aquellos a los que no dejas de pisar el callo. Y cuando lo consigas, cuando tu subsistencia ya no dependa de la “oligarquía empresarial”, como si sacas una metralleta y los acribillas a todos. 

lunes, 9 de mayo de 2016

DOS HISTORIAS MUY TRUCULENTAS


Hoy toca una ración de realismo crudo. Las dos anécdotas que voy a contar son auténticas y las vivió en primera persona un compañero mío de trabajo que estuvo cinco años destinado en un centro para personas con discapacidad grave. Aunque voy a intentar narrar los hechos de forma neutra y respetuosa, advierto a los lectores sensibles que quizá no les convenga seguir leyendo.

El protagonista de la primera historia es Luismi, un interno de 22 años con un problema severo de psicomotricidad de cintura para arriba, que le afectaba principalmente al cuello, los brazos y las manos. El muchacho, con la cabeza siempre ladeada y la expresión rota por una extraña mueca, apenas podía hablar ni abrir siquiera una puerta o sujetar una cuchara, así que tenían que vestirlo y alimentarlo. Varias noches un celador le sorprendió en su habitación tirado en el suelo, boca abajo, jadeando y restregándose brutalmente contra la alfombrilla al pie de la cama. Se estaba masturbando como podía. Con el tiempo, Luismi se fue causando raspaduras y heridas en los genitales, algunas graves, que tenían que ser vigiladas y curadas por el personal sanitario que lo atendía. Todos en el centro veían que el chico estaba desquiciado por la ansiedad, sobre todo en los meses de calor. Miraba los escotes de las enfermeras con una mezcla de deseo y de angustia que ponía el corazón en un puño.

En la reunión semanal del equipo multidisciplinar se terminó planteando el tema. El médico opinó que a esa edad era una tragedia no tener ninguna posibilidad de canalizar los impulsos, ni siquiera tocándose con la mano. La psicóloga informó, con lenguaje muy técnico, de que cada vez se agravaban más en el paciente los efectos de la privación de cualquier forma de sexualidad, y que, en resumen, el chaval estaba totalmente obsesionado, iba adquiriendo tics nerviosos cada día más acusados y podía llegar un momento en que su personalidad se quebrase y quedara encerrado en sí mismo para siempre. También se barajaron distintas soluciones, como terapias ocupacionales, ejercicio físico moderado, paseos más frecuentes, atención psicológica especializada o tratamientos farmacológicos específicos para atenuar sus ímpetus eróticos. Hasta que Manolo, un ATS próximo a jubilarse, muy campechano él, lanzó la bomba:

– Pues yo creo que habría que traerle una puta de vez en cuando.

Durante casi un minuto no se oyó ni el vuelo de una mosca, hasta que Joaquín, el director, intervino bastante incómodo:

– Pero, Manolo, por Dios, ¿cómo vamos a hacer una cosa así? Eso está fuera de todo protocolo. ¡Es matar moscas a cañonazos! En un centro público eso es inviable y lo sabéis todos. ¡La que se liaría si se entera la prensa! Y además, digo yo que los padres de Luismi tendrán algo que decir… aunque bueno, el chico es mayor de edad y no está incapacitado.

Se abrió entonces un acalorado debate sobre la propuesta de Manolo, que casi todos los profesionales presentes consideraron muy bien intencionada pero inviable por inoportuna y dudosamente ética, a pesar de que la subdirectora les recordó que en Holanda y en no sé qué país nórdico las administraciones públicas facilitaban este tipo de servicios a los reclusos de las cárceles y, por supuesto, a pacientes con la problemática de Luismi. El asunto estaba casi cerrado cuando, de forma inesperada, tomó la palabra Azucena, una jovencísima auxiliar de enfermería que se llevaba muy bien con el interno, con el que charlaba a diario y al que solía regalar CD´S de música con recopilaciones de sus canciones favoritas. La chica explicó visiblemente afectada que le parecía muy cruel la situación de Luismi y que, por elementales razones de humanidad, debería tomarse alguna determinación para paliar su sufrimiento.

