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jueves, 31 de julio de 2014

PUBLICIDAD Y PROFESIONALIDAD

 Matías Prats el chistoso sacándose unos eurillos extra

Todos nos hacemos una idea de lo que es la telepromoción, pero, por si acaso, recordemos que la ley audiovisual la define como la comunicación audiovisual televisiva “en la que el presentador o cualquiera de los protagonistas del programa, utilizando el escenario, la ambientación y el atrezo del programa, exponen por un tiempo claramente superior a la duración de un mensaje publicitario las características de un bien o servicio, de manera que el mensaje no puede ser emitido de manera independiente al programa correspondiente”.

Dentro de la oferta televisiva española, los ejemplos son numerosos: actrices secundarias de series cutres y no tan cutres anunciando productos de belleza justo después del intermedio, con el vestuario de su papel y el decorado del capítulo; presentadores de telediario interrumpiendo el informativo para ofrecernos una alarma para el hogar; el incombustible e insufrible hombre del tiempo Roberto Brasero (Antena 3) mezclando su matraca sobre el último anticiclón con mensajes promocionales de Vodafone

Y aunque no es telepromoción, me viene también a la cabeza Matías Prats junior (que ya podía aprender algo de su padre), todo el día en los anuncios de los seguros Línea Directa para coche o moto.

El brasas de Brasero hablando de todo menos del tiempo
Las ondas radiofónicas tampoco están libres de este pecado. Yo he oído muchas veces al radiopredicador Jiménez Losantos glosar toda clase de productos en su programa matinal. Lo que pasa es que este hombre tiene una gracia especial para integrar los mensajes publicitarios en su espacio de modo que casi ni se note que está vendiendo una marca. Le recuerdo en la primera legislatura de Zapatero anunciando un curso de inglés on line en plan “apúntense al curso, oigan, que con la que está cayendo igual tenemos que salir todos huyendo al extranjero”. Hace un par de semanas le oí proclamando las virtudes de una crema antienvejecimiento y eran la monda sus comentarios.

No recuerdo exactamente en qué términos, pero en los años 70 y 80 del pasado siglo la normativa aplicable prohibía o limitaba la actividad publicitaria a los presentadores o protagonistas de programas de televisión emitidos en horarios de máxima audiencia. La razón que se daba es que la aparición de personajes mediáticos en reclamos comerciales podía llegar a condicionar fuertemente la conducta de los consumidores, vulnerando de alguna manera su libertad de decisión. Estas viejas medidas, que hoy casi todos consideran paternalistas o proteccionistas, a mí me siguen pareciendo aplaudibles.

Hoy, en un entorno económico de plena liberalización, sin duda resultaría estridente impedir a Matías Prats salir en los anuncios como se le prohibía a Mayra Gómez Kemp hace treinta años. La diferencia estriba en que entonces a los poderes públicos todavía les preocupaba el bienestar y la seguridad de las familias, mientras que ahora los comerciantes gozan de libertad ilimitada para usar cualquier señuelo y aligerarnos el bolsillo con la complicidad del Estado. Divas, divos, actores de moda, modelos, showmans, cantantes famosísimos y presentadores vistos a diario por millones de telespectadores se ponen al servicio de las marcas comerciales y nos comen el tarro abusando de la confianza o la admiración que les profesamos. Ya cuando los mensajes se dirigen a niños o a jóvenes el abuso es manifiesto. 

¡Es que en democracia las empresas son libres de lanzarte mensajes como quieran y tú de hacerlos caso o no, que para eso tenemos criterio! Pues ni de coña. Hay demasiada gente sin criterio, con el criterio mal formado o con el criterio desfigurado por cuatro mercachifles charlatanes y magos de la mercadotecnia, y toda esta gente debería ser protegida de manera eficaz por el Estado. El sector publicitario debería estar minuciosamente regulado y controlado por los gobiernos para evitar prácticas abusivas, manipulaciones y engaños que perjudiquen las economías familiares.

Telepromoción en una serie televisiva de ficción
Pero es que además la telepromoción y los anuncios protagonizados por famosos o por periodistas me parecen una horterada que les resta credibilidad y pone en entredicho su profesionalidad. Para empezar da la sensación de que no les pagan lo suficiente y tienen que andar buscándose ñapas para sobrevivir. Después también sucede que la imagen del programa en cuestión se deteriora mucho. ¿Cómo se atreven a mezclar la actualidad política con un champú anticaspa o hacer que los actores que interpretan la serie que estamos viendo se pongan a recomendarnos pizzas de la Casa Tarradellas? A mí desde luego estas cosas me destrozan la magia de la narración y de la interpretación. Y por último, cualquier asociación mental entre un intérprete de cine, un músico o un locutor prestigiosos y un producto de consumo (sobre todo algunos) da al traste con el buen concepto que podamos tener de la labor de estos profesionales. 


Más sobre publicidad en La pluma viperina:

- Gallina Blanca Sofrito... ¡y trabajo que te quito! (sobre Loles León)
- El Pan Bimbo de Punset
- Dermovagisil (por Carlos T ).

martes, 8 de abril de 2014

LETRISTAS

Realizo muchos kilómetros con el coche a lo largo del año, del orden de 40.000. Tantas horas sentado al volante, muchas veces en solitario y por las mismas carreteras castellanas, rectas y monótonas, precisan de una ligera distracción. Hace algunos años, siempre sintonizaba La mañana de Federico en la COPE, antes de que el locutor se comportara como un auténtico psicópata. Más tarde, aburrido de los voceros bicolores del régimen y de los CD's que ya me sabía de memoria, comencé a captar cadenas musicales. Esto supuso un trabajo de selección bastante sencillo, utilizando como primer criterio que los locutores hablasen poco (así se descartó Los 40 Subnormales); y, como segundo, que huyeran de las gitanadas (y así eliminé Cadena Dial).

Y poco a poco, según desaparece del espectro o se acomoda en un estilo único, voy mudando de emisora favorita: de M80 a Vive Radio (del ínclito rey juntero Michel Méndez Pozo); de KissFM a EuropaFM; y tras eliminar esta última emisora y a sus locutoras guarrofónicas nocturnas del dial de mi Toyota, pasé a Cadena 100 que, por fin, se escucha en toda Castilla y León.

No sé si será por causa de la edad o porque la falta de competencia profesional también incluye a los que programan la parrilla de las emisoras o por una crisis de creatividad pero, últimamente, la música que escucho en todas las emisoras me parece más aburrida, vulgar y similar cada día que pasa. Tanto en inglés como en español, la música es mala y la letra logra rematarla. En inglés, al menos, no entiendo casi nada la mayoría de las veces, a Dios gracias, pero las letras españolas son francamente pésimas. De ahí creo que viene la moda española de componer letras en inglés, incluso para Eurovisión: para que poca gente se entere de las chorradas que estamos diciendo, vamos a traducirlas chapuceramente a otro idioma. O bien se piensan que nuestra lengua y cultura, que representan a 500 millones de almas en el mundo, no están a la altura de un histriónico y caduco concursillo.

La música siempre me había parecido un especie de ciencia oscura, reservada para elegidos capaces de interpretar sus arcanos pero va a resultar que estaba equivocado. Poco a poco me voy convenciendo que, en su expresión más comercial, popular y monetaria, está infestada de frotaguitarras cuyos conocimientos no exceden el de los gitanillos de órgano Casio, trompeta, cabra y escalera. Gentes que solo son capaces de juntar cuatro notas, en el mejor de los casos pegadizas, y que, sin duda debido a su escasa formación académica, no aciertan a componer unos ripios resultones que sirvan siquiera de acompañamiento.

Ahí está como prueba aquel compositor de Mecano empeñado en que su ¿ópera? se estrenara en El Real. Una chapuza que le obligó a aprender solfeo y que, a pesar de haber sido interpretada por Plácido Domingo -poderoso caballero habrá sido don Dinero- parecía una auténtica broma: «Que por qué; que por qué./ Yo que sé; yo que sé./Si tú me dejas, yo me tiro al río,/ ¿sabes? Cariño mío.» decía el gitano Manolillo o algo así.

Y luego, tras sufrir bodrios como este que me obligaban a desconectar la radio, he decidido volver a sintonizar de nuevo la COPE (advierto a los lectores que escuchar esta canción aumenta las ganas de matar):

     

viernes, 20 de junio de 2008

LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y "JUSTICIA"


El 16 de junio de 2008, lunes, la libertad de expresión ha sufrido un nuevo golpe en España: la juez Inmaculada Iglesias ha declarado al locutor de la COPE Federico Fiménez Losantos culpable de un delito continuado de injurias hacia Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid, por afirmar que había traicionado a las víctimas del 11-M.


El hecho desencadenante fue que Gallardón afirmó en un foro de ABC que había que obviar el 11-M y pasar página, lo cual fue duramente criticado por Losantos en su programa radiofónico. Teniendo en cuenta que en la investigación del horroroso atentado del 11 de marzo de 2004 había y sigue habiendo numerosas lagunas y cuestiones sin resolver (sencillamente porque no se quiere), la crítica de Losantos se me antoja incluso blanda y tibia.

La pena impuesta es lo de menos, porque una multa de 36.000 € para Losantos es una nimiedad, y por otra parte, muy barato se ha tasado el honor de Gallardón, a quien, dicho sea de paso, poco importó que su rival en la pugna por la alcaldía de Madrid y sin embargo camarada, Miguel Sebastián, sacase la foto de su "malaya" querindonga delante de media España. Hay que reconocer que el alcalde de la capital tiene un peculiar sentido del honor.

Lo realmente importante del caso es que la Justicia española ha dejado bien claro que no va a tolerar críticas "duras" contra el poder político, lo cual, en mi opinión, constituye un atentado gravísimo contra la libertad de expresión y deja una vez más en entredicho su independencia del Poder Ejecutivo.

Lo de dejar en entredicho es mera retórica. Lo cierto es que el Poder Judicial en España es un instrumento del gobierno de turno para legitimar sus tropelías. Señores, una sentencia judicial no es más que una valoración subjetiva de un señor cuya postura, lejos de ser independiente, en muchas ocasiones está influido políticamente, cuando no corrompido hasta el tuétano y esclavo del partido político que le ayudó a medrar.

Y mientras, cualquier personaje al que plantan un micrófono en las narices se las da de demócrata diciendo que respeta y acata las decisiones judiciales. ¡Menudo ejercicio de imbecilidad, como que no queda otra! Es como quien dice que acata la decisión de un médico que le amputó la pierna que no tenía engangrenada. Y al que se mueva, palo en los morros.

Aunque sea políticamente incorrecto, es más, entre otras cosas porque lo es, criticaré cualquier sentencia judicial que no me parezca correcta. Los jueces no hablan ex cátedra, son seres humanos influenciables y corrompibles como cualquiera. Y no me cansaré de pregonar que la democracia no se reduce a acudir cada cuatro años a votar al sinvergüenza de turno. Su pilar fundamental es la separación de poderes (Legislativo, Ejecutivo y Judicial), algo que en España no se produce y, lo que es peor, algo de lo que no es consciente la mayoría de los españoles, a quienes se la trae todo flojísima mientras sigan pudiendo darle al comercio, al bebercio y al fornicio en abundancia. Nos lo merecemos.

sábado, 17 de mayo de 2008

¡CHÚPATE ÉSA!


Pese a las viscerales antipatías que me provoca Jiménez Losantos, confieso que el pasado martes pasé un rato muy agradable oyendo –en un telediario- la caña que le dio al Rey y a los “chikilicuatres” del Gabinete de Prensa de Zarzuela, a cuenta de las declaraciones laudatorias del espontáneo señor Borbón sobre el Presidente del Gobierno.

Mi satisfacción no viene de que en este caso puntual considere criticable la nueva torpeza del todavía monarca. No me froté las manos al ver que le tiraban de las orejas con razón, por inoportuno, por impresentable y por crear –una vez más- situaciones con las que cualquier español no sabe dónde meterse de la vergüenza ajena, e incluso propia al saberse representado por un personaje de tan escaso tino político. Qué va. Lo que más me gustó es comprobar como día a día los españolitos le vamos perdiendo el miedo y el respeto a esa figura decorativa que antes era sacrosanta para la unanimidad de la prensa, y que a fecha de hoy es cada vez más objeto de chirigotas (El Jueves), mofas, críticas y ataques sobradamente merecidos.

Ya son incontables las sentencias absolutorias por verter opiniones “durillas” contra Juan Carlos. En los medios escuchamos cada vez con más frecuencia sólidas críticas contra la institución monárquica en general, y contra la vida de lujo –insultante para el español medio- , el camaleonismo político y la dudosa función representativa de la Familia Real. Eso por no hablar de los crecientes rumores e insinuaciones que circulan sobre otros aspectos más “domésticos” de este clan entrañable que mantiene secuestrada la Jefatura del Estado. Creo que afortunadamente se está reabriendo el debate sobre la Monarquía, cerrado a cal y canto por la dictadura mediática hasta casi antes de ayer.

Esto debe de ser un pequeño síntoma de buena salud democrática. Ya era hora de que a Juancar también le tocaran en carne propia, como a cualquier mortal, los exabruptos de El tomate, las viñetas obscenas, las fotos indecorosas y, cómo no, los dardos venenosos de Don Federico, que esta vez se ha portado como un campeón. ¡Chúpate ésa!

Su Majestad, antes de lamerle las posaderas a Don José Luis, podría haber recordado, y haberse aplicado, su eslogan favorito: "¡¿Por qué no te callas?!"