Esta original película israelí, ganadora del Premio al Mejor Guión en el
Festival de Cannes de 2011 y nominada como mejor película extranjera en la
pasada edición de los Óscar, tiene uno de los guiones más sencillos y a la vez perspicaces
que he visto en los últimos tiempos.
El argumento gira en torno al sempiterno conflicto generacional entre
padres e hijos, tras el que pueden advertirse los hilos de la angustia sobre el
sentido de la propia existencia, de las contradicciones personales acumuladas a
lo largo de la vida, y de las frustraciones internas que heredamos y
confeccionamos al cabo de los años.
Aunque ha sido presentada
frecuentemente como una comedia, no en vano tiene momentos verdaderamente hilarantes
donde director y guionista demuestran la gran capacidad de los israelíes para mofarse
de sí mismos, este filme pone a los espléndidos actores ante el drama moral,
personal y colectivo, de elegir entre razón y emoción, entre la aceptación de
la verdad y la imperiosidad de los sentimientos.
Pie de Página refleja la
dualidad de este conflicto ético de forma muy sutil resultando, aunque quizás
sólo para el espectador más ávido de crítica política, en un retrato satírico
de Israel, país atrincherado en la fortaleza de un sacrificio vital
fundacional, de la dedicación ciega, de la férrea disciplina y el trabajo
obsesivo. Una fortaleza fuertemente blindada y recubierta de un discurso defensivo
y victimista que oculta su inherente fragilidad.
El Premio Israel es en
esta cinta el protagonista que hace aflorar la incapacidad de los padres para
perdonar el derrumbamiento de las esperanzas de autoafirmación que habían
puesto en sus hijos, a la vez que revela la impotencia de éstos ante la
evidencia de la mediocre labor de sus progenitores. El Premio Israel se
convierte así en el premio a la mentira, a la verdad de un sueño fallido
secuestrada por el vínculo afectivo, el orgullo y la culpa, sin los cuales la
realidad se derrumbaría. Una mentira sostenida durante décadas por la
referencia compasiva y condescendiente contenida en un pie de página.
Interpretada por: Jamie Foxx, Christoph Waltz, Leonardo DiCaprio, Kerry
Washington, Samuel L. Jackson y Don Johnson.
Texto: Isabel Beneito
Sí, Django
Desencadenado es un
western, pero es que muchas películas de Quentin Tarantino lo son, si
bien es cierto que ésta es la primera ambientada en el Lejano Oeste
estadounidense. Y es que el western es el género perfecto para un
cineasta que, como Tarantino, trata tan recurrentemente el tema de la justicia.
Django Desencadenado es
la tercera parte de lo que, a mi juicio, es una serie de películas
cuidadosamente elaboradas en torno a una idea obsesiva de la justicia entendida
en términos absolutos, en bruto. Éste es, obviamente, un privilegio que
Tarantino sólo se puede permitir porque la ficción le da licencia para
olvidarse de los principios humanitarios y de derecho que deben regir la
realidad política y social, para extenderse, con todo lujo de recursos que
muestran la psicología de los personajes, en la justicia como virtud emocional
que apela no sólo a nuestro sentido de lo razonable, lo equitativo y lo moralmente
deseable, sino también a la necesidad de satisfacción personal.
Aunque se la haya
descrito habitualmente como una historia de “venganza”, el grandioso final de Kill
Bill le confirmaba
como una gran apología cinematográfica de la “restitución”, que es la forma más
perfecta posible de justicia, pues la justicia total es
imposible, ya que lo realmente “justo” sería que el agravio inicial no hubiera
existido.
En una continuación del
discurso justiciero de Tarantino, Malditos Bastardos recurría a la virtualidad histórica para
ofrecernos un poderosísimamente simbólico relato de purificación retributiva
sobre lo que fue uno de los más grandes crímenes colectivos de la historia y,
de nuevo, al final, una de las lecciones más inteligentes de justicia
disciplinaria o “lustración” en la marca de la esvástica en la frente.
Django
Desencadenado recupera la “restitución” como maximización de cualquier posibilidad de
justicia, y recurre de nuevo al final purificador-redentor sobre otra
gran catástrofe histórica. Lo hace con un plantel de actores entre los que
Christoph Waltz deslumbra, de nuevo, y Leonardo Di Caprio y Samuel L. Jackson
demuestran, también una vez más, que no están suficientemente valorados en
Hollywood.
En este filme Tarantino
recurre también a otra obsesión temática de su carrera, por otro lado muy
frecuente en los cineastas que tratan el tema de la violencia, como Takeshi
Kitano o Clint Eastwood, y es la del individuo subestimado, de apariencia a
veces inofensiva e incluso “minusválida”, otras veces abiertamente beligerante,
que guarda en secreto el poder supremo de la violencia inesperada de los que
tienen la única razón posible para ejercerla: su amor o su maldad.