– A mí se me encoge el alma, de verdad, y si se trata de encontrar una solución discreta, yo me ofrezco personalmente a ayudarle. Cada diez o quince días, o cuando se decida, yo no tengo ningún inconveniente en… hablemos claro, si no os importa, en hacerle una paja, para que se quede tranquilo y deje de autolesionarse, que las últimas heridas que se ha hecho a mí me han puesto los pelos de punta. ¡No tiene por qué enterarse nadie!

Joaquín se puso en pie, alteradísmo, y ordenó pasar, sin más discusiones, al siguiente punto del orden del día. Con Luismi hablaría la psicóloga y, si él estaba conforme, el médico le recetaría unas pastillas para atemperar su líbido. Y punto.

La segunda historia, que sucedió dos años después, se parece a la primera, pero es si cabe más dramática y surrealista. Una pareja de internos que se habían conocido en este mismo centro decidió contraer matrimonio tras un noviazgo llamativamente corto. Él tenía 36 años y ella 29. Ambos sufrían de movilidad reducida y, al igual que Luismi, de importantes trastornos de psicomotricidad. Diez días antes de la boda solicitaron una entrevista con la trabajadora social, y, tras numerosos rodeos, la novia le explicó que, debido a su discapacidad, no les iba a ser posible consumar el casamiento ni disfrutar en modo alguno de una vida sexual plena. Vamos, ni plena ni menos plena, ya que los dos eran incapaces de mover, ni levemente, ninguna de las partes del cuerpo implicadas en una relación íntima, ni siquiera las manos ni los dedos. A mayor abundamiento, ella sufría de una especie de parálisis en los músculos maxilares que le impedía abrir y cerrar la boca con normalidad (detalle que aporto sin ningún ánimo morboso, sino solo para que pueda entenderse el problema en toda su amplitud).

– Vaya… –respondió, tras tomar aire, la asistente social– Es una dificultad que comprendo perfectamente y lamento de veras. Pero una cuestión tan íntima… No sé cómo deciros… No se me ocurre cómo podríamos ayudaros la dirección del centro y mucho menos yo…

– Sí, sí, claro que nos podéis ayudar. En la Ley de Asistencia a Personas con Discapacidad y en el propio reglamento del centro se dice muy claramente que la Administración está obligada a auxiliar a los discapacitados en la realización de las actividades esenciales de su vida cotidiana, como comer, beber, vestirse, desplazarse y lavarse, incluyendo la higiene relacionada con los procesos de excreción… Y, claro, el sexo tú ya sabes que es una actividad esencial en la vida, fundamental para la salud y el equilibrio emocional, y ya ni te cuento en una pareja recién casada...

La trabajadora social tragó saliva y miró turbada a los dos jóvenes, encogiéndose de hombros.

– Perdonadme, pero no entiendo cómo puede auxiliaros la Administración en… en esas actividades que, como muy bien decís, son esenciales…

–Pues, perdona –metió baza él, algo azorado–, pero yo creo que está clarísimo. Dicho sin remilgos, lo que esperamos del centro es que alguien nos facilite hacer lo que nosotros no podemos hacer solos de ninguna manera, es decir que nos desnude, nos coloque en la cama en la posición correcta y mueva nuestros cuerpos para que… bueno, ya me entiendes. No hacen falta florituras... Solo pedimos un auxilio básico.

El intrincado asunto también fue sometido al comité multidisciplinar, aunque esta vez no salió ningún voluntario para remediar el drama de la parejita. Joaquín volvió a zanjar la cuestión sin demasiadas contemplaciones, moviendo negativamente la cabeza y exclamando:

– Sí, claro, lo que nos faltaba, hacer de mamporreros como con los caballos. Nada, nada... No perdamos un minuto más con esto. Si quieren, que lo pidan por escrito y que resuelvan en Servicios Centrales.