En diciembre de 2012 participé como jurado en el la XXII edición de su Premio de Literatura para Escritores Noveles convocado por la
Diputación de Jaén que premió la obra Nunca te quise tanto como para no
matarte, de Javier Ochoa. El 27 de
marzo recibí una llamada en la que se me comunicaba que Diputación había
decidido revocar la decisión del jurado, porque la obra galardonada incumplía
la política de igualdad de género que impulsa dicha institución, adjudicando a
la obra contenido de tintes sexistas. En ese mismo momento les transmití mi
profundo malestar por su decisión y mi voluntad de no volver a participar como
jurado en ningún premio vinculado a la Diputación de Jaén. De hecho, he
solicitado que me faciliten los datos necesarios para proceder a la devolución
de los 142 euros que percibí como honorarios por la valoración de las 19 obras
presentadas a este concurso.
No voy a valorar si las opiniones del personaje de la novela ganadora son sexistas o no porque si lo hiciera asumiría las reglas falaces de los modernos inquisidores que tratan de imponer los mandamientos de lo políticamente correcto en territorio artístico. Solo quiero recordar que la literatura está llena de personajes misóginos, maltratadores, asesinos, racistas, violentos, violadores, corruptores de menores, perversos… Hay tantos ejemplos que solo voy a recordar algunos: Shakespeare (Otelo), Nabokov (Lolita), Mark Twain (Huckleberry Finn), Bret Easton Ellis (American Pscho), Charles Bukowski… por no hablar del género negro y los cuentos populares (Blancanieves y la Cenicienta, por citar solo dos).
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Ana María Matute dijo hace poco que “la literatura infantil se está fastidiando con lo políticamente correcto” y que se trata a los niños como si fueran tontos. Me temo que con la literatura de adultos ocurre lo mismo. Dentro de poco excluirán a alguien de un premio literario por presentar a un personaje echando un cigarrito o tomando un cubata porque los modernos talibanes de la secta de lo políticamente correcto dirán que incita a la drogadicción. Qué grandísima tontería o dicho de forma deliberadamente incorrecta, porque me lo pide el cuerpo, qué soberana gilipollez.