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Apenas una docena de patos alborotan la quietud del lago.
Sus orillas fangosas dan crédito del cambio climático que nos araña, maquillando el paisaje de resecas tierras y polvaredas.
Y en un brazo del pantano, las paredes de unos antiguos baños emergen derruidas después de soportar el ahogo del agua de tantos y tantos años.
La caprichosa sed del pantano propicia que las aguas de las antiguas termas afloren a la superficie y que sus muros se sacudan las gotas mostrándonos a título de reliquia, lo que queda de un fantástico balneario.
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El vaho que desprenden las sulfurosas y calientes aguas desdibujan al grupo de bañistas que disfruta en sus pozas bajo un inusual y espléndido sol de noviembre.
Nos despojamos de nuestras ropas y allí mismo meriendo tus besos y lamo tu piel de barro extendido, mientras mis pechos flotan sofocando el incremento de temperatura que provoca mi navegar por tu mirada burbujeante y el juego de tus manos entre muslos y piedras.
En el cielo, mientras, se teje un complot. El sol y las nubes se alían en nuestra contra. El agua se seca, el agua desaparece... Moriremos de sed algún día.
Pero entre tanto, el pantano desliza el lazo de su regalo y nos ofrece en bañera de plata este espectacular baño de burbujas.
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Y desde lo alto, Tiermas, el pueblo que vio nacer el balneario, contempla triste y mudo, la aparición fantasmal de sus restos. En un llanto quedo, ahogado por zarzales y matorrales, permanece impasible con el paso de los otoños. Luego llega el invierno. Y tirita.