
Querido hijo:
Supongo que en algún momento habrás oído la expresión “esta persona tiene duende”.
Me pregunto si con eso se nace o uno se hace.
Hoy es 3 de Junio y hace catorce años naciste tú, mi tesoro.
No sé en qué disposición brillarían y se conjugarían las estrellas en aquella madrugada cuando sobre las tres de la mañana tu llanto anunció tu entrada en la vida inundándome para siempre, cuando naciste de mis entrañas, mi amor, la cosita más bonita con la que jamás pude soñar.
Tantas veces como me has preguntado: “¿mamá, qué te gustaría que sea de mayor?” yo te he respondido: “buena persona, mi amor”. Y será porque tenía que ser, porque has sido tocado con la varita de la bondad, no lo sé con certeza... pero éste eres tú, mi niño del alma, un ser que camina por la vida envuelto en un aura especial, que atraes la simpatía de cuantos te rodean.
Me lo dice una vocecita interior... con duende se nace. Y tú llegaste con ese regalo. Tienes algo especial. Me lo dicen tu mirada, tus gestos, tus abrazos. Me lo dicen tus buenos días, tu dulzura, tu saber estar.
Es por todo esto que te cuento. Es por nada. Me daría igual que fueses como fueses. Yo te quiero, te amo con locura. Es un amor del bueno, del inagotable, del que crece, ese que cada día es más grande y no me preguntes cómo puede ser, porque ni siquiera yo me lo explico.
¡¡¡Feliz cumpleaños, mi vida!!! Que cumplas muchísimos más y que sigas siendo tan maravilloso como hasta ahora.
Tu madre que te quiere infinito, ida y vuelta y hasta el más allá. Siempre,
Y ahora os comentaré algo que me tiene loca, orgullosa, henchida de felicidad y que me apetece gritar a los cuatro vientos.
El sábado fue la fiesta de final de la liga. Mi hijo juega en un equipo de fútbol y su entrenador repartió a cada uno de los jugadores un trofeo personalizado con una placa que definía a cada integrante: Trofeo “al goleador”, trofeo “a la técnica”, trofeo ”a la superación”... Así hasta contar los veinte jugadores que forman la plantilla.
Pero sobre la mesa el entrenador reservaba una copa especial que entregaría como último galardón. Cuando hubo dedicado todos los trofeos sólo un jugador quedaba sin trofeo esperando la ansiada copa. Éste era mi niño. Cuando el entrenador levantó la copa, su emoción sólo le permitió decir que esa copa era sinónimo de ejemplo.
Esta madre que escribe estas líneas no sabía cómo controlar su emoción, esas lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos.
El entrenador prosiguió con su discurso y no podéis imaginar lo que llegó a decir sobre este pedazo de chaval. Habló de solidaridad, ternura, disposición, cooperación, buena gente, responsabilidad... No es caso de explicar todas las palabras con las que calificó la persona que es él. Las resumió con la placa que identifica esta copa tan maravillosa:
“Al jugador ejemplar”.
¿Os hacéis cargo de cómo me sentí, de cómo me siento? Siempre supe de qué madera estaba hecho mi hijo, pero sé que las madres tendemos a magnificar las cualidades de nuestros hijos, que a veces nos quedamos ciegas ante sus defectos.
Sólo os puedo decir que no puedo abrochar la ropa que llevo porque la felicidad me tiene engordando a minutos.
Esa misma tarde me encontré con un amigo por la calle:
- Aprendiza, pero ¡qué guapa estás! –exclamó echándome una mirada de arriba abajo.
- No me extraña nada, si soy tan guapa como feliz, debo ser la más guapa del mundo – le contesté con una sonrisa que se caía de mi cara, pues no cabía de lo grande que era. Que es. Porque tengo una sonrisa como grapada a mi cara que me acompaña desde el alba hasta el sueño